Riftborne (Trilogía Esprithean 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

E ran el epítome de la realeza, vestidos con ropajes vibrantes de sedas esmeralda. El rey tenía una ardiente sonrisa y una abundante cabellera oscura salpicada de canas. A pesar de que sus ojos parecían amables, prácticamente destellaban con un brillo violeta.

A su lado, la reina irradiaba fulgor, engalanada con una cascada de joyas.

Llevaba los tirabuzones rubios arreglados con minuciosidad en perfectos bucles que le caían por la espalda de un modo natural.

Contrastaban mucho con sus inquietantes ojos ónice, que estaban clavados en mí. Parecía que ella tenía más curiosidad.

Los dos monarcas portaban coronas de oro adornadas con gemas verdes. Su presencia era abrumadora.

Jamás los había visto tan… accesibles. Cada aparición en público de la que había sido testigo conllevaba un muro de guardias y apenas se les podía distinguir entre el mar de uniformes. Pero estaban aquí de pie, aparentemente abiertos y cercanos, mezclándose con los invitados…

Paseé la mirada por la sala y de pronto lo comprendí.

La guardia personal no había desaparecido. Estaban situados en cada esquina, apostados en cada pared y flanqueando cada entrada. Todos llevaban uniformes verde esmeralda, símbolo de la Guardia Real. Sus ojos vigilaban toda la sala.

Y más de unas cuantas miradas se clavaron directamente en mí.

La piel me hormigueó al percatarme de ello. La ilusión de accesibilidad no era más que eso.

Una ilusión.

El rey había encontrado a su reina cuarenta años atrás, y bardos en tabernas humildes y orquestas en banquetes reales entonaban canciones de su historia de amor por todo el reino.

Las canciones hablaban de un flechazo a primera vista tan poderoso que el rey tuvo que abandonar a la mujer con la que había estado prometido desde su nacimiento.

Lo arriesgó todo para casarse con una miembro de una familia noble de los confines más alejados de Sídhe.

Desde entonces, el rey la contemplaba con tal orgullo que casi resultaba incómodo presenciarlo.

Osta y yo intercambiamos una rápida mirada de pánico antes de postrarnos en una reverencia. El rey, con su retumbante voz, se rio por lo bajo. Nos erguimos y vimos que los tres sonreían divertidos.

—Qué adorables, queridas —comentó la reina Ophelia a la par que lanzaba una mirada hacia mi marca de riftborne y ladeaba la cabeza.

Cambié el peso de un pie al otro, nerviosa—.

Fia, ¿verdad? Laryk tenía razón. Es difícil pasarte por alto.

—El calor se apoderó de mí y la vergüenza me coloreó las mejillas.

Estaba deslumbrada, y me odiaba por ello.

Puede que la Guardia fuera la responsable de la destrucción de Riftdremar, pero el rey era quien había dado las órdenes.

El rey sonrió.

—Las dos os veis de lo más radiantes.

Osta estaba petrificada a mi lado. Ni siquiera parpadeaba. Le di un codazo con cuidado.

—Majestad, es un placer conoceros. ¡Qué baile más espléndido! Todo es absolutamente perfecto. —La voz de Osta subió una octava. Temí que se cayera redonda al suelo en nada.

—La adulación te llevará a todas partes —contestó el rey antes de mirar más allá de nosotras, como si hubiera perdido el interés en la conversación.

Sin embargo, la reina no apartaba los ojos de mí—.

Ashford, hablaremos más tarde —continuó el rey—.

Ha sido un placer conoceros. Fia, bienvenida.

Estamos encantados de tenerte en la Guardia.

Me he enterado de que tienes un gran potencial.

—Le dio unas palmaditas a Laryk en el hombro antes de coger a la reina de la mano.

—Sí, por supuesto. Iré a buscaros después de la cena —replicó Laryk con una sonrisa tensa.

—Encantada —me las ingenié para decir mientras se marchaban.

—Osta, cielo, ¿estás bien? —Laryk estaba conteniendo la risa.

«¿Cielo? ¿En serio?».

Me volví para mirarla. Por una vez, ella parecía más pálida que yo. Asintió temblorosa.

La sujeté mientras Laryk nos guiaba hacia la mesa. Estaba llena, a excepción de unas cuantas sillas vacías en ambos extremos. Las personas sentadas ya se encontraban charlando entre ellas; el alcohol había elevado sus voces lo bastante como para que fuera fácil oírlas.

—¿Te has enterado de que se va a unir a la facción una riftborne? —trataba de susurrarle alguien a otra persona.

Laryk se inclinó y le contestó en el mismo tono:

—Sí que me he enterado, y parece que es cierto.

Los dos guardias se giraron en sus sillas con los ojos abiertos como platos cuando lo vieron.

—Ay, general, no me había fijado en que estabas aquí —soltó uno de ellos con el calor extendiéndosele por el rostro.

Laryk desestimó la respuesta con la mano antes de dirigir su atención a la mesa al completo.

—Gente, esta es Fia. Fia, gente. —Gesticuló para señalarlos a ellos y luego a mí con un movimiento rápido de muñeca. No quería darle importancia al intercambio, pero una parte de mí sintió que establecía un precedente. Normalizaba mi presencia—. Bienvenida a Veneno —me susurró Laryk antes de irse.

La piel me hervía a fuego lento debido al ardor de los ojos de los presentes sobre mí, aunque me las apañé para saludar y tragué saliva.

Osta y yo tomamos asiento, y Laryk ocupó su lugar a la cabeza de la mesa.

Callum estaba sentado a su izquierda. Cruzamos la mirada, y él me dedicó un ligero asentimiento.

Paseé la vista por toda la mesa para asimilar lo que parecían cincuenta miembros.

La mayoría de los guardias de la fortaleza llevaban camisas de vestir blancas, pero todos los presentes las tenían negras.

A pesar de tratarse de la facción más pequeña de la Guardia, no alcanzaba a comprender las reservas de poder que ocupaban los asientos delante de mí.

Tal vez fueran un ejército por sí solos.

A la derecha de Laryk se hallaba sentada una mujer pelirroja que parecía…

¿Estaba mirándome? Enseguida aparté la vista y me giré hacia Osta.

Ella ya se estaba presentando al chico que se encontraba a su lado, que tenía una cara redonda y pelo castaño.

Era evidente que la presencia de Osta lo había dejado de piedra.

—Fia, este es Val, y ese que está enfrente de ti es Gentry —canturreó, gesticulando entre nosotras.

«¿Cuándo le ha dado tiempo de averiguar sus nombres?».

—Bienvenida —dijo Val con una sonrisa.

Les sonreí con timidez mientras saludaba. No se veían preocupados por las marcas de nuestras manos izquierdas. De hecho, parecía que nada relativo a nosotras les inquietaba.

La cena transcurrió despacio, pero me dio lo mismo. La comida me hizo sentir como si nunca hubiera comido antes. Creo que ninguna de las dos paramos de gemir mientras nos dábamos un festín.

Val me contó que se habían llevado al cocinero de la región occidental después de que el rey hubiera degustado su cena.

Al parecer, aquello había provocado una disputa entre el rey y el lord de Emeraal.

Cuando tienes un foco de ese tipo, supongo que es normal que la realeza se pelee literalmente por ti.

Me incliné hacia Osta.

—¿Crees que nos mirarían horrorizados si intentamos llevarnos un poco de esta comida a casa?

Ella me dio en el hombro.

—¡Fia!

—¿Qué? Parece que hay de sobra —refunfuñé, y me encogí sobre la silla.

Me encontré paseando la vista hacia el extremo de la mesa otra vez.

Laryk se reía entre sorbos de vino. Jamás lo había visto tan despreocupado.

Se me dibujó una sonrisa en la comisura de los labios, que se esfumó en un periquete cuando me fijé en la cabeza pelirroja que se inclinaba hacia él y en la mano que desaparecía bajo la mesa.

Laryk se reclinó y continuó hablando con Callum. Llevó la mano al respaldo de la silla de la chica. Por unos instantes, los ojos de ella revolotearon por la mesa y se detuvieron en mí, y acto seguido esbozó una sonrisa.

—Oye, Gentry —dije. Él se volvió hacia mí y se inclinó—. ¿De qué va esa? —Hice una seña con la cabeza en dirección a la punta de la mesa.

—¿Te refieres a Narissa? —preguntó antes de bajar el tono de voz a un susurro—. Yo me mantendría alejado de ella si pudiera. Su foco es una locura. Es una coaguladora de la sangre. Y no le temblará la mano en mostrártelo.

Me detuve y fruncí el ceño confundida. Nunca había escuchado algo así.

—¿Qué es…?

—¿Acabasss de decir que esss un coágulo de sssangre? —preguntó Osta arrastrando las palabras mientras se inclinaba sobre mi regazo para unirse a la conversación.

Gentry estuvo a punto de atragantarse con su copa, y los cuatro soltamos una carcajada tremenda.

Cuando al fin recuperamos el aliento, alcé la vista y me fijé en que Laryk me observaba con la mandíbula apretada y la cara desprovista de cualquier rastro de diversión previo.

Otra hora pasó volando, y la gente comenzó a moverse de un lado a otro mientras cogía sus cosas. Miré a Laryk, pero mantenía una intensa conversación con Mercer y Narissa. Los tres se habían apartado de la mesa. Hablaran de lo que hablaran, parecía serio.

Le di un codazo a Osta.

—Creo que es hora de largarse.

Nos levantamos de las sillas; yo sujeté a Osta y recé a los Esprithe para que hubiera un barco. Volver a casa a pie resultaría prácticamente imposible.

—¿Ya os marcháis? Podemos acompañaros —dijo Gentry, alargando los brazos a los lados.

Los cuatro nos abrimos paso a través de la fortaleza y nos encaminamos hacia la enorme entrada que habíamos atravesado tan solo unas horas atrás. Parecía como si hubiera transcurrido toda una vida desde entonces.

La noche había acabado siendo… mejor de lo que me esperaba.

Había sobrevivido. Osta había hecho algunos contactos, y, de alguna forma, ¿las dos habíamos trabado amistades?

La cabeza aún me daba vueltas por la sorpresa de todo aquello.

Gentry y Val eran divertidos y muy normales. Algo cálido se agitó en mi interior.

Divisé el canal reluciente a la luz de la luna justo delante. Cuando nos volvimos para despedirnos, un guardia apareció detrás de Gentry y le puso una mano en el hombro. Yo aparté la cabeza para tratar de darles algo de privacidad, pero no pude evitar escuchar la conversación.

—Ha sucedido de nuevo en Stormshire. Parece que los de arriba nos van a desplegar mañana hacia el oeste —susurró. Me costó descifrar las palabras, aunque su tono me dio la impresión de apuro, tal vez incluso de miedo.

Gentry y Val se giraron hacia nosotras y se despidieron rápido antes de desvanecerse entre la multitud. Osta y yo nos miramos con las cejas alzadas.

Nos agarramos del brazo antes de pasear canal abajo.

Me atreví a girarme para mirar la fortaleza y me fijé en un par de cabezas pelirrojas que se marchaban juntas, agarradas de la mano. Me volví hacia Osta con el rostro acalorado mientras clavaba los ojos en el camino de adoquines.

Me recordé a mí misma que lo odiaba.