Riftborne (Trilogía Esprithean 1) Capítulo 25 #3
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Capítulo 25 #3

De las profundidades de la fiesta, un hombre ataviado con ropajes amarillos brillantes se acercó con una bandeja de relucientes viales dorados. Los cuatro intercambiamos miradas de confusión.

—Eeeh… Creo que te has equivocado de mesa —dijo Osta nerviosa mientras se secaba las lágrimas derramadas y se enderezaba en el asiento—. Aún no hemos pedido nada.

—Ofrecemos las curas para el deseo y la juerga. Entregamos los cócteles tras evaluar la necesidad colectiva de un grupo —aclaró sin más, y nos acercó la bandeja.

—Bueno, ¿y esto qué es entonces? —inquirió Briar muerto de curiosidad.

—Lo que el grupo necesita —replicó el hombre.

Raine se acercó y cogió el vial, seguida de Briar. Osta me lanzó una mirada aprensiva, pero agarró despacio uno de la bandeja y me lo entregó antes de tomar el último para ella. El hombre hizo una reverencia y se esfumó en la oscuridad.

—¿Alguna idea de lo que es? —preguntó Briar, paseando la mirada por todas nosotras.

Carraspeé.

—Creo que se trata de euforia líquida, pero me parece que la han mejorado de alguna manera —declaré mientras inspeccionaba el vial. Nosotras hacíamos esta poción en la botica. Era muy sencilla en realidad, aunque esta rebosaba de encantamientos.

—Eso suena divertido —musitó Raine a la vez que le daba vueltas al contenido y el líquido brillante reflejaba la luz del fuego.

—Este sitio es la leche —coincidió Briar.

—No estoy segura de cuáles pueden ser los efectos… —Me detuve. Esto parecía una mala idea. Los nervios regresaron en un santiamén. Miré aprisa hacia la multitud.

—Si todo el mundo está de acuerdo, yo me apunto. —Osta destapó su vial del tirón y lo sostuvo sobre el fuego. Briar la copió.

—Por Osta —dijo Raine, e hizo lo mismo.

Todos sostuvieron sus viales por encima del fuego, y mi mente comenzó a dar vueltas.

Parecían cautivados por la juerga que se desarrollaba a nuestro alrededor.

Tragué saliva antes de llevar la mano a las suyas despacio y chocar los viales al unísono.

Antes de que pudiera convencerme de lo contrario, lo incliné hacia atrás y consumí el contenido.

Me recosté en el sofá con inquietud, a la espera de los efectos que no tardarían en aparecer.

A medida que transcurría el tiempo, observé el claro, a la gente bailando más allá.

La coronilla de cada persona irradiaba el mismo tono plateado; decenas de orbes titilaban en la oscuridad como estrellas, respirando al ritmo de sus movimientos.

Algunos brillaban más que otros, y me pregunté por qué.

Cerré los ojos en un intento de distraerme de los cambios de mi entorno, pero fue inútil. Algo en mi interior me urgía a mirar, a ver, a asimilar el mundo que me envolvía, así que abrí los ojos de nuevo.

El latido de luz que emanaba del cielo se intensificó, encajando con mi propio latido. El lugar parecía danzar a cámara lenta. Miré a mis amigos, que tenían pinta de estar experimentando el mismo estado de ensoñación. Boquiabiertos, asimilaban las vistas con esta magnífica perspectiva nueva.

No pude evitar la sonrisa tonta que se me extendió por la cara. Todo se sentía bien. Todo se sentía como se suponía que debía ser. Los nervios que antes pudiera tener desaparecieron en las profundidades de mi mente, reemplazados por curiosidad…, asombro…, euforia.

Como en un trance, nos levantamos del sofá, nos cogimos de las manos y nos abrimos paso al centro del campo, donde los rasgueos de la música eran más intensos.

Nos incorporamos a la masa de cuerpos que se balanceaban al compás.

Eché un vistazo a Osta, que se reía, casi doblada.

Raine y Briar se encontraban en un estado similar.

Los cuatro giramos y dimos vueltas a través de la multitud conforme nos rendíamos a los efectos del elixir y dejábamos que se afianzaran por completo.

Entre la neblina, atisbé las luces plateadas alrededor de cada persona.

Las cabezas de mis amigos resplandecían cerca; podía identificarlas sin apenas esfuerzo, como si hubiera memorizado la cadencia exacta de sus pulsos.

Los orbes parecían latir con la música, expandiéndose y contrayéndose en perfecta sincronía.

Por un instante fugaz, sentí como si pudiera extender la mano y tocarlos. Como si pudiera meter los dedos entre esas brillantes esferas y sentir lo que ellos sentían, saber lo que ellos sabían. La urgencia era magnética, casi irresistible.

Pero el pensamiento se esfumó tan rápido como llegó.

Jamás me había sentido tan libre, dejando, sin pensar, que mi cuerpo reaccionara al mundo que me rodeaba.

Se me pusieron los ojos vidriosos cuando eché la cabeza hacia atrás y observé la flor de arriba.

Cambiaba e irradiaba una luz destellante que iba al mismo ritmo que mis propias frecuencias.

No pude evitar quedarme atrapada por su fuerza magnética.

Mis sentidos se vieron abrumados por el ambiente que me envolvía.

El aroma a jazmín era sobrecogedor; se me colaba por la nariz como si fuera una toxina adictiva. Me zumbaban los oídos por las melodías energéticas que me recorrían de arriba abajo con una intensidad sin límites.

Hasta la boca la tenía electrizada por el sabor del aire a mi alrededor, dulce y cautivador. Me relamí los labios, ansiosa por degustarlo más.

Algo oscuro me rondaba la cabeza… Algo de lo que necesitaba preocuparme. Algo que debía recordar. Pero estaba muy lejos, y las luces eran demasiado brillantes.

Los deslumbrantes orbes que me rodeaban latieron; una constelación de consciencia plateada que casi podía saborear. Y, en algún lugar en mi interior, algo más se agitó y después se adormeció de nuevo.

Acallé esa parte de mí y me entregué por completo al colorido caleidoscopio.