Riftborne (Trilogía Esprithean 1) Capítulo 28
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Capítulo 28

L a oscuridad me rodeó.

Era inmensa. Unos puntos de luz salpicaban la extensión mientras unas nubes de niebla flotaban.

Sentí cómo se me hundían los pies y por fin tocaban un suelo que no se podía atisbar.

Traté de dar un paso hacia delante y no tuve éxito. Mi cuerpo no se movía.

Empecé a ver un pequeño rayo de luz de algo reflectante a lo lejos que serpenteaba hacia mí. Mientras se acercaba, me di cuenta de que era translúcido, como si lo iluminaran desde dentro. Se parecía a la telaraña que se encontraba en la parte baja de mi columna vertebral.

Estiré el brazo, y empezó a arremolinarse entre mis dedos. Se me dibujó una sonrisa en los labios.

Al poco tiempo, otro voló en mi dirección y flotó hacia mi otra mano. Doblaron su tamaño y después se triplicaron, subiéndome por los brazos.

De pronto, comenzaron a tirar de mí, como si quisieran que anduviera hacia delante, pero mis pies no cedían. Se desenredaron y se retiraron hacia la oscuridad una vez más.

Me pregunté a dónde querían que fuera.

Qué era lo que querían que viera.

Osta se hallaba despatarrada en el sofá cuando entré en el salón. Se estaba cubriendo los ojos con una mano y agarrando unas cuantas hojas de pergamino con la otra. Había tinta y una pluma sin usar sobre la mesa.

—Osta, ¿has dormido aquí? —pregunté, viendo la mantita que le cubría con descuido la mitad inferior del cuerpo.

—¿Hum? —murmuró ella mientras se frotaba los ojos.

Se incorporó despacio sobre los codos y dejó caer la cabeza hacia atrás para mirarme, aún con los ojos entrecerrados por la luz matutina—.

Ah, eh… He debido de quedarme frita —contestó en voz baja.

Me acerqué a ella y le quité el pergamino en blanco de la mano con delicadeza.

—¿Qué estás haciendo con esto? —Alcé una ceja. Jamás había visto a Osta escribir en ningún otro lugar que su cuaderno de diseños.

—Nadie de la nobleza se ha puesto en contacto conmigo… —murmuró al mismo tiempo que se pasaba los dedos por el pelo. Me senté en un extremo del sofá. Podía dedicarle unos minutos antes de marcharme a la botica.

—¿Ibas a escribirles? —La miré vacilante.

—Bueno, solo a una. A lady Soleil. Fue a la que parecí gustarle de verdad. —Suspiró.

Me detuve durante un segundo, dándole vueltas a las palabras en mi mente. Soleil era de la que me había hablado en el baile, pero no la había relacionado con…

—¿La madre de Baelor? —pregunté, poniendo los ojos como platos. La idea de que Osta pudiera trabajar para gente con tantos prejuicios era repugnante. Conociendo las opiniones tan despreciables que tenían sobre los riftborne, no estaba segura de si debería permitirle que lo hiciera.

—Lyanna Soleil. Es la mujer de lord Soleil. No tienen hijos, por lo que pude averiguar.

«¿Lord?». Sabía que Baelor provenía de un linaje de nobles convertidos en héroes militares, pero no que alguno de ellos aún mantuviese su título nobiliario. Ser general, incluso uno retirado, de la Guardia de Sídhe era mejor que ostentar el título de lord o lady.

—Entonces ¿no es la mujer del general Soleil? —pregunté.

—¿Ysabeau? Ah, claro que no. Ella no me prestaría atención.

—Soltó una pequeña carcajada y sacudió la cabeza—.

Prácticamente me dio la espalda en cuanto abrí la boca para hablar.

Lyanna y ella parecen polos opuestos. —Torció los labios y miró el pergamino en blanco—. Sus maridos deben de ser hermanos.

—No me contaste nada de eso —contesté al tiempo que me recostaba en el sofá.

—No era importante. Quería centrarme en lo positivo.

—Bueno, no te preocupes mucho. Escríbele, aunque no lo mandes. —Alcancé la pluma y la tinta y se las acerqué—. Me quedaría contigo, pero llegaría tarde a la botica. No quiero darle a Ma más motivos para enfadarse conmigo. —Suspiré y me levanté.

—¿Todavía no ha dado su brazo a torcer? —Osta me miró con dulzura.

—No, y no espero que lo haga. Creo que esta es la nueva normalidad. Al menos hasta que me manden al oeste, lo que parece inevitable ahora que…

Hice una mueca cuando un dolor desconocido me invadió y detuvo las palabras que iban a salirme de la garganta.

«El juramento de sangre».

No podía contarle a Osta nada de los espectros o de la destrucción inminente que parecía avecinarse vertiginosamente hacia Sídhe. Murmuré una maldición entre dientes.

Osta me miró.

—¿De qué estás hablando? —se apresuró a preguntar.

—Supongo que, al estar en la facción del general, me destinarán donde él pasa la mayor parte del tiempo. —Me encogí de hombros, tratando de restarle importancia.

Osta se tomó un instante para comprenderlo.

—Supongo que no había pensado que fuera tan lejos —susurró.

—No creo que ninguna de las dos esperase que me marchara tan lejos, si te soy sincera. —Me reí por lo bajo mientras miraba a mi alrededor.

Se produjo un silencio sepulcral en la habitación.

—Pero podría equivocarme. No sé qué planes tiene para mí…

—Mentí—. No obstante, aunque me destinen, no será para siempre.

Tendré que volver a Luminaria en algún momento.

—Tragué saliva con fuerza. Ella se quedó mirando la pared con los ojos vidriosos—.

Y podré mandar dinero para mi parte del alquiler…

—Mis palabras parecían no surtir efecto en ella.

Tras unos minutos, suspiró.

—Sé que dije que te apoyaba en todo esto, pero no puedo imaginarme estar aquí sin ti.

—No hay razón para disgustarse por eso ahora mismo. Vamos a esperar a saber algo definitivo. De todas formas, seguro que pronto estarás viviendo tu mejor vida en alguna finca de nobles.

Me acerqué y la estreché entre los brazos.

—En serio, céntrate en ti ahora mismo. No te preocupes por mí. Te veo después del trabajo, ¿vale? —Alcé una ceja, le dediqué una sonrisa tranquilizadora y aguardé a que ella me correspondiera antes de hacer otro movimiento.

Asintió. Yo me dirigí hacia la puerta y hui hacia el pasillo antes de que las lágrimas en mis ojos empezaran a desbordarse.

Levanté la vista cuando Ma dio un portazo con la puerta trasera de la botica, renqueando y dejando una jardinera en su escritorio y un reguero de tierra por el suelo.

—¿Cómo es esto posible? —casi gritó mientras se llevaba las manos a las caderas y suspiraba con intensidad.

—¿Qué pasa, Ma? —pregunté al mismo tiempo que me acercaba a toda prisa para ver por qué estaba tan molesta.

Eché un vistazo dentro de la jardinera y vi que nuestra colección de flores raras había muerto.

No les quedaba ni un poco de vida en los pétalos, que se cayeron al suelo a nuestro alrededor. Incluso la tierra parecía descolorida.

Ma se acercó a la jardinera y escarbó con las manos. Sacó un cristal azul violáceo lleno de tierra. Reconocí de inmediato que era arcanita por la forma en la que la luz parecía resplandecer dentro de ella, pero la piedra se veía más brillante e intensa de lo que recordaba.

—Se suponía que esto me iba a ayudar a que crecieran —dijo Ma mientras limpiaba la superficie del cristal. La tiró a su escritorio y dejó caer la cabeza entre las manos.

—Yo tampoco lo entiendo —murmuré, teniendo cuidado para no cabrearla aún más—. ¿Cuándo volverá el comerciante de plantas raras a Luminaria? —pregunté.

—Dentro de seis meses —contestó sin emoción alguna.

Pude sentir su irritación. Odiaba este sentimiento, como si tuviera que andar con pies de plomo alrededor de Ma.

La botica ahora parecía muy diferente. Un hogar lejos de mi hogar que en el pasado me había otorgado tanta paz y seguridad ahora hacía que mi ansiedad se disparara en violentas oleadas.

Quería mucho a Ma, aquello no había cambiado, pero que desaprobara mis decisiones estaba comenzando a pasarme factura. No sabía cuántas malas caras iba a poder aguantar ya.

La presión de la Guardia ya era suficiente por sí sola. Y había mucho más… Ahora tenía otras prioridades nuevas. Una consistía en protegerlas a Osta y a ella, y a toda Luminaria de hecho. A pesar de que no pudiera contárselo a nadie.

Me esforcé todo lo que pude por mantenerme concentrada, pero mi mente continuó divagando. No paraba de pensar en sombras, espectros y oscuridad. Y en Laryk. No tenía sentido fingir lo contrario.

Había conseguido moler la mitad de las hierbas que se necesitaban para un tónico concreto que Ma estaba creando cuando me percaté de que el sol ya se ocultaba por el horizonte. Debía marcharme o llegaría tarde al entrenamiento. Tendría que terminarlo al día siguiente.

Empecé a guardar el polvo cuando sentí a Ma acercarse por la espalda. Miró por encima de mi hombro.

—Fia, necesito esos diez frascos antes de que te vayas. Van a recoger el pedido más tarde. Ya sabes que me tiemblan demasiado las manos para hacer que queden con la textura correcta.

—Lo siento mucho, Ma, pero no puedo llegar tarde a entrenar. No me da el cuerpo para hacer una carrera extra. —Me mordí el labio, observando con cautela su reacción mientras seguía recogiendo mis cosas.

—Fia, por favor, de verdad que necesito que lo hagas. Si no hubieras estado en las nubes todo el día, habrías acabado con tiempo de sobra —dijo con frialdad.

—Tengo un montón de cosas en la cabeza —espeté, tratando de controlar el tono.

—Sí, ese es tu estado últimamente. Ni siquiera te reconozco. —Ma alzó las manos y señaló mi apariencia—. Ya no llevas ni tu uniforme de trabajo. Solo te veo con eso puesto —soltó—. Otro recuerdo de la marioneta estúpida en la que te estás convirtiendo.

La ira estalló por su acusación, y me invadió la comprensión.

Ma y yo habíamos sido en el pasado inseparables, y aquello antes me alegraba.

Ella solía hacerme sentir que no estaba tan sola.

No obstante, ahora, la verdad se filtró en mi sangre como un veneno.

Aunque no lo hacía de manera intencionada, Ma siempre avivó mis mayores miedos para mantenerme a salvo, para mantenerme fuera de peligro.

Sin embargo, lo único que había hecho eso era refrenarme.

Buena parte de mi vida había cambiado a mejor desde que me había unido a la Guardia.

Yo me di cuenta, pero tal vez ella nunca lo haría.

—Era una bomba de relojería y un peligro para todas las personas de mi alrededor. No me quedaba otra. No soy ninguna marioneta. Por fin puedo ser quien quiero ser sin miedo y ansiedad. Soy más fuerte, tengo más confianza. ¿No deseas eso para mí? —supliqué. Necesitaba que lo entendiera.

—¡Es que no entiendo tu decisión, Fia! Este cambio ha sido de la noche a la mañana. ¡Y no parece haber una buena explicación! Estás tirando tu vida por la borda. No soporto pensar que mueras por la Guardia. ¿Sabes lo que eso me haría? —gritó Ma frustrada.

Me detuve. Podría decírselo… Podría contarle al fin la verdad sobre la arboleda.

Sobre lo que les había hecho a Bekha y Jordaan, pero todo dentro de mí se rebelaba.

Contárselo sería peor. Era mejor así. Sería incapaz de soportar que me mirara con miedo.

Prefería que me odiara por algo que no comprendía.

—Ma, no puedo explicártelo, pero ahora soy parte de algo.

Puedo ser útil. Puedo ayudar a proteger a la gente que quiero en vez de ser un peligro para ella.

No me tomo esto a la ligera. —Tenía los ojos inundados de lágrimas.

Las palabras me salieron a borbotones, pero sabía que no servirían para nada.

Ella se detuvo un segundo y luego chasqueó la lengua.

—Parece que ya te han lavado la mente. Ya ni siquiera puedes entrar en razón, Fia. Eres una extraña. —Sacudió la cabeza a la vez que suspiró.

—Voy a dejar de repetir esta conversación contigo una y otra vez. Debes aceptar mi decisión…

—¿O qué? —siseó. Ahora los ojos le brillaban con llamas.

—O no tendré otra opción más que salir de esta situación. —Traté de mantener la voz fuerte, pero no pude evitar que se quebrase ante la rotundidad de mis palabras.

Ma soltó una risa sarcástica y me dio la espalda.

—Claro que sí, Fia. Vete a tu facción. No me hagas más favores. Es obvio que ya no quieres estar aquí.

—Yo no soy Miguel —susurré.

Volvió los ojos hacia mí al instante, y vi el dolor en ellos, ardiendo en sus iris.

—Puede que sí lo seas.

Nos quedamos en silencio; Ma no se movió, siguió dándome la espalda.

—Empezaré a buscar a alguien que te sustituya —soltó. El pergamino que tenía en la mano se convirtió en cenizas y cayó al suelo como si fuera nieve.

Sus palabras me golpearon e hice una mueca de dolor. Abrí la boca para protestar, pero entonces me percaté de que… tenía razón. Ya no quería estar allí. La verdad es que no había nada más que decir.

Agarré las pertenencias que me quedaban y salí corriendo sin mirar atrás, respirando el olor a humo y tinta ardiente mientras la puerta se cerraba a mis espaldas.