Riftborne (Trilogía Esprithean 1) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Sentí cómo cambió el peso de un pie a otro desde el lado opuesto de la habitación.

La tensión era palpable, pero los nervios no me dejaban mirar en su dirección.

Pensé que iba a ahogarme en el silencio si no respondía pronto.

Aquella era la primera vez que había mostrado debilidad.

La primera vez que había mostrado cualquier tipo de vulnerabilidad en mi vida.

—Lo sé —contestó en voz baja. Volteé la cabeza en su dirección.

«¿Qué?».

—Parecía ser la única forma de avanzar. —Se sentó despacio y se pasó una mano por aquel cabello tan suave.

—Entonces ¿tenías intención de que yo lo matara? —pregunté, dando un paso hacia él.

—No habría importado mucho si hubieras sido tú o yo. No iba a salir de esa habitación con vida. Desde luego, me pregunté si aprovecharías la oportunidad —murmuró—, pero entiendo que fuera una situación complicada para ti.

¿Aquello era empatía? ¿Cómo era posible?

—¿Una situación complicada? —Solté una carcajada estridente—. Me metiste en una sala con el hombre que mató a mis amigos y me dijiste que me lo cargara. ¿Qué creías que iba a pasar?

Se quedó callado durante un largo momento, y, cuando volvió a hablar, su voz era más suave:

—Creí que te merecías decidir tú.

—¿Decidir convertirme en una asesina?

—Decidir tomarte la justicia por tu mano. —Por primera vez desde que lo conocía, parecía… cansado—. No me disculparé por brindarte esa oportunidad. Pero podría haberte advertido. Podría haberte preparado mejor para lo que sentirías.

Me quedé mirándolo, sin saber qué decir. No se equivocaba, aunque tampoco tenía razón.

Se acercó al banco que había a lo largo de la pared y se sentó, apoyando los codos en las rodillas y juntando las manos. Tras un momento de duda, tomé asiento a su lado, dejando un espacio entre nosotros.

—Todos recordamos la primera vez que quitamos una vida —dijo en voz baja mientras se miraba las manos—. Yo tenía dieciocho años. —Sacudió la cabeza y soltó una oscura carcajada—. Ya era oficial.

—Te ascendieron pronto. Supongo que tu historial familiar tendrá algo que ver con eso, ¿no? —pregunté en el mismo tono de voz.

—Siempre supe que la Guardia sería mi futuro —contestó con una voz distante—.

Tenía ocho años cuando se me manifestó el foco.

Mi padre observó lo que podía hacer y decidió en aquel mismo instante.

En realidad, él no me consideraba un hijo.

No de la misma manera que la mayoría. —Cruzó la mirada conmigo un breve segundo—.

Sé lo que es no tener elección en lo que te vas a convertir.

Pero también sé que incluso en una senda predeterminada puedes decidir quién eres a lo largo del camino.

—¿Eso es lo que hiciste?

—Todavía sigo averiguándolo —respondió con una pequeña sonrisa.

La vulnerabilidad en su confesión me provocó una calidez inesperada en el pecho. Este no era el manipulador que había visto en la arboleda o el frío comandante que me había obligado a entrenar. ¿Era el verdadero Laryk Ashford, que por fin estaba mostrando lo que guardaba bajo esa capa exterior?

El silencio se alargó entre nosotros.

—¿Cuál es tu foco? —pregunté, cambiando a un tema más trivial—. Si ha determinado toda tu vida, debería al menos saber lo que es.

Un destello travieso le brilló en los ojos.

—Bueno, pero ¿qué diversión habría en contártelo? —Se inclinó hacia atrás un poco con esa sonrisa de suficiencia familiar en los labios—. A la mayoría de la gente le gusta un buen misterio.

—A mí me gustan más las respuestas.

—Qué pena. Tendrás que aguantar la curiosidad un poco más.

Su tono de guasa me puso de los nervios. ¿Estaba… provocándome?

Un rubor me calentó las mejillas y me esforcé por reprimirlo, irritada.

Él bajó aún más la voz.

—A menos que esperes conocerme mejor, Fia. En ese caso, me halagas.

Le puse mala cara.

—No te precipites.

—No me atrevería. —Sin duda, disfrutaba de mi incomodidad en ese instante; la vulnerabilidad de hacía unos minutos había desaparecido.

—Eres bastante hermético. ¿Estás seguro de que deberías entrenar a otras personas?

—Y lo dice la mujer que acaba de encontrar su foco gracias a mis técnicas. —Se puso de pie y se alisó las arrugas de la camisa negra.

—Bueno, ¿y ahora qué? —pregunté, levantándome también y apoyándome en la pared. ¿Me obligaría a guardar el secreto? ¿Sabría alguien más lo que le había ocurrido al guardia?

—No te preocupes por los detalles. Ya está solucionado. —Pasaron unos cuantos segundos, y abrí la boca para responder, pero él me interrumpió—. Y ahora solo importa el asunto del baile —añadió, cambiando de tema.

Espera. ¿El Baile Tributo? La confusión se apoderó de mí. Desde luego, yo no era la persona apropiada con la que hablar de ese tipo de eventos.

—No me había dado cuenta de que también organizas fiestas. Me temo que no seré de mucha ayuda con eso, pero buena suerte. —Me giré hacia mis cosas, aún sin saber cómo la conversación se había desviado con tanta rapidez.

—Fia. —Me detuvo con una mirada de exasperación—. Vas a tener que hacer acto de presencia.

—¿Perdón? —Abrí los ojos como platos.

—Pronto te unirás a la Guardia. Es importante empezar a hacer contactos.

—Sea como sea, no recuerdo haber accedido a unirme a una de esas veladas pretenciosas —repliqué mientras me dirigía hacia la puerta.

Él fue más rápido y me bloqueó el paso.

Me detuve en seco y casi me choqué con él.

Tras el momento que acabábamos de compartir, la proximidad se sentía distinta.

De pronto, era consciente del olor a ámbar quemado que desprendía, de la forma en la que él bajaba la vista para mirarme con aquellos ojos indescifrables.

Se me aceleró el pulso, y odié no poder decir si era por la irritación o por algo más.

—El acuerdo que tenemos depende de que hagas lo que te aconsejo, y eso incluye las veladas elitistas a las que te estás refiriendo. Fomentan el compañerismo.

Solté una carcajada.

El general se cruzó de brazos y se quedó contemplándome.

—¿Le vas a negar a Osta la posibilidad de que la nobleza de Sídhe la vea?

—¿Osta?

—Claro. He dado por hecho que te acompañaría. Puedo incluso presentarle a algunas nobles si ella quiere.

La ira me invadió. Tenía la costumbre de usar a Osta como baza.

Levanté una ceja.

—¿Y por qué ibas a hacer tal cosa?

—¿No quieres que le proporcione un buen número de potenciales oportunidades laborales? No eres la amiga que creía. —Negó con la cabeza, arrugando la frente.

—Iba a preguntarte cómo sabes tanto sobre Osta, pero luego he recordado tu costumbre de espiar a la gente. —Puse los ojos en blanco, y me di cuenta de que seguir discutiendo iba a ser inútil.

Él sonrió y ni siquiera trató de ocultar su satisfacción.

—Estoy deseando veros a las dos este fin de semana.

Osta se iba a volver loca cuando se lo contara.