Riftborne (Trilogía Esprithean 1) Capítulo 27
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Capítulo 27

P odía notar de verdad cómo me daba punzadas el cerebro en el cráneo mientras corríamos. Raine ya se había encorvado varias veces y había devuelto lo que fuera que se hubiera podido llevar a la boca antes. Briar parecía casi tan pálido como yo.

Le di un trago a mi agua, pero daba igual lo mucho que bebiera, seguía notando la boca pastosa y seca.

Saber que esta carrera era solo para calentar hacía que estuviera abrumada. Ojalá pudiera dejar de pensar todo el rato en el humillante encuentro que había tenido con Laryk. Tal vez eso habría reducido el palpitar de mi cabeza.

Menos mal que hoy las nubes cubrían el sol y que una brisa ocasional refrescaba nuestra piel sudada.

—Siento que me muero. —La voz de Briar sonó amortiguada. Se encontraba sentado en el suelo con la cabeza entre las rodillas.

Raine estaba repantigada como una estrella de mar al lado de él; sus largas pestañas le rozaban la parte superior de las mejillas.

Un trueno retumbó a lo lejos.

Sabía que, si me sentaba ahora, no podría volver a levantarme. Permanecí con las manos en las caderas tratando de recuperar el aliento.

Algo llamó mi atención cuando escuché que Draven alzó la voz unos metros más allá. Se estaba enfrentando a Baelor y a Nazul.

—Todo lo que se te ha dado y todo lo que tienes y lograrás será por el nombre de tu padre y de tu familia —declaró Draven con una determinación que nunca le había visto antes.

—He demostrado mi valía lo suficiente para que me elijan para esta facción. El mérito es mío. Sin embargo, estaré encantado de continuar con el legado de mi familia, como cada dominador del fuego antes que yo —contestó Baelor sin inmutarse.

Noté cómo la frustración de Draven iba en aumento.

—¿Cómo esperas que luchemos a tu lado cuando no sabemos siquiera cuál es tu foco? A lo mejor eres tú el que no debería estar aquí si tanta vergüenza te da —continuó Baelor.

—Draven, ¿por qué no nos lo cuentas y ya? —metió baza Nazul mientras alzaba las manos.

—Tendréis que luchar contra mí para descubrirlo —soltó Draven hecho una furia.

Abrí la boca para interceder por Draven, pero no me salieron las palabras.

—Como quieras. —Baelor balanceó el brazo un instante, y su puño impactó contra la cara de Draven. El sonido de huesos rotos hizo eco en el campo.

Jadeé y corrí hacia él.

—¡Por el amor de los Esprithe! Draven, ¿estás bien? —Me arrodillé a su lado e intenté ver el alcance del daño. La sangre le chorreaba de la nariz a la palma de la mano. Él se apartó de mi agarre.

—Estoy bien —me aseguró, aunque la cantidad de sangre me decía lo contrario. Hizo lo que pudo para alejarse.

—Draven, venga, deja que te ayude a levantarte. —Avancé de nuevo hacia él, pero me lanzó una mirada de horror.

Fue entonces cuando escuché un golpe fuerte a nuestras espaldas. Volví la cabeza y vi a Baelor en el suelo con la boca retorcida en una mueca apretada.

Tenía el puño, cubierto de sangre, mortalmente quieto. De hecho, todo su cuerpo se había quedado fijo en extraños ángulos, como si se hubiera congelado a medio camino antes de caerse. Habría pensado que estaba hecho de piedra de no ser por el movimiento desesperado de sus ojos.

Raine alternó la mirada entre los dos con una expresión de curiosidad en el rostro.

—Guau…, Draven. ¿Eres un coagulador de la sangre? —Tenía los ojos abiertos de par en par, y podía afirmar que intentaba no sonreír mientras miraba la forma congelada de Baelor.

Draven asintió e hizo un gesto de dolor ante el movimiento.

—De tipo parálisis. —Su voz era contrita.

—Deberíamos llevarte a ver a los sanadores. —Me alejé un poco de él; no quería acabar por accidente en el suelo como Baelor.

Nazul, atacado, pululaba alrededor de su amigo cuando por fin notó la presencia del teniente Mercer.

—Draven ha paralizado a Baelor. ¿Qué hacemos?

El teniente Mercer frunció los labios, evaluando la situación.

—Según lo que he visto y oído, Soleil tenía mucho interés en saber cuál era el foco de Porter. Me parece que lo ha averiguado.

Había estado allí todo el rato.

—¿Cuánto tiempo se quedará así? —preguntó Nazul mientras se ponía de rodillas.

—Solo unos minutos. No le pasará nada —respondió Mercer.

—No sé. A mí me parece la ocasión perfecta para practicar sparring . —Raine sonrió con los ojos brillantes.

—¡Esprithe! —espetó Baelor desde su posición en el suelo.

—¿Lo veis? Los efectos ya se le están pasando. —Parecía que Mercer estaba conteniendo una sonrisa.

Transcurrió otro minuto y, al final, Baelor se incorporó sobre los codos con el ceño fruncido. Nazul intentó ayudarlo a sentarse, pero Baelor lo apartó con el brazo.

Draven fue a ver a un sanador, y el teniente comenzó a montar nuestro circuito de agilidad del día. Volví a observar a Baelor.

—Ni me mires, Riftborne —me dijo Baelor con una mueca.

Arqueé una ceja, decidida a ignorarlo.

Exhaló con brusquedad y alzó el labio superior con una expresión de disgusto.

—Al menos, ya sabemos por qué se te permite la entrada en esta institución.

Todos clavaron los ojos en Baelor. A Raine le crepitaron unas chispas en la punta de los dedos.

—Ah, ¿sí, Baelor? ¿Y por qué?

—Ha corrompido al general Ashford. Se están acostando. Los dos deberían ser ejecutados —soltó satisfecho.

Abrí la boca mientras la vergüenza me inundaba. No había sucedido nada…, pero era incapaz de imaginar lo que parecíamos anoche… ¿Cómo nos había visto Baelor siquiera?

Me acordé del par de pasos de más que había escuchado.

No había ocurrido nada… Laryk, el general, así se había asegurado. Traté de disipar el pesar que me provocó darme cuenta de ello.

—Eso no es cierto —empecé a objetar.

—Él es una vergüenza para la Guardia —afirmó Baelor.

—Te enfrentarás al tribunal disciplinario por los sentimientos que has expresado contra nuestro general. Desearle la muerte a cualquiera de nuestros líderes será castigado con severidad —dijo Mercer con tono firme.

Baelor alzó la vista al sol y se sacudió el polvo de los hombros como si nada le preocupara.

—Soy el hijo del general más poderoso que ha servido a este reino. Te lo recuerdo, teniente.

Mercer se limitó a parpadear y se detuvo por un momento antes de dar por finalizada la lección del día.

El corazón me iba a mil mientras caminaba hacia el gimnasio. Después de la noche anterior, ¿cómo se comportaría Laryk? ¿Estaría disgustado? ¿Hablaríamos de lo que fuera que hubiera pasado?

Se me escapó un suspiro. Eso no debería importar. Él tenía razón, claro. Mi yo sobria jamás me habría puesto en esta situación, drogada en un cuartel lleno de gente que podría o no odiarme…, que podría o no matarme. No obstante, era una adulta, capaz de tomar mis propias decisiones.

Los comentarios de Baelor no paraban de darme vueltas en la cabeza. En el fondo, sus palabras me apuñalaron con más fuerza que si hubieran sido ciertas. El deseo aún perduraba en mi mente, aunque me obligué a creer que desaparecería con el tiempo.

Pero, aun así…, anoche…

Contra la pared…

Me puse colorada ante el pensamiento. Su presencia se me quedó grabada en la cabeza con vívidos detalles. Casi era enloquecedor. Sudé a mares. De pronto, fui hiperconsciente de lo rápido que me iba el corazón.

Casi a demanda, el cielo se encapotó. Ráfagas de lluvia caían de manera torrencial por la ciudad, lo que hizo que me empapara al instante y que se apagaran las llamas que habían empezado a arderme bajo la piel.

Dejé que el torrente se llevara el recuerdo mientras entraba en el gimnasio. Un rayo cayó detrás de mí e iluminó la calle.

Cuando llegué a la zona de práctica, me quedó claro que estaba sola.

La oscuridad llenaba la habitación, cargada y silenciosa.

No había ni rastro del general. Opté por comenzar sin él y practiqué ejercicios de visualización con los ojos abiertos; cualquier cosa con tal de no sucumbir a la tentación del sueño.

Conté las vértebras a medida que los zarcillos me danzaban columna arriba.

No pude evitar preguntarme dónde se encontraría.

Seguro que trabajando en algo mucho más allá de mi nivel de conocimiento.

A lo mejor los espectros habían caído sobre Luminaria en este preciso momento.

O tal vez se había buscado la compañía de Narissa esta noche.

Ese pensamiento descarriado me carcomió, y enseguida lo aparté de mi mente.

«Deja de actuar como si fueras una puñetera colegiala, por el amor de los Esprithe».

Al final, el general apareció con pinta de no haberse dado cuenta de lo tarde que llegaba.

—¿Algún avance? —preguntó en tono de indiferencia.

Rompiendo mi concentración, lancé una mirada furtiva en su dirección.

Laryk tenía el cabello hacia atrás y mojado, lo que formó un charquito en el suelo. La camisa abotonada que llevaba prácticamente se había vuelto transparente por el aguacero y se le ceñía a cada curva y contorno de su figura.

—S-sí, la verdad. Hoy he estado practicando con los ojos abiertos. No duro mucho, pero he podido conjurarlo de forma constante —tartamudeé mientras me removía en el asiento. Verlo me descentraba después de nuestro último encuentro.

No apartaba la vista de él, y, en contra de mi buen juicio, eso me indignaba. Odiaba lo mucho que me gustaba mirarlo.

Se tiró del cuello de la camisa sin prestar atención a mi persistente mirada.

—¿Y has podido hacerlo durante el entrenamiento en grupo? ¿No te ha molestado nada?

Se desabrochó con dedos hábiles los botones de la camisa, que fueron revelando uno a uno más piel de color marfil que brilló a la tenue luz del gimnasio y que dio paso a los músculos definidos y los hombros esculpidos que había debajo.

El fuego brotó de mí, seguido de un escalofrío. Agradecí de inmediato tener la tela fría ceñida a la piel.

Una serie de truenos reverberó por la estancia y agitó el equipo que nos rodeaba.