Riftborne (Trilogía Esprithean 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

N ecesitaba que esta semana se acabara, en serio.

Las últimas dos habían pasado a la velocidad de un caracol hasta arriba de sedantes. No avancé absolutamente nada en mis sesiones de entrenamiento con el general.

Él se limitó a seguir con sus sinsentidos y a hablar como una especie de monje que pudiera navegar por los entresijos de mi mente si yo por lo menos me concentrara o buscara la fuente de mi foco. Y ahí estaba yo, sentada como un vegetal sin sentir ni una chispa de energía o pulso de la esencia.

Las ganas de estrangularnos el uno al otro al final de cada sesión se habían vuelto palpables.

Las mañanas en la botica no me habían dado ningún respiro con las miradas no muy sutiles de Ma y la sensación de agobio de las palabras no dichas.

Me había puesto muy contenta cuando Eron se pasó por allí para vernos y toda la atención se desvió a su nueva paternidad.

—Me sorprende ver que sigues viva después de la reacción de Ma del otro día. Pensaba que algo horrible de verdad te había sucedido. —Eron sonrió mientras se acercaba a mi escritorio y me entregaba un par de paquetes.

—Bueno, como bien puedes ver, estoy de una pieza. —Extendí los brazos hacia los lados y me encogí de hombros.

Ma lo miró con los ojos entrecerrados y Eron soltó una carcajada.

—¿Algo emocionante por aquí? —preguntó mientras yo rebuscaba entre los paquetes.

—En realidad, sí. ¡Ma, las muestras de corteza que pediste por fin han llegado! —grité, esperando ver que un deje de alegría le iluminara la cara.

—Pues sí que han tardado —soltó impasible. Me volví a sentar en mi asiento y suspiré.

—Solo necesito que firmes aquellos —dijo Eron mientras me tendía un paquete. Se le levantó la manga de la camisa, lo que reveló su marca de riftborne. Detuve la vista en ella un segundo.

Él se aclaró la garganta y se puso bien la manga mientras me dedicaba una ligera sonrisa. Yo inspiré hondo y firmé con el nombre de Ma en el papel antes de devolvérselo.

Eron y Jacquelina habían estado en el grupo de niños que habían traído a Luminaria tras la rebelión sofocada.

Él tenía diez años cuando el levantamiento llegó a su tumultuoso fin.

Ella, siete. Eran los niños mayores de la casa de acogida en la que vivíamos con los Fairbanks, y las dos más pequeñas éramos Osta, que era tan solo una bebé, y yo, que tenía tres años.

Después de aceptar la invitación de Eron a cenar el fin de semana siguiente para que Osta y yo pudiéramos ver a Jacquelina y a la recién nacida, pronto me encontré de vuelta en el entrenamiento de la tortura mental. Y encima hoy el general parecía menos divertido que nunca.

Podía asegurar que la paciencia que este había reunido para aquel día pendía de un hilo.

—Y, por cierto, ¿cuál es tu foco? —pregunté, con mi propia falta de paciencia rivalizando con la suya.

—Ese conocimiento está por encima de tu escala salarial —replicó con rotundidad.

—No me pagan por esto.

—Por eso. Basta de preguntas. Estoy al borde de la paciencia y preferiría que hoy sí hiciéramos algún progreso —espetó, con el enfado grabado en la frente.

Cerré los ojos y traté de concentrarme durante unos segundos más antes de soltar un quejido y desplomarme en la silla. Aquello era un círculo vicioso e inútil.

De repente, se hizo el silencio en la habitación y comenzó a hacer frío. Podría decir por cómo me miraba que se encontraba sumido en sus pensamientos, y no parecía que aquello fuera a terminar bien para mí.

—Esto no está funcionando. —Se levantó de un salto de la silla y la arrastró hacia un lado de la habitación—. Dos semanas, Fia. Llevamos dos semanas sentándonos en silencio y no has accedido a tu foco ni una sola vez. Ni siquiera una chispa.

Me crucé de brazos.

—¿Y qué? ¿Te vas a rendir y ya está?

—No. Voy a cambiar de táctica. —Me examinó mientras yo me quedaba sentada—. En la arboleda, no estabas sentada con tranquilidad. Te sentiste amenazada.

—Soy muy consciente de lo que pasó en la arboleda.

—Entonces, ya sabes que tu foco no responde a la calma. —Me hizo un gesto—. Levántate.

No me moví.

—¿Qué haces? —Un escalofrío de miedo me recorrió la columna.

—Vamos a probar algo distinto, así que limítate a hacerme caso en vez de discutir.

El instinto me gritaba que me marchara, pero me encontré poniéndome de pie, y sentí las piernas de pronto un poco flojas.

—Bien. —Dio un paso en mi dirección y noté su cambio de comportamiento: el movimiento de sus hombros, la tensión de su mandíbula—. Déjame recordarte que tú accediste a este entrenamiento. Accediste a mis tácticas.

—No me voy a echar atrás.

Un destello de diversión le titiló en el rostro y le suavizó la dura línea de la boca durante un instante.

—Pues ven aquí.

Obligué a los pies a moverse y me acerqué a él. Sentí sus ojos en mí todo el camino.

En cuanto llegué a su lado, comenzó a dar vueltas a mi alrededor despacio. Yo seguí su movimiento, pues me negaba a darle la espalda.

—¿Estás cómoda? —preguntó.

—Para nada.

—Bien. Esa es la cuestión. —Se detuvo—. Tu foco habita en la incomodidad. En el miedo. Vamos a buscarlo.

Y, entonces, me agarró la muñeca con una mano.

Rápido.

Antes de que pudiera reaccionar, él ya me había bloqueado las manos detrás de la espalda y las agarraba con una de las suyas. Con el otro brazo, me rodeó la cintura y me atrajo contra su pecho.

El contacto me dejó sin aire. Su cuerpo era todo músculo.

—Qué cojones… —Me moví hacia delante, intentando liberarme.

—Haz que pare —me dijo al oído en voz baja, con su aliento cálido contra mi piel.

—Suéltam… —Me removí con violencia, pero su agarre era firme. Se me iba a salir el corazón por la boca, y odiaba poder sentir también sus latidos acelerados contra mi espalda.

—Usa tu foco, Fia.

Recurrí a él con desesperación, buscando esa presencia oscura que habitaba en los rincones de mi mente.

Nada.

—No puedo…

—Sí, sí puedes. —Me hizo andar hacia delante, y yo iba trastabillando con los pies para seguirle el ritmo. Su cuerpo se movió con el mío con un control absoluto—. Lo hiciste en la arboleda. Búscalo.

Cruzó la puerta abierta, y el pánico se apoderó de mí.

—¡Para! —La voz me salió ahogada.

—Oblígame a hacerlo. —Sus palabras, más una orden que cualquier otra cosa, despertaron algo en mí. Algo que no se parecía en nada al miedo.

Puse más resistencia y eché todo mi peso hacia delante, intentando liberarme de un tirón. Él aferró aún más el brazo alrededor de mi cintura. El calor le emanaba del cuerpo y se filtraba en mi ropa. Podía sentir cómo se le elevaba y se le hundía el pecho.

—¡No lo siento! —admití de cuajo.

—No te estás esforzando lo suficiente.

Apartó el brazo que tenía en mi cintura. Me presionó el hueco entre los omóplatos con la mano y me empujó hacia delante y hacia abajo. El fuego me recorría el cuerpo dondequiera que él tocase.

Luché contra ello, intenté mantenerme erguida, pero él era más fuerte.

Me fallaron las rodillas y me di con ellas contra el suelo con fuerza.

Él también se agachó conmigo, se arrodilló detrás de mí, todavía agarrándome de las muñecas detrás de la espalda con una mano.

Sus muslos rodearon los míos, sólidos e inamovibles.

—Estás en peligro, Fia. —Ahora su voz era ronca, tensa—. Así que ¿dónde está?

Cerré los ojos y busqué con frenesí. «Por favor, por favor, funciona. Te liberaré. Te dejaré matarlo si eso es lo que tienes que hacer. Él se lo está buscando. Pero FUNCIONA».

Nada.

Se inclinó sobre mí, y su peso me mantuvo inmovilizada.

—No hay nada ahí —solté con un grito ahogado, sofocando mis palabras—. Te lo juro. No hay nada…

—Vuelve a intentarlo. —Apretó el agarre de mis muñecas y sentí cómo se le expandía el pecho contra mi espalda mientras tomaba aire.

—¡Lo estoy intentando! —Mis respiraciones eran entrecortadas; el pánico se mezclaba con la furia—. ¿No crees que lo estoy haciendo? ¡No hay nada!

La maldición que me había pasado años reprimiendo había desaparecido.

Me dolían las muñecas por su agarre. Me ardían las rodillas contra el suelo. Me rugían los hombros por el ángulo. Y, bajo todo aquello, la vergüenza amenazaba con inundarme entera. La vergüenza por saber por qué mi foco no se estaba manifestando.

Los minutos pasaron. O quizá solo fueron segundos. Ya no estaba segura.

—Suéltame. —Mi voz ahora sonaba apagada. Vacía.

Despacio, él me liberó.

Me alejé hacia delante sobre las manos y las rodillas, poniendo distancia entre nosotros antes de volverme para mirarlo. Él todavía estaba de rodillas en el centro del suelo, con la mandíbula apretada y el pelo revuelto. El pecho le subía y bajaba a toda prisa, y los ojos…

Eran tan transparentes que podía leerlo todo.

Me puse de pie con las piernas temblorosas, y la furia sustituyó a la humillación.

Alcé la voz.

—¿Agarras a la gente y la fuerzas a tirarse al suelo? ¿Esa es tu idea de entrenar?

—No tenía intención de hacerte daño, Fia —rugió—. Pero estoy perdido. Te limitas a sentarte ahí día tras día y no veo nada. No siento nada. Ni una pizca de poder. Sé lo que hiciste en la arboleda, pero ¿aquí? No hay nada reseñable. Nada en absoluto.

Las palabras me golpearon con fuerza.

—Siento no estar a la altura de tus expectativas —espeté—. Pero ¿no fuiste tú el que vino a mí? ¿El que me forzó a esto?

—Eso era cuando pensaba que lo intentarías de verdad. No que fingirías que te estabas esforzando. Es ridículo.

—Tal vez no seas tan bueno en tu trabajo.

Los ojos le brillaron. Dio un paso en mi dirección y yo me mantuve firme, a pesar de que el corazón se me iba a salir por la boca. A pesar de que aún podía sentir sus manos en las muñecas.

—Los de tu clase siempre son los más difíciles de entrenar. —Las palabras le salieron frías. Premeditadas.

—¿Te refieres a los riftborne?

—No, Fia. —Se acercó más, y odié cómo se me tensó el cuerpo, cómo una parte de mí todavía seguía siendo hiperconsciente de él—. Me refiero a la gente que es demasiado obstinada para ayudarse a sí misma. Eres imposible.

Apreté los puños, negándome a retroceder aunque él fuera más alto que yo.

—Solo estoy aquí porque no me diste otra alternativa.

—Si quieres seguir con esta insolencia, márchate. —Su voz era apenas más alta que un gruñido.

—¿Sabes qué? Creo que lo haré. —Agarré mi bolso—. Se acabó.

Puse rumbo hacia la puerta antes de que su voz me detuviera.

—Tienes razón.

Me di la vuelta.

Estaba de pie en medio de la habitación, con la mandíbula apretada, mirándome con una fría determinación en los ojos.

—Esto ha sido una pérdida de tiempo.

No esperé a oír nada más. Abrí la puerta de un tirón y eché a correr en la noche.