Riftborne (Trilogía Esprithean 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

E l tiempo cálido fue transformándose en días más gélidos a medida que transcurrían las semanas.

Hacía una noche particularmente fría cuando volví a mi piso después del entrenamiento, con el viento colándoseme por el pelo.

La luz de la luna se reflejaba en el canal y se alteraba cuando las corrientes se dispersaban al pasar los barcos.

Estaba más que hecha polvo, y las piernas me dolían y me temblaban.

Se me escapó un suspiro de alivio en el momento en el que llegué a los escalones de nuestro pasillo, pero cuando me acerqué a la puerta vi que no se encontraba del todo cerrada. Me quedé congelada con los nervios a flor de piel. ¿Me había olvidado de cerrar?

Se escucharon unos gemidos del interior.

«Osta».

Abrí la puerta del tirón y entré corriendo. Se me estabilizó el pulso cuando la vi acurrucada en el sofá y llorando con la cabeza enterrada en las manos.

—Osta, ¿qué pasa? —pregunté mientras me apresuraba a sentarme junto a ella.

—Fia, esa vieja bruja… Ella… —masculló Osta entre sollozos—. Me ha despedido. Por insubordinación. O, al menos, eso es lo que ha dicho.

«Mierda».

—Es una imbécil, Osta. A ver cuánto trabajo puede conseguir ahora que se ha quedado sin su arma secreta. —Intenté sonreír y la rodeé con un brazo—. Seguro que pronto tendrás tus propias clientas…

—Eso espero —hipó Osta.

—¿Qué ha pasado exactamente? —pregunté.

—Thearna quería que combinara dos telas que desde luego no pegaban ni con cola y me negué. No podía hacerlo, Fia —sollozó Osta—. Y me dijo que estaba harta de que la cuestionara. ¡Pero yo trataba de hacerle un favor!

—Siempre estaba refrenándote. Eras una amenaza para ella. Ya lo sabes. —Apreté el brazo a su alrededor—. Además, ahora…

—Pero ese trabajo era lo único que tenía, Fia. Ahora no sé qué hacer. —Todavía seguía temblando, aunque su voz había bajado a apenas un susurro. Había clavado los ojos en el suelo, pero era evidente que habían perdido su chispa habitual.

Me moví en el sofá para mirarla a la cara y le cogí las manos.

—Osta, todo va a salir bien.

—Se ha ido a la mierda. Mi vida entera se ha ido a la mierda. Tenía que haberme quedado con la boca cerrada. Ahora no tengo futuro. Ni posibilidades —murmuró aflojando las manos entre las mías.

—Vamos a superar esto. Puedo intentar hablar con Ashford otra vez y preguntarle si conoce a alguien de la nobleza —añadí. No es que me apeteciera especialmente, pero por ella lo haría.

—Es inútil. Si estuvieran interesadas, ya se habrían puesto en contacto.

—Osta, no pareces tú. Venga, me estás comenzando a asustar. —Le agarré la mano con un poco de fuerza de más—. Se supone que la amiga deprimente soy yo.

Se le escapó una risita y, tras unos segundos, volvió a mirarme.

Suspiré.

—Vamos a solucionar esto. Te lo prometo.

—¿De veras lo crees?

—Pues claro. Eres tú. Y hagas lo que hagas ahora será mejor que trabajar para Thearna.

—Supongo que una pequeña parte de mí está contenta de no tener que verla todos los días. —Osta se encogió de hombros y se sentó un poco más derecha.

—Eso es.

—Solo necesito distraerme. —Hizo un mohín; la Osta que conocía casi había vuelto.

Tuve una idea. Era inusual que yo pudiera solucionarle algo a ella. No pensaba desaprovechar la oportunidad.

—Pues… mañana voy a salir con unos compañeros reclutas. No sé si te interesaría unirte… —solté despacio. Arqueé una ceja, expectante.

Osta dirigió los ojos inyectados en sangre hacia mí. Los abrió aún más cuando se fijó en mi expresión.

—¿Perdona? Fia, ¿que vas a hacer qué? —La postura entera de Osta cambió cuando se acercó y me miró con las piernas cruzadas. Se secó las lágrimas de las mejillas, y una sonrisa se le dibujó en la cara.

—Me han invitado después del entrenamiento. Creo que te caerían bien. Y ellos te van a adorar. Todo el mundo te adora.

Osta chilló.

—¡Fia, estoy tan orgullosa ahora mismo! ¡Mi mariposilla social! Qué bien te he enseñado. —Suspiró, satisfecha de sí misma.

«Misión cumplida».

—Briar, uno de los reclutas, esperaba que conociera algunos sitios buenos para salir por Luminaria. Es obvio que tú estás mucho más versada en estos temas. ¿Te apetece reunirte con nosotros en el cuartel mañana por la noche con un plan? —La miré, anticipando una explosión.

—Fia, qué emoción. ¡Sí, sí, sí! Ay, madre, hay tantas opciones… —Se detuvo, con los ojos moviéndosele mientras pensaba.

—Lo que tú quieras. —Le apreté el hombro antes de levantarme.

—Gracias, Fia. En serio, no me creo que hayas hecho amigos. ¡Es alucinante!

Le guiñé un ojo antes de ponerme de pie y encaminarme hacia mi habitación, pero me detuve.

—¿Fiesta de pijamas en el salón? —pregunté a la par que me giraba con rapidez hacia ella.

—Pues claro. —Sonrió y me lanzó un cojín.

Me reí, lo atrapé y lo arrojé de vuelta.

—Iré a por más mantas. Podemos hacer un fuerte como en los viejos tiempos.

—Sí, ahora que ninguna de las Fairbanks está por aquí pululando para destrozarlo. —El sonido de nuestra carcajada se hizo eco a través del pequeño apartamento mientras doblaba la esquina.

—¿Quieres ducharte en los dormitorios de los reclutas? No debería haber mucha gente ahora mismo. Cuerpo, Escamas y Colmillos no terminan hasta tarde —dijo Raine, sin aliento, cuando regresábamos del campo al cuartel.

—Seguro que no huelo muy bien. —Me reí—. Así que sí. Gracias.

El entrenamiento se había vuelto más brutal, pero no sabía si culpar a las carreras o al dolor de mis músculos, que se había hecho casi permanente.

—¿Van a ser así todos los días? —pregunté mientras seguía a Raine a través de la verja principal. Nos tuvimos que apretujar entre la enorme afluencia de cuerpos del vestíbulo, todos con inmaculadas camisas blancas.

—Ni idea, pero espero que no, la verdad. —Suspiró—. Digo yo que en algún momento tendremos que aprender habilidades de combate propiamente dichas, ¿no? No va a ser todo defensa y evasión.

—Se supone —murmuré mientras me conducía por el vestíbulo del cuartel. Atravesamos el comedor y la zona social y llegamos a la puerta que había en mitad de la pared negra entre dos sofás. La abrió y vimos unas escaleras que descendían al alojamiento de los reclutas.

Cuando volví a entrar en el cuarto de Raine, la encontré en un rincón poniéndose un cinturón sobre unos pantalones de seda azul grisáceo. Llevaba una blusa de cuello alto del mismo color remetida a la perfección y las trenzas recogidas en un moño en la parte de atrás de la cabeza.

Briar descansaba en un banco y llevaba puestos una camisa con el cuello verde oscuro y unos pantalones de vestir marrones. Igual me había traído el atuendo equivocado para la quedada. Eché un vistazo a mi ropa habitual típica de la botica. Al menos había cogido la camisa que tenía menos manchas.

Osta nos esperaba fuera de las verjas conversando con un recluta de cabello negro. Cuando nos aproximamos, me di cuenta de que jugueteaba con su pelo, como era típico en ella. Pues claro que ya había encontrado a un miembro con quien coquetear… «Espera». Entrecerré los ojos al reconocer al hombre.

Nazul.

«Oh, venga ya».

Aligeré el paso e intenté llamar su atención.

Nazul se volvió y se fijó en que nos acercábamos. Le asintió a Osta y le susurró algo en el oído antes de echar a pasear calle abajo.

—¡Vosotros debéis de ser los nuevos amigos de Fia! —exclamó Osta saltando hacia nosotros. Ella me dio un codazo a modo de aprobación, lo que hizo que me pusiera colorada.

—Osta, estos son Raine y Briar. —Señalé a un lado y a otro.

—Encantada —saludó Raine con una sonrisa radiante.

—Eres monísima —musitó Briar—. ¡Y qué vestido! Estás absolutamente divina.

Osta rebosaba de alegría.

Llevaba un vestido de color marfil claro que le llegaba justo por debajo de las rodillas en sencillos volantes. Las mangas le caían sobre los hombros, ondeando al viento. Iba todo sujeto con un tenue corsé florido abrochado a la espalda.

—¡Gracias! Me alegro de conoceros a los dos —dijo con entusiasmo antes de dar un paso hacia mí y susurrar—: Te he traído algo para que te lo pongas. —Me volví a ruborizar cuando me miré los simples pantalones marrones y el top beis. Ya me imaginaba lo que Osta había elegido para mí.

Con un gemido, alargué la mano hacia ella y me entregó la mochila con entusiasmo.

—Ve a cambiarte a mi cuarto —sugirió Raine mientras me daba una llave pequeña. Sonreí y agaché la cabeza antes de atravesar de nuevo las verjas del cuartel.

Me planté delante del espejo para ver bien el vestido.

Confeccionado de una tela de seda del color del vino especiado, se movía como si no pesara nada mientras me giraba para inspeccionar mi reflejo.

La parte superior estaba hecha a medida e iba sujeta al cuello con una tira delgada, que me dejaba el escote al aire.

El largo caía en una falda acampanada sencilla.

Osta sabía cómo causar impresión, eso había que concedérselo. El vestido era simple, pero aun así muy elegante. Con él, parecía tener estilo, algo ya bastante impresionante de por sí.

Fruncí los labios y cambié el peso de una pierna a otra mientras mi reflejo me devolvía la mirada y observaba la apretada melena recogida hacia atrás y los permanentes ojos con ojeras.

Osta había dejado algunos de sus productos de belleza en la bolsa…

Antes de que pudiera arrepentirme, saqué el lápiz delineador negro y empecé a pintarme los ojos.

Retrocedí y examiné mi trabajo. Ni tan mal. Le daba de nuevo ese toque de seducción a mis rasgos. Me mordí el labio. El pelo era caso aparte.

Me lo solté, dejé que los rizos blanquecinos cayeran ligeros sobre mis hombros y respiré hondo.

Si íbamos a uno de los lugares favoritos de Osta, sí que podría dar el pego, y…

verme de esta guisa la animaría aún más, sobre todo si no había rastro de la resistencia habitual.

En este momento, me había comprometido con la fachada.

Me calcé las zapatillas a juego que Osta me había dado y me fui a la puerta.