Riftborne (Trilogía Esprithean 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

E l general Ashford acababa de llegar al gimnasio cuando yo entré. Esta sería la primera vez que nos encontraríamos realmente solos desde el baile.

Notó que me acercaba y mantuvo la puerta abierta en silencio, pero me examinó de arriba abajo.

—Hola a ti también —bromeé mientras pasaba a su lado hacia el espacio familiar. Él entró detrás de mí sin decir ni una palabra.

Cogí una silla de la pared y me senté; los músculos suspiraron de alivio mientras me recogía el pelo en un moño apretado en la nuca.

—Imagino que tu entrenamiento con Mercer está yendo bien, ¿no? —Su voz rompió el silencio mientras agarraba su propio asiento.

—Estoy agotada, pero podría ser peor —respondí, siguiendo sus movimientos.

Se tomó su tiempo para apartar la silla, y me molestó mucho el sonido chirriante. No parecía estar prestándome atención en absoluto.

—Los reclutas son interesantes, salvo Baelor, que tiene pinta de que podría matar a cualquiera a sangre fría —medio bromeé. Matarme a mí en todo caso. Aquello sí que pareció llamarle la atención un poco.

—Ah, ¿Soleil? Sí, es una joyita, como su padre —contestó Laryk.

—En realidad, me recuerda un poco a ti. —Alcé una ceja, anticipando su respuesta. Dirigió la vista hacia mí con curiosidad.

—No vuelvas a insultarme así, Riftborne. —Me dedicó una sonrisa antes de que sus ojos adquirieran otra vez esa expresión ausente al pensar de nuevo en lo que fuera que le ocupara la mente.

Me aclaré la garganta y sentí un poco de inquietud.

—Bueno, ¿cuál es el plan para hoy?

Vi cómo arrastraba los dientes y estos liberaban su labio inferior voluptuoso, y, cuando por fin me miró, tenía la boca un poco entreabierta.

—¿Hum?

—¿Cuál es el plan? —insistí; mi cansancio se estaba convirtiendo en irritación.

«¿Qué le pasa?».

Estaba convencida de que tenía algo que ver con los ataques de los espectros.

Seguro que había mucha información que no estábamos autorizados a saber todavía.

Mucha por la que aún no habíamos dado nuestra sangre para enterarnos.

Necesité una gran fuerza de voluntad para no comenzar a hacerle preguntas sobre todo.

Saqué un fragmento de jaspe rojo del bolsillo y lo mantuve agarrado en la mano.

Lo último que necesitaba era perder la paciencia.

—Tenemos que hacer que te pongas al día con el resto de los reclutas. Mientras no puedas entrenar de verdad para usar tu foco como los demás, debemos hacer que llegues a controlarlo del todo sin liberarlo.

—Entonces ¿mi meta es dejar que mi foco tome forma en todo su esplendor, pero no usarlo?

—Exacto.

Asentí.

—Vale, lo intentaré.

Cerré los ojos y centré mi atención en la parte baja de la espina dorsal, de donde saqué la telaraña translúcida y observé cómo empezó a tejerse hacia mis vértebras, pero volvió a retroceder.

—¿Cómo crees que mi foco funcionará contra los espectros? —me encontré preguntando.

«Adiós fuerza de voluntad».

Me pregunté si estaba sonando nerviosa.

—Cuando me encontraste y viste de lo que era capaz, entiendo que me trajiste teniendo en mente a estos oponentes, ¿no?

—Tengo mis teorías —replicó con la mirada perdida.

Abrí los ojos otra vez y me percaté de que él se estaba volviendo a morder el labio.

—¿Me mantendrás bien informada de estas teorías?

Suspiró mientras se apartaba el pelo de la cara. Aquella noche lo llevaba suelto y le caía en ondas sobre los hombros.

—En algún momento, sí.

Se me formó una línea recta en la boca mientras me quedaba mirándolo con la esperanza de ver su brillo habitual, pero parecía tener la cabeza en otra parte.

—Eso me tranquiliza —murmuré. Agarré la piedra con más fuerza, aunque el sudor de mi palma hizo que se me resbalara y se cayera al suelo con un ruido estridente. Fue a parar a los pies de Laryk. Él se agachó para recogerla y por fin le prestó atención a algo más que a sus pensamientos.

—¿Jaspe rojo? —dijo pensativo mientras observaba el fragmento.

—Creí que podría ser de ayuda para mi concentración. Pienso que es muy importante prestar atención durante nuestras sesiones. Tal vez podrías cogerlo tú —repliqué, y exhalé con brusquedad.

Él sonrió un poco sin mirarme, pero mantuvo la piedra agarrada, ladeando la cabeza antes de fruncir el ceño.

—¿De verdad funciona? —preguntó en voz baja.

Parpadeé, sorprendida por la pregunta.

—No… No sé si es la propia piedra o solo tener algo que me mantenga con los pies en la tierra.

Ma me dio lecciones sobre cristales y plantas hace muchos años.

Dijo que podían ayudar a canalizar la energía, la intención del foco.

—Me encogí de hombros, de pronto muy cohibida—. Seguro que a ti te parece ridículo.

—No. —Su voz era amable, curiosa—. No me lo parece.

Él seguía cerca, todavía con la piedra en la mano, girándola con los dedos como si tratara de resolver un rompecabezas con ella.

Entonces, alargó el brazo y me la tendió. Nuestros dedos se tocaron cuando la agarré y él se apartó. Rápido, como si el contacto le hubiera quemado. Volvió a su silla, pero no se sentó. Se quedó allí de pie, con una mano apoyada en el respaldo.

—Los ataques están empeorando —dijo de pronto—. En el oeste.

—Me lo he imaginado. —Lo observé con detenimiento—. Por eso has estado…

—¿De mal humor? Sí. —Al final se sentó, aunque con una postura rígida—. La semana pasada perdimos a un montón de soldados.

—Lo siento mucho. —Tragué saliva con fuerza.

—No lo sientas. Tú no hiciste que los mataran. —Su voz era monótona. Fría—. Yo sí.

Arrugué la frente.

—Si ni siquiera estabas allí.

—Pero yo los envié. —Se inclinó hacia delante, apoyó los codos en las rodillas y juntó las manos—. Eso es lo que hago. Evalúo las amenazas, despliego soldados y confío en que vuelvan. —Se le tensó un músculo en la mandíbula—. No siempre lo hacen.

—Supongo que es un riesgo del que todos somos conscientes —susurré mientras me metía las manos bajo los muslos.

Laryk negó con la cabeza. Parecía estar librando una batalla consigo mismo.

—Tú no tenías opción. —Las palabras salieron en voz baja. Con cuidado—. Otros sí se unieron por voluntad propia.

Apretó las manos sobre las rodillas.

—Yo te obligué. Y ahora estás aquí, entrenando para una guerra en la que nunca has querido luchar.

Se me aceleró el pulso.

—Es cierto. Pero no es nada personal. En eso consiste tu trabajo. Jamás he fingido no saberlo.

—Sí. —La palabra sonó vacía—. Hice exactamente lo que tenía que hacer. Lo que exigía mi deber.

—En ese caso, ¿por qué te preocupa? —Cruzó su mirada con la mía un instante antes de bajarla al suelo—. Porque es obvio que lo hace.

Se levantó de golpe.

—Estamos perdiendo el tiempo. Vamos a seguir con tu entrenamiento. —La dulzura de su voz había desaparecido y había sido reemplazada con algo más duro.

—Laryk…

—Es una orden, recluta. —Los muros volvieron a erigirse, firmes en su sitio. No obstante, había visto lo que había debajo y ahora no podía dejar de verlo.

Aun así, cerré los ojos de golpe e intenté olvidarme de los últimos minutos y de lo que significaban. De lo que habían cambiado. Se avecinaba la guerra, y, si yo iba a tener posibilidades de luchar contra este enemigo, tenía que controlar esta mierda.

Solté el aire despacio, busqué los zarcillos e hice que me ascendieran por la columna. Necesité toda mi concentración, pero llegaron hasta la mitad. Seguí adelante pese a mi cansancio; sin embargo, no subían más.

Permanecimos bloqueados en esta batalla durante unos momentos antes de que los liberara en las profundidades de mi espalda. Sacudí la cabeza y suspiré. Aquello era un progreso, pero no mucho.

—He podido controlar mi foco parte del camino antes de que comenzara a escurrirse. Creo…

—Qué bien, Fia. —Cuando abrí los ojos, él me estaba mirando—. Te aconsejo que practiques en tu tiempo libre también. Me gustaría que dentro de quince días fueras capaz de tener todo el control.

—¿Qué tiempo libre? —Sentí que se me empezaba a formar un dolor de cabeza en las sienes mientras pensaba en la agenda ya llena con la que estaba lidiando.

Alguien golpeó el cristal.

A él se le tensó la mandíbula. No se giró.

—Laryk, ¿has terminado ya? —arrulló Narissa apoyada en el marco de la puerta.

Ella desvió su atención hacia mí, y su expresión se volvió amarga.

Él cerró los ojos un instante. Inspiró hondo.

—Sí —contestó, aunque no había calidez en su voz—. Acabamos de terminar.

Al final, se levantó y se giró hacia la puerta, pero se detuvo y me miró a mí.

—En la próxima sesión tendremos más tiempo. —Sonaba como una promesa—. Me aseguraré de eso.

Entonces, Narissa y él se marcharon, y la puerta se cerró tras ellos con una última ráfaga de viento.