Capítulo 22
M i mente era un hervidero de pensamientos mientras salía a toda prisa de clase. El estómago me burbujeaba con náuseas. ¿Espectros? ¿Sombras invencibles en movimiento? Sacudí la cabeza mientras las puertas se cerraban a mis espaldas. Aquello era demasiado para mí.
Y no se lo podía contar a nadie. A ni un alma.
Había hecho un juramento de sangre literalmente para mantener todo esto en secreto.
¿Cómo lo hacían los demás? Si la amenaza era tan seria, ¿cómo podían dormir por las noches sin confiárselo a sus seres queridos?
Mercer tenía razón: no estaba preparada para esto.
Pasé por la verja y los guardias de antes y tomé el camino de la derecha hacia el distrito central.
—¡Fia! ¡Eh! ¡Para! —La voz se abrió paso a través de mi colapso emocional. Me detuve en seco e hice una pausa antes de girarme para ver a Raine corriendo hacia mí. Una pequeña dosis de alivio me inundó.
—Hola, Raine. —Era un saludo corto y no tan amable como me habría gustado, pero era lo único que podía hacer en ese momento.
—¿Estás entrenando para una maratón? —se burló mientras se apoyaba en las rodillas y hacía unas cuantas inspiraciones profundas.
Se me dibujó una sonrisa en los labios, pero no llegó a formarse del todo, pues aún me invadía el miedo.
—Supongo que estoy un poco conmocionada por la información que hemos descubierto hoy. —Hice una mueca y miré nerviosa a mi alrededor.
—Ya, lo entiendo. A mí también me ha impactado bastante. —Se encogió de hombros al tiempo que se enrollaba una trenza en los dedos.
—¿Vives en el cuartel? —pregunté, todavía con la voz temblorosa.
—Por ahora, sí. Solo durante el entrenamiento. —Echó un vistazo a la calle con los ojos muy abiertos—. Pero esta ciudad es increíble. No tiene ni punto de comparación con las Tierras Altas —caviló, negando con la cabeza.
—¿Eres de las Tierras Altas? —Había oído que la gente no paraba de ir por lo bonitas que eran. El territorio estaba repleto de bodegas y vergeles. Parecía un agradable respiro de las multitudes de Luminaria.
—Por desgracia. —Suspiró y me volvió a mirar—. Pero quiero saber más cosas sobre ti. ¿Estás ocupada ahora mismo?
Aparté la vista, intentando inventarme alguna excusa. Raine parecía bastante simpática, pero yo todavía me sentía conmocionada y no me encontraba en condiciones de intentar socializar.
—Bueno, yo…
—Mercer me ha pedido que te ponga al día de lo que te has perdido. —Inclinó la cabeza hacia abajo y sonrió con malicia. —A ver, a menos que te haya afectado demasiado la pesadilla andante de la que nos hemos enterado hoy. —Se le intensificó el brillo en la mirada.
Sopesé sus palabras. Ser vista como alguien débil por mis compañeros reclutas parecía una manera pésima de comenzar las sesiones en grupo.
—No tengo planes. —Sonreí y me tragué mi ansiedad—. ¿Qué tienes en mente?
Amplió la sonrisa.
—Genial. Hay un bar al final de la calle. ¿Te apetece tomar algo? —No sonó como una pregunta. Me guiñó el ojo cuando pasó por mi lado.
—Claro —murmuré entre dientes, y obligué a mis pies a ir tras ella. Me puse a su altura y me adapté al ritmo de sus pasos. Irradiaba confianza moviendo las caderas mientras se movía y sin apenas parpadear.
Tenía la vista fija en algún punto desconocido que había más adelante y una sonrisa juguetona. Parecía una puñetera leona acechando por las calles de Luminaria. Sentí pena por cualquiera que hubiera despertado su interés. Podría destrozarlo.
—¿Has estado aquí antes? —Raine se detuvo de golpe y abrió una puerta. Yo casi me choqué con ella antes de alzar la vista y leer el letrero de madera que colgaba de unas cadenas sobre la puerta: R UNAS Y J UERGA .
—No. No he pasado mucho tiempo en este lado de la ciudad —admití, metiéndome las manos en los bolsillos.
—Perfecto. A la primera ronda invito yo.
—Me hizo un gesto para que entrara. Todo el lugar estaba lleno de miembros de la Guardia.
Tragué saliva y miré a mi alrededor para buscar unos sitios libres en la barra.
Ella pasó tranquila junto a mí y fue directa al camarero.
El bar estaba fabricado en su totalidad de madera que crujía, desde el suelo hasta las vigas que recubrían el techo abovedado. Olía a sudor y alcohol.
Me acerqué a Raine, que ya se había sentado. Estaba murmurándole algo al camarero cuando yo me deslicé sobre el taburete alto a su lado.
—Creo que ambas nos merecemos esto después de lo que hemos descubierto hoy. —Frunció los labios mientras el camarero volvía con dos jarras—. ¿Por la supervivencia? —susurró a la par que la sostenía en alto hacia mí.
—Por la supervivencia. —Asentí con una sonrisa forzada.
Choqué mi jarra con la suya y tomé un gran sorbo.
—Bueno, si no te importa que te pregunte, ¿cuál es tu foco?
—No estaba segura de cómo se debían tratar esos asuntos, pero la forma preferida de comunicarse de Raine parecía ser ir directa al grano—.
El mío es dominar los rayos. —Sonrió y extendió una mano.
Unas chispas le emanaron de los dedos, retorciéndose y girándose. Puse los ojos como platos.
—¡Eso es increíble! —Me quedé observando cómo ella giraba la palma y las chispas se desvanecían.
—He de admitir que es bastante divertido.
—Se rio—. Aunque no servía de nada en las Tierras Altas.
Cuando el general me encontró, supe que aquí sí podría ser útil.
De todas formas, me alegro de haber salido de ahí.
Lo único que quiero es viajar y ver la isla, y este parece el mejor modo de hacerlo.
—Apoyó los codos en la barra—. ¿Y el tuyo?
Vacilé, intentando descubrir la mejor manera de explicar mi… foco.
—Eh…, bueno, no es tan específico como el tuyo.
Al menos, no creo que lo sea —murmuré mientras le daba otro sorbo a la bebida—.
El general Ashford explicó que… hacía papilla las mentes de la gente…
o algo así. Mi mejor amiga lo llama «reventar mentes» —susurré mientras miraba a mi alrededor.
Hice una mueca por la vergüenza. Sonaba muy infantil.
Raine me agarró el brazo mientras se quedaba con la boca abierta.
—Hostia puta. Nunca había oído algo así. Qué puta genia —espetó, inclinándose hacia atrás para verme de lejos. Su mirada me hizo sudar—. Recuérdame que no te toque las narices.
—En realidad, todo esto es nuevo para mí —admití, paseando la vista por la sala. A ver, el controlarlo sí era nuevo. Deseaba con desesperación desviar la conversación de mí—. ¿Y el resto de los reclutas?
—Bueno, está Baelor Soleil. Es insoportable estar cerca de él. Es el que… —Alzó la vista para encontrarse con mis ojos y evaluar mi respuesta.
Yo me limité a asentir.
—Puede utilizar el fuego. Si nos fiamos de su palabra, puede incinerar un pueblo entero.
Su familia es venerada en la nobleza por hacer eso.
No solo ha nacido en la élite, sino que su padre también es un general retirado, Bron Soleil.
Es prácticamente una leyenda. —Me miró vacilante antes de proseguir—: Es al que le atribuyen la victoria contra Riftdremar.
Algo dentro de mí se retorció, pero lo mantuve oculto.
No estaba segura de si fue por la revelación sobre el linaje de Baelor o por lo considerada que había sido Raine al hablar del lugar en el que yo había nacido.
Como si el desenlace de la guerra hubiera sido de todo menos una victoria. Aquello era nuevo para mí.
—Me cuadra —respondí al fin. Raine se rio.
—Sí. Y luego está su amigo, Nazul Halstead.
Bueno, no sé si son amigos en realidad, pero parece estar de acuerdo con todas las gilipolleces que suelta Baelor.
Sé que se criaron juntos. Su familia también es noble, claro.
Puede formar escudos poderosos, aunque solo en un radio pequeño a su alrededor. En verdad, es bastante inusual.
—Bueno, parece valioso —murmuré, y el enfado me bullía bajo la piel. Por supuesto que una habilidad defensiva tan importante le sería otorgada a alguien tan egoísta. El destino funcionaba de manera muy misteriosa.
—Pero Briar… es genial. Te caerá muy bien, creo. Puede controlar el paisaje. Bueno, a ver, eso es simplificarlo. Puede modelar la naturaleza a su antojo en cierto sentido. Hace crecer las enredaderas con rapidez, provoca hoyos y convierte las piedras en barro. Impresiona bastante.
Sonrió con dulzura antes de proseguir:
—No me ha contado mucho, aunque, por lo que he deducido, se apuntó a la Guardia él solo con la esperanza de ser un recluta de Cuerpo.
Eso causó algún tipo de tensión entre su familia y él.
Al parecer, están muy en contra de la guerra y, por tanto, muy en contra de la Guardia.
—Se encogió de hombros—. Pero él quiso hacerlo por su cuenta.
El general se enteró de su foco y lo ascendió al equipo V de inmediato.
—¿Equipo V? —Dejé escapar una pequeña carcajada.
—No me obligarán a llamarla facción Veneno. Me da muchísima vergüenza ajena.
Casi escupí un sorbo de cerveza.
—No podría estar más de acuerdo.
—Solo sé que fue al general Ashford al que se le ocurrió. —Se rio y puso los ojos en blanco.
Algo cálido se me instaló en el pecho. ¿Cuándo fue la última vez que me senté con alguien así y simplemente…
charlé? ¿Que me reí de algo estúpido? Bueno, alguien más aparte de Osta.
La actitud cercana de Raine hacía que no me costara apenas, como si nos conociéramos desde hacía tiempo y no desde hacía unas cuantas horas.
No estaba acostumbrada a eso. No estaba acostumbrada a permitirme bajar la guardia con nadie.
Sin embargo, aquí me hallaba, disfrutando de verdad.
—¿Y el otro muchacho?
—¿Draven Porter? En realidad, es bastante misterioso… Ninguno de nosotros sabe mucho de él. Es muy tímido —contestó.
—No parece el tipo de persona que se une a la Guardia —comenté, sacudiendo la cabeza.
—¡Dímelo a mí! Pero debe de ser bastante poderoso para llamar la atención del general.
El grupo era mucho más interesante de lo que al principio pensaba.
Jamás había estado rodeada de tantos aossí con focos tan poderosos.
Una parte de mí se sintió pequeña por no haber dominado el mío todavía.
A juzgar por las descripciones de Raine, ninguno de los otros reclutas tenía problemas para controlar sus habilidades.
Se apoyó en la mano y me observó mientras yo me removía en el asiento. Su mirada era quizá más intimidante que la de Laryk.
—Pareces muy interesante —afirmó, mirándome fijamente a los ojos.
Un rubor familiar me recorrió las mejillas mientras me moría de vergüenza.
Miré hacia abajo—. No pretendía que fuera un insulto.
Nunca he visto a alguien parecido a ti. Eres única.
Deslumbrante. —Tomó un largo sorbo de cerveza antes de sonreír.
—Eh…, gracias —murmuré, apartando la vista.
—No saques conclusiones equivocadas. —Soltó una risita y sacudió la cabeza—. Está claro que eres preciosa, pero no eres exactamente mi tipo. —Suspiró antes de girarse hacia la izquierda y señalar—. Esa es mi tipo.
Seguí su mirada por la barra y vi a una mujer con el pelo corto marrón chocolate y una sonrisa amplia que estaba sentada con un grupo de compañeros de la Guardia. Por el emblema verde oscuro de sus camisas blancas, eran reclutas de Cuerpo.
—Pues ve a hablar con ella. —Le di un empujoncito en el brazo.
—Puede que lo haga después de unas cuantas más de estas.
—Volvió a girarse hacia su bebida y rio—.
Pero quiero saber más sobre ti. Te puedo decir que todo el grupo tiene curiosidad.
Que una riftborne se una a la Guardia no pasa todos los días, ya sabes.
Mi mejor amigo de mi pueblo también es riftborne.
Algo suave se agitó en mi interior y se mezcló con la cerveza.
—A ver… Jamás tuve la intención de poner un pie cerca del cuartel, la verdad. —Suspiré—. Pero el general Ashford me encontró, empezó a entrenarme… y aquí estoy ahora.
—¿Has estado haciendo entrenamientos personales con el general? —Un destello de curiosidad le brilló en los ojos.
—Por desgracia.
Echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada; casi tiró su cerveza. Yo le di un sorbo nervioso a la mía mientras esperaba su aclaración.
—Da gusto conocer a alguien que piensa que es tan insoportable como yo —confesó al final, negando con la cabeza y sonriendo de oreja a oreja.
—Raine, sé que nos acabamos de conocer hoy, pero ¿te importaría no contarle nada a nadie sobre mi entrenamiento con el general? —le pedí mientras arrugaba la frente—. No quiero darle a ninguno de ellos un motivo para que desconfíen de mí o… —Se me fue apagando la voz.
Raine me agarró del codo.
—Fia, no voy a contar nada de lo que me digas. Sé lo violento que puede ser este lugar. No voy a añadir un estrés extra a lo que imagino que ya sientes cada vez que atraviesas esas verjas —me aseguró con una sonrisa.
—Gracias… Te lo agradezco mucho, de verdad —mascullé mientras me pasaba los dedos por el cabello despeinado. Confiaba en Raine, por extraño que fuera. Algo en ella parecía innatamente genuino. Directo, pero genuino.
—Las chicas tenemos que mantenernos unidas. —Me guiñó un ojo.
Asentí, y nos quedamos en silencio unos minutos. Me moría por hacerle la pregunta, y la cerveza ya estaba tendiendo sus trampas, así que me rendí a mi curiosidad.
—¿Narissa era una de sus reclutas? —Di un trago.
—Por lo que sé, él escogió a dedo a todos los miembros de su facción —respondió ella examinándome.
—Su foco… He oído que tiene que ver con la sangre, ¿no? —susurré, acercándome al tema con cuidado.
Ella hizo una pausa y le dio otro sorbo a la cerveza. Recorrió la habitación con los ojos antes de contestar.
—Es bastante raro —dijo antes de bajar la voz—. Y sí, es una coaguladora de la sangre. De tipo ácido, por lo que he oído.
—¿Qué hace exactamente?
—Solo necesita unas cuantas gotas de su sangre. Si te toca la piel, te la derretirá hasta los huesos. Ni los sanadores pueden arreglarlo. Al parecer, es el dolor más insoportable que puedas imaginarte.
Le entraron escalofríos mientras las palabras le salían a borbotones.
—Es la única recluta que ha tenido entrenamientos personales con el general… Bueno, aparte de ti.
El corazón me dio volteretas mientras me bebía el resto de la cerveza.