Riftborne (Trilogía Esprithean 1) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—¡Siempre será una de las cosas más desternillantes que he vivido! —Jacquelina rompió a reír, a punto de tirar su copa.

—Bueno, me alegra ofreceros tanto entretenimiento —canturreó Eron. Se le formó una sonrisa torcida en los labios—. Para mí solo fue un poco aterrador.

Osta sonrió.

—Sí, Eron, ninguna de nosotras se esperaba que te tomaras el juego del escondite de forma tan literal. —Agarró a Jacquelina del codo y se tronchó.

Jacq correspondió al sentimiento con los ojos abiertos como platos.

—¿Cuánto tiempo lo estuvimos buscando ese día? ¡Debieron de ser horas!

Eron sonrió y sacudió la cabeza.

—Os gusta fingir que lo hice a propósito, pero yo no tenía ni idea de que no podíais verme.

—Eron, ¿sabes…, eh, de dónde viene tu invisibilidad? Por ejemplo, ¿hay algún lugar concreto al que accedas cuando lo haces? ¿Una chispa o…? —Me interrumpí, con las palabras precipitándose unas sobre otras.

Todos me miraron con perplejidad.

—La verdad es que lo hago sin más… A ver, supongo que nunca me he parado a pensar en eso antes —musitó a la par que se frotaba la barbilla—. Espera. —Y, sin más, Eron desapareció.

—¡Fiaaaaaa! —canturreó Osta, e inclinó la cabeza sobre la mesa—. ¿Tienes que hacer que todos los hombres se esfumen?

Abrí la boca, aunque no me salieron las palabras. Todos nos desternillamos de risa. Unos segundos más tarde, Eron volvió.

—Creo que lo noto primero aquí —explicó, tocándose la parte de atrás del hombro—. Parece propagarse a partir de ahí, pero no estoy muy seguro de qué buscar. Solo sentí un ligero cosquilleo. ¿Por qué lo preguntas?

Me mordí el labio.

—Por nada, es que he estado… hablando con Ma sobre el asunto y tenía curiosidad —susurré. No me imaginaba a Eron y a Jacquelina tomándose bien la idea de que yo entrenase con el general. Tampoco servía de nada que se lo contara de todas formas. Ya se había acabado.

Se produjo un incómodo silencio en la sala. No sabía cuánto les había contado Osta a los dos sobre mi foco. Mi habilidad para canalizar siempre había sido un asunto que evitábamos.

—Jacq, ¿no me dijiste que compartías foco con tu padre? —preguntó Osta, cambiando de tema.

—Bueno, según recuerdo, sí. Aunque creo que el suyo iba más allá. Su voz no era solo preciosa, podía hacer… otras cosas.

Osta tomó un trago de vino.

—Pero generaciones en tu familia han tenido dones musicales, ¿verdad? Los suficientes para inspirar el apellido familiar. ¿Cuál era, por cierto?

Eron bajó la mirada. Jacquelina se removió en su asiento.

—Nightingale, como los ruiseñores.

—No vayamos por ahí; esta noche no —murmuró Eron tras romper el silencio.

—Lo sé, es que he pensado… —comenzó a decir Osta, pero él la cortó.

—No hay nada de lo que hablar. —Soltó su copa con más fuerza de lo necesario—. Ese apellido ya no existe. Ninguno de ellos.

Jacquelina le cogió la mano al otro lado de la mesa.

—Eron…

Me dio un vuelco el estómago. No había pensado mucho en cuál había sido mi apellido antes, la verdad. Era muy pequeña para tener otro nombre. «Riftborne » era lo que siempre había conocido.

Osta se puso pálida.

—Lo siento, no pretendía…

—No pasa nada —dijo Eron. Respiró hondo.

Miré a Osta al otro lado de la mesa. La cabeza le descansaba sobre el hombro y tenía los ojos vidriosos. Nos habíamos metido en un tema peligroso. Incluso en la casa de acogida rara vez mencionábamos detalles de nuestras vidas pasadas. Aunque tampoco es que lo tuviéramos permitido.

—A veces pienso en ellos. En nuestros padres. —A Osta se le quebró la voz. Eron y Jacquelina intercambiaron una mirada rápida de preocupación. El llanto lejano de Leila cortó la tensión. Eron se puso de pie para ir a verla y yo aproveché la oportunidad para salvarnos.

—Creo que esa es nuestra señal para marcharnos. Se hace tarde —susurré con una leve sonrisa.

Nos despedimos con prisas. Enganché mi brazo con el de Osta y nos adentramos dando tumbos con torpeza en las calles. Notaba que todavía seguía teniendo la cabeza en el salón, a la espera de una conversación que nadie quería tener.

Atravesamos la ciudad mientras nos manteníamos en equilibrio mutuamente. Había tanto silencio que resultaba escalofriante. Sentía el aire nocturno helado contra mi piel ruborizada; el olor del humo salía de los tejados, mezclándose con el aroma salobre de los canales.

Noté el suspiro de Osta cuando dejó caer el hombro contra el mío.

—Fia, ¿alguna vez te preguntas cómo eran? —susurró. El corazón me dio un vuelco. No estábamos en el estado mental adecuado para hablar de eso ahora mismo.

—Osta…, ya sabes lo que pienso de esto —contesté con la esperanza de ser amable al callarla. Llevábamos mucho sin mantener esta conversación—. No podemos preguntarnos eso. Tú lo sabes. No sirve de nada.

—Sí, aunque no lo entiendo. Nosotras no nos acordamos de nuestros padres. Eron y Jacquelina sí recuerdan a los suyos un poco, pero no hablan. No sabemos nada de ellos —lloriqueó Osta.

Suspiré.

—Es mejor no ir por esos derroteros. Jamás obtendremos las respuestas que queremos.

—Pero no es justo… Sé que formaron parte de la revuelta. Es que… —Osta se calló y contuvo las lágrimas que yo sabía que estaban a punto de caer—. Todos los niños merecen saber quiénes eran sus padres, incluso si estos cometieron errores.

Empezó a temblar y yo envolví mi brazo en torno a ella. Sí que merecíamos saber quiénes éramos antes de todo esto. Quiénes habríamos sido de no ser por la guerra.

—Sé… que hemos tenido muy mala suerte. —Intenté pensar en lo que Osta diría en una situación así.

Consolar a la gente nunca había sido uno de mis puntos fuertes, pero consolarla a ella en esta situación era especialmente complicado.

Mi amiga rara vez reparaba en el mal que había en el mundo, y, aunque pudiera ser irritante a veces, su optimismo innato era una de las pocas cosas que me mantenían a flote.

La idea de arruinar esa parte de ella me resultaba inconcebible.

Respiré hondo y le di en el costado mientras caminábamos bajo la tenue luz de las calles.

—Pero fíjate en todo lo que has conseguido a pesar de tu situación. Estás prosperando, Osta. No importa quiénes fueran, sé que estarían orgullosos de ti.

Ella me abrazó y continuamos el resto del camino calladas.

Cuando llegamos a casa, las dos nos fuimos dando tumbos a nuestras respectivas habitaciones para pasar la noche.

Yo me tumbé en la cama y me quedé mirando al techo.

Emociones no deseadas comenzaron a aparecer.

Mi mente se fue al general y nuestro último entrenamiento, y los pensamientos salieron a borbotones, densos y embriagados de vino.

Recordé la frustración de su cara. Recordé hasta dónde llegó para intentar sacar mi foco. Nuestra decisión de dejar el entrenamiento. Él tenía razón.

Todo había sido una pérdida de tiempo.

Había vivido hasta ahora sin pizca de control. Era una tontería creer que algo podría cambiar entonces. No había visto nada en mi interior que se asemejara a lo que el general describía. Ninguna chispa, ningún zarcillo de luz, estática o electricidad.

Sin embargo, a pesar de mi resistencia, una semilla diminuta se había abierto camino hasta mi mente.

Una semilla que traía consigo el destello de la esperanza.

Y, ahora que había empezado a echar raíces, no sabía cómo deshacerme de ella.

Vaya juego más peligroso aspirar a algo distinto de lo que era.

Parpadeé para aclarar la visión borrosa de los ojos.

Por primera vez en mi vida, me había permitido de verdad pensar.

Las lágrimas comenzaron a caer. Me las sequé enseguida con la manga del vestido.

«Ya sabías que este sería el resultado», me recordé a mí misma.