Capítulo 20
H abía pasado una semana y Laryk no se había puesto en contacto conmigo y nuestras sesiones de entrenamiento parecían haberse parado.
Osta se estaba aprovechando de mi tiempo libre recién adquirido para convencerme de que fuera con ella al parque para dar un paseo matutino antes del trabajo, insistiéndome en que aquello me despejaría.
Al menos, ese era su modo de expresarlo.
Lo que quería de verdad era que me deshiciera del mal humor que parecía haberme asolado desde el baile.
Así que ahí estábamos, paseando por el sendero más lejano, evitando el centro lleno de gente. Dirigí la vista hacia abajo cuando una rana saltó de un nenúfar a un pequeño estanque.
—¿Todavía no sabes nada del general? —preguntó Osta por encima del hombro.
—Pues claro que no —contesté con el ceño fruncido.
Casi toda la Guardia había partido a Stormshire después de que sucediera un incidente cerca de la frontera del que no habían revelado nada.
—Estoy a merced de su horario. Sea cual sea.
Laryk no había considerado necesario informarme de la interrupción de nuestro entrenamiento. Se hizo obvio cuando llegué al gimnasio hacía unos días y me lo encontré vacío.
—Estoy segura de que pronto volverá. Y tal vez quiera que practiques en su ausencia. —Osta soltó un sonido de desaprobación y pasó las yemas de los dedos por unos tulipanes con flecos. Desde el baile, Laryk no podía hacer nada malo ante sus ojos, lo que era exasperante.
—Pues entonces debería haberme dejado alguna carta —murmuré, y le di una patada a una piedra solitaria que había en el sendero de tierra. A decir verdad, había estado practicando sola, pero no había visto mucho progreso, lo que era una de las razones por las que estaba de mal humor.
Osta tarareó para sí misma.
—¿Y el taller? ¿Se ha quitado Thearna ya el palo del culo? —pregunté mientras le daba un codazo a Osta en el brazo.
—No creo que pudiera, aunque lo intentase —respondió al tiempo que se encogía de hombros.
Osta se había encontrado en un estado constante de euforia desde el baile, y parecía que la tensión se había desatado en el taller en consecuencia.
La ausencia de Thearna de la lista de invitados tenía pinta de ser una medida de contención, y a Osta nunca se le había dado demasiado bien ocultar su emoción.
Podía imaginármelo con mucha claridad: las venas en el cuello de Thearna palpitando con cada palabra que Osta soltaba sobre el evento.
—Sé que se siente amenazada por mí, pero, en vez de ignorar mis sugerencias, tal vez podría escucharme más —arrulló mientras se examinaba las uñas. El enfado de Thearna parecía haberse incrementado por el nuevo descaro de Osta.
Ella tampoco había tenido noticias de ninguna de las miembros de la nobleza que Laryk le había presentado; sin embargo, aquello no parecía ninguna sorpresa.
Todo el mundo estaba mucho más preocupado por la ausencia repentina de la Guardia.
Aun así, Osta tenía la confianza de que alguna de las ladies le ofreciera trabajo.
Yo solo esperaba que no cruzara los límites con Thearna antes de que eso ocurriera.
—Supongo que aquí es donde se dividen nuestros caminos —dije de mala gana cuando llegamos a una de las puertas arqueadas del parque.
Osta compartió mis sentimientos haciendo un puchero.
—Te veo esta noche. Deséame suerte.
—Será mejor que me guarde un poco de suerte para mí misma.
Las cosas con Ma habían… vuelto a su intensidad habitual, o a la falta de ella. Ahora que sabía que yo había seguido entrenando con la Guardia, simplemente no nos hablábamos.
Me pasé la mañana moliendo capsaicina. Era muy complicado trabajar con los chiles secos de los que la habíamos extraído. Los ojos me habían estado picando y lagrimeando todo el día. A pesar de que sabía que no era así, no pude evitar sentir que era una manera de castigarme.
Tamicé el polvo en una bolsita para infusiones y la metí en un caldero que ya estaba calentando aceites infusionados y vi cómo el polvo rojo comenzó a desangrarse en el líquido brillante.
Sonó la puerta principal, lo que me sacó de mis pensamientos. Alcé la vista hacia Ma, que se hallaba rellenando viales con un líquido ámbar.
—Voy yo —me ofrecí, lanzándole una pequeña sonrisa antes de dirigirme a la parte delantera de la tienda y desatarme el delantal—. ¿Te puedo ayudar en algo? —pregunté cuando doblé la esquina.
—Qué encantadora. —Aquella voz hizo que el corazón me fuera a mil.
Sentí una inesperada punzada de alivio recorrerme, pero me apresuré a deshacerme de ella.
Alcé la vista al instante para ver a Laryk inclinado sobre el mostrador con una sonrisa divertida en los labios. Abrí los ojos de par en par un segundo y me fijé en el uniforme de cuero ajustado que llevaba. La vista no estaba nada mal…
Sacudí la cabeza y reemplacé mi estupor con una mirada entrecerrada.
—¿Qué haces aquí? —susurré, apresurándome hacia él. Volteé la cabeza para asegurarme de que Ma no me había seguido a la parte delantera.
Parecíamos estar solos, al menos, por ahora.
—Bueno, no ha sido una bienvenida muy educada. ¿No me has echado de menos? —Se puso recto y arqueó una ceja.
—Estoy muy ocupada ahora mismo. —Fruncí el ceño aún más. Si Ma lo veía aquí…
Él se acercó a mí y me quitó una hoja del pelo. Yo me aparté de un salto mientras él sonreía.
—Ya veo que dejaste la versión más agradable de ti en el baile —reflexionó al tiempo que inspeccionaba la hoja.
—Supongo.
—Qué pena. —Suspiró mientras me miraba de arriba abajo. Parecía que me estaba desnudando con los ojos.
Se me ruborizaron las mejillas, pero me calmé intentando dejar de fruncir el ceño. Necesitaba que se marchara lo más rápido posible. La manera más fácil sería tranquilizándolo.
—Laryk —dije su nombre con dulzura, esperando que él me lo consintiera—.
Por favor, dime lo que quieres para que pueda volver al trabajo.
—No me salió tan neutral como pretendía.
Él se detuvo un momento, con un destello de curiosidad en los ojos, antes de parpadear y desviar la vista hacia la salida.
—Nuestras sesiones seguirán como siempre, pero, debido al incremento de la tensión en la frontera, tu iniciación a Veneno empezará antes de lo esperado.
Mañana, en realidad. Debido a la falta de tiempo, no recibirás una ceremonia de bienvenida oficial.
Lo siento —soltó con una voz que había vuelto a su fría formalidad habitual.
—¡¿Mañana?! —espeté—. ¿Y has esperado hasta ahora para contármelo?
—Acabo de volver esta mañana de Stormshire. No tenía ninguna forma de avisarte hasta ahora. Pero eso no importa. Es mañana, así que estarás allí mañana.
Se cruzó de brazos y me sostuvo la mirada con intensidad. La sangre me hervía. Había tenido el descaro de presentarse aquí después de desaparecer sin avisar.
—¿Y si no lo hago? —Se me escapó. La ira inexplicable me corría por dentro. ¿Cómo se atrevía a dejarme atrás sin decirme ni una palabra y luego volver con exigencias?
Se aproximó a mí con los ojos entrecerrados. Yo luché contra el impulso de retroceder. Laryk me agarró rápidamente del brazo y me acercó.
—No voy a jugar a estos jueguecitos contigo, Fia —susurró—. Después de mañana, serás una recluta oficial de la Guardia y tendrás que mostrar respeto. No solo a mí, sino a todos tus superiores. ¿Lo entiendes?
Liberándome de su agarre de un tirón, retrocedí, anticipando el enfado que encontraría en su rostro. No obstante, lo único que me encontré fue una expresión peculiar. Se le había suavizado la mirada, y se apreciaba en ella casi interés.
Casi… preocupación.
Arrugué el ceño. Él apartó la vista y se pasó la mano por el pelo antes de inhalar hondo.
—No he venido aquí a discutir. Haré que te envíen el uniforme a tu piso más tarde esta misma noche.
Se dirigió hacia la puerta sin mirar atrás. Con otro sonido de la campana, se marchó.
Yo suspiré y me giré. Ma salió del pasillo con los brazos cruzados y sacudiendo la cabeza. Parecía disgustada.
—¿Cómo puedes continuar con esto? —Tenía la voz ronca. No sabía cuánto había presenciado. No me imaginaba cómo se vería…
—Lo he provocado, Ma. Me ha sacado de quicio y no he podido morderme la lengua. —Pasé por delante de ella, directa a mi caldero. Me siguió a la parte de atrás. Sus pasos parecían reverberar en la habitación.
—¡Vas a hacer que te maten, Fia! —espetó en voz alta. Yo me di la vuelta con los ojos abiertos de par en par. Jamás me había gritado así antes. Contuve la respiración.
—Necesito que confíes en mí, Ma. Sé que no lo entiendes y que a lo mejor nunca lo harás, pero al menos confía en mí —le rogué.
—Sí que confío en ti, Fia. En quien no confío es en ellos. ¡Seguro que a la mitad de los guardias les parece divertida tu muerte! Y lo sabes. —Se le quebró la voz.
—Ma, voy a hacerlo, pero necesito que lo aceptes. Yo puedo cuidarme sola. Por favor, intenta entenderlo. No puedo perderte.
—No sé si puedo hacer eso, Fia. Soy incapaz de ver cómo te diriges hacia la muerte por voluntad propia. —Sorbió por la nariz y se limpió los ojos con la manga—. Ya lo sabes. Sabes lo que me pasaría a mí si algo te ocurriera.
No me salían las palabras, pero las lágrimas se me agolparon en las comisuras de los ojos y amenazaron con derramarse. Esta conversación no iba a cambiar nunca. Suspiré y empecé a remover otra vez el caldero.
Sentí los ojos de Ma en mí durante unos minutos más antes de que se volviera a su escritorio y se repantigara en la silla. Se volvió a hacer el silencio.
Quizá aquella vez fuera lo mejor.