Riftborne (Trilogía Esprithean 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

E l general lanzó una mirada al interior de sus aposentos y ladeó la cabeza como si le hiciera una señal a alguien para que se marchara. Un intento de sonrisa a modo de disculpa le adornaba la cara, aunque parecía torpe y poco familiar, como si rara vez la utilizara.

Segundos más tarde, salió una morena, que le dio un beso en la mejilla y se aseguró de lanzarme una mirada de desprecio al irse corriendo.

Le devolví el sentimiento con la misma sonrisa que le había ofrecido al general. Ella entrecerró los ojos aún más cuando se aproximó a las escaleras.

Se me ocurrió que tal vez un poco de entrenamiento para dominar mis expresiones faciales sería útil en el futuro.

Parecía que el general podría beneficiarse también de unas cuantas lecciones.

—¿Has venido a vigilar mi puerta? —Sus palabras me sacaron de mi ensimismamiento. Me esforcé por evitar el contacto visual con su abdomen. Soltó un fuerte suspiro y retrocedió a su despacho, dejando la puerta abierta a sus espaldas.

—¿Quieres que la cierre? —pregunté tras seguirlo dentro. Sacudió la mano mientras andaba.

«¿Eso es un sí?».

Por los Esprithe, qué borde era. Había venido aquí, me había presentado en una bandeja de plata, ¿y así era como quería comportarse?

«Parece un niño caprichoso».

¿Por qué no me sorprendía? La opulencia prácticamente le salía por los poros.

No cabía duda de que se habría criado en alguna finca inmensa con padres complacientes y acceso a todo lo que su pequeño corazón despreciable desease.

Nos separaban mundos de distancia, eso era muy evidente.

Esperar que alguien que jamás las había pasado canutas y que nunca había comprendido la soledad fuera cortés era absurdo. Y peligroso.

Un depredador. Eso es lo que él era en realidad. Si quería sobrevivir a esto, esa verdad debía calarme bien hondo para que nunca la olvidase. Cualquier otra conducta por su parte era mentira, solo otro aspecto más de su deslumbrante fachada.

Eso era Laryk Ashford.

Apreté los dientes, me giré y cerré la pesada puerta con un chirrido.

—Voy a cambiarme. No toques nada. —Dobló la esquina.

El lugar era inmenso, con paredes que parecían adoquines, ásperas y con relieve de distintos tonos de gris. Era como si se extendiesen hasta el infinito antes de encontrarse al fin con el techo alto, decorado con travesaños de madera enormes.

El despacho en sí era descomunal. A la izquierda, una mesa de madera de caoba oscura dominaba la estancia.

Su superficie lisa, carente de carácter o personalidad, soportaba el peso de documentos ordenados y un conjunto de herramientas de escritura alineadas al milímetro.

Sobre el respaldo de la silla del escritorio yacía un abrigo negro con la parte superior llena de medallas.

La parte opuesta de la estancia albergaba una zona para sentarse. Unos muebles bajos descansaban sobre una alfombra de piel de vaca, tapizados en sobrias telas de terciopelo gris carbón y cuero apagado. Era muy extraño lo organizado que estaba todo. Casi resultaba inquietante.

Como si un sociópata viviera allí.

Observé los sofás de cuero en la otra punta.

Parecía que nadie los hubiera usado nunca…

No tenían pliegues ni abolladuras. Estuve a punto de poner los ojos en blanco.

Todo ese espacio, y ni siquiera lo apreciaba.

Muchos de nosotros teníamos que recoger sofás de la calle.

Porque ni de coña iba a permitir que Osta, ni yo misma, aceptara una sola moneda de oro de la delegación real, el programa que proporcionaba ayuda a las clases más desfavorecidas del reino.

Esta gente ya se pensaba que le debíamos algo.

Y yo no iba a consentir que fuera verdad.

El enfado, y puede que la curiosidad, hizo que me acercara. Me había dicho que no tocara nada, pero no había mencionado que no pudiera ponerme cómoda. Tomé asiento con torpeza, cambiando el peso de una pierna a la otra sobre el cuero firme. No cedía mucho.

Tal vez la comodidad no fuera el objetivo.

El general regresó a la habitación sin volver a dedicarme una mirada. Había reemplazado el aspecto desaliñado por una camisa negra y unos pantalones grises a medida. Por suerte, ahora lo tenía todo abrochado.

Llevaba el pelo recogido con firmeza hacia atrás y la cicatriz parecía mucho más oscura esta mañana. Se sentó enfrente de mí y se ató las botas negras en silencio como si se hubiera olvidado de que yo estaba allí. Como si mi presencia no importara en absoluto.

—Tenemos algunos ungüentos en la botica que podrían irle bien a tu cicatriz —solté en un intento de rebajar la tensión.

Él alzó la vista con la sorpresa pintada en los ojos mientras terminaba de atarse la bota izquierda.

Resultaba molesto lo atractivo que era.

—Aprecio tu preocupación —replicó—, pero me temo que no hay mucho que pueda curar este tipo de herida.

—Se reclinó en la silla y me analizó, lo que hizo que la energía de la habitación cambiara.

El silencio nos envolvió al tiempo que me taladró con la mirada como si buscara algo en las curvas de mi cara.

Un calor familiar me recorrió la piel, amenazando con exponer mi incomodidad.

No obstante, lo reprimí con ganas. No pensaba enseñarle nada que pudiera interpretar como debilidad.

Pasó una eternidad antes de que él frunciera el ceño y hablara de nuevo.

—Bueno, supongo que podemos empezar con tres días a la semana.

He reservado un gimnasio privado para nosotros cerca de tu trabajo.

No debería interferir con tu cometido en la botica.

Al menos, el entrenamiento inicial. Puedes reunirte conmigo por las tardes.

Cada dos días será suficiente. Los fines de semana no.

Estoy convencido de que tu vida social es emocionante —señaló con indiferencia.

Su arrogancia no conocía límites. Me di con la espalda contra el cuero frío cuando traté de pillar la postura en el rígido sofá, pero me pareció incómodo. Toda esta situación me parecía incómoda.

—Puedo apañármelas. —Mi tono era neutro, aunque la ansiedad por todo el asunto seguía atenazándome.

—Estupendo. Y, para que lo sepas, este entrenamiento es técnicamente extraoficial. No tienes que trasladarte al cuartel hasta que alcances el estatus de iniciada. —Me miró de arriba abajo—. Ni siquiera te unirás a la Guardia como recluta hasta que no hayamos logrado dominar tu foco. Y lo haremos.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —pregunté mientras me inclinaba hacia delante sobre las rodillas.

—Porque sé lo que hago. No eres la primera cadete insensata que tengo el placer de entrenar. —Se recostó en la silla y se cruzó de brazos.

Me obligué a asentir con la cabeza y desvié la mirada hacia el rincón de la habitación. Le dejaría ganar la batalla por hoy.

—Tengo un don especial con la gente. Sé lo que la mueve. Averiguaré qué te bloquea y lo eliminaremos. ¿Alguna pregunta más? —Su voz era cortante.

—Creo que ya lo has respondido todo.

La tensión se propagó, restallando en el aire entre nosotros como una tormenta a punto de desatarse. Lo que fuera que pensara era un misterio, pero sus ojos tenían una forma de analizarme que parecía que veía a través de mí. No podía esconderme aquí.

—Bueno, ahora que hemos puesto en orden todos los detalles, te acompañaré a la salida —dijo tras romper el silencio ensordecedor que amenazaba con hundirme. Se encaminó al escritorio y cogió el abrigo y un montón de papeles.

El alivio me invadió cuando me puse de pie y me dirigí a la puerta, quizá demasiado rápido.

—Por aquí —me avisó mientras iba a una puerta distinta en la otra punta de la habitación. Un escalofrío me recorrió la espalda. Me quedé quieta.

«¿Qué?».

—Pensaba llevarte por el cuartel. ¿No tienes ganas de ver cómo será tu futuro? —me reprendió.

Pues no, la verdad.

Por un momento, se me pasó por la cabeza salir a toda velocidad por la puerta exterior, aunque me encontré caminando con esfuerzo hacia él.

Solté un suspiro fuerte y audible. La cortesía era el objetivo del día, pero mi fuerza estaba siendo sometida a una enorme prueba.

Insultarlo con mi aliento era lo mínimo que podía hacer para ser fiel a mí misma.

Me señaló que pasara delante. Yo vacilé, tal y como lo había hecho antes en el invernadero.

—¿Es que le tienes aversión a las puertas? Venga —se burló, y luego le dio un puntapié a la parte de atrás de mis botas, haciendo que me tropezara hacia delante.

«Imbécil».

El corazón me iba a mil cuando salí a un balcón que daba al cuartel, que estaba debajo. En cada esquina se podían encontrar escaleras que subían a la planta superior. Las paredes eran de color carbón oscuro, como los aposentos del general.

Abajo, el espacio era inmenso y se extendía a lo largo de todo el edificio. Unas mesas descansaban en líneas uniformes a lo largo del comedor, atestadas de miembros de la Guardia que charlaban, comían y estudiaban.

—Esto es el centro de todo —informó el general mientras cambiaba a un tono formal, casi instructivo—. Todas las facciones utilizan este espacio. Para comidas, sesiones informativas, reuniones sociales, etcétera. Pasarás mucho tiempo aquí una vez que te hayas iniciado oficialmente.

Asentí y tomé nota de la cantidad de personas que transitaban por la extensión que había debajo. Me seguía pareciendo irreal.

—Vamos —dijo él a la par que gesticulaba hacia las escaleras—. Te lo enseñaré antes de que te vayas.

Lo acompañé escaleras abajo sujetando la barandilla con firmeza. Cuando llegamos a la planta principal, el estruendo del comedor nos envolvió: voces, risas, el estrépito de platos y cubiertos…

Ashford me condujo a través de la multitud y yo mantuve la cabeza gacha en un intento de no llamar la atención. Guardias con diferentes atuendos informales pasaron por allí. La mayoría llevaban camisas blancas, pero algunos las vestían negras al igual que el general.

Nos detuvimos cerca de un sitio cerrado en la parte derecha del pasillo.