Riftborne (Trilogía Esprithean 1) Capítulo 8
19%

Capítulo 8

A la mañana siguiente, di un paso tembloroso hacia el camino de adoquines observando la tarjeta que había dejado el general Ashford. Conocía la calle; todo el mundo lo hacía. Era donde la Guardia residía en Luminaria.

Aunque solo porque supiera dónde se encontraba no significaba que me hubiera aventurado en los alrededores. De hecho, evitarlo era uno de mis pasatiempos favoritos.

Ahora me dirigía hacia allí voluntariamente. Vacilante, pero por voluntad propia.

Me aproximé a los límites conocidos del distrito oeste, con el corazón latiéndome a toda velocidad mientras giraba por una calle en la que nunca había puesto un pie.

Dejé que mi vista divagara. La arquitectura se parecía bastante al resto de Luminaria: las enredaderas caían en cascada sobre los edificios de piedra y el moho salpicaba los adoquines.

No obstante, mientras me centraba en la estampa que tenía enfrente, todo comenzó a volverse más estructurado, más ordenado.

La naturaleza se desvaneció y reveló un compendio de torres enormes que componían el cuartel de la Guardia de Sídhe.

Las calles estaban plagadas de soldados armados y uniformados paseándose y hablando entre ellos.

La enorme cantidad de serpientes con esmeraldas incrustadas era repugnante. Agaché la cabeza y aceleré el paso.

«Por todos los Esprithe».

Mis andares se volvieron cada vez más inseguros mientras me aproximaba a la monstruosidad acechante del cuartel.

Las estructuras que invadían el espacio estaban talladas en piedra oscura y los bordes dorados adornaban el exterior.

La insignia de la Guardia se extendía por la fachada en los mismos tonos.

La tarjeta del general decía que debía pasar por la entrada exterior, la que me llevaría directamente a su despacho.

Eché un vistazo a las calles que se alineaban al lado este e identifiqué las escaleras gigantes que él indicaba en sus instrucciones.

A regañadientes, me dirigí hacia el acceso con cuidado de no llamar mucho la atención.

Cuando subí los escalones, encontré una puerta de hierro. En ella, estaba grabado «G ENERAL L ARYK A SHFORD ».

Antes de que pudiera cambiar de opinión, estiré el brazo y toqué tres veces con el pesado llamador de la puerta. Ya no podía echarme atrás.

Esperé y esperé. Tal vez ni siquiera se encontrara allí hoy. Al fin y al cabo, era fin de semana…

Acababa de hacerme pasar todo ese sufrimiento de paseo para nada. Me sobrevino una oleada de enfado mientras me daba la vuelta.

Entonces, oí un sonido de pies arrastrándose que provenía del interior seguido de una risa de mujer. Casi inmediatamente después, la puerta se abrió con un chirrido metálico. De ella salió el general Laryk Ashford en toda su pomposa gloria.

Su cabello cobrizo estaba despeinado, le caía sobre el pecho y se movía con la brisa. Llevaba una camisa negra desaliñada y abierta, que revelaba las líneas esculpidas de su abdomen. Los pantalones estaban abrochados al azar. Bajé la vista…

Y se me puso colorado todo el rostro.

Él me miró fijamente con sus ojos esmeralda. Ni siquiera trató de esconder la sonrisa que se le estaba formando en los labios.

Se apoyó contra el marco de la puerta, se cruzó de brazos y ladeó la cabeza hacia un lado.

—Has venido antes de lo que esperaba. Supongo que estás aquí para aceptar mi propuesta —dijo con confianza—. Es una sabia elección.

Aquello se estaba volviendo más complicado de lo que había esperado. Solté un profundo suspiro y me insté mentalmente a mantener mi promesa a Osta y a permanecer afable. Traté de esbozar una sonrisa de amabilidad, aunque más bien me salió una mueca.

—Veo que todavía no hemos perdido la actitud. Tal vez esa sea nuestra primera lección —espetó con diversión en la voz.

—Buena suerte —me burlé.

—Sí. Va a ser un problema.