Riftborne (Trilogía Esprithean 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

M a no estaba allí aquella mañana, así que yo aproveché para ordenar las estanterías en la trastienda de la botica.

El deseo de ponerme a ello me llevaba invadiendo un tiempo, pero aquel trabajo no era el que Ma priorizaba.

Por lo general, solo lanzábamos nuestras pociones recién destiladas en las estanterías sin ningún cuidado.

Con aquel hábito, tardábamos siglos en reponer cualquier cosa.

Empecé por quitar todos los frascos y limpiarles el polvo.

Algunos ya se habían pasado bastante de la fecha de caducidad.

Suspiré. Este era el motivo por el que necesitábamos con desesperación un sistema nuevo.

El dinero y los recursos que podríamos ahorrar con tan solo poner las cosas siguiendo algún sistema de clasificación lo cambiarían todo.

Al mirar los cubículos de la izquierda, me inundó una oleada de cansancio.

Había un montón de piedras desperdigadas alrededor de las cestas en las que deberían estar metidas.

Agarré un trozo de amatista y le quité el polvo de un soplido.

Froté la superficie contra mi delantal hasta que reflejó la luz.

Había unas cuantas piedras que no sabía identificar. Una en particular destacaba. Estaba convencida de que nunca había visto nada igual. A medio camino entre el azul profundo y el violeta, los destellos de luz atravesaban su centro como si tuviera vida.

La campana de la puerta sonó. Me recorrió un escalofrío de ansiedad mientras los pasos de Ma se aproximaban. Las cosas habían estado tensas entre nosotras últimamente. Esperaba que mis planes para aquella mañana no fueran la gota que colmara el vaso.

Entrecerró los ojos al tiempo que observaba la nueva disposición.

—Fia, ¿qué has hecho ahora? —preguntó Ma mirándome con una ceja alzada.

—He organizado un poco. —Tragué saliva. No parecía muy contenta. Algo vacilante, me acerqué a las estanterías y empecé a explicarle el nuevo sistema.

—Entonces ¿ya no puedo tirar los productos ahí y ya está? ¿Tengo que ponerlos en su sección correspondiente? —Me observó. Solo Ma tendría tanta aversión a la eficiencia.

Deambuló alrededor de las estanterías, inspeccionándolas. No tenía ni idea de lo que se le pasaba por la cabeza.

—Supongo que no está mal. Puede que debiéramos haber hecho esto hace mucho tiempo. —Se giró hacia mí, puso los ojos en blanco y me dedicó una sonrisa que llevaba semanas sin ver.

Una oleada de alivio me invadió.

—¿Te gusta entonces? —pregunté con quizá excesivo entusiasmo.

—Bueno, yo no diría eso. Pero entiendo que se necesita un poco de orden por aquí. Sabemos que no es mi punto fuerte. —Se dirigió a su escritorio y se sentó.

—Oye, tengo que preguntarte algo —dije mientras la seguía.

—¿Hum?

—¿Qué es esto? Nunca lo había visto antes. —Extendí la mano para revelar la misteriosa piedra azul violeta.

—En realidad, llegó ayer. —Sonrió y la examinó con orgullo—. Llevo tiempo intentando echarle el guante a una pieza de estas. Se llama arcanita.

—Parece que esté viva. —La acerqué junto a la llama de una vela y miré a través de las luces que danzaban en su interior. El nítido exterior reflejaba un caleidoscopio de colores en la pared.

—Es muy inusual. Algunos piensan que tan solo es un conductor de la esencia o que la puede almacenar. Nadie lo sabe con seguridad, pero parece que todo crece a su alrededor.

—¿Cómo funciona? —pregunté.

—Es un misterio, aunque tengo algunos experimentos en mente. Iba a enterrar una de las piedras en una maceta en el invernadero y ver si mejora la tasa de crecimiento o la cosecha.

—Interesante. Tendremos que echarle un ojo. —Esbocé una pequeña sonrisa y me volví a mi puesto.

Ma se quedó en silencio durante un rato, rebuscando entre unos pergaminos. Al final, suspiró y alzó la vista para mirarme.

—Oye, Fia, sé que las cosas han estado tensas entre nosotras últimamente. No quiero que pienses que me he enfadado contigo. Solo estoy tratando de procesarlo todo. Ya sabes lo que pienso de la Guardia. Después de todo lo que le pasó a mi hermano… A ver, no te voy a mentir, me da pavor…

—No te preocupes. Ya no voy a entrenar más con el general —la interrumpí, desesperada por que las cosas volvieran a la normalidad entre nosotras. Por mucho que quisiera, no podía acelerarlo.

Puso los ojos como platos.

—Yo… Bueno, no estaba funcionando. —Le dediqué una media sonrisa antes de mirar hacia abajo. Empecé a sentir una leve tristeza, pero me la quité de encima.

Ma se limitó a quedarse mirándome. Tomé asiento en la silla de mi escritorio y me recosté, contemplándola con tranquilidad.

—Fia…, no sé qué decir. Tú querías intentarlo.

Lo entiendo. Creo que es muy noble por tu parte.

De verdad… —Me dirigió una mirada de compasión—.

Pero, siendo egoísta, me alivia que hayas acabado con eso.

No tienes ni idea de lo preocupada que me has tenido.

No me fío de él. Hay algo en el general que no me encaja.

Ma se reclinó sobre el escritorio mientras sacudía la cabeza. Parecieron suavizársele las líneas del rostro.

—Lo entiendo. Fue un error. —Suspiré—. Solo quiero que volvamos a estar bien.

Ma asintió y me sonrió. El resto del día transcurrió en una perfecta monotonía.

Me fui a la parte de atrás de la tienda para asegurarme de que los calderos se hubiesen enfriado antes de agarrar mi bolso.

Ma me estaba esperando en la parte delantera, apoyada contra el marco de la puerta y tarareando en voz baja para sí misma.

Por primera vez en semanas, la tensión en su postura había desaparecido.

—Dile a Osta que venga pronto. Hace mucho tiempo que no se pavonea por la tienda y te distrae de tu trabajo. Lo echo de menos. —Ma soltó una carcajada. Las cosas parecían deliciosamente normales.

—Se lo haré saber. Estoy convencida de que ella también echa de menos tus burlas incesantes. —Me reí y me dirigí a la puerta. Ella me dio un empujoncito juguetón mientras salíamos.

La brisa nocturna era fresca. Me abracé a mí misma para mantener los escalofríos a raya. Ma se giró para cerrar con llave. El sol apenas se podía atisbar en el horizonte y la calle zumbaba con los sonidos de la ciudad mientras la gente se marchaba del trabajo a casa.

Miré a Ma y me la encontré con los ojos entrecerrados clavados a la izquierda.

—Fia. —Eso fue lo único que dijo.

Laryk Ashford andaba hacia nosotras con su paso seguro habitual.

«Por todos los Esprithe».

Entrecerré los ojos y sentí cómo Ma me miraba.

Me giré hacia ella y me encontré con su expresión de desconcierto.

—Ma, yo me encargo de esto. Deberías irte a casa —dije, pero las palabras no surtieron efecto en ella.

Observé cómo él se acercaba. Llevaba un abrigo de lana largo y su atuendo negro habitual.

—Buenas tardes, Fia. Espero que todo te vaya bien —espetó con su típico tono aterciopelado—. Maladea, me alegro de volver a verte. —Hizo un gesto de asentimiento en su dirección.

Ambas nos quedamos calladas.

Él cambió su peso de un pie a otro y miró hacia abajo antes de cruzarse de brazos. Parecía nervioso. O al menos intentaba parecerlo. No estaba segura.

«¿Qué sucede?».

—Fia, me gustaría mucho tener una conversación contigo. —Con un brillo en los ojos y una ligera sonrisa, alzó la vista y se encontró con la mía. El encanto forzado no es que le sentara muy bien, pero era evidente que me estaba dorando la píldora.

Me burlé. Una parte de mí quería reírse de su numerito.

—Fia, sé que nuestra última reunión acabó en malos términos, y asumo mi parte de culpa en eso. —Se le tensaron los labios.

«Ahí está».

Una grieta en su fachada.

—Entonces ¿por qué estás aquí? —pregunté, manteniendo la voz plana. Ma me dirigió una mirada de desaprobación, aunque se quedó en silencio.

—Quiero que lo intentemos una vez más. Creo que he encontrado un enfoque alternativo. Si no funciona, no volverás a saber nunca más de mí. Tienes mi palabra. —Alzó las manos como si ofreciera alguna clase de rendición.

«¿No volveré a saber nunca más de él?». Sonaba demasiado bien para ser verdad. No me lo creí ni un solo instante.

—¿En qué consiste ese enfoque diferente? —inquirí, cruzándome de brazos y apartando la sensación fantasma de sus manos agarrándome las muñecas.

—Podemos hablarlo en el gimnasio —respondió sin rodeos. Le echó un rápido vistazo a Ma, que seguía aún ahí plantada, callada e intentando ocultar su desdén.

—Hasta ahora, no ha funcionado nada. —Traté de mantener el volumen de mi tono, pero me salió más frío de lo que pretendía—. Y tu última táctica no sirvió de mucho, ¿no?

—Fia, confía en mí y dame una última oportunidad. Inténtalo, te lo debes a ti misma. Sé que quieres aprender a controlarlo. Y podemos marcharnos ya para acabar de una vez por todas. Sin esperas y sin jueguecitos. Y te prometo que me comportaré lo mejor posible en esta ocasión. —Sonrió.

Entrecerré los ojos.

«Tus promesas no valen nada».

Las palabras resonaron en mi mente. Me había grabado aquella verdad en lo más profundo de mi ser.

Jamás confiar en su palabra. Siempre sospechar que había otro motivo oculto.

La única prioridad del general era él mismo.

Esta actuación no podía despistarme. Lo veía como era en realidad, como siempre había sido: una serpiente devastadoramente preciosa, idéntica al símbolo que se alzaba en cada bandera de este reino y en cada armadura de la Guardia.

Nada había cambiado. Miré a Ma, que estaba negando sutilmente con la cabeza en señal de desaprobación.

—Ma, deberías irte a casa. Yo… —Desvié la vista hacia el general—. Yo voy a marcharme con él a ver en qué consiste ese plan milagroso antes de acceder a nada.

Ella no lo sabía, pero en realidad no es que yo tuviera otra opción.

Me volví a girar hacia Ma. Si su expresión amarga era indicativa de algo, no se estaba tragando nada de esto.

—Estaré bien. Te lo prometo. Te veré mañana. —Le di un rápido abrazo que ella no me devolvió. Suspiró y se marchó en dirección a su apartamento.

Exhalé con brusquedad. El don de la oportunidad de este hombre era insoportable. ¿De verdad que no se podía haber esperado a que estuviera sola?

«Por el amor de los Esprithe».

—¿Vamos? —murmuró mientras se acercaba a mi lado. En cuanto perdimos a Ma de vista, su comportamiento volvió a ser el del general. La serpiente. Comenzamos a andar hacia el gimnasio. Con cada paso que daba, la satisfacción parecía irradiar de él.

Mientras nos aproximábamos a las conocidas ventanas reflectantes, sentí un nudo en el corazón. Él se detuvo y me agarró del brazo con delicadeza para girarme hacia él. Yo me aparté al sentir el calor de su tacto.

—¿No vamos a entrar? —pregunté, alzando una ceja.

—Sí, pero antes tenemos que hablar. —Ahora estaba serio—.

Sé que he sido duro contigo y tal vez te haya frustrado más que animado.

Para mí también es una situación nueva. Yo suelo entrenar a gente para mejorar una habilidad que ellos ya pueden canalizar.

Contigo ha sido un poco ensayo y error. Puede que haya cometido algunos errores en mi enfoque…

—Dime cuál es el plan y ya está —lo interrumpí. A este hombre le gustaba andarse por las ramas, o quizá solo le gustaba el sonido de su propia voz. No estaba segura.

—Necesito que olvides todo lo que hemos aprendido.

Que abordes esto con la mente abierta. Que prestes atención.

Encontrar el foco. Esa es la prioridad. —Me estaba observando fijamente.

No había ni rastro del general que había conocido.

La cara que me devolvía la mirada estaba desprovista del misterio que solía enmascararle los rasgos.

—Necesito que confíes en mí.

Ni de coña. Ni por un segundo. No obstante, la intensidad de sus ojos me hacía querer creerlo. Me detuve, pero al cabo de un rato asentí. Tampoco es que pudiera cambiar de parecer en ese instante.

Se giró hacia la puerta.

—Encuéntralo —me recordó antes de tirar del pomo y hacerme un gesto para que entrara.

Esta vez no vacilé. Pasé directamente por delante de él y entré en el gimnasio poco iluminado.

La puerta se cerró a mis espaldas. Los pasos del general eran lentos, comedidos.

Miré hacia nuestra zona de práctica y me quedé paralizada.

Un escalofrío me recorrió de la cabeza a los pies mientras hacía contacto visual con el guardia de ojos azules de la presa.