Riftborne (Trilogía Esprithean 1) Capítulo 7 #4
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Capítulo 7 #4

Aunque Osta intentara ver mi punto de vista, jamás lo comprendería. A pesar de que las dos compartíamos el estatus de riftborne, llevábamos vidas completamente distintas. En ocasiones, parecía como si ignorara a propósito esa ineludible verdad.

Ella tenía demasiada fe en mí. Yo nunca había sido la persona normal y extrovertida que ella quería que fuera. Era tan imposible como irresponsable. ¿Acaso no había quedado del todo claro en los últimos días?

Otro ramalazo de ira me recorrió entera.

Un trueno retumbó en la distancia; el aroma de la lluvia se notaba en el aire cargado y húmedo. El cielo, que amenazaba con explotar de un momento a otro, bañaba las nubes que se arremolinaban en tonos violetas y plateados.

Mis emociones eran un reflejo del cielo agitado sobre mi cabeza, estrellándose unas contra otras como una ola y luchando por el derecho a arrastrarme consigo.

Se suponía que si alguien lo iba a entender iba a ser Osta.

El sentimiento de pérdida se apoderó de mí a medida que continué avanzando.

Ni siquiera había tenido la oportunidad de decirle que me marchaba.

«No llores».

Aceleré el paso mientras parpadeaba para alejar las lágrimas y respiraba hondo. Tenía que llegar a casa.

Los sonidos de los fiesteros silbaron hacia mí justo cuando doblé la esquina.

Un segundo, estaba escuchando las carcajadas; al siguiente, me estrellé contra ellos.

Se me torció el tobillo y cojeé hacia atrás unos pasos, perdiendo el equilibrio.

El contenido de mis bolsas se derramó sobre la calzada, y observé horrorizada cómo el brazalete de oro se me caía del bolsillo y chocaba contra el pavimento antes de rodar por las rejillas del alcantarillado. El aire se detuvo a mi alrededor.

—Pfff, ¡vámonos, Graem! —gritó uno de ellos.

El culpable empujó a su amigo, retrocedió arrastrando los pies y me pisó las cosas. Un melón aplastado soltó jugo en el suelo.

—Perdona, chica, ¡pero tenemos que ir a un sitio!

El grupo siguió su camino sin importarle nada.

Me quedé boquiabierta, incapaz de formular palabra. Un fuerte zumbido en mis oídos ahogaba todo lo demás a mi alrededor.

«No, no, no».

Noté que se me puso el vello de punta en los brazos y me quedé en blanco. Un dolor agudo se disparó a través de mi piel, azotándome con terror como un latigazo.

La conocida telaraña translúcida latía con un estruendo repugnante y veloz, que me abrumó en un instante.

El miedo se convirtió en una jaula a mi alrededor.

Cada músculo de mi cuerpo se tensó hasta que estaba prácticamente temblando.

Percibí el poder desbordándose, reventando las costuras.

Mis entrañas quedaron atrapadas en la telaraña en un intento por liberarse.

Mi mente rugió con dos voces diferentes: una rogaba por la liberación; la otra gritaba para mantener la destrucción a recaudo a toda costa.

Pero daba igual. Estaba sucediendo.

El tiempo se paralizó, y noté cómo el poder empezaba a filtrárseme por los poros. La esencia incandescente se apoderó de mi visión.

Y, justo cuando estaba a punto de explotar, las gotas de lluvia me cayeron sobre la frente.

«¡Respira!».

El trance se rompió en el mismo segundo en el que el cielo se abrió. El agua cayó a chorros, estrellándose contra el suelo con tanta fuerza que se levantó una neblina de los adoquines e hizo que todo a mi alrededor estuviera difuso como un reflejo de la confusión que había en mi cabeza.

Una sensación agradable de frío me recorrió la piel y sofocó el incendio de mi interior. Perdí el sentido de la gravedad y me caí de rodillas. Me quedé sin aire en los pulmones cuando el dolor me abrumó y trajo consigo claridad.

Una claridad no bienvenida.

Una claridad innegable.

El cuerpo, que aún sentía ajeno a mí, se me dobló contra el suelo en busca de la frialdad de las piedras.

Entonces, empecé a llorar.

El grupo giró una esquina y desapareció de mi vista, sin reparar en el caos que habían evitado por poco.

Las palabras de Osta se colaron en mi consciencia.

Mi cabeza intentaba alejarlas, un esfuerzo que se había convertido en un acto reflejo.

Sabía por qué estaban ahí, qué querían que hiciera.

Lo que implicaban. No podía afrontar la verdad.

La idea de tener esperanza en algo me aterrorizaba.

Había dejado de hacerlo hacía mucho tiempo.

Y ese era mi miedo si lo reducía a lo básico: creer que mi vida podría ser algo más que esto era peligroso y cruel y no me había traído más que dolor. Tan solo quería huir de todo, ignorarlo.

Sin embargo, ignorarlo ya no funcionaba.

Las palabras me asestaron un golpe, como un puñal en el pecho, y atravesaron cada pensamiento, cada muro que había construido en torno a mí.

¿Cuántas veces había ocurrido esto en las últimas semanas? ¿Cuántas veces había notado que tropezaba? ¿Cuántas veces había sentido los zarcillos de fuerza estremecerme la piel, amenazando con estallar y apoderarse de mí?

Y por cosas simples. Ineludibles. Cosas que eran inevitables a menos que me refugiara en mi habitación y no saliera jamás.

Daba igual a dónde fuera, cuánta distancia pusiera entre Luminaria y yo. Siempre habría riesgos. Siempre sería peligrosa.

Si lo de esta noche era una señal, mis poderes solo irían a peor. Se harían cada vez más incontrolables hasta que destruyeran todo a mi alrededor.

Era una bomba a punto de explotar en cualquier momento.

Una asfixiante verdad se asentó en mis huesos: una parte de mí no quería que parase. El poder era apabullante, enloquecedor, hambriento… y una tentación de lo más oscura y brutal. La próxima vez ganaría como lo había hecho en la arboleda.

«¿Y si eso ocurre mientras estoy con Osta?».

No me podía permitir dejarme llevar por ese hilo de pensamiento.

Me sequé las lágrimas y me senté. Notaba como si hubiera tomado una decisión. Debía dejar de ser una egoísta y de tener miedo. Huir no iba a arreglarlo.

Si había una salida, una luz al final del túnel, tenía que aprovecharla.

Tenía que intentarlo.

Se lo debía a Osta, a Ma.

Tal vez incluso a mí misma.