Riftborne (Trilogía Esprithean 1) Capítulo 21
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Capítulo 21

I ncliné la cabeza hacia atrás cuando la luz del sol me deslumbró, intensa y opresiva. Me atreví a echar un vistazo a la parte de arriba del cuartel, pero tuve que apartar los ojos antes de quedarme ciega.

No me hacía a la idea de que venir aquí ahora sería algo casi diario. Me había pasado mucho tiempo evitando este lugar y, ahora que estaba aquí, me sentía en conflicto. Entrenar con el general era una cosa, pero meterme a recluta era otra del todo distinta.

Enterré el desasosegado sentimiento de incertidumbre y emprendí la marcha con paso firme.

Al menos, en esta ocasión podría de algún modo pasar desapercibida gracias al uniforme que me habían dejado anoche en la puerta del apartamento.

La camisa de algodón, los pantalones y las botas eran parecidos a los que Laryk llevaba durante nuestras sesiones de entrenamiento, excepto por el distintivo con mi nombre. El símbolo de la facción del general Ashford estaba estampado en la parte de atrás.

Me hallaba cerca de la entrada cuando escuché voces familiares a mis espaldas.

—… y fíjate lo que te digo. Las raciones que han preparado van a ser un tremendo mierdón. Deberíamos habernos parado en el mercado.

—No nos daba tiempo. El convoy sale en una hora.

Me giré y vi a Val y a Gentry aproximándose. Había algo extraño en sus expresiones.

—¡Fia! —A Val se le iluminó la cara cuando me divisó—. ¿Primer día?

—¿Tan evidente es? —pregunté, y me señalé el uniforme nuevo.

—Te acostumbrarás —dijo Gentry mientras intentaba esbozar una sonrisa relajada. Entonces, me fijé en sus pesados petates.

—Oye, ¿os marcháis? —pregunté confundida—. ¿A dónde vais?

Intercambiaron una mirada. Val se cambió el petate de un lado al otro.

—Al oeste. Nos han desplegado esta mañana.

¿Al oeste? Arrugué el entrecejo.

—¿Qué es lo que está pasando exactamente allí?

Val abrió la boca para responder, pero, acto seguido, puso una cara rara, como de dolor. Junto a él, Gentry se había quedado igual de rígido.

—No podemos… —comenzó a decir Val, y luego se detuvo de forma abrupta con pinta de estar frustrado.

—… no podemos hablar de ello —acabó Gentry en un tono de disculpa.

Una sensación fría se me asentó en el estómago.

—Pero ¿estaréis bien? —pregunté en voz queda.

Intercambiaron otra mirada cargada de significado. Val me dio un golpecito en el hombro.

—Tú… tómate el entrenamiento en serio, ¿vale? Presta atención a todo lo que te enseñe Mercer.

—Debemos ir yéndonos —anunció Gentry, ajustándose el petate. No obstante, se detuvo y me volvió a mirar—. Ha sido un placer conoceros en el baile, Fia, en serio. A ti y a Osta.

—Ya hablaremos cuando regresemos —añadió Val con una sonrisa forzada—. Las copas corren de nuestra cuenta.

Vi cómo se dirigían a las verjas con la cabeza confusa. ¿Qué los habían mandado a hacer? ¿Y por qué motivo no podían contármelo?

Me quité de encima esa sensación y me giré hacia la entrada.

Aguardé en la pequeña cola y me preparé para la mirada de reproche que seguro me lanzaba el guardia de la entrada. Estaban comprobando la identificación de todo el que pasaba.

«Allá vamos».

Arrastré los pies hasta el hombre innecesariamente alto y le enseñé enseguida la identificación.

Un destello de curiosidad le cruzó los ojos cuando me inspeccionó.

Sin embargo, se desvaneció por completo y lo reemplazó con una mirada de indiferencia.

Se enderezó y me hizo un gesto con el mentón para que siguiera adelante.

Se me escapó un suspiro de alivio.

No había ido tan mal.

Avancé otro paso, pero vacilé antes de atravesar las enormes verjas de hierro. Apreté los labios cuando eché un vistazo detrás de mí. Todavía podía volverme.

No obstante, ese pensamiento no duró mucho. No lo permití. Clavé los pies en el suelo y me obligué a avanzar, agaché la cabeza y evité por instinto el contacto visual.

Hacía frío en el inmenso espacio circular del vestíbulo a pesar de los numerosos cuerpos en movimiento. Un borrón de acero, carbón y grava se mezcló a mi alrededor. El tañido del metal llenó el aire y me provocó un estremecimiento.

«Y, ahora, ¿a dónde voy?».

Me estrujé los sesos tratando de recordar si Laryk había mencionado dónde se suponía que me esperaban en esta monstruosidad de edificio.

Por supuesto, no lo había hecho. Seguro que se encontraba en su despacho divirtiéndose de lo lindo ante la idea de que yo estuviera deambulando por ahí al tuntún.

Al fin y al cabo, tampoco me había enseñado en el tour previo dónde entrenaba Veneno.

Paseé la vista por el inmenso espacio a la caza de cualquier señal que pudiera llevarme en la dirección adecuada. Noté una punzada de vergüenza, me mordí el labio y continué buscando.

Entonces, divisé una silueta familiar en la distancia.

Callum. O, más bien, el teniente Callum Mercer.

Se estaba abriendo camino entre las líneas de mesas. La gente se apartaba a su paso e inclinaba la cabeza en señal de respeto. Él alzó la vista, su mirada se cruzó con la mía y se detuvo, haciéndome un gesto para que me uniera a él.

Era extraño verlo en este ambiente después de nuestro primer encuentro.

Estaba de pie con la espalda erguida y los hombros rectos.

Parecía más severo e inflexible hoy. Tuve que recordarme que debía ser formal y actuar conforme a su rango superior, como Laryk me había señalado con tanta elocuencia ayer.

Me aproximé con timidez, alcé la mano en un saludo torpe y me puse delante de él.

—Pareces perdida. —Aunque no sonreía, sus ojos sí que resultaban bastante amistosos.

—Mucho. Esperaba que supieras a dónde tengo que ir.

Me tiré de las mangas de la camisa.

—Puedes acompañarme. Vamos al mismo sitio.

Dejé que liderara el camino. Pasamos por los gimnasios de entrenamiento que ya había visto antes.

El teniente Mercer se detuvo de un modo abrupto y abrió la puerta del final.

Pasé junto a él arrastrando los pies y entré en una sala pequeña.

Había otros cinco reclutas sentados desperdigados en sillas de metal que parecían incómodas.

Reconocí unas cuantas caras del baile. No me prestaron mucha atención, pues estaban hablando entre ellos.

No pude evitar notar lo a gusto que se encontraban.

Parecían totalmente en su salsa. Bueno, al menos la mayoría.

Había un chico sentado a un lado, leyendo un libro.

Hice un breve contacto visual con un chico cuyo pelo era rubio platino, un tono o dos más oscuro que el mío.

Lo llevaba encerado hacia atrás y mostraba cada contorno de su mandíbula cuadrada.

Su mirada se volvió cortante cuando me vio la muñeca izquierda.

Parecía como si quisiera decir algo, pero no lo hizo.

Me di la vuelta al momento y me metí las manos en los bolsillos.

—Esta es Fia Riftborne. Se unirá a nosotros a partir de ahora. Por favor, haced lo que podáis para posponer las preguntas y las presentaciones hasta el final de la sesión —explicó Mercer mientras lanzaba miradas intencionadas a cada uno de nosotros antes de indicarme con señas que me sentara.

Conforme avanzaba hacia los otros reclutas, noté todos los ojos sobre mí.

Se propagaron unos cuantos murmullos por la habitación.

Eran un grupito interesante. Cuatro chicos y una chica.

Me pregunté cuáles serían sus focos individuales y pensé en lo que Laryk habría visto para ponerlos en esta unidad especial.

Mercer regresó a un escritorio que había en la esquina y sacó unos cuantos viales del cajón.

—Raine, estarás a cargo de poner a Fia al día de lo de la semana pasada.

—¿Por qué? ¿Porque soy una chica? —Escuché una risita y seguí la voz. Su dueña tenía una negra melena larga apartada de la cara en trenzas finas. Su cálida piel caoba hacía juego con el color de sus ojos. Sin duda, era preciosa.

—No, porque me cuesta que te calles si no, así que pareces perfecta para la tarea —contestó Mercer impertérrito.

—Sí, teniente —canturreó la chica mientras sacudía la cabeza antes de girarse hacia mí con un guiño.

Mercer colocó los viales en el estrado delante de él.

—Recibiréis la primera parte de información confidencial hoy —anunció mientras sujetaba uno de los viales de cristal en el aire.

Dentro había un trocito de papel—. Esto garantizará que quede entre los miembros de la Guardia.

—Se paseó por la habitación y nos entregó uno de los recipientes a cada uno.

Algunos intercambiaron miradas de confusión.

Yo eché un vistazo al contenido. El trocito de pergamino tenía la fecha de hoy escrita en él y mi nombre estaba grabado en el cristal del vial.

—¿Qué hacemos con esto? —preguntó Raine mientras ponía el vial a la luz.

—Proporcionaréis una gota de vuestra sangre —explicó él tan tranquilo, como si estuviera hablando de algo normal como el tiempo—. Una vez que lo hagáis, no podréis hablar de ninguna información confidencial con nadie ajeno a la Guardia.

Me hundí en el asiento y miré a los demás reclutas. No les había cambiado mucho la cara, pero, en el fondo, me pregunté si estaban tan espantados como yo.

—Un juramento de sangre —dijo Mercer, y me ofreció una daga pequeña—. Apenas una gota. Necesitaré que estés muy atenta durante la lección —añadió.

—¿Cómo funciona? —pregunté en un intento de enmascarar con curiosidad el miedo en mi voz.

—Eso no es asunto tuyo —fue lo único que dijo antes de entregarme la daga. Alcé la vista para mirarlo a los ojos, pero eran ilegibles.

Asintió despacio, como si intentara asegurarme que todo saldría bien. Y parecía que no me quedaba otra opción. Así que agarré la daga y presioné la punta contra mi dedo hasta que brotó una gota escarlata. Lo puse contra el vial y dejé que cayera la gota, que cubrió el pergamino con una mancha roja.