Capítulo 9 #2
—Estos son los gimnasios de entrenamiento del campus —explicó con un gesto de la cabeza hacia las paredes de cristal.
A través de la gruesa cristalera, atisbé la actividad del interior.
El sudor se notaba en el aire, visible incluso desde aquí.
Dentro, unas figuras se movían con gracia, pero sus contornos se emborronaban cuando hacían los ejercicios.
El choque rítmico del acero contra el acero reverberaba, interrumpido por gruñidos de esfuerzo.
—Este alberga la facción Escamas —continuó Ashford mientras señalaba el primer gimnasio, donde un grupo de guardias estaban haciendo sparring .
Un hombre derribó a otro sobre el tatami con tal fuerza que escuché el impacto desde donde nos encontrábamos—.
La infantería. Los focos son la fuerza y la agilidad. Son la primera línea de defensa.
Nos condujo al siguiente gimnasio.
—Esta es la facción Colmillos.
Los guardias estaban sobre plataformas elevadas. Una mujer tensó la cuerda de un arco, y observé cómo la flecha brilló a mitad del vuelo y se movió a una velocidad imposible antes de acertar en el objetivo situado en el otro extremo de la habitación con una fuerza explosiva.
—La artillería —aclaró el general—. Especialistas en combate a distancia.
—¿Y esa? —pregunté, y señalé hacia el tercer gimnasio donde unos aossí se movían en lo que parecía un circuito de obstáculos.
—Cuerpo —dijo con sencillez—. Los cimientos. Patrullan las ciudades, se encargan de los fuertes y velan los puestos fronterizos. Mantienen todo bajo control.
Conforme dimos un rodeo para volver a las verjas de la entrada, llegamos a otra ala. El olor era más limpio, con trazas de hierbas que impregnaban el aire a nuestro alrededor. Las reconocí; se trataba de plantas medicinales.
—La facción Inmunidad —explicó él, haciendo una seña hacia un par de puertas dobles—. Los médicos. Los sanadores con focos que pueden coser heridas, arreglar huesos, curar envenenamientos…
Eché un vistazo a través de una ventanita que había en la puerta y vi a unos guardias atender a soldados heridos en catres. A uno de los sanadores le resplandecían las manos con una luz azul claro mientras las pasaba sobre el brazo lesionado de un guardia.
—Esto es… mucho que asimilar —señalé, pues de pronto me sentía abrumada.
—No te preocupes, tardarás en entrenar aquí. —Me dedicó una sonrisa perversa antes de susurrar—: No puedo dejar que prendas fuego por accidente a mis guardias, ¿verdad que no?
Sentí un hormigueo en la piel cuando noté su mano en mi espalda, instándome a seguir.
—Todos nosotros formamos el conjunto mayor, la serpiente. Escamas, Colmillos, Cuerpo, Inmunidad y Veneno, por supuesto.
Pronunció la última palabra con cierto orgullo.
—Veneno —repetí en voz baja.
—Mi facción —aclaró, y me condujo de vuelta hacia el pasillo principal—. Actuamos fuera de los protocolos habituales. Tenemos reglas diferentes. Somos… —Se detuvo—. Somos el último recurso. Los que entran a matar cuando los demás ya han hecho su parte.
—El arma secreta —murmuré más para mí que para él.
Esbozó una pequeña sonrisa.
—Algo así.
Caminamos en silencio un rato y, acto seguido, añadió:
—Empezarás como recluta, eso si no huyes o mueres antes.
Lo fulminé con la mirada.
—Los generales responden directamente ante el rey —prosiguió—. Somos cinco, uno por cada facción. Sin embargo, Veneno es… único en su estructura.
—¿Porque rompéis las reglas? —pregunté con frialdad.
—Porque somos eficaces —me corrigió, aunque había un brillo de diversión en sus ojos. Ashford me guio a la izquierda, y, al fin, las verjas de la entrada principal aparecieron ante nosotros. Solté un suspiro de alivio.
—La verdad es que tengo el día libre mañana si quieres comenzar pronto —musité, medio deseando que no aceptase mi propuesta.
—Reúnete conmigo mañana a las nueve en punto. Y no llegues tarde.
A medida que pronunciaba las palabras, me fijé en la verja principal, donde un rostro familiar me llamó la atención.
Ojos azules fríos, cabello dorado. Su armadura portaba el símbolo de la Guardia, serpientes esmeraldas retorcidas sobre el pecho cubierto, que reflejaron mi horror en aumento.
La boca se me volvió amarga. Se me tensaron los músculos. No podía respirar.
—No me hagas repetirme —dijo el general con exasperación.
No podía moverme. Lo único que podía hacer era observar.
El general siguió mi mirada, y la confusión se le extendió por el rostro.
Tenía que marcharme de aquí.
—Sí. Allí estaré —me las arreglé para susurrar mientras me giraba y salía corriendo por las verjas.
Ese era el guardia.
El de la presa.
El que había tirado de las palancas.
El que había matado a mis amigos.
Un ardor me surgió en la parte de atrás de los ojos y me emborronó la vista. Eché a correr a toda velocidad y no paré hasta que llegué al apartamento y me golpeé la espalda con la puerta cuando se cerró detrás de mí. El corazón se me encabritó a medida que los miedos volvían a aflorar.
Mi mente estaba en el río Sprithe, ahogada en algún punto bajo la corriente.