Capítulo 16
N o importaba cuánto frotara; la sangre seguía salpicada sobre las manchas de hierbas que tenía desde hacía años en mi blusa color crema. No sabría decir dónde terminaba el hibisco y dónde empezaba su sangre.
Con un quejido, lancé la blusa a un lado y me desplomé contra los armarios astillados. La frialdad de la madera me caló. Nuestro apartamento estaba en silencio, y recé para que Osta no llegara a casa pronto.
Aún tenía la mente aturdida y en conflicto por el impacto emocional que el general me había provocado. El recuerdo era una herida fresca.
¿Sería aquello el sino de los miembros de la Guardia? ¿Se volverían todos insensibles al acto de quitar una vida?
Pero era peor que eso. Lo que el general había hecho era un asesinato a traición; se había llevado al guardia aparte y había hecho que se sintiera cómodo para luego clavarle una espada directamente en el corazón.
Un indicio del depredador que yo siempre había sabido que era acechaba bajo la superficie.
El crujido de la puerta interrumpió mis pensamientos, y me levanté del suelo corriendo y di un paso al lado para ocultar el cubo de espuma teñida de rosa que llenaba el fregadero.
—¿Fia? —dijo Osta al doblar la esquina. Se paró de sopetón cuando me vio y abrió los ojos de par en par—. ¿Qué te ha pasado? —gritó mientras dejaba las bolsas llenas de ropa y se acercaba corriendo hacia mí. Me tiró de los enredos del pelo.
No eran enredos. Era sangre seca.
—E-estoy bien —respondí, apartándole con cuidado la mano de mi pelo—. No es sangre mía. —Paseó la vista rápidamente de las puntas de mi cabello a mi rostro antes de dirigirse por fin al cubo situado detrás de mí.
—¿De quién es esta sangre? —susurró, abriéndose paso a través de mi bloqueo y mirando lo que había dentro del fregadero—. ¿Has…? ¿Has… hecho eso de… reventar mentes, Fia?
Abrí la boca para contestar, pero solo pude sacudir un poco la cabeza.
—No —respondí; la palabra al fin me salió de los labios.
Osta me empujó hacia nuestro sofá desvencijado y me obligó a sentarme. Solo la luz dorada de una vela titilante sobre la mesa alumbraba la sala.
—Ahora mismo vuelvo. Quédate aquí. —Me dirigió una mirada severa antes de echar a correr hacia su habitación.
Unos minutos más tarde, avanzó lentamente hacia el sofá con un vaso de agua y un peine.
—Te voy a intentar quitar toda esta… sangre… de encima. —Tragó saliva con fuerza mientras hablaba—. Cuéntame lo que ha ocurrido.
—Ashford… —dije con la voz ahogada.
—¿Es la sangre del general Ashford? —De pronto, me pasó a toda velocidad la mano por el pelo con el peine—. Lo siento —murmuró, y volvió a sus movimientos delicados pero temblorosos.
—No. Fue a la botica cuando Ma y yo estábamos cerrando.
Me dijo que quería intentar algo nuevo. —Tragué saliva e inspiré hondo—.
Una parte de mí desearía no haberle contado nunca que las emociones eran las que desataban mi foco.
Debería haber sabido que se aprovecharía de eso.
Soy estúpida. —Ahora mi voz sonaba más segura y se había teñido de irritación al recordar el suceso.
—Me estás asustando, Fia. ¿De quién es la sangre?
Casi podía sentir cómo temblaba a pesar de sus intentos de parecer fuerte y serena. Los pequeños cambios en su voz la delataban.
—Me llevó al gimnasio en el que entrenamos, y, cuando abrí la puerta…, el guardia de la presa estaba allí.
Detuvo la mano, y yo sentí cómo bajaba los brazos a los costados. Me giré para mirarla. Ella parpadeó con rapidez; parecía contener las lágrimas, aunque su boca estaba en calma, casi indescifrable.
—¿Ese guardia? —fue todo lo que preguntó.
—Sí —le confirmé.
Mis manos buscaron las suyas. Ambas estábamos temblando.
Jamás habíamos hablado de lo ocurrido en el río.
Había sido demasiado doloroso después de los funerales, pero aun así había pasado muchísimo tiempo y se había convertido en un secreto que las dos guardábamos bajo llave en nuestras mentes.
Cada vez que intentaba sacarle el asunto, ella cambiaba corriendo de tema.
—¿Está muerto? —preguntó, mirándome con una intensidad desconocida.
—Sí.
Osta inspiró hondo y se colocó el pelo detrás de las orejas puntiagudas.
—¿Cómo ha sucedido? —preguntó.
—A Ashford se le había ocurrido una idea nueva, como ya te he contado antes —comencé a decir al mismo tiempo que me ponía cómoda en el sofá. Ella necesitaba oír todo aquello. Cada detalle. Ambas nos lo merecíamos.
Me pasé la hora siguiente explicándole lo que había acontecido antes aquella noche. Cómo había descubierto mi foco, había encontrado su punto de acceso, lo había desatado y lo había replegado sin matar al guardia solo para que el general le clavara una espada en el pecho.
Osta se quedó sin palabras una vez que terminé.
Nos quedamos en ese instante silencioso durante lo que pareció una eternidad. Al final, relajó los hombros.
—Me alegro de que esté muerto. —Su voz apenas era más alta que un susurro, pero algo en el tono me sorprendió más que las palabras.
Alivio.
—¿Cómo te sientes? —me preguntó.
—Yo también me alegro de que esté muerto —murmuré. Ni siquiera sabía lo que significaba todo aquello o si era real incluso. ¿Cómo separar la conmoción de las auténticas emociones? ¿De verdad se había hecho justicia?
Me invadió un gran vacío. El general había asesinado a la persona que había matado a nuestros amigos y había traído tanto dolor a nuestras vidas, pero ¿de qué iba a servir su muerte?
Ni siquiera lo colgarían en el cuartel para que sirviera de ejemplo.
Nadie se enteraría del crimen que había cometido.
Ni del motivo por el que estaba muerto. Nada cambiaría para nosotros.
Me removí, me desplomé más en el sofá hundido y me envolví con los brazos. Cuando había observado cómo se le desvanecía la vida de los ojos, algo aterrador había chisporroteado en mi interior. Por mucho que odiara admitirlo, una oscura parte de mí sintió satisfacción.
¿Ya estaba pasando? ¿Ya me estaba convirtiendo en una de ellos? ¿Podría pronto tener la habilidad de matar con una fría eficacia y sin que mis acciones me remordieran la conciencia o me hicieran vacilar?
—Entonces ¿el general ha matado a uno de los suyos… por ti? —inquirió Osta en voz baja. Subió las piernas al sofá y se sentó sobre sus pies.
—No puedo hablar de sus razones. Está claro que ese hombre está pirado —murmuré mientras me cambiaba de posición. Aunque pensé en el modo en el que me había examinado después. Sus ojos habían carecido de esa mirada misteriosa. No. Aquella vez había habido seguridad en ellos.
—Pero, Fia, ¿te das cuenta de la magnitud de esto? —Entrecerró los ojos en mi dirección y me agarró de la mano.
—Creo que le estás dando demasiadas vueltas.
—Tal vez esté loco. No lo conozco. Lo único que sé es lo que se ha arriesgado al hacer aquello. Debe de tener un significado más profundo… —La voz de Osta se apagó. La habitación se sumió en el silencio.
Se inclinó hacia delante y cambió el punto de apoyo en el sofá. Incluso bajo la luz tenue pude ver la seriedad inusual de sus ojos. Se aclaró la garganta antes de hablar.
—Sé que esto va a sonar a disparate, pero es que tengo la sensación de que… Creo que puedes confiar en él, Fia.
El general tenía un aire de entusiasmo en nuestra siguiente sesión de entrenamiento.
Era evidente que estaba muy satisfecho consigo mismo a pesar de mi reciente trauma. Eso me hizo cabrearme, pero lo dejé pasar. No servía de nada señalar lo obvio. Él sabía lo que había hecho.
Nos sentamos como solíamos hacer, uno enfrente del otro, aunque había un peso palpable en la habitación que ninguno de nosotros iba a reconocer.
Se quedó mirándome fijamente antes de alzar una ceja. Supuse que era un acto de apoyo, pero yo ya me estaba calmando y tratando de despejar la mente. Además, ignorarlo me otorgaba una extraña satisfacción.
Cerré los ojos y dirigí la atención a la base de mi columna vertebral, donde la telaraña se había generado la otra noche; no obstante, la visualización no fue tan fácil esta vez.
Fruncí el ceño por la concentración mientras me inclinaba para intentar forzar físicamente los zarcillos.
Me eché hacia delante, hacia atrás, a un lado, pero se quedaron atascados en lo más profundo de mi espina dorsal.
Parecía que, sin circunstancias de peso, mi foco iba a continuar su juego de evasión.
Tres horas más tarde, sentí un hormigueo en el lugar exacto.
Centré toda mi atención justo en esa zona, tratando de extraer el poder por medio de la fuerza de voluntad.
Una neblina translúcida ondeó en mi mente, un pequeño destello de la telaraña.
Sin embargo, en cuanto emergió, volvió a descender y desapareció de la vista.
Era obstinado. Como si tuviera mente propia.
—Puedo verlo, pero no puedo hacer todavía que coopere. —Me mordí la parte interior del labio.
—Es una gran mejora con respecto a la semana pasada —espetó.
Se quedó mirándome un segundo antes de ponerse de pie y estirarse.
—Yo diría que es suficiente progreso por hoy.
Desentumecí mis músculos cansados, que sentía pesados y tensos tras pasarme tanto tiempo sentada. Los ojos me estaban matando y notaba las punzadas de un dolor de cabeza apoderándose de mí.
—Supongo. Esperaba poder lograr más. —Se me escapó un suspiro entrecortado cuando me di cuenta del largo camino que tenía por delante. Quizá nuestras sesiones individuales duraran más de lo que me había imaginado antes.
La sala se sumió en un silencio mientras yo recogía mis cosas.
Los pensamientos de la última sesión me rondaban los rincones de la mente.
Ya no podía contenerme más. Las palabras iban a salirme atropelladas en contra de mi voluntad y con torpeza si no tomaba el control en ese preciso instante y me limitaba a dejarlas salir.
—Lo que me hiciste no estuvo bien —susurré.