Riftborne (Trilogía Esprithean 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

L os cuatro salimos trastabillando de las puertas deslucidas del Enclave unas cuantas horas más tarde, todavía bajo el efecto de los restos del elixir. Mi mente empezó a volver a la realidad que nos rodeaba y me percaté de lo vacías que estaban las calles.

—Osta, deberíamos irnos a casa —murmuré.

—Sí…, deberíamos irnos —repitió Osta con una sonrisa apacible y los ojos aún danzando.

—¿Estáis seguras? Podéis quedaros conmigo en el cuartel esta noche. —Raine alternó la mirada entre ambas.

—No pasa nada. No queremos molestar —contesté en voz baja, todavía distraída por las luces que brillaban a mi alrededor.

—Insisto. En serio, no quiero que volváis las dos solas andando a casa tan tarde. Y en este estado. —Su voz era severa, pero su vista seguía algo que resplandecía en la distancia.

—Estoy con Raine. Deberíais quedaros en el cuartel esta noche. No pasa nada —dijo Briar con calma, entrelazando un brazo con el de Osta.

Mi mejor amiga se atrevió a mirarme, aunque sus ojos no me enfocaron del todo. Me encogí de hombros. Tal vez no estuviéramos en el estado mental propicio para una caminata.

—Vale… Está bien. Si no es mucha molestia, entonces creo que aceptaremos tu oferta —respondí.

—Cuando queráis —contestó Raine al tiempo que nos adentramos en las calles oscuras de Luminaria, aún aturdidas.

Me volvieron los nervios, que me enviaron un cosquilleo por la espalda a medida que nos acercábamos a las verjas. Había un silencio sepulcral, pero se podían ver guardias protegiendo la entrada.

Evité el contacto visual mientras Raine les proporcionaba su identificación. El guardia refunfuñó, aunque abrió las verjas. Sentí la irritabilidad que desprendía cuando entramos al vestíbulo.

Nos estábamos conteniendo la risa cuando entramos en el comedor. Todo nos parecía divertidísimo. Me dolían las mejillas de sonreír tanto. Di por hecho que era el efecto residual del elixir.

Darnos cuenta del silencio que había en el complejo nos hizo más hiperconscientes, lo que causó que camináramos de puntillas de manera exagerada e intercambiáramos miradas y sonrisas achispadas.

Justo cuando llegamos a las escaleras que conducían a los dormitorios de los reclutas, a Osta se le cayó el bolso de los brazos con un fuerte estruendo. Abrió los ojos de par en par preocupada antes de que todos nos partiéramos de risa en silencio y entre dientes.

Ella respiró agitada mientras recogía el contenido del suelo, y su postura provocó más risitas. A Briar se le escapó el chillido de una carcajada y Raine le tapó corriendo la boca con la mano.

A mí aún se me agitaba el cuerpo por tratar de controlar el ataque de risa cuando oímos el chirrido de una gran puerta de metal en la distancia.

Se me paró el corazón cuando unos pasos resonaron en el pasillo de arriba.

Oí cómo alguien se aclaró la garganta y reconocí el sonido de inmediato.

Dirigimos la vista hacia el balcón, pero no vimos nada. La voz parecía resonar por toda la habitación.

—¿Tan borrachos vais todos? —nos reprendió esa persona. Deslicé la vista hacia la escalera y vi aparecer una figura. Un escalofrío me recorrió de arriba abajo.

El pelo le caía sobre los hombros de su camisa negra. La cicatriz de su rostro parecía latir de ira.

Se detuvo unos pasos delante de nosotros, con los brazos cruzados y una ceja alzada.

Los demás nos quedamos en silencio, cambiando el peso de un pie a otro.

Incluso en ese instante habría querido estallar en una oleada de risa frenética, pero me contuve.

No me atrevía a hacer contacto visual con ninguno de mis amigos.

Sabía que una sola mirada bastaría para que nos descojonáramos.

Y aquel era, quizá, el momento menos apropiado para hacerlo.

—¿Os habéis quedado todos mudos? —inquirió Laryk con el ceño arrugado.

—No, señor —trató de contestar Briar. Todo el grupo se sacudió de golpe. Me atreví a mirar a Raine, que mantenía desesperada los labios en una fina línea.

Ashford nos miró a todos antes de poner los ojos en blanco.

—A la cama. —Su voz era suave y afilada como un cuchillo.

El alivio nos embargó cuando echamos a andar hacia el tramo de escaleras.

—Fia, un momento —dijo de forma inexpresiva. Sacudí la cabeza con firmeza a mis amigos para que mantuvieran la calma. Me di la vuelta y me acerqué despacio hacia Laryk. Los gritos de risa resonaron a nuestras espaldas.

Él me examinó durante un segundo con la mandíbula tensa antes de andar con tranquilidad hacia uno de los gimnasios acristalados.

Una chispa de rabia me recorrió mientras lo seguía con torpeza. En mi visión periférica, las luces todavía bailaban y se entrelazaban por el espacio.

Abrió la puerta de un tirón y me hizo un gesto para que pasara. No me atreví ni a mirarlo antes de entrar con dificultad en la habitación. Estaba a oscuras; solo la iluminaba la luz que se filtraba del comedor.

—¿En qué estabas pensando, recluta? —Su voz fría como el hielo resonó por toda la sala.

Me dirigí a la pared de piedra en un intento de mantener el equilibrio. La ira me invadió y libró una batalla contra la calma que me inducía el elixir.

—En fomentar el compañerismo —contesté inexpresiva. Mi espalda golpeó la piedra con menos gracia de la que pretendía.

—¿Así es como lo llamas? —Sus palabras eran tajantes mientras se acercaba a mí. El sonido me reverberó en los oídos.

—Así es como lo llamas tú —farfullé, y me percaté de la luz que relucía a su alrededor. Tragué saliva mientras mis ojos buscaron los suyos. Me recorrió una descarga eléctrica cuando noté la intensidad de estos.

Se aproximó y se detuvo a solo unos centímetros de distancia. Incluso en la luz tenue pude distinguir la línea marcada de su mandíbula, la manera en la que la camisa se le tensaba en los hombros. Olí el licor en su aliento.

—Fia, estás colocada —insistió mientras se pasaba una mano por el pelo. El calor que desprendía era desembriagador, pero no lo bastante para eliminar todos los efectos del elixir.

—Y tú has estado bebiendo —repliqué, ahora con palabras más firmes—. Supongo que ambos hemos roto el protocolo, general.

Se le tensó la mandíbula.

—Eso es distinto.

—Qué conveniente. —Incliné la cabeza, desafiándolo.

Su presencia era abrumadora.

—No me pongas a prueba esta noche.

Me aparté un poco de la pared. El movimiento me hizo tambalearme, y él me agarró corriendo del codo para sujetarme. El contacto me provocó un ardor en todo el brazo.

Me soltó al instante.

—Tú no cometes errores así.

—¿Y tú sí?

—Yo no soy el que está colocado ahora mismo.

—No, tú solo eres el que me arrastra a salas oscuras a solas —repliqué.

—Ten cuidado, recluta. —Había un brillo peligroso en sus ojos—. La gente de la calle no recibe los mismos privilegios que los miembros de la Guardia, y deberías saberlo.

—¿Y por eso intentas mantenerme a raya? —cuestioné.

—Por eso intento mantenerte con vida —gruñó.

Me acerqué, disminuyendo la distancia hasta que nuestros labios casi se tocaron. El aire vibraba en torno a nosotros, y a él se le tensó la mandíbula.

—No finjas que te preocupa de verdad lo que me ocurra —susurré.

—Tienes que tener cuidado.

—O, si no, ¿qué? —Las palabras me salieron más jadeantes de lo que pretendía.

De repente, sus manos estaban en mi cintura, empujándome contra la pared. El movimiento fue rápido y desesperado.

Me invadió una oleada de electricidad por todo el cuerpo al sentir su agarre. La tentación de obligarlo a acercarse era inmensa.

Antes de que pudiera hacer algo, estrelló su cuerpo contra el mío, y sentí su aliento en la mejilla. Contuve un gemido.

—¿Crees que esto es un juego? —dijo con voz ronca contra mi oído.

Una sensación deliciosa me atravesó. Era incapaz de decir nada. Lo único que sabía era que quería más.

Deslizó las manos por mis brazos, con brusquedad y posesividad, hasta que me agarró las muñecas. En un rápido movimiento, me las sujetó por encima de la cabeza contra la pared de piedra. La posición me dejó completamente expuesta a él, vulnerable. El pulso me latía en los oídos.

—Ahora mismo me deberías tener miedo —gruñó, con su agarre firme en mis muñecas.

Pero no tenía miedo. Ni por asomo.

Bajó la cara hasta la curvatura de mi cuello y se detuvo allí. Lo bastante cerca como para que yo sintiera el calor de su aliento contra la piel y lo tensísimo que estaba.

Inhaló hondo, y noté cómo le tembló todo el cuerpo. Deslizó la nariz a lo largo de mi garganta, casi rozándome la piel sensible.

El silencio era ensordecedor. Ninguno habló. Ninguno se atrevía.

Cerré las manos en su agarre, y se me escapó un sonidito de la garganta a medio camino entre un gemido y una súplica.

Él gimió y dejó caer la frente contra la pared de piedra junto a mi cabeza.

—Esprithe —jadeó.

Lo deseaba. Estar tan cerca de él sentaba bien.

Correcto.

Explosivo.

El éxtasis danzó por la superficie de mi piel. Quería una liberación. La necesitaba.

—Di algo —susurré desesperada.

De pronto, me liberó y dio un paso atrás.

—Eres imposible, Fia —masculló.

Me sentí abandonada cuando él se alejó de mí. Bajé la vista al suelo mientras la vergüenza amenazaba con arrollarme.

Él apretó la mandíbula y se dirigió a la otra punta.

—Contrólate —dijo con un suspiro mientras se aproximaba a la puerta.

—¿Y ya está? —Las palabras me salieron con un tono resentido.

Agarró el pomo, pero no lo giró. Tenía los hombros tensos. Durante un largo instante, se quedó ahí plantado.

Entonces, habló sin volverse.

—Esto… —Se detuvo—. Esto no volverá a pasar.

Las palabras me golpearon como si fueran una bofetada.

Abrió la puerta de par en par, salió y me dejó sola en la habitación poco iluminada. Podría haber jurado que se oían dos pares de pasos en el comedor.

—Bebe un poco de agua, joder —escuché que decía al otro lado del pasillo con una voz ronca y distante.

Con la espalda todavía apoyada en la pared, me deslicé hasta el suelo. ¿Qué me pasaba? Debería odiarlo. A todo él. Mis sentimientos no tenían sentido… Ya ni siquiera me reconocía. La vergüenza se apoderó de mi mente y solo compitió un poco con la necesidad que aún me atenazaba los huesos.

Él era general… Yo no era más que un arma para él. Eso había quedado muy claro.

Lo había dicho él mismo. Solo era una recluta. Nada más.

Era totalmente inalcanzable; y mis… deseos, inapropiados y totalmente erróneos.

Reproduje aquellos sentimientos una y otra vez en mi mente, esperando que surtieran efecto. Me abracé las rodillas y me balanceé hacia delante y hacia atrás, tratando de sofocar el dolor que estaba surgiendo en mi interior, uno que no podía permitir que se extendiera.

Pronto la tristeza lo reemplazó.

No era más que la euforia líquida.

Tenía que serlo.

Y ahora estaba cayendo en picado.