Capítulo 13
–E ste baile va a acabar conmigo —gimió Osta cuando entró en el salón, dejó caer los portatrajes y se soltó el cabello bronce del moño.
—Me alegro de que por fin entres en razón —musité mientras jugaba con el corcho de un vial que guardaba en el cinturón de boticaria.
—Ya puede valer la pena. Thearna me prometió que intentaría llevarme con ella, pero aún no ha llegado ni su propia invitación. —Osta se tiró a mi lado en la caja de madera desgastada a la que llamábamos «mesa de comedor » .
—Osta, ¿es que no hemos aprendido nada? No sé por qué quieres ir a una cosa de esas. —Estaba siendo injusta, pero no lo podía evitar. Hablar del Baile Tributo me recordaba al general, lo que hacía que no parara de darle vueltas al creciente nudo que tenía en el estómago.
—Sabes que no quiero trabajar para Thearna toda la vida.
Tengo que comenzar a hacer una lista de clientes.
Y eventos como este son la única manera de que me haga un nombre.
Es el único modo de enseñar mis propios diseños —afirmó Osta a la par que colocaba las manos con cuidado encima de la inestable mesa.
El Baile Tributo tenía lugar una vez al año y conmemoraba los avances de la Guardia.
Bueno, al menos ese fue el motivo de su creación hace siglos.
Ahora solo era una excusa para una fiesta, otro evento exclusivo que requería una invitación real.
No comprendía por qué alguien querría someterse a semejante pesadilla.
—Es que no creo que sea seguro, Osta. Sobre todo después de cómo ha terminado todo con el general —dije en voz baja. Le eché un vistazo a mi amiga cuando se estaba metiendo una uva en la boca.
—Si pensara tomar represalias, creo que ya lo habría hecho —replicó ella, mirándome—. Ha pasado una semana.
—Es posible.
No podía creerme que se hubiera hartado de mí con tanta facilidad.
—¡Madre mía! ¿Has visto qué hora es? —chilló cuando me asomé a la ventana.
La habitación se había oscurecido y había quedado iluminada tan solo por los tenues rayos del sol poniente—.
¡Tenemos que prepararnos! Eron y Jacquelina nos esperan pronto.
—Osta se levantó volando de la silla y echó a correr por el pasillo—.
No te preocupes, ya te he elegido un modelito —canturreó antes de ir a su dormitorio.
Me acerqué a mi cama y eché un vistazo al atuendo que había escogido Osta. La sencillez de este solo podía significar una cosa: que me estaba dando cuartelillo. Sonreí.
Por lo general, Osta aprovecharía esta oportunidad para arreglarme e ir a por todas con la esperanza de convencerme de usar uno de sus diseños más arriesgados. Había estado a punto de caer en esa trampa demasiadas veces.
Suspiré y levanté el vestido verde claro de la cama. Tenía las mangas largas, un escote modesto y una falda suelta a la altura de las rodillas; era una elección cortés. Me prometí darle las gracias luego.
Me quité el atuendo de trabajo, me puse el vestido y me acerqué al diminuto escritorio para mirarme al espejo. Los rizos enmarcaban mi rostro con un halo salvaje. Gruñí un poco y me senté en el taburete.
Tras un rato intentando peinar los mechones plateados hacia atrás para hacerme un moño pulcro, me rendí. Esta noche se iba a quedar salvaje y revoltoso. No llegaban a ser ondas, aunque tampoco eran rizos definidos; más bien un punto intermedio, con encrespamiento.
Eron vivía al final del distrito central, pero aun así había un buen trecho.
Emprendimos la ardua marcha en la noche con mi brazo enganchado al de Osta.
Los nervios se abrieron paso en mi interior cuando escudriñé la ajetreada calle.
Me estremecí cuando unas cuantas miradas se clavaron en nosotras y tiré de ella para seguir adelante.
Después de media hora, los huecos de los adoquines me informaron de que nos aproximábamos a nuestro destino. Nuestros amigos vivían muy lejos del centro, donde la rígida arquitectura de Luminaria cambiaba a viviendas más sencillas.
Nos acercamos a su casita adosada y nos fijamos en los arreglos que Eron había hecho hacía poco en el exterior. Era pintoresca pero encantadora, con enredaderas que caían hacia abajo por la fachada de madera pintada de marfil.
La mayoría de los edificios de esta parte se encontraban en diferente estado de ruina, aunque, como Eron trabajaba de repartidor y Jacquelina había decidido quedarse en casa con la recién nacida, las opciones eran limitadas.
Él se dejaba la piel, echaba muchísimas horas, curraba los fines de semana y cogía turnos extra siempre que podía para asegurarse de mantener cierta apariencia de una vida cómoda para su familia.
El trabajo de servicio era en realidad la única alternativa para los riftborne.
Y eso si conseguías trabajo. Jacquelina lo había intentado durante años como profesora de canto para niños, pero nadie la contrataba.
Antes de la bebé, cuando la pareja trataba de reunir el máximo dinero posible, ella se emperifollaba, cantaba en las calles y aceptaba propinas de los generosos transeúntes mientras ocultaba con sumo cuidado la marca de los riftborne con un guante.
Osta echó un vistazo y me lanzó una mirada reconfortante antes de llamar a la puerta.
—Oye, intenta no pensar en eso esta noche. Divirtámonos —dijo mientras observaba mi estado de ánimo más bien malo. Yo sacudí la cabeza para tratar de disipar la decepción que se había aferrado a mí toda la semana.
—No te preocupes. Pienso ahogar las penas —me burlé, esbozando una sonrisa forzada.
—Vale, eso es lo que quería escuchar. Ya era hora de que te soltaras un poco —replicó Osta antes de hacer una mueca y darse cuenta de la implicación de sus palabras—. Bueno, quizá no con la bebé alrededor… —añadió mirándome con cuidado.
Le eché el brazo por el hombro en un gesto reconfortante.
—No te preocupes, seré una niña buena —dije mientras se abría la puerta y aparecía la cara familiar de Jacquelina.
Ella siempre había sido la más guapa de los niños riftborne que compartíamos casa de acogida.
Su piel rosa apagada relucía bajo la luz de la luna y exponía sus delicados rasgos.
El cabello del color del cuervo descendía en espiral por su espalda en bucles apretados.
Recorrí su cuerpo de arriba abajo y me fijé en el largo vestido violeta que le caía justo por encima de los tobillos.
No había indicios de que hubiera dado a luz a una bebé hacía apenas unas semanas.
—¡Me alegro mucho de veros a las dos! Hacía siglos. —Nos dedicó una sonrisa de bienvenida y se acercó a abrazarnos.
—Sí que hacía siglos. Qué bien que nos hayáis invitado. ¡Ahora hazte a un lado y déjanos conocer a la bebé! —arrulló Osta, balanceándose sobre sus tacones y mirando con ganas más allá de Jacquelina hacia el interior de la casa.
—¡Claro, pasad! —Se apartó y Osta entró corriendo. Sonreí y me adentré en el umbral.
—Fia, no te veo el pelo suelto así desde que eras pequeña. Me encanta. Te queda muy bien, en serio —comentó Jacquelina; su voz era como una melodía.
—Ay, gracias. —Tiré de uno de mis rizos y me lo metí detrás de la oreja—. No había manera de que cooperara hoy.
—Pues tiene sentido. Es tan terco como la cabeza de la que crece. —Su risa vibrante resonó a través de la entrada. Me dio un empujoncito con el codo antes de cerrar la puerta.
No pude evitar sonreír mientras me conducía al salón. Se trataba de una estancia sencilla con paredes del color del mar. La luz de las velas relucía en la sala alumbrando una mesa de madera preparada para cuatro.
La risa y los chillidos de Osta reverberaron por toda la casa cuando Eron y ella entraron. Mi amiga llevaba en brazos a la recién nacida y los ojos ya le brillaban de adoración.
—¡Fia, ven a conocer a Leila! —exclamó Osta sin aliento. Le lancé una breve sonrisa y me acerqué, intentando ocultar mi vacilación.
—Hola, Leila, encantada de conocerte. —Las palabras me salieron con torpeza, y miré a Eron en busca de aprobación. Él puso los ojos en blanco y sonrió.
—Solo es una bebé, Fia. No hay por qué encogerse de miedo.
Todo el mundo se rio, incluida yo. Siempre me había sentido algo nerviosa rodeada de niños. No sabía cómo interactuar con ellos.
Como Jacquelina le estaba dando los últimos toques a la cena, yo aproveché la ocasión para practicar mis dotes con los bebés e intenté unirme a Osta, que reflexionaba sobre los rasgos que era evidente que provenían de Jacquelina y los ojos con motas doradas igualitos a los de Eron.
Este nos dio copas a todos y nos las llenó de un vino que tenía una tonalidad granate.
Tomé un sorbo, dejé que el líquido aterciopelado se me arremolinara en la boca y distinguí notas de vainilla, especias y bayas de invierno.
Entré en calor al instante. No había sido mejorado con magia, como el vino de las Tierras Altas de Bloodthorne, pero hacía el apaño.
Jacquelina danzó por la habitación con fuentes humeantes de tubérculos y una bandeja de codorniz asada que olía a miel y hierbas.
Se me hizo la boca agua. Una comida casera era una exquisitez que Osta y yo rara vez experimentábamos últimamente.
No teníamos mucha mano para la cocina, por lo que nuestra alimentación consistía en patatas asadas, salchichas ahumadas y fruta.
Debíamos aprender a ser mejores adultas, la verdad.
Acabamos de cenar enseguida y sin apenas conversación, una prueba de lo buenas que eran las habilidades de Jacquelina como cocinera.
El repiqueteo de los cubiertos y los ruidos de pasos llenaron el aire mientras quitábamos la mesa.
Poco después, los cuatro estábamos de vuelta en nuestros asientos con copas de vino hasta arriba.
Yo había empezado a notar los efectos del alcohol, pues ya tenía la sonrisa tonta.
Osta no tardó en coger el punto; su voz adoptó esa octava extra de drama que solía adquirir cada vez que bebía.
—Eron, jamás se me olvidará el día que desapareciste por primera vez —señaló Osta mientras su carcajada resonaba por toda la estancia.