Riftborne (Trilogía Esprithean 1) Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

Sin embargo, en cuanto toqué el pomo con la mano, se me paralizó el cuerpo. No había pensado en el hecho de que tendría que atravesar el cuartel con esta pinta.

Sola.

Se me revolvió el estómago, pero ya era demasiado tarde.

Respiré hondo para tranquilizarme antes de asentir para mí misma y salir al pasillo.

Empecé a subir las escaleras que llevaban al comedor mientras trataba de caminar deprisa y evitar el contacto visual.

No obstante, esa fue una tarea difícil, ya que seguía teniendo las piernas entumecidas por el acondicionamiento físico.

Una parte de mí se preguntó si sobreviviría a esta noche con estos zapatos.

«Más vale que vayamos a un sitio donde se fomente el sentarse».

Unos cuantos miembros de la infantería estaban sentados en el sofá en la parte de arriba de las escaleras.

Lanzaron una mirada en mi dirección cuando atravesé la puerta.

Intenté no prestar atención a los susurros mientras caminaba entre las mesas del comedor y los cuerpos de gente que comía, escribía cartas y conversaba.

Unos pocos se giraron hacia mí cuando mis zapatillas hicieron unos chasquidos que sonaban muy diferente de las botas que solían reverberar en este lugar.

Un escalofrío me recorrió cuando escuché un silbido de algún lugar a mis espaldas, pero no pensaba darme la vuelta. El vestíbulo quedaba solo unos pasos más allá. Notaba cómo los ojos me taladraban la espalda.

Me recompuse y atravesé las verjas, saboreando el aire frío de la brisa. Osta, Raine y Briar seguían hablando. Desde fuera, una podría pensar que llevaban tratándose años.

Briar se percató de que me aproximaba a ellos y se quedó boquiabierto.

—Riftborne, ¿eres tú? —preguntó Raine, impactada. Yo meneé la cabeza y miré a Osta mientras daba los últimos pasos en su dirección.

—Todo es gracias a Osta. —Puse los ojos en blanco y eché el brazo por encima de los hombros de mi vieja amiga. Ella sonreía de oreja a oreja, satisfecha de sí misma.

—Es nuevo. Justo acabé de terminarlo la semana pasada en el taller —explicó—. Sabía que tú eras la indicada para llevarlo. Aunque ahora mismo siento una envidia que me muero. Es un vestido genial.

—No tenía ni idea de que tu pelo fuera tan rizado —comentó Raine.

—No lo suelo llevar suelto así. —Cogí uno de los bucles y tiré de él hasta que volvió de nuevo a su sitio.

—Pues deberías. Si yo tuviera tu pelo, lo llevaría así todos los días. Es precioso. Parece que su textura no pesara, es como si flotara —murmuró Briar antes de engancharse del brazo de Osta.

Saltaba a la vista que esos dos habían hecho buenas migas.

—Bueno, ¿habéis decidido el plan? —pregunté. A Osta los ojos le hicieron chiribitas cuando miró a Raine y a Briar antes de girarse hacia mí con una sonrisa traviesa.

«Por todos los Esprithe, ¿qué tiene en mente?».

—Vamos a ir al Enclave —chilló.

—¿El Enclave? ¿Cómo es eso posible? —pregunté nerviosa.

Era uno de los clientes más gordos de la botica, así que era muy consciente de los tipos de elixires que proporcionaban a la clientela.

El establecimiento era un misterio para la mayor parte de Luminaria; un club solo para socios que atendía casi exclusivamente a la élite. Tragué saliva.

—Shun es el mejor amigo de la camarera que trabaja esta noche. Ha movido algunos hilos y nos ha conseguido una reserva en una de sus mesas —contestó Osta mientras una expresión satisfecha se le extendía por la cara.

—He oído rumores sobre ello, pero jamás se me habría ocurrido que alguna vez iría de verdad —soltó Raine con los ojos reluciendo de entusiasmo.

—Pues a mí no me suena de nada, pero sí, sí y sí. Mil veces sí. Por supuesto que sí. —Briar prácticamente vibraba.

Contuve el vuelco de mi corazón y me recordé que esta noche no era para mí. Era para Osta.

—Está cerca, ¿no? —pregunté, intentando sonar tan emocionada como mis compañeros reclutas.

—Calle abajo. ¿A que soy la mejor? —arrulló Osta, y se giró para caminar en dirección al club. Fui hasta ella y me enganché de su otro brazo.

—Eres única —susurré, dándole un empujoncito. Ella se limitó a sonreír aún más mientras nos abríamos paso por la bulliciosa calle—. Por cierto, tenemos que hablar de ese pequeño coqueteo que he visto en el cuartel. —La miré, poniendo los ojos de lo más serios.

—¿Qué? ¿Te refieres a aquel chico? Era muy majo. ¿Por qué me miras así?

—Es un rotundo no. Es horrible, Osta. Te lo digo en serio. Además, es un intolerante. Su mejor amigo es el que no para de lanzarme puñales con la mirada.

—Ah, ¿sí? —Osta bajó la vista hacia su marca de riftborne, con la decepción apoderándose de sus facciones.

—Sé que tienes buena mano hasta con los más estirados de la nobleza de Sídhe, pero no pierdas el tiempo con este, Osta. Puedes aspirar a algo mejor.

Ella suspiró y me miró con una débil sonrisa. Yo le di un codazo.

—Pero dejemos de hablar de ello. Esta noche es para ti, así que divirtámonos. —Le guiñé un ojo mientras continuamos paseando calle abajo.

—Aquí es —musitó Osta cuando todos nos quedamos mirando el exterior deslucido de una vivienda baja con una entrada modesta.

—¿Estás segura de que no nos hemos equivocado de sitio? —pregunté dudosa. Osta dio un paso adelante y llamó a la puerta con un patrón inusual. Raine me lanzó una mirada confusa a la que yo respondí con un encogimiento de hombros.

La puerta se abrió con un chirrido y dio paso a una mujer con una túnica de gala negra.

—Santo y seña, por favor —solicitó.

—Espejismo —respondió Osta con confianza.

—Adelante. —La mujer retrocedió y nos acompañó a una salita.

Estaba vacía, a excepción de una puerta en la pared más alejada, y el suelo cambió a medida que lo cruzamos.

La mujer dio un paso atrás y deslizó el dedo por la puerta hacia abajo.

Un dorado brillante resplandeció con el patrón que había trazado.

—¿Eres una tejedora de la luz? —preguntó Briar.

—Casi todos los que trabajamos aquí lo somos. Es el único modo de abrir puertas y moverse —replicó con una sonrisa misteriosa.

Enseguida, oí lo que parecía una cerradura girar, y la puerta se abrió despacio.

—Bajad las escaleras. La camarera os acomodará —explicó la mujer.

Todos intercambiamos una mirada antes de cruzar la puerta y abrirnos paso por el tramo de escaleras de madera.

La habitación a la que entramos estaba pintada de negro, y sonaba una música que surgía del suelo. Una mujer con el cabello negro se aproximó a nosotros con una tablilla de madera en las manos.

—Nombre, por favor —pidió mirándonos.

—Osta Riftborne.

La camarera ni siquiera pestañeó ante la mención de nuestro apellido compartido. Se limitó a sonreír y suavizó los rasgos.

—¿Eres amiga de Shun? —preguntó la camarera.

—Sí, y te agradecemos mucho que nos hayas colado en el último minuto —habló Osta con entusiasmo y destilando emoción.

—La verdad es que ha sido pura suerte. Hemos tenido una cancelación —susurró la mujer—. Seguidme.

Abrió una puerta, y una luz brillante iluminó el pequeño vestíbulo.

Me quedé impactada cuando entramos. Era como si nos hubiéramos adentrado en un valle cubierto de césped maravilloso en mitad de una cordillera.

Las estrellas titilaban en un interminable cielo negro y una vorágine de cuerpos danzaban en medio del claro.

La música era parecida a la que habían puesto en la arboleda, pero más movida y más violenta. Sonaba por todo el espacio.

En mitad del cielo había una inmensa flor que brillaba en un caleidoscopio de colores. Una niebla salía en espiral de ella.

Era obvio que había ilusionistas trabajando aquí.

Y fue entonces cuando al fin percibí la encantadora fragancia de jazmín en el aire. Se me relajó el cuerpo y lo sentí más pesado.

Había unos salones individuales dispuestos alrededor del perímetro, cada uno con su propia fogata que destellaba en tonos de rojo, azul y morado.

Seguimos a la mujer totalmente asombrados mientras nos conducía a un reservado al final de la fila. Tres sofás de terciopelo negro formaban una figura en U sobre el terreno cubierto de hierba.

—Esta es vuestra mesa esta noche. Si queréis un aperitivo, echad uno de estos al fuego —explicó al tiempo que le entregaba a Osta una bolsa pequeña.

Todos nos acomodamos en los sofás y nos deslizamos sobre los suaves cojines.

—Espero que disfrutéis de la noche. —La mujer nos guiñó un ojo antes de volverse y abrirse paso de vuelta a través del campo.

—Madre mía. Por todos los Esprithe… —soltó Raine, meneando la cabeza asombrada.

Osta ya estaba abriendo la bolsa y metiendo la mano para ver qué había dentro. Sacó un cristal de ámbar pequeño.

—¿Lo echo? —preguntó, con los ojos reluciendo de picardía.

—¿Para qué hemos venido si no? —Aplaudió Briar dando saltitos en su asiento.

Osta alargó la mano sobre el fuego y dejó caer el cristal. Tras unos instantes, un humo de tono dorado surgió de la hoguera, y la fragancia del copal quemándose me llenó los pulmones.

—No me creo que estemos aquí de verdad. —Osta suspiró—. Después de lo de ayer, este tipo de distracción es justo lo que necesitaba.

—¿Qué ocurrió ayer, cielo? —Briar se incorporó y se puso con los codos sobre las rodillas.

Los ojos de Osta volaron hacia mí.

—Su jefa la despidió —contesté en tono neutro.

—Porque le hice algunas sugerencias a un diseño en el que estaba trabajando. La tela que quería utilizar no tenía sentido con la estructura de la blusa —añadió Osta exasperada.

—Si estos dos vestidos son indicativos de tu talento, me parece que es ella la que debería haber estado trabajando para ti —dijo Raine—. ¿Dónde me inscribo para pedirme el siguiente vestido?

Osta se ruborizó y esbozó una sonrisa tímida. Era una respuesta poco habitual en ella.

—Me encantaría hacerte algo, en serio. Aunque no estoy segura de cómo voy a tener acceso a ciertos materiales ahora que ya no trabajo con una modista. —Se le pusieron los ojos vidriosos.