Capítulo 10
«S upera este primer día. Después sabrás qué esperar».
En menos de una hora, estaría a solas con él. Me sobrevino un escalofrío mientras lo asimilaba. Podría acabar conmigo con un giro de muñeca y nadie se enteraría de ello. Sin lugar a dudas, no habría repercusiones.
Yo era un ratón en un mar de serpientes. A pesar de que por algún milagro sobreviviese a este entrenamiento personal, estaba convencida de que otro soldado encontraría la oportunidad de matarme demasiado tentadora una vez que me convirtiera en iniciada.
Osta, siempre tan optimista, me había colmado de deseos de buena suerte, dichosamente ajena al pavor que me revolvía las entrañas.
Mencionar haber visto al guardia ahora parecía inútil.
No iba a cargarla con mis preocupaciones.
En el fondo, sabía que iba a ocurrir, pero verlo allí…
me había alterado más de lo que esperaba.
Tragué saliva con fuerza y me obligué a concentrarme.
Ashford no había especificado que debiera traer nada aparte de mi persona. Tampoco me había dicho qué ropa ponerme. Tal vez no importase.
«¿Qué lleva una para una práctica de gimnasia mental de todas formas?».
Con un suspiro, opté por unos pantalones entallados suaves, elásticos y que me permitieran moverme. Una camiseta de manga larga del mismo material se me ceñía a los hombros.
Todo negro. Parecía apropiado. Por lo visto, a él le encantaba ese color.
Me eché un último vistazo en el espejo, intentando sin éxito recogerme con la cinta los rizos que tenía sueltos. Desde luego, el negro era una forma de acentuarme… todo. Una oleada de timidez se apoderó de mí y me removí incómoda, pues de pronto me sentí descontenta con mi reflejo.
El lugar en el que habíamos quedado estaba cerca de la botica, por lo que no me costó llegar. Era un gimnasio privado por el que debía de haber pasado cientos de veces, pero al que nunca le había prestado atención.
Vacilante, empujé la puerta para entrar. Ashford estaba vuelto de espaldas, lo que me otorgó una vista de sus anchos hombros y el cabello cobrizo intenso que se había recogido con una cinta de cuero en la nuca.
Me aclaré la garganta.
—Un momento —dijo sin expresión alguna y sin siquiera otorgarme la gentileza de girarse.
«Imbécil».
Paseé la vista por los alrededores. La mayoría era lo que esperarías ver en un gimnasio: suelo de goma, mancuernas, máquinas que parecían recreaciones avanzadas de dispositivos de tortura.
—Me alegro de que hayas llegado puntual, aunque esa elección de atuendo es interesante. ¿Creías que haríamos combates cuerpo a cuerpo? —El general me miró un instante, dignándose por fin a reconocer mi existencia.
Me puse colorada de la vergüenza.
—No me dijiste con exactitud qué ponerme. No tenía ni idea de qué esperar. —Me crucé de brazos de manera instintiva, un pequeño intento de ocultar mi incertidumbre.
El general llevaba su uniforme militar básico: una camisa negra de algodón bien planchada con la insignia especial de su facción, pantalones y un recio cinturón sin adornos abrochado a la cintura. Unas botas de combate con cordones negras completaban el conjunto.
—Tu entusiasmo es adorable, de verdad —comentó mientras pasaba por delante de mí—. Pero hoy empezaremos con lo básico.
Alcé una ceja.
—¿Y cómo hacemos eso?
Retiró dos sillas que se encontraban pegadas a la pared y las puso en el centro de la habitación una frente a otra, más cerca de lo que me hubiera gustado. Él se sentó en una, con las piernas abiertas a ambos lados, antes de hacer un gesto hacia la otra.
—Siéntate.
Decidí que era mejor no discutir. Seguí sus instrucciones, me deslicé por delante de él y me desplomé en la silla mientras evitaba con cuidado el contacto físico.
Me coloqué las manos en el regazo, muy consciente de que me estaba observando. Tenía una mirada penetrante e intensa que llegaba a ser molesta. Hice todo lo posible por mantener la compostura.
Más allá de sus ojos, su proximidad de por sí ya era perturbadora y sofocaba cualquier confianza que hubiera reunido desde que me había despertado.
—¿Siempre pareces tan cansada? Creía que al menos pondrías de tu parte y tratarías de descansar bien anoche antes de lo de hoy —comentó antes de suspirar y hundirse un poco en su silla.
«¿Primero mi atuendo y ahora esto?».
—Por desgracia para ti, este es mi estado permanente. No importa cuánto descanse. —Lo fulminé con la mirada, dolorosamente consciente de la impresión que mi piel pálida y mis ojeras daban.
—Es bueno saberlo —respondió mientras entrecerraba los ojos en mi dirección.
Esa diversión inquietante que tenía se había esfumado y había sido reemplazada por una mirada calculadora que hizo que me removiera en mi asiento.
«Vaya rostro tan apuesto malgastado en una personalidad tan horrible».
—Cierra los ojos —me indicó mientras se deslizaba hacia el filo de la silla. Se inclinó hacia delante y apoyó los antebrazos en las rodillas.
Parecía que los párpados se me habían quedado paralizados. ¿De verdad era necesario que estuviera tan cerca? Podría matarme en un segundo con un sencillo movimiento, y esperaba que confiara en él lo bastante como para cerrar los putos ojos.
—No te lo pediré otra vez. —La impaciencia se notó en su voz.
Ahora se le habían oscurecido los iris. Inhalé hondo y al final me obligué a cerrarlos, pero todavía tenía los nervios a flor de piel.
—Cálmate. Casi puedo ver cómo te late el corazón en la garganta.
Qué revelador. Tragué saliva y respiré hondo, permitiéndome relajarme. Bueno, lo que pude, dada la situación.
—Tu cuerpo es un conducto para tu poder. Piensa en el lugar en el que sientes que se origina, la parte de ti de la que emerge. Ese será tu centro. Visualiza cómo ocurre y presta atención —dijo más sosegado.
Fruncí el ceño mientras miraba en la negrura de mi mente, esperando ver alguna chispa de… algo, pero lo único que encontré fue la más absoluta oscuridad.
—¿Qué ves? —preguntó en voz baja.
—La parte interior de mis párpados.
El ruido de él removiéndose en su asiento sonó en medio del silencio de la estancia. No sabía qué más hacer. Sus instrucciones eran vagas y saltaba a la vista que también inútiles.
—Inténtalo con más ahínco —dijo con voz cortante—.
Todo el mundo tiene la habilidad de canalizar.
La esencia late en cada fibra de la isla, y eso te incluye a ti…
—Se le fue apagando la voz—. Tu foco es el resultado de utilizar y dirigir esa esencia, de manipularla para que te sirva.
Todo el mundo tiene un punto de acceso distinto.
Solo tenemos que encontrar el tuyo. —Exhaló—.
Escucha a tu cuerpo. Busca la fuente. Está en algún sitio. —Ahora su voz era más amable.
Parecía que me faltaba algo clave. No pasó mucho tiempo antes de que me sintiera ridícula observando la oscuridad infinita.
«¿Está él ahí sentado observando cómo me esfuerzo?».
—¿Qué quieres decir con que escuche a mi cuerpo y busque la fuente? Eso ni siquiera tiene sentido. No tengo ni idea de qué buscar.
—Intenta centrarte en tus extremidades una a una. No te agobies por hacerlo todo a la vez. Empieza por las manos. Puede ser un destello rápido. Calor, electricidad, estática, luz, incluso un color en tu mente. Piensa que es como un punto detonante.
Dirigí la atención hacia mis manos, que se encontraban en mi regazo con las palmas hacia arriba. Aun con los ojos cerrados, comencé a visualizarlas y a intentar sentir alguna palpitación o calor. Nada.
—No creo que la tenga en las manos —murmuré más para mí misma.
—Han pasado menos de dos minutos, Fia —dijo de manera inexpresiva.
Transcurrió una eternidad y no hubo ningún progreso. No pretendía dominarlo en un día, pero esperaba algún tipo de avance. Si acaso, aquel día había reforzado la idea de que el entrenamiento igual había sido una gran pérdida de tiempo para ambos.
Desde mi reciente percance en la calle, no había sentido mi foco ni un ápice. Era como si hubiera desaparecido por completo.
—Es evidente que esto no está funcionando —espetó el general al fin mientras se pasaba una mano por el pelo y se le soltaban unos cuantos mechones de la cinta de cuero.
—Estoy abierta a otras sugerencias. —No pude evitar hacer el comentario sarcástico.
—Explícamelo todo al dedillo.
—¿El qué?
—La arboleda. Qué pasó. Con todo lujo de detalles.
Me dio un vuelco el estómago.
—¿Por qué?
—Porque tal vez, si lo revives, recuerdes la sensación de activación de tu foco. La sensación exacta. —Me miró fijamente—. A menos que prefieras quedarte ahí sentada sin más.
Tragué saliva con fuerza.
—Vale.
—Cierra los ojos. Empieza por el principio. ¿Qué estabas haciendo allí?
—Entregar unos tónicos por Ma. Trataba de irme cuando me encontré con Osta. —Había tensión en mi voz.
—¿Y luego?
—Me convenció para que me quedara y me tomara algo. —Podía ver cómo sucedía todo tras los párpados. Las luces, la música, la multitud aplastante—. Me aparté y subí la colina, lejos de todo el mundo.
—¿Por qué?
—Porque necesitaba espacio. Aire. Me sentía… agobiada. Solo quería estar sola.
—Pero no lo estabas.
—Al principio sí. —Bajé la voz—. Después, Bekha y Jordaan me encontraron.
—¿Qué hicieron?
—Me… insultaron. Dijeron cosas sobre los riftborne. Sobre lo que nos merecíamos. —Ahora los recuerdos eran más nítidos, más hirientes—. Hablaron sobre nuestro pasado.
Oí cómo se removía en su asiento y se acercaba más.
—Sigue.
—Una de ellas dijo que debería estar agradecida por que nos dejaran con vida. Que tuvimos suerte de que el rey Sydian no… —Me detuve y tragué el nudo que sentía en la garganta.
—¿Que no qué? —preguntó teniendo cuidado de que su tono fuera neutro.
—Nos matara a todos. —Las palabras salieron en apenas un susurro.
El silencio se instaló entre nosotros durante un rato. Pude sentir cómo él me examinaba incluso con los ojos cerrados.
—Pero eso no fue lo que te hizo estallar —apuntó tras un silencio demasiado largo.
Tomé aire antes de proseguir.
—Dijeron algo. Algo que ocurrió hace años. Con mis amigos y… —Mis palabras se desvanecieron.
—Tienes que ser sincera conmigo para que esto funcione —insistió Ashford con amabilidad.
Sin embargo, era imposible que le contara lo de ese día.
—No fue nada específico —mentí—. Pero algo dentro de mí se resquebrajó. Intenté empujarlo hacia abajo, aunque no pude… —Abrí los ojos de golpe y me encontré con los suyos—. Se adueñó de mí.
—Pero ¿cómo lo sentiste al principio? —preguntó—. Trata de recordarlo.
Sacudí la cabeza.
—No sé. Todo es un borrón. —Había dedicado mucho tiempo a intentar eliminar ese recuerdo.
Él suspiró e hizo una pausa momentánea antes de recostarse y mirar por la ventana.
—Bueno, sigue intentándolo en casa. —Estiró los brazos—.
Por desgracia, debemos terminar por hoy.
Tengo una reunión dentro de nada y necesito comenzar a prepararme para ello.
—Las patas de su silla chirriaron contra el suelo cuando se puso de pie.
Hizo movimientos circulares con el cuello y los hombros.
—Esto ha sido divertido y tal, pero dime que tienes otros planes alternativos para seguir, por favor —inquirí.
Compuso una mueca con la boca; no obstante, se quedó quieto, mirando al frente.
—Sí, bueno, espero que la próxima vez te esfuerces más —dijo sin rodeos mientras se giraba hacia la puerta. No me volvió a dirigir la vista antes de marcharse.
Me levanté de la silla de un salto y caminé dando grandes zancadas para alcanzarlo.
—¿Todavía estás tan seguro de que esto no ha sido una enorme pérdida de tiempo? —lo increpé.
—Nos vemos pasado mañana. El segundo día de Eibhlín, si no me equivoco. —El general se echó hacia un lado y me mantuvo la puerta abierta. Yo suspiré y pasé por delante de él.
—Me muero de ganas. —Apenas pude contener el sarcasmo.
No me atreví a mirar hacia atrás mientras me dirigía dando pisotones hacia mi apartamento. Seguro que repetiría en bucle en mi mente las últimas cuatro horas y mi falta de progreso durante el resto de la tarde.
Podría haber jurado que el peso de su mirada seguía sobre mí hasta que alcancé la cima de la colina.