Capítulo 17
–O sta, ¡¿qué has hecho?! —Clavé la mirada en el espejo.
—¡Sabía que te encantaría! —Osta sonrió satisfecha cuando echó la cabeza hacia atrás y se tiró en el sofá con los brazos extendidos en señal de logro.
—El vestido es precioso, Osta, en serio…, pero… ¿no es mucho? —pregunté, y me di la vuelta para mirarme la parte de atrás, que prácticamente era inexistente.
Había pasado una semana desde que Ashford me había obligado a asistir al baile.
Yo había accedido a que Osta me vistiera esta noche y ella me había convencido al instante para ponerme uno de sus diseños porque decía que era fundamental para que ella pudiera causar buena impresión entre la nobleza; un argumento que no pude refutar.
No obstante, se le había ido completamente la pinza con el diseño. Iba dando la nota. Una nota muy bonita, es cierto, pero la iba dando al fin y al cabo.
El vestido estaba hecho de terciopelo brillante en un tono a medias entre plateado y blanco.
Las largas mangas se entrelazaban entre mis dedos con una sencilla cinta y el escote iba más allá de mis clavículas y terminaba justo debajo de mi barbilla.
La tela abrazaba cada curva de mi cuerpo antes de ensancharse en la parte inferior.
Los adornos iban que ni pintados con mis ojos, opalescentes y brillantes.
Parecían atrapar cada destello de luz que les daba.
Una parte de mí quería abrazar a Osta por crearme algo tan bonito. Me pareció el mejor cumplido que había recibido nunca: verme a través de sus ojos, aunque estos estuviesen contaminados por un velo rosa que no me merecía.
Sin embargo, otra parte de mí quería chillar. El vestido hacía destacar cada rasgo que yo me esforzaba por rebajar normalmente, los que siempre provocaban una atención indeseada. Era algo raro. Parecía yo, pero no me sentía yo misma.
Osta me recogió el pelo hacia atrás en trenzas sueltas, aunque unos cuantos bucles rebeldes se escaparon en el aire y me enmarcaron la cara.
Ella insistió en utilizar broches incrustados con las mismas joyas que las del vestido y yo accedí de mala gana.
Se debía al acuerdo al que habíamos llegado después de que yo le vetara con énfasis el tocado que había diseñado para complementar el atuendo.
Ya le había permitido empolvarme las mejillas de rojo y perfilarme los ojos con delineador, lo que solo contribuyó a enfatizar la oscuridad que los rodeaba. Hacía que mi apariencia, que de otro modo habría resultado fantasmagórica, resultara más intencional…, tal vez incluso atractiva.
Si entrecerrabas un poco los ojos.
Osta dio saltitos a mi alrededor mirándome con orgullo y me tomó las manos entre las suyas.
—Fia, ¡eres un sueño! —musitó—. He esperado taaaaaanto tiempo para vestirte para algo. —Sacudió la cabeza y esbozó una sonrisa—. En serio, pareces una estrella fugaz, ¡quizá hasta uno de los Esprithe! ¡Es justo lo que tenía en mente!
Le robé otra mirada al espejo; jamás me había visto tan arreglada. Inhalé hondo y asentí.
—Eres mi heroína. Las ladies se van a morir cuando vean tu trabajo.
—Le di un empujoncito a Osta—. Hablando de eso, a lo mejor va siendo hora de que te prepares.
Yo ya estoy. Tengo muchas ganas de ver lo que te vas a poner tú.
—Le lancé una mirada traviesa y le hice un gesto con la cabeza hacia el pasillo.
—¡Todavía no me puedo creer que hayamos conseguido asistir! ¡Retiro todo lo malo que he dicho del general!
Gruñí.
—No hace falta —empecé a musitar, pero ya había girado la esquina. Un débil grito reverberó por la estancia cuando cerró la puerta de su dormitorio de golpe.
Cuando salió, me quedé boquiabierta.
El vestido era exquisito. Atemporal. Parecía la personificación de un rubí centelleante. La tela era de un escarlata intenso adornada con joyas a juego. Caía en cascada, abrazándola por los hombros, en un elegante drapeado que dejaba su escote al descubierto.
La silueta cambiaba a un corsé a medida, que acentuaba su feminidad. Llevaba la mitad del pelo recogida encima de la cabeza y la otra mitad suelta en tirabuzones a lo largo de la espalda. Deslumbraba.
—Estás alucinante, Osta —susurré, llevándome las manos a la boca. Ella me sonrió mientras se giraba para asegurarse de que viera el vestido desde todos los ángulos.
—Es bonito, ¿a que sí? —preguntó, y pasó junto a mí hacia el salón. La seguí al tiempo que ella se situaba delante del espejo para admirar su trabajo.
—¿Bonito? Es increíble.
Bajó la mirada y se mordió el labio.
«Ay, no». No teníamos tiempo para esto.
—Fia…, ni siquiera puedo decirte lo mucho que esta oportunidad significa para mí. Es posible que esto me cambie la vida, en serio. No sé cómo agradecértelo. —Sorbió.
—Osta, no es necesario que me des las gracias.
De verdad, todo ha sido cosa de Ashford.
—Me apoyé en la pared y le dediqué una sonrisa tranquilizadora—.
Ya sabes que a mí no me va esto, pero me hace mucha ilusión por ti.
Y me siento muy honrada de llevar semejante obra de arte.
Haré lo que esté en mi mano para lucirlo como se merece.
Ella alzó la mirada; los ojos empezaban a brillarle en las comisuras. Cogí un pañuelo de la encimera y se lo entregué. Sonrió y se los secó con cuidado.
—Igual necesito eso por escrito, Fia —bromeó—. Nada de esconderse esta noche. En serio.
—Tomo nota —asentí, obligando a que las palabras me calasen. «Esta noche no pienso decepcionarla», me prometí a mí misma.
Se dirigió a la puerta.
—¿Vamos? —Osta alargó la mano y yo enganché el brazo con el suyo. Cuando salimos a la calle, todos nos miraron. Me puse como un tomate.
—¿Eres Fia? —Volví la cabeza hacia la derecha. Un hombre vestido con el traje de gala de la Guardia de Sídhe me observaba con la ceja alzada.
—Eeeh, ¿sí? —Respiré hondo en un intento de parecer segura, pero fallé estrepitosamente.
—Os acompañaré a ti y a tu amiga al baile esta noche. Estaba casi convencido de que no ibais a aparecer ya. Venid, pongámonos en marcha. No queremos llegar tarde. —Se giró con brusquedad y se encaminó hacia el canal.
Le lancé a Osta una mirada perpleja y ella se encogió de hombros antes de echar a andar tras él. Yo me crucé de brazos y los seguí vacilante.
El hombre bajó a una barcaza hecha de madera oscura. Esos barcos navegaban por los canales a diario cerca del apartamento, aunque nunca me había subido en uno.
Tendió la mano y ayudó a Osta a bajar antes de hacerme señas a mí. Ella se subió sin esfuerzo. Yo respiré hondo y acepté la mano del hombre. En cuanto puse los pies en el suelo del barco, perdí el equilibrio y caí sobre el asiento, pero me enderecé enseguida y me ajusté el vestido.
—¡Fia la grácil! —Osta soltó una carcajada y vino a sentarse conmigo. Si esta era una señal de cómo iba a ir la noche, la llevábamos clara. Se me retorció el estómago de mala manera cuando el barco echó a navegar canal abajo, poniéndome los nervios de punta.
Nos aproximamos a la parte más oriental de Luminaria, y me fijé en cómo se ramificaba el cauce para rodear la fortaleza imperial. Sus imponentes chapiteles arañaban el cielo nocturno. Un tropel de guardias de Cuerpo vigilaba el perímetro y los canales de alrededor.
Uno de ellos se acercó a zancadas a nuestro barco y le hizo señas al guardia que nos había llevado allí.
—Invitadas del general Ashford —anunció antes de enseñar su insignia. El otro guardia se limitó a asentir con la cabeza y se apartó.
Por suerte, bajarse del barco era una tarea mucho más fácil que subirse en él.
Osta y yo nos removimos mientras nos arreglábamos los vestidos tras poner los pies sobre los adoquines.
El sonido de la música en directo se colaba entre las calles y se mezclaba con las voces de los asistentes, que charlaban cerca de la enorme entrada.
No me hizo falta mirar a mi amiga para notar su ilusión.
Le salía por los poros. Prácticamente vibraba.
Nos tranquilizamos y nos abrimos paso hacia la entrada. Bajé la vista cuando nos acercamos a la multitud que había fuera, pero fue un intento más bien pobre de conservar el anonimato. Noté los ojos sobre mí en el instante en el que llegamos a las escaleras.
Hicimos lo que pudimos para adentrarnos entre el laberinto de cuerpos y alcanzar al fin el centro de la fortaleza. Osta respiró hondo mientras asimilábamos la opulencia del gran salón.
Adornos dorados se extendían de modo intrincado por el techo y a veces daban paso a pinturas que honraban el panteón de los Esprithe.
Paredes de marfil estaban recubiertas de telas de un esmeralda intenso y tapices que presentaban el emblema real.
Las dos nos quedamos ahí plantadas sin salir de nuestro asombro mientras paseábamos la vista por la sala.
Inmensos candelabros de cristal colgaban del techo y arrojaban un destello etéreo que danzaba por todo el suelo de mármol pulido.
El aire era dulce por la fragancia de flores exóticas, dispuestas en jarrones altísimos.
La enorme escalera del centro del salón se alzaba imponente delante, y llevaba a galerías superiores en las que los invitados podrían disfrutar de las festividades desde arriba.
Los juerguistas aossí hacían piruetas y se deslizaban por la sala al ritmo de la melodía de la orquesta. Sobre una elevada tarima, el rey y la reina estaban sentados en sus tronos, vestidos con los tonos esmeralda de la corte real.
—No me puedo creer que estemos aquí —murmuró Osta con los ojos abiertos de par en par.
—Y que lo digas —farfullé mientras intentaba no pensar en las personas que claramente nos miraban con atención.
—Fia, intenta comportarte —resopló.
—Todo el mundo nos está mirando. Es alucinante —susurré, y enganché mi brazo con el suyo.
—Claro, Fia, porque somos las mejor vestidas de aquí. No eres el ombligo del mundo. Deja de torturarte tanto y de ser tan negativa —siseó con una sonrisa.
El calor me recorrió las mejillas. Estaba tan acostumbrada a que la gente se me quedase mirando por mi apariencia que no se me había ocurrido que podría ser por el gran trabajo de Osta. Me invadió la culpa, y reprimí la vergüenza.
—Tienes razón, perdona.
Osta paseó la vista por la estancia; sin duda, evaluaba las elecciones de moda de los asistentes. Una sonrisa satisfecha se le dibujó en la cara. El brillo que se le reflejaba en los ojos podría haber cegado a cualquiera.
—¿Qué…? ¿Qué hacemos ahora? —le pregunté, dudosa.
—Veo una barra al fondo. ¿Tomamos una copa? —Osta me guiñó el ojo.
—Sí. Por supuesto. Vamos. —Las palabras no pudieron abandonar mi boca más rápido. Mi amiga me tiró del brazo y yo la seguí.
Alcé la vista y divisé un destello de pelo cobrizo en la distancia.
El general se encontraba rodeado de una patrulla de guardias de Sídhe, todos de negro.
Estaba reclinado contra una columna; parecía ajeno a las conversaciones que se desarrollaban a su alrededor.
Cuando cruzamos la mirada, se le dibujó una sonrisa en los labios.