Capítulo 21 #2
Mercer continuó con el resto de los reclutas.
La sala permaneció en un silencio sepulcral mientras todos hacían el juramento.
Cuando acabamos, Mercer colocó los viales individuales en su escritorio y una mujer rubia con el uniforme esmeralda de la Guardia entró en la sala para llevárselos y se marchó tan deprisa como había llegado.
Mercer carraspeó para recuperar nuestra atención.
—Como ya os habréis enterado a estas alturas, están ocurriendo algunas cosas en Stormshire y en los alrededores de la frontera.
De lo que aún no se os ha informado es de lo que está sucediendo exactamente.
En circunstancias normales, no trataríamos esto tan pronto, pero la tensión en el oeste no nos ha dejado otra alternativa.
—Mercer nos miró a cada uno de nosotros con el ceño fruncido.
Oí cómo se echaban hacia atrás las patas de una silla.
—Sé que la riftborne ha dado su sangre, pero ninguno debería confiar en ella.
Nos rebanará la garganta en cuanto nos demos la vuelta.
Mi padre lo ha visto de primera mano. —El comentario llegó de varias sillas atrás.
Giré la cabeza hacia allí en un acto reflejo y me encontré al chico de pelo rubio platino de pie mirándome.
El que estaba sentado a su lado, con el cabello negro azabache y la piel trigueña, paseó la mirada entre nosotros y asintió un poco.
Me hirvió la sangre ante la franqueza. Siempre había sabido cómo se sentían de verdad respecto a nosotros, aunque nunca había visto a nadie admitirlo tan directamente.
—Tus prejuicios no te llevarán a ningún lado, Baelor.
Tu padre sirvió bien a este reino, pero los tiempos han cambiado.
Todos debéis aprender a confiar los unos en los otros.
De lo contrario, estaremos perdidos —espetó el teniente Mercer—.
Tenemos problemas mucho más importantes de los que preocuparnos.
Me puse colorada.
Baelor se sentó con la mandíbula apretada.
—Fia, que sepas que no todos somos unos intolerantes. —Un rostro pecoso apareció detrás de mí, con el cabello del color del tofe prácticamente cayéndole sobre los ojos—. Soy Briar Glennwood, por cierto.
Noté una presencia deslizarse en la silla que había junto a mí.
—Yo soy Raine Ampere —se presentó la única otra mujer de la habitación.
A continuación, en voz baja, añadió—: Un soplo de estrógenos por fin.
Prepárate para una sobredosis de sabiduría masculina y debates sobre el foco superior.
A lo mejor eres mi salvadora. Y, lo que es más importante, ignora a Baelor. Los demás lo hacemos.
—¡He dicho que nada de interrupciones hasta el final de la sesión! —gritó el teniente, y todos pegamos un bote en los asientos y volvimos a prestar atención. Respiré hondo y me tragué las palabras que querían salir.
Mercer se aclaró la garganta.
—Como iba diciendo, para que nuestro entrenamiento continúe, todos debéis saber a lo que nos enfrentamos.
Se fue a la parte de atrás de la sala y nos volvió la espalda.
Oí el tintineo del cristal antes de que se diera la vuelta con un matraz en una mano y un tintero en la otra.
Poco a poco, echó la tinta en el agua. El líquido espeso se abrió en un oscuro vacío de formas dentro del vidrio transparente; luego, se transformó en patrones similares al humo.
—Esto es a lo que nos enfrentamos —anunció con un tono punzante y directo—.
Recientemente, ha habido una serie de ataques directos a nuestras bases occidentales de criaturas que tienen este aspecto.
—Mercer inhaló antes de proseguir—. Los llamamos espectros.
Se mueven entre la oscuridad y las sombras, y son casi imposibles de atrapar.
—Observó el matraz de su mano antes de soltarlo.
Por el rabillo del ojo, atisbé alzarse una mano. Pertenecía al único chico que todavía no había abierto la boca. Tenía pinta de ser mucho más bajito que los demás reclutas, y su cabello negro estaba revuelto.
—¿Qué, Draven?
—¿De dónde han salido? —preguntó nervioso.
—Desconocemos muchas cosas. Dado que han aparecido de la nada, suponemos que no proceden de este mundo. Quizá hayan creado alguna puerta a Sídhe, una grieta en el tejido de la realidad. Sabemos muy poco de su especie.
Me removí en mi asiento y miré alrededor para ver si a alguien más le preocupaba que estas criaturas espectrales se colasen por una grieta entre mundos o si se trataba de algo habitual.
La sala permanecía en silencio. Yo tragué saliva con dificultad. No, esto no parecía algo habitual.
Todos estaban en el borde de sus asientos, excepto Baelor, que ahora hacía girar una pluma entre sus dedos como si nada en una cómoda postura relajada.
—Debemos suponer que están aquí para intentar arrebatarnos algo vital de nuestra tierra… o, peor, robarnos todo Sídhe.
—Entonces ¿cómo los aniquilamos? —interrumpió Baelor.
El teniente tarareó para sí mismo.
—Claro, ¿cómo se mata un vacío de imperceptible rapidez y oscuridad? Las armas parece que son de poca o nula utilidad contra ellos; la razón principal por la que el general Ashford ha ampliado la cantidad de miembros de esta unidad tan especial.
Baelor resopló.
—Vamos, que nadie ha podido matar a ninguno todavía, ¿no? Hace mucho que un Soleil no lucha en el frente. Seguro que no escapan de mis llamas.
—Mmm, ajá, el foco de la familia Soleil brilla con fuerza en ti. Estoy convencido de que el general Ashford opina lo mismo —replicó Mercer con tono neutro.
Baelor se reclinó en el asiento, aceptando el cumplido.
Raine levantó la mano antes de hablar.
—Has mencionado que tenéis una idea de a por lo que van, ¿no?
—Algo sospechamos. Parece que anhelan poder. Al menos, se ven atraídos por él. —Mercer se cruzó de brazos—. ¿Alguien sabe lo que es la arcanita?
Reconocí el nombre. Alcé despacio la mano.
—Es un conductor de la esencia, ¿verdad? —pregunté con la voz no tan confiada como me hubiera gustado. Baelor bufó unos asientos más allá, removiéndose con ruido.
—Es cierto. Albergamos grandes reservas de ese cristal tan raro en las fortificaciones occidentales, y parece que a las criaturas les interesa mucho.
Es evidente que, si se hacen con él, solo los Esprithe sabrán qué efectos devastadores tendría para Sídhe.
Nunca nos ha faltado. Existe la posibilidad de que, sin él, nuestros focos no sirvan para nada.
Mercer se metió las manos en los bolsillos antes de continuar.
—Ahora mismo, parece que las fuerzas de los espectros se han limitado al oeste.
Una de nuestras teorías es que sus poderes se han debilitado al estar lejos de su hogar.
Hemos defendido nuestros recursos de cualquier intento por obtenerlo.
También tememos, por supuesto, que, si se aseguran la arcanita, eso les permita conseguir el poder suficiente para moverse con libertad por toda la isla y tal vez incluso llegar a Luminaria.
Un escalofrío me recorrió la espina dorsal ante la idea de que una desconocida oscuridad trepadora causara estragos sobre la ciudad que consideraba mi hogar. Sobre Osta y Ma.
—Los ataques parecen haberse incrementado. Creemos que se están desesperando. Nosotros ya hemos perdido muchos guardias, y todo ha sido en vano.
Miró más allá de nosotros, con los ojos clavados en la pared del fondo como si estuviera recordando algo.
—Es como luchar contra el humo en la más absoluta oscuridad; lo único que escuchas son los susurros de su forma retorciéndose a tu alrededor.
No puedes ver, no puedes respirar, y sucede tan deprisa que apenas tienes tiempo de pensar.
Una vez que te atrapa entre sus garras, puedes darte por muerto.
—Apretó la mandíbula—. Espero que ninguno de vosotros tenga que enfrentarse a ellos pronto.
Frunció los labios y exhaló con brusquedad antes de mirarnos a todos a los ojos.
—Os juro por Conleth que no estáis preparados.