Capítulo 11
E squivé los adoquines desnivelados a un ritmo más lento de lo habitual, con la vista fija adelante, reconociendo los arcos familiares de la botica en la distancia.
Por fin había reunido el coraje para dejar el apartamento y encaminarme a trabajar ese día, pero solo después de demorarme todo lo posible.
Deambulé por la ciudad tras haber elegido la ruta más larga y justificado mi aprensión convenciéndome de que el bienestar de Ma era mi preocupación principal. Que no se trataba de que mi ansiedad me estuviera jugando una mala pasada.
Una parte de mí estaba decepcionada conmigo misma.
No sabía cómo iba a reaccionar Ma a mi nueva actividad extracurricular, pero mantenerla en secreto me parecía inútil.
Aunque ahora solo me dedicara a entrenar, Ashford había dejado muy claro que me uniría a la Guardia en algún momento y abandonaría el empleo que había amado durante seis años, el lugar que, más que un trabajo, sentía como un segundo hogar. Tenía que contárselo a Ma.
Se me formó un nudo en el estómago.
Para ella, la Guardia era el mal supremo. Rara vez hablaba de su familia, distanciada por motivos que no alcanzaba a comprender del todo. No obstante, gracias a retazos que había ido cogiendo con el tiempo, había atado algunos cabos.
Ma tenía un hermano gemelo llamado Miguel. Los dos habían sido inseparables hasta que la Guardia se lo arrebató con diecisiete años. Ella observó cómo se le atenuó la luz de los ojos cuando se convirtió en un cascarón de su antiguo yo, consumido por la ambición.
Mientras sus padres se regocijaron de su éxito, Ma lloró la pérdida de su hermano mucho antes de que muriera en combate. Al contrario que el resto de Sídhe, ella no culpó a Riftdremar. Su odio iba dirigido a la Guardia en sí, pues era un recordatorio constante de lo que le habían arrebatado.
Enterré la punzada de culpabilidad que amenazaba con hacer que me diera la vuelta. Respiré hondo y recé una plegaria antes de abrir la puerta y entrar.
Ma estaba reabasteciendo nuestros tés de hierbas cerca del escritorio principal. El repique de la campana me delató cuando se cerró la puerta. Alzó la vista, y la mirada se le suavizó cuando vio que se trataba de mí.
—¡Fia! Qué alivio. Parece que hace días que no te veo —bromeó Ma con una exasperación fingida.
—Pues eso podría ser cierto si tenemos en cuenta que hace justo tres días que no te veo tampoco. —Una sonrisa se me dibujó en la cara cuando me acerqué al escritorio y me impulsé hacia arriba para sentarme—. Bueno, ¿qué tal tu viaje a Costa Escarlata?
Ma soltó la caja y se limpió las manos antes de reclinarse contra el estante.
—El viaje en sí ha sido insoportable. Los guardias de Cuerpo habían puesto controles fronterizos en casi cada carretera principal que salía de Luminaria. Menudo horror tener que pasarlos. —Sacudió la cabeza.
¿Controles fronterizos? ¿Por qué? Sídhe llevaba sin enfrentarse a una amenaza importante veinte años, pero la proximidad de la Guardia a la ciudad sí que me hizo preguntármelo.
Y también estaba el asunto de la cicatriz del general.
Jamás había visto una herida como aquella.
Los sanadores debían poder curarla. O incluso los alteracionistas, que cambiaban las apariencias.
—Fia, ¿me oyes? —me preguntó Ma con la ceja alzada.
—Ay, sí, perdona. Estaba pensando en lo de los controles fronterizos. ¿Tienes alguna idea de lo que se traen entre manos? —le pregunté con demasiado entusiasmo, por lo que ella alzó la ceja aún más.
—Pues no. ¿Propagar el miedo, como de costumbre?
—Suspiró y señaló hacia la parte trasera de la tienda—.
Sin embargo, cuando por fin llegué a la costa, pude recolectar gran cantidad de esa alga roja.
Está ahí atrás, lista para descargarla. A su alrededor, los peces actuaban muy raro, como si se movieran más despacio de lo habitual, y el agua parecía tan quieta que resultaba escalofriante.
Qué ganas de estudiarla. —Ma se frotó las manos con un brillo de entusiasmo en los ojos.
—Vaya, me alegro de oír eso. Iré derechita a la parte de atrás y empezaré a descargar —canturreé mientras me bajaba con prisas del escritorio.
—Eh, Fia, no tan rápido. —Ma entrecerró los ojos en mi dirección—.
No creas que te vas a librar de esta así como así.
Todavía tenemos que hablar de lo que sucedió la semana pasada.
—Se cruzó de brazos—. Sé que Osta no le tiene miedo a nada, pero ninguna de las dos debería haberse acercado a una fiesta como esa —me regañó—.
Ahora cuéntame por qué un general vino a mi tienda la otra noche.
—Frunció los labios y se apoyó contra el mostrador.
—Conocí al general Ashford en la arboleda durante la fiesta… —Traté de encontrar las palabras exactas.
—¿Conociste por casualidad a un general de Sídhe en un evento social enorme plagado de gente a la que sueles evitar y os pusisteis a hablar? ¿En serio, Fia? ¿Tú? —Sacudió la cabeza y soltó una carcajada que me daba a entender que no se lo tragaba. «Genial».
—No exactamente… —Tragué saliva y me estrujé los sesos. Se me habían estado viniendo a la cabeza ideas de qué decirle. Toda la puta mañana. Pero, en cuanto llegué, todo se volvió muy confuso.
—Casi me da algo cuando Eron me dijo que habías ido tú sola. Sabes que no apruebo la violencia, pero una parte de mí quiso darle un guantazo allí mismo. Su trabajo es encargarse de las entregas. Es él quien puede zafarse en un pispás de una situación peligrosa si lo necesita.
—Jacquelina se puso de parto. ¿Qué se supone que tenía que hacer?
Tampoco es que yo fuera a socializar. Solo iba a dejar la caja de los tónicos, la verdad.
No obstante, Osta me vio allí y me rogó que me quedara.
—Me pasé una mano por el pelo y puse los ojos en blanco—.
Le prometí que me tomaría solo una copa con ella.
—Hasta ahí, todo era verdad, aunque parecía que no salían más que mentiras de mis labios—.
Osta se dio una vuelta por la fiesta y yo decidí subir la colina para que me diera un poco el fresco.
Supongo que estaba demasiado… estimulada. —Me mordí el labio.
Ma abrió los ojos de par en par.
—¿Demasiado estimulada? —preguntó con las mejillas como un tomate.
Inspiré hondo.
—No como crees, Ma. Había sido un día muy largo.
Estaba más que hecha polvo. Y sabes lo nerviosa que me ponen las multitudes…
—Alcé los ojos para calibrar su reacción.
Su rostro denotaba tranquilidad, pero podía atisbar destellos de preocupación en sus ojos—.
En fin…, creo que empecé a…, bueno, canalizar un poco.
Resulta que el general me vio cuando ocurrió.
Se interesó por mis habilidades. Bueno, a ver, lo llamó mi foco, lo que es gracioso —divagué con la esperanza de distraerla con detalles erróneos.
Tal vez entonces no me preguntara cosas concretas. Hasta ahora, no había mentido exactamente, pero lo más importante de la historia desde luego que lo había omitido. Cambié el peso de un pie a otro en el escritorio.
Ma se quedó mirándome con la boca abierta.
—¿Usaste… usaste tus… poderes… delante de él?
Aquel era un tema que nunca nos habíamos atrevido a abordar. Le lancé una mirada furtiva, dando por hecho que vería formarse el terror en sus ojos, aunque solo parecía preocupada.
—No exactamente. Solo me sentía como si pudiera. Como si hubiera patinado un poco. Me vio en un estado de… Bueno, no era mi mejor momento. Estoy convencida de que parecía un caso perdido, pero me hizo una proposición… —Me interrumpí con los nervios jugándome en contra.
—¿Que qué? —replicó ella con demasiado énfasis. No sabía lo que estaba pensando, pero tenía que reconducirla.
—Me propuso entrenarme. Controlar mi… lo que sea que sea esto.
Ma se sentó a meditarlo en silencio.
—¿Que quiere ayudarte a controlarlo? ¿Por qué? ¿Por la bondad de su corazón? —La expresión de Ma reflejaba el más puro escepticismo.
—No exactamente. Me propuso entrenarme para convertirme en parte de su facción. Cree que podría ser un activo para la Guardia.
Me miró con llamas en los ojos, literalmente. El fuego la consumía.
—Qué cara más dura. Esos puñeteros cabrones se creen que pueden controlar todo lo que los rodea. Me pone enferma. —Meneó la cabeza—. Bueno, ¿y cómo reaccionó cuando le dijiste que no? —Suavizó el tono, riéndose un poco—. Habría pagado una buena suma de dinero para ver qué cara puso cuando tú…
—Le dije que sí… —solté las palabras a la carrera.
Ma me miró horrorizada. No podía culparla. Su reacción era de esperar. Su odio por la Guardia era férreo.
—¿Que hiciste qué? —preguntó; se le quebró la voz un poco. A mí me dio un vuelco el corazón.
—Ma…, sé que parece una locura. Sé que es complicado de entender…
A ver, jamás se me habría ocurrido que podría aceptar algo así.
No parece algo propio de mí, pero las dos sabemos…
—Le lancé una mirada cargada de intenciones—.
Las dos sabemos lo peligroso que puede ser que pierda el control.
Si hay algún modo de evitar que suceda, debo intentarlo.
Tengo que hacerlo. No puedo arriesgarme a hacerle daño a nadie más. —Los ojos se me llenaron de lágrimas.
—Pero has avanzado mucho por tu cuenta, Fia. No has vuelto a tener ningún incidente desde… ya sabes.
Hice una mueca. Había muchas cosas que le había ocultado.
—No ha sido fácil, Ma. Espero que puedas comprenderlo.
Ma abrió la boca como si fuera a responder, aunque la acabó cerrando y se alejó hacia el taburete que había en el lado opuesto del escritorio. Se desplomó y se llevó la cara a las manos. Nos quedamos sentadas en silencio.
—Entiendo lo que dices, Fia, pero debe haber otra forma. No puedes renunciar a tu vida. No por ellos —declaró.
—Ma, ya llevo una vida a la que parezco haber renunciado —susurré, y sentí el peso de aquellas palabras por primera vez.
Ma solo me miró. Sabía que estaba intentando pensar en qué decirme, un argumento que me hiciera cambiar de opinión.
Al final, respiró hondo y se levantó.
—Puedes guardar los especímenes de algas en los tarros cerca del fregadero. Ya los he esterilizado. No te olvides de las etiquetas —dijo en voz baja.
Dejé atrás el escritorio, atravesé la estancia para ir a su lado y le ofrecí un apretón de consuelo en el hombro. Consideré decirle algo más, pero me encontré con que no me salían las palabras.