Capítulo 15
E l guardia alternó la mirada entre los dos. La confusión y el estupor me revolvieron el estómago cuando me giré para encarar a Ashford.
Él estaba atento al guardia situado a mis espaldas.
La suavidad que tenía antes en los ojos se le había ido y una mirada despiadada la había reemplazado.
Una sonrisa nauseabunda se le formó en los labios.
Se me emborronó la vista con una mezcla de traición y rabia, y mi estómago amenazó con devolver la comida cuando abrí la boca para hablar.
Seguí los movimientos del general mientras él caminaba delante y me separaba del guardia.
—He tenido que investigar bastante para dar con la conexión entre los dos.
Pero, una vez que lo he hecho, todo ha quedado claro.
—El general se giró despacio y me señaló—.
Vi el modo en el que reaccionaste ante él en el cuartel.
No paré de darle vueltas a la cabeza tratando de adivinar las circunstancias en las que los dos podríais haber coincidido en el mismo lugar.
Me iba a dar algo.
—Cuando me trajeron tu expediente a mi despacho, Jeremiah, me pasé horas buscando y me fijé en el incidente del río.
Me pareció algo inocuo al principio, hasta que me di cuenta de que todos los fallecidos resultaron ser riftborne.
—El calor me invadió. El sonido de ese nombre procedente de su boca me hizo tener más ganas de vomitar.
El guardia estaba paralizado, cosa que no le pasó desapercibida al general.
Esbozó una sonrisa aún más grande y asintió en señal de reconocimiento—.
Sabía que esta era la conexión, pero me seguían faltando detalles.
Me moría por desentrañar esto. Es muy divertido jugar a los detectives.
—Sacudió la cabeza y se mordió el labio.
No podía pensar con claridad.
—Entonces miré en tu expediente. —Me miró de nuevo—.
Los que murieron… estaban en una casa de acogida contigo.
La Casa de la Unión. —Apretó los dientes—.
Muchas cosas cobraron sentido. Lo entendí.
No me sorprendió que la muerte de unos cuantos riftborne se barriera bajo la alfombra. Sucede todo el tiempo.
No podía respirar.
—Fia, estabas en la orilla del río, ¿verdad? Con Osta. Las dos tuvisteis que presenciar cómo vuestros amigos se ahogaban. —Se giró al guardia, cuya cara había perdido todo rastro de color—. ¿Sabías que te había visto?
El guardia dio un traspié.
—General, por favor. Creo que debe de haber algún malentendido…
A este le llamearon los ojos cuando alzó la mano y cortó al guardia. El poder puro de ese simple gesto reverberó por la estancia como una onda sonora.
—¿Es insubordinación lo que detecto en tu tono? Mantén la boca cerrada, oficial —ordenó él con palabras cortantes. No entendía lo que estaba ocurriendo.
El guardia abrió los ojos como platos mientras retrocedía unos pasos. El general se giró poco a poco para encararme. Le devolví la mirada con ira, luchando contra la urgencia de arañarle la cara con mis propias manos.
—Fia, este hombre es la razón por la que tus amigos están muertos. Tiró de la palanca. Lo sabes. De no ser por su odio e ignorancia, Mairyen…, Luka…
—No te atrevas a decir sus nombres —espeté con la furia corriéndome por las venas. El cuerpo entero me temblaba.
El general se acercó a mí, despacio y calculador. Se detuvo a pocos centímetros de mi cara y se inclinó.
—Dirige esa rabia hacia el hombre que la merece —susurró, y se hizo a un lado.
Ahora, el guardia estaba justo delante de mi vista.
El general se movió en círculos a mi alrededor, lo bastante cerca como para que notara su aliento en la nuca—.
Tienes todo mi permiso para castigarlo como creas oportuno.
—Su voz era como una cuchilla de afeitar.
Me encontraba al límite del control, y lo estaba perdiendo a cada segundo que pasaba.
El general se acercó más que nunca. Noté cómo me rozó la oreja con los labios y la espalda con la mano.
—Suéltalo, Fia.
El tiempo se detuvo. Escuché el repiqueteo en la cabeza. El aire a mi alrededor crepitó con energía. Se me volvió blanca la visión. Luché contra la urgencia de dejarme llevar del todo, pero me estaba quedando sin tiempo. Iba a explotar. Una corriente de electricidad estática se propagó por mi piel.
Y entonces lo noté.
La telaraña translúcida. Podía verla en mi mente.
La sentía agarrándoseme a la espina dorsal y comenzando a entretejerse por las vértebras hacia arriba, enviando pulsos de energía a los cartílagos adyacentes.
Se enredó y se retorció hasta que alcanzó la base del cráneo, y una luz incandescente me recorrió con una fuerza brutal.
Se me abrieron los ojos de golpe justo cuando el guardia empezó a levitar del suelo.
La mirada de pavor que tenía rebotó en mi mente.
Abrió la boca para chillar, pero le robé la voz.
Oleadas de esencia vibraron a su alrededor.
Ladeé la cabeza cuando la tentación de acabar con él se hizo más fuerte.
Sentía cómo mi poder le envolvía la mente.
Apenas tardaría unos pocos segundos en hacerlo papilla…
Pero no pensaba convertirme en el monstruo que los demás creían que era. No cuando aún necesitaba aprender a detenerlo.
La revelación superó mi rabia. Matarlo no era importante. Había servido a su propósito. Había encontrado mi escurridizo foco, y podía encaminarlo.
Cerré los ojos de golpe y comencé a visualizar la misma fuerza de energía, la red de fibras translúcidas que se había aferrado a mí hacía tan solo unos instantes.
Apreté los puños, tensé los músculos y noté un golpe agudo cuando me di con las rodillas en el suelo gélido.
Justo cuando noté que la cabeza me iba a explotar, los hilos se deshilacharon y se me soltaron de los huesos.
Se arrastraron hacia abajo por mi columna vertebral y se replegaron de vuelta a su lugar de reposo, y el aire a mi alrededor se tranquilizó.
Volví a la realidad y me tambaleé, pero me las ingenié para estabilizarme plantando una mano firme sobre el suelo. A regañadientes, abrí los ojos y vi que el guardia tenía el rostro retorcido de dolor mientras jadeaba en busca de aire. Estaba consciente.
Vivo.
Exhalé aliviada. Un calor repentino a mis espaldas me indicó que el general se había agachado junto a mí.
—Impresionante —murmuró.
Me sujetó los hombros con las manos.
—Respira.
Jadeé en busca de aire, con la cabeza dándome vueltas.
—Respira, Fia. —Me tocó con cuidado. Demasiado cuidado. Como si estuviera hecha de cristal.
Lo miré, y, durante una fracción de segundo, tenía una expresión extraña. La preocupación le atravesaba la cara.
O el miedo. ¿Por mí? ¿O de mí?
—Te odio —susurré.
Apretó las manos sobre mis hombros.
—Lo sé.
—¿Así es como tratas a todo el mundo? —Se me quebró la voz—. ¿Como si fueran peones en lugar de personas?
Se le tensó la mandíbula. Deslizó las manos de mis hombros a la parte superior de mis brazos y me estabilizó cuando me tambaleé.
—Sí.
La palabra debería haber escocido, pero no me sorprendió.
—Pues suéltame —dije. No lo hizo. No de inmediato.
Nos miramos a los ojos. Fijamente. El aire a nuestro alrededor se cargó. La mirada del general descendió a mi boca. Apenas un latido. Luego retrocedió. Me soltó como si lo quemara. Se levantó y puso casi un metro de distancia entre los dos de una sola zancada.
Era incapaz de procesar todas las emociones que ahora se amontonaban sin control en mi mente ya revuelta. Un orgullo arrollador encabezaba la lista. Lo había logrado. Había descubierto dónde estaba el punto de acceso. Y, lo que era aún mejor, lo había canalizado y controlado.
Había ganado.
No quería matar al guardia. Sabía que era probable que mereciera la muerte, pero había obtenido mucho más que su sangre en mis manos.
Ashford dio una zancada hacia el guardia; sus botas resonaron en el tenso silencio.
El hombre estaba hecho polvo, jadeaba, resollaba y el sudor le resbalaba por la cara.
Alargó la mano hacia el brazo extendido de Ashford con un estremecimiento antes de agarrarlo por fin con tanta fuerza que se le pusieron los nudillos blancos y así el general pudo ponerlo de pie.
—Aprecio mucho tu cooperación esta noche. —Noté la sonrisa en la voz del general, y aquello prendió algo en mí. Todo con este hombre era fingido.
Ojalá el orgullo hubiera sido lo único que me invadió en ese instante, pero había un peso que envolvía todo ese logro, un sentimiento de traición y explotación.
No pude evitar desear haber conseguido esto por mí misma, yo sola, sin que el general me manipulase de nuevo.
Un dolor sordo me carcomió en lugares a los que me costaba llegar.
Ashford colocó la mano en la parte de atrás de la armadura del guardia y le dio una palmadita en el hombro.
—Lo que sucedió en la presa no fue más que un trágico accidente, por supuesto. Una cuestión de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado —declaró el general, y le dedicó una sonrisa intencionada al guardia.
Las náuseas me invadieron otra vez.
El guardia paseó la mirada entre los dos y la expresión de confusión se le desvaneció. Al fin, se volvió hacia el general de nuevo y extendió una mano.
—Por supuesto, un trágico accidente.
Me rodeé el torso con los brazos y cerré los ojos mientras rezaba para que las lágrimas no brotaran. No debería doler tanto. Sabía quién era. Un manipulador. Un depredador. Un embustero…
De súbito, un ruido metálico retumbó en la quietud de la sala, el sonido de una espada desenfundándose.
Dirigí la vista hacia los dos hombres justo cuando el chirrido de una hoja golpeó el metal duro y resonó en la estancia.
No fue un corte limpio, sino más bien una puñalada brutal directa en el corazón.
La hoja se hundió hasta el fondo y un sonido enfermizo reverberó cuando topó con la carne.
El jadeo del guardia se convirtió en un gorgoteo ahogado.
Yo misma me quedé sin aliento en los pulmones un instante. Un chorro escarlata brotó de la herida a través de la armadura de malla, me salpicó el uniforme y me llenó las puntas de mis rizos blancos. El guardia se desplomó; su armadura dio contra el suelo con un espeluznante golpe definitivo.
Ashford limpió la hoja en sus pantalones negros y tarareó algo para sí mismo.
—Disculpa el estropicio —soltó, chasqueando el cuello.
Abrí la boca para hablar, mas solo salió de mis labios un tartamudeo confuso.
—Pero ¿qué has…? —comencé a decir; sin embargo, una inesperada oleada de alivio me acalló.
Se produjo un momento de quietud antes de que Ashford me mirara y alzara una ceja.
—Justicia —respondió mientras me sostenía la mirada un segundo de más.
Recuperé el equilibrio a pesar del temblor de mis extremidades y me levanté del suelo retrocediendo unos cuantos pasos a trompicones. No obstante, no pude apartar los ojos. Él me devolvió la mirada, impenetrable.
El general acabó suspirando.
—Te dije que confiaras en mí.