Riftborne (Trilogía Esprithean 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

L a sensación de caer me envolvió.

La ingravidez repentina envió mi estómago revuelto al pecho; una tumultuosa danza con la gravedad que me dejó jadeando en busca de aire en la oscuridad.

El tiempo se estiró hasta el infinito cuando me precipité hacia el suelo. El vacío que rodeaba mi descenso era una de las sombras, que devoraba cualquier rastro de luz antes de que pudiera penetrar en sus profundidades. Intenté chillar, pero tenía la garganta cerrada.

No podía hacer ningún sonido.

Crac.

Impacté contra el suelo con una fuerza descomunal; el sonido de los huesos y los tendones rompiéndose hizo eco entre la devastación.

La agonía fue inmediata y me abrasó cada nervio. Una sinfonía de dolor me sumió en la desesperación en busca de un aliento que no llegaba.

Aun así, incluso mientras yacía destrozada e inmóvil, el consuelo de la muerte me rechazó. De algún modo, seguía con vida, atrapada en los confines de mi propia mente, prisionera de la pesadilla.

Esta parecía muy real.

En silencio, le declaré la guerra a mi mente, anhelando el refugio del mundo de los despiertos.

No podía seguir ni un segundo más en este sueño.

Despierta, joder.

Con una violenta sacudida, abandoné la oscuridad. Abrí los ojos de par en par mientras jadeaba en busca de aire con el pecho agitado a un ritmo caótico.

Los ecos de los gritos mudos reverberaban en mis oídos.

«Me cago en los Esprithe, putos sueños».

Me estremecí. Las lágrimas me corrían por las mejillas y tenía los músculos doloridos. Solo había sido un sueño. Me obligué a calmarme y a apaciguar el ritmo frenético de mi corazón.

«Respira».

La habitación en la que estaba se volvió nítida. Agarré las sábanas y exhalé despacio mientras repetía la palabra varias veces hasta que noté que se me relajaba el cuerpo.

Este sueño era nuevo. Me pregunté si habría sido propiciado por lo que había descubierto durante la clase. Sacudí la cabeza. Raine tenía razón: sí que era carne de pesadillas.

Me levanté de la cama y me preparé para el día. Iba a ser uno muy largo. Por primera vez, de alguna manera tendría que hacer frente a un turno en la botica, empezar el entrenamiento y asistir a mi sesión personal con Laryk.

La idea hizo que me entraran ganas de meterme en la cama y ahogarme bajo las mantas.

No traté de darle conversación a Ma hoy.

Tenía los nervios de punta y no me apetecía llevarlos al límite.

Ahora que solo trabajaba por las mañanas debido al estricto horario del entrenamiento de los reclutas, estábamos más ocupadas que nunca.

Era mucho más fácil evitar los silencios incómodos con la carga extra de trabajo.

Tras terminar la última de mis tareas, me quedé en la trastienda a la espera del momento ideal.

Me cambié con prisas y me puse el uniforme de la Guardia mientras Ma estaba de espaldas, pero el conocido sentimiento de tristeza persistió cuando pasé junto a ella para marcharme.

No respondió cuando me despedí. ¿Cuánto tiempo más íbamos a seguir así?

Cerca de la entrada del cuartel, divisé dos rostros familiares apoyados contra los muros exteriores. Raine y Briar. Raine me miró cuando avancé por el cruce peatonal y me saludó con ganas.

Les dediqué a los dos un gesto sencillo con la mano mientras reducía la distancia entre nosotros.

—Veo que has sobrevivido a la noche —resopló Raine a la par que me lanzaba una sonrisa.

—La próxima vez que decidáis iros de bares, apreciaría que me invitarais —refunfuñó Briar, cruzándose de brazos.

—Briar, ya te lo he dicho. Solo fue un bar. Tampoco te perdiste gran cosa. —Raine le dio un golpecito en el brazo.

—En serio, la mayor parte estuvimos aprendiendo los fascinantes entresijos de la Guardia —murmuré con sarcasmo—. Y, dado que tú ya lo sabes todo de ese tema tan interesante, supongo que te habrías aburrido como una ostra.

—Me repatea que tu primera impresión de nuestro grupo haya sido de Raine. Yo soy mucho más divertido. Y un compañero de copas mucho mejor.

Raine soltó una carcajada y le dio un empujoncito juguetón a Briar en el hombro. Sonreí y bajé la mirada. No estaba acostumbrada a que la gente quisiera estar conmigo de tan buena gana. Tampoco es que yo le hubiera dado a nadie la oportunidad.

—¿Estás libre esta noche tras el entrenamiento? —me preguntó Briar con una chispa en los ojos.

Raine me lanzó una mirada de curiosidad. Le había hablado de mi horario con el general. Parecía que había mantenido su palabra y no le había contado a nadie lo de mis sesiones personales.

—Ojalá… —dije, deteniéndome mientras me estrujaba los sesos para dar con una excusa coherente—, pero debo irme derecha al distrito central justo después. Tengo planes con mi compañera de piso. —Me encogí de hombros con un poco de dramatismo de más.

—Qué pena. ¿Y mañana? —Su voz estaba cargada de entusiasmo—. Me muero por hacerte unas preguntas. Creciste en la ciudad, ¿verdad? Seguro que conoces los mejores lugares. —Le resplandecieron los ojos.

—Pues… sí, pero me temo que no te podré ayudar mucho con eso. No suelo salir a menudo —admití.

—Bueno, entonces tendremos que descubrirlo juntos. Quizá es hasta más divertido —reflexionó Briar observando las calles.

—Creo que es mejor que vayamos a clase. Me molestaría que Mercer nos mirara mal todo el tiempo por llegar tarde —dijo Raine con una sonrisa descarada antes de girarnos hacia la verja.

A medida que entrábamos en el cuartel, no pude evitar sentirme algo más tranquila.

Atravesar los pasillos con un grupo era mucho menos intimidante que hacerlo sola.

Esbocé una sonrisa y me felicité para mis adentros por conseguir no espantar a mis nuevos amigos.

Llegamos a la sala pequeña al final de la fila de gimnasios y Briar fue hasta la puerta, la abrió y se hizo a un lado.

—Si llegamos tarde, creo que vosotras dos estáis mucho más preparadas para enfrentar la ira del teniente. Al fin y al cabo, yo solo soy un granjero. —Briar sonrió con dulzura y gesticuló para que entráramos primero.

—Qué considerado —señaló Raine cuando pasó junto a él. Yo la seguí con una risa ligera.

Mercer se encontraba apoyado en la mesa que había en la parte delantera de la sala. Nos hizo una señal con la cabeza cuando entramos. Baelor y Nazul llegaron detrás de nosotros, seguidos de Draven, que parecía que había visto un fantasma. Me pregunté si Baelor habría tenido algo que ver con eso.

Eché un vistazo y me detuve en los asientos de la última vez, que ahora estaban ocupados por cinco montones de tela negra.

—Cambiaos. Hoy vamos a comenzar el acondicionamiento físico —indicó Mercer, y luego salió de la habitación y cerró la puerta tras él.

Todos echamos un vistazo a nuestro alrededor, lanzándonos miradas inseguras entre nosotros.

Todos excepto Baelor, que había arrastrado una silla y había cogido las prendas.

En un periquete, se desvistió. Miré a Raine, que me devolvió la mirada con un encogimiento de hombros confuso antes de desabotonarse la camisa.

Supongo que la privacidad era un lujo que ya no podíamos permitirnos.

Después de lo que quizá hubiera sido la serie de eventos más incómodos de mi vida hasta el momento, acompañamos a Mercer al exterior a través de un campo cubierto de hierba en la parte trasera del cuartel.

La extensión estaba llena de miembros de las facciones Escamas y Colmillos, que hacían ejercicios.

Cambié el peso de un pie a otro mientras avanzaba y estiré los brazos a los dos lados en un intento de ajustarme el nuevo uniforme de cuero negro que todos llevábamos, el que Laryk había ayudado a diseñar.

Era rígido y no ofrecía mucha flexibilidad; parecía una elección extraña para un atuendo atlético.

Aunque, por lo visto, lo habían cosido con las fibras más fuertes conocidas en todo el reino y lo habían reforzado con encantamientos que potenciaban su fuerza y lo hacían prácticamente impenetrable.

No podíamos llevar la armadura de los soldados de Cuerpo porque pesaba demasiado, así que vestíamos uniformes de cuero en su lugar, por lo que tendríamos que acostumbrarnos a movernos con ellos.

Mercer se detuvo cuando pisamos el césped, se volvió hacia nosotros y se llevó los brazos a la espalda.

—La agilidad es lo único que podría salvaros si os encontráis rodeados.

—Empezó a pasear—. Cuando os veáis atrapados entre las garras de un espectro, vuestro foco no os servirá de nada.

Y las habilidades de combate tampoco. Llegados a ese punto, la única opción que tendréis es encontrar una vía de escape. Y rápido. —Se giró para mirarnos.

—Solo los cobardes huyen —dijo Baelor, cruzándose de brazos.

El teniente fue hasta el chico de cabello negro azabache y se paró a apenas unos milímetros de su cara.

—Interrúmpeme otra vez, Soleil, y te haré correr el doble.

—La voz de Mercer era firme. Baelor le mantuvo la mirada sin inmutarse.

El aire a su alrededor parecía palpitar con tensión.

Mercer se dio la vuelta y se crujió el cuello—.

Manteneros con vida no es de cobardes. Es vuestra prioridad.

Los cinco os uniréis a nuestra facción más fuerte.

Vuestra supervivencia es vital para nuestra misión.

—Se aclaró la garganta—. La velocidad va a ser primordial para todos vosotros.

Al igual que la resistencia y la flexibilidad.

Pero antes tenemos que poneros en perfecta forma para el combate.

¿Veis estas marcas? —preguntó mientras señalaba diez líneas blancas en el suelo, espaciadas de manera uniforme a lo largo del terreno—.

Cuando lleguéis a la primera, regresaréis y tocaréis el suelo antes de correr a la segunda, y haremos lo mismo con las demás.

¿Entendido? —Arqueó una ceja—. Correréis hasta que os diga que paréis.

Un gemido colectivo se extendió por el grupo cuando Mercer se puso de espaldas.

—A vuestros puestos. Os daré la señal para empezar.

Todos nos desperdigamos. Miré a Raine, que hacía un puchero en silencio. Creo que ninguno esperábamos esto hoy. Me tiré del cuello de la camiseta, intentando estirar la tela ceñida alrededor de la garganta.

El sol brillaba implacable sobre nosotros. El aire era denso y cálido, casi sofocante. Ya llevábamos unas semanas en Eibhlín, pero hoy hacía más calor de lo normal. Ya podía notar las gotas de sudor en la frente.

Mis pulmones inhalaron por instinto en busca de aire y exhalé largo y despacio. A continuación, giré la cabeza e inspeccioné la postura de los demás reclutas. Todos estaban hincados de rodillas, a la espera de la orden. Hice lo mismo.

—¡Ya! —gritó Mercer, y todos nos lanzamos hacia delante. Baelor se puso en cabeza, girando con destreza sobre sus talones cuando llegó a la primera marca.

Me esforcé por intentar llevar un ritmo constante, pero ya me ardían los pulmones.

Cuando acabó el acondicionamiento físico, todos estábamos tirados jadeando, hasta Baelor, que había logrado adelantarnos numerosas veces a lo largo de la tarde con una mirada de orgullo en la cara.

Siguió aprovechando cada oportunidad para lanzarme una mirada despectiva, como si quisiera fulminarme con ella o reducirme a cenizas. No lo tenía muy claro.

Cuando alcanzamos las verjas del cuartel, me acomodé sobre los adoquines y estiré los músculos cargados. Me dolía el cuerpo en lugares que no sabía que existían.

Guardias de todas las facciones llenaban la calle delante de las verjas, yendo y viniendo, charlando y recogiendo el correo y las entregas.

Raine se deslizó a mi lado y gimió cuando tocó el suelo. Las dos jadeamos a la vez durante unos instantes.

—Menuda tortura —dijo sin aliento. Me incliné y agaché la cabeza. Todavía me temblaba el cuerpo de la intensidad de las carreras.

—Ya te digo —coincidí. Una brisa apartó los rizos sudados de mi cara, y suspiré con alivio. Estos uniformes de cuero daban tanto calor que era insoportable.

—¿Y ahora vas a ir a ver al general? —preguntó ella con aprensión en la voz. Al fin se calmaron nuestras respiraciones y volvieron a su ritmo habitual.

—Sí —resoplé—. Aunque no sé si estoy en la mejor forma para rendir. Ni siquiera me siento las piernas. —Se me escapó una carcajada de los labios.

—Yo no me siento nada. Me voy a echar agua helada antes de meterme en la cama —murmuró. Sonaba a broma, pero su mirada era seria.

—¿No vas a salir con Briar?

—Ni de coña. —Se rio.

—Supongo que te veré mañana…, si es que no me muero en las próximas horas. —Suspiré e intenté levantarme. Las piernas querían ceder. Me temblaron cuando me enderecé.

—Buena suerte. —Cerró los ojos y respiró hondo. Se notaba que era el único sentimiento que podía expresar. Giré sobre mis tambaleantes talones y me encaminé cojeando hacia el gimnasio que había cerca de la botica.