Capítulo 18
A shford murmuró algo al grupo que lo rodeaba antes de acercarse a nosotras.
Tenía el largo cabello cobrizo atado, pero se le habían escapado unos cuantos mechones de los lados.
Llevaba una camisa negra almidonada y unos pantalones de vestir a juego.
Un largo abrigo con hileras de insignias y medallas caía en cascada por su cuerpo.
Tenía las manos en los bolsillos y una expresión curiosa en el rostro. Osta me miró confundida antes de seguir mi mirada hasta el general, que aún seguía con los ojos fijos en los míos.
Me agarró de la muñeca y jadeó.
—¿Por qué te está mirando así? —susurró Osta.
Apenas podía oírla por encima de los latidos de mi propio corazón.
—¿Hum? —murmuré.
—Fia. O quiere matarte, o quiere acostarse contigo. No hay término medio —chilló mientras el general se acercaba a nosotras. Yo negué con la cabeza y traté de parecer imperturbable. Los nervios me subieron por los hombros y noté un hormigueo en la nuca.
Se paró delante de nosotras; la mirada en su rostro ahogaba todos los sonidos a mi alrededor. Me recorrió todo el cuerpo antes de volver a clavar los ojos en los míos.
Me sentí desnuda al instante. Algo en la naturaleza escrutadora de su mirada hizo que me removiera en el vestido.
¿Por qué me estaba observando así?
Osta se aclaró la garganta. El general parpadeó cuando salimos de nuestro trance. Los sonidos de la habitación volvieron a retumbar como un cuerno de guerra y me arrastraron de vuelta a la realidad.
A Ashford se le suavizó el rostro, pero le volvió la sonrisa pícara. Miró a Osta.
—Tú debes de ser el motivo por el que Fia está tan presentable esta noche —bromeó. Ella soltó una risita como si fuera una puñetera colegiala.
No pude poner los ojos en blanco lo bastante rápido.
—Me alegro mucho de conocerte, general Ashford. Es un honor haber sido invitada esta noche, en serio. No puedo agradecerte lo suficiente la oportunidad —dijo Osta con mucha efusividad, batiendo las pestañas y haciendo reverencias.
Si la sonrisa del general era indicador de algo, lo estaba disfrutando. Prácticamente rezumaba satisfacción.
—El placer es todo mío, de verdad. —Le agarró la mano y se la llevó a los labios. Sus ojos se dirigieron de vuelta a mí mientras se la besaba—. Eres como un rayo de sol. He de admitir que no estaba seguro de qué esperar tras haber conocido a tu amiga.
Osta soltó una risita nerviosa. ¡Una risita nerviosa!
—Bueno, ¿cuál es el plan? —lo interrumpí antes de que la farsa siguiera mucho más.
—Pues supongo que sería mejor hacer algunas presentaciones antes de que todo el mundo se entusiasme demasiado con la barra libre. —Sonrió—. ¿Vamos, Osta? —Extendió el codo. Ella nos miró a uno y a otro vacilante.
—Eh… A ver… Fia puede venir con nosotros, ¿no? —inquirió.
El general se rio.
—Me temo que su mala cara espantará a cualquier cliente potencial, pero allá tú.
—Id vosotros dos. Yo voy a… ¿Cómo lo has expresado? «Entusiasmarme con la barra libre». —Empecé a pasar por delante de ellos. No me encantaba la idea de que mi mejor amiga deambulara por las profundidades de la fortaleza con un asesino, pero mi objeción podría convertirla a ella en otra criminal.
Además, Osta se merecía tomar decisiones por sí misma.
—¡Mercer! Ven a hacerle compañía a Fia, por favor —gritó el general a mis espaldas.
«Ah, genial».
Miré en la dirección hacia la que había gritado y vi a un guardia con el mismo atuendo negro que se apartó de un hombre muy bien vestido que casi medía la mitad que él y comenzó a moverse.
Tenía el pelo negro azabache corto y la piel bronceada.
Era tan alto como el general, pero más corpulento.
Mientras se acercaba, nos dedicó una ligera sonrisa, y me percaté de las motas ámbar de sus ojos.
—Tú debes de ser Fia. —Hizo un gesto de asentimiento con la cabeza en mi dirección.
—Siento apartarte de Halloway, pero estoy seguro de que ya habéis superado la fase de luna de miel.
Será solo un momento. Échale un ojo. Tiene la costumbre de meterse en situaciones peligrosas —espetó el general mientras se volvía para adentrarse con Osta entre la multitud—.
No seas dura con Callum, Fia. Compórtate.
Osta me dirigió una mirada comprensiva antes de desaparecer.
—¿Siempre es tan encantador? —pregunté de forma sarcástica.
El guardia se rio y se rascó la nuca.
—Sí, sin lugar a dudas, tiene un don.
Sacudí la cabeza.
—Iba directa a la barra cuando te ha llamado. —Arqueé una ceja.
—Te acompaño. Seguro que voy a necesitar una copa antes de que termine la noche.
Anduvimos juntos e hicimos cola antes de que nos dieran nuestros cócteles. Me bebí el mío de un trago al instante.
—Laryk me ha contado mucho sobre ti.
Por el uso informal de su nombre debía de ser alguien… cercano. Lo hacía parecer más un conocido y menos mi tormento personal.
—No me puedo ni imaginar las cosas que te ha dicho —murmuré, y me puse colorada—. Tiene pinta de que le gusta exagerar bastante. —Algo de la presencia de Callum era extrañamente reconfortante. Quizá era que parecía alguien normal comparado con Laryk, el general.
—¿Vives aquí? —pregunté.
—Me han destinado al oeste, pero me quedaré en Luminaria unos cuantos meses entrenando a las nuevas incorporaciones a su facción. Incluida tú. —Frunció el ceño—. Supongo que después de esta noche tendrás que dirigirte a mí como teniente Mercer. —Sonrió y le dio su primer sorbo a la bebida.
Charlamos cerca de la barra durante más de media hora antes de que el general y Osta volviesen. No me podía creer que alguien tan despreocupado y amable como Mercer fuera el segundo al mando del general.
Osta estaba rebosante de alegría cuando se acercó a mí dando saltitos.
—¡Creo que ha ido muy bien! —chilló.
—Voy a por una copa para que lo celebres y luego me lo cuentas todo. —Me giré hacia la barra y anduve unos cuantos pasos antes de sentir la calidez de una mano en el brazo.
—Fia, ¿me concedes este baile? —El aliento del general era cálido contra mi oreja. Me giré para encontrarme con su mirada.
El horror me invadió mientras Osta contestaba por mí.
—¡Sí! ¡Vamos, Fia!
Ni siquiera había formulado una respuesta antes de que él estuviera llevándome al centro de la sala, hacia el remolino de colores.
«Esto parece muy inapropiado».
Paseé la vista por la habitación y noté los movimientos sincronizados a la perfección de las parejas que giraban a nuestro alrededor y creaban un borrón de vestidos de satén y trajes de gala negros.
Se me formó un nudo en la garganta.
—No conozco ninguno de estos bailes…
—Tú solo sígueme. No permitiré que nos dejes en ridículo. —Los ojos le brillaban.
De pronto, me rodeó la cintura con los brazos y los deslizó por mi espalda desnuda. El corazón se me iba a salir por la boca. Atrajo mi cuerpo sonrojado al suyo.
Yo estaba ardiendo, y necesitaba apagar aquel fuego con desesperación.
¿Por qué me sentía así? Tenía que ser la vergüenza colosal de bailar con mi superior, o de bailar en general… Esto se salía muchísimo de mi zona de confort.
O tal vez era porque hacía mucho tiempo que nadie me agarraba así.
Empezamos a movernos y nos entremezclamos con los cuerpos que daban vueltas. Era una buena pareja de baile, al menos según mi experiencia.
—¿Por qué haces esto? —La pregunta se me escapó antes de poder retenerla.
Presionó la mano con más firmeza contra la parte baja de mi espalda mientras nos guiaba en la rotación.
—¿Hacer el qué?
—Esto. —Hice un vago gesto entre nosotros—. ¿Por qué estamos bailando?
Se quedó callado por un instante y nos hizo girar.
—La gente te está observando —dijo al fin en voz baja—. Una riftborne en un baile de la nobleza llama la… atención.
Se me hizo un nudo en el estómago.
—Entonces ¿estás haciendo que dé el espectáculo?
—No. —Me miró fijamente—. Estoy haciendo una declaración.
—¿Qué es lo que estás declarando?
—Que estás bajo mi protección. Que cualquiera aquí que tenga un problema con tu presencia tiene un problema conmigo.
Las palabras provocaron algo extraño en mi pecho. Alcé la vista para mirarlo y escrutarle el rostro.
—Qué estratégico.
Los ojos le destellaron con humor.
—Tengo mis momentos.
Nos hizo girar, y de repente estuve aún más cerca, con su pecho contra el mío.
Agachó la cabeza hasta que me rozó el oído con los labios.
—El vestido te queda genial, aunque preferiría que fuera negro. —Su susurro hizo que me recorriera un escalofrío de la cabeza a los pies.
—Como has dicho antes, todo es mérito de Osta. —Giré la cabeza en un intento de ocultar mi rubor—. Gracias por presentarle a gente esta noche. Ella sí que se merece atraer la atención.
Todavía podía sentir cómo me estaba clavando la mirada.
—Me alegro de hacerlo. Estoy cansado de ver los mismos estilos y diseños reciclados una y otra vez en estas fiestas.
—Debía haber sabido que tenías un interés personal en esto —dije con una leve sonrisa. No pude evitarlo.
El alcohol. El baile ridículo. Lo absurdo que era que yo, Fia Riftborne, estuviera en un baile, por el amor de los Esprithe. Había demasiado que procesar.
Él ignoró mi comentario a propósito.
—Su atención al detalle es bastante impresionante.
—Sí, tiene que serlo. Al fin y al cabo, es su foco.
—Ya me he dado cuenta —murmuró antes de bajarme en una caída impresionante que hizo que me diera una sacudida el corazón. Cuando me levantó, nuestros cuerpos chocaron y una mezcla de conmoción y fuego me invadió. Le estaba mirando fijamente a los ojos esmeralda, con nuestras caras casi tocándose.
—Laryk —jadeé por el movimiento repentino y al instante me arrepentí. Me ruboricé mientras se me escapaba su nombre de pila de la boca con tanta facilidad.
«Malditos cócteles».
Él alzó una ceja.
—Ten cuidado.
Sentí sus brazos muy tensos, pero acercó aún más la cara, que fue más allá de mi mejilla y se quedó cerca del lóbulo de mi oreja.
—No dejes que mis soldados te oigan llamarme así —susurró.
Asentí de manera instintiva y traté de ocultar que me faltaba el aire.
La cabeza me daba vueltas. Iba a desmoronarme en el suelo.
Él estrechó más los brazos alrededor de mi cintura mientras la canción terminaba, casi como si dudara si soltarme o no.
El momento quedó suspendido entre nosotros.
Yo no pude librarme de su agarre; había una fuerza innombrable que me mantenía unida a él.
—Deberíamos volver con Osta y Mercer ya. —Miré hacia abajo y desperté del trance.
Mientras se me enfriaba el cuerpo por la ausencia de su tacto, un pensamiento se me vino a la mente.
«Sigues siendo un ratón en un mar de serpientes».
Solo porque él estuviera actuando con amabilidad no significaba que todo esto fuera real…
No obstante, por alguna razón, aquella noche fue más complicado convencerme de la verdad a la que me había aferrado toda mi vida. Tenía que ser el alcohol. Estaba haciendo que me volviera vulnerable y que actuara como una estúpida. Y eso podría dar lugar a situaciones peligrosas.
Repetí el pensamiento, intentando atenerme a él.
—La cena debería empezar pronto. Podemos ir a buscarlos y dirigirnos al salón del banquete.
—Se aclaró la garganta y se ajustó el cuello de la camisa antes de ofrecerme el brazo.
Me condujo a través de la estancia en dirección a la barra.
La multitud se abrió ante nuestro paso y no nos quitaron los ojos curiosos de encima, pero por una vez no sentí la necesidad de huir de ellos. La confianza de Ashford era contagiosa.
Osta me lanzó varias miradas muy sospechosas e inquietantemente pícaras a nuestro regreso, lo que provocó que le diera un codazo con un poco de fuerza de más. Ella soltó una risita baja que solo yo pude oír.
Los cuatro nos encaminamos a las escaleras después de reencontrarnos, y Osta aprovechó la oportunidad para contarme las conversaciones que había mantenido con las damas de la nobleza.
—La mayoría de ellas parecían receptivas, en serio.
Algunas estaban buscando activamente una modista interna, lo que sería un buen trampolín para abrir mi propio taller un día.
—Me dio un fuerte apretón en la mano mientras hablaba—.
Diría que lady Soleil y yo hemos conectado de verdad.
Alabada sea Niamh, estoy muy contenta. No sé si podré dejar de sonreír esta noche.
—Sacudió la cabeza y miró hacia abajo para tratar de contenerse.
—Estoy muy orgullosa de ti. Te lo mereces. —Yo también le di un apretón en la mano, y ella soltó un gritito cuando llegamos a la parte superior de las escaleras.
—No sé… No sé cómo darte las gracias por esto. —Osta miró al suelo—. Has conseguido hacer por mí en una noche lo que llevo casi toda mi vida intentando.
Sentí una punzada de culpa en el pecho, pues por mucho que yo quisiera ser la que la ayudase, la que la salvase de Thearna, no había sido yo.
Había sido él.
Laryk había empleado su posición y poder para ayudar a una riftborne, algo que jamás habría pensado que fuera posible.
Había matado a uno de los suyos…
—Fia, Osta, ambas cenaréis con los demás miembros de mi facción. Os mostraré vuestros asientos.
Las palabras de Laryk se colaron en mis pensamientos, y entonces los abandoné por completo. Los sentimientos eran demasiado confusos para sopesarlos en un ambiente como este.
Me centré en cambio en el inmenso espacio y permití que la auténtica opulencia se convirtiera en mi distracción.
En una esquina, nos esperaba un generoso banquete.
Las mesas estaban dispuestas con cristalería y cubertería de plata como muestra de que iba a ser un suntuoso festín.
El olor a pan recién hecho se entremezclaba con el del glaseado balsámico y el aroma apetecible del jabalí asado.
Los cortesanos participaban en conversaciones animadas, y las risas se oían por toda la habitación y se mezclaban con la música de la orquesta de abajo.
—¡No tan rápido, Ashford! —ordenó una voz a nuestras espaldas.
Laryk se giró primero con una brillante sonrisa y pasó por delante de nosotras. Yo me di la vuelta para ver al rey y a la reina acercándose. El rey alzó una ceja y me señaló.
—¿Esta es la persona de la que me has hablado?