Capítulo 7 #3
Osta era la asistenta de una conocida modista en Luminaria.
Tenía la esperanza de crecer bajo la influencia de Thearna y convertirse en su protegida, pero parecía improbable.
Osta era demasiado talentosa y visionaria, y eso significaba que representaba una amenaza.
Thearna se aseguraría de tenerla perfectamente bajo control.
Lo sentía mucho en particular por las desafortunadas señoritas obligadas a desfilar por ahí con los diseños anticuados de Thearna.
No sabría lo que era la moda ni aunque esta la apuñalara en el ojo con una aguja de coser.
Pero el legado estaba por encima de cualquier cosa en Luminaria, y ella tenía mucho.
—¿Tienes sitio para nosotras en el patio? —canturreó Osta, mirando por la ventana el jardín que había fuera. Yo permanecí en la barra mientras hacía malabares con las compras.
—Para vosotras siempre hay sitio. —Shun hizo un gesto hacia la parte trasera—. Todo vuestro.
—¡Gracias, Shun! ¡Sabes que eres mi favorito! —Osta le guiñó el ojo con picardía y se sacudió el cabello castaño miel por encima del hombro.
Me dirigí a una mesa y, acabando por fin con el sufrimiento de mis brazos, me desplomé en una silla de cuero acolchada y solté las bolsas.
Suelos con baldosas de piedra, mesas de madera de caoba y cómodas tumbonas completaban la estampa.
Me fijé en la ligera luz que pendía sobre nosotras y en las plantas en macetas que llenaban el lugar.
Inhalé la fragancia de las flores que flotaba a mi alrededor y permití que mi cuerpo entrase en un tímido estado de relajación.
Osta llevaba razón. El salón no era un lugar bullicioso.
Algún cliente aquí o allá, pero nada de multitudes.
Mientras me ponía cómoda en el asiento, unas extrañas punzadas de consuelo se deslizaron por mi mente.
Una parte de mí se hundió, pues sabía que no volvería a tener esta oportunidad con ella.
Debería haber dedicado más tiempo a hacer cosas como esta, a pasárnoslo bien fuera de los confines de nuestro apartamento.
La culpa se apoderó de mi corazón. Se merecía una amiga mejor que yo.
Unos cuantos minutos más tarde, Osta se abrió camino a la mesa con dos bebidas en la mano. Las copas de champán estaban llenas de tonos cambiantes de lavanda que se arremolinaban cuando las burbujas brillaban al subir por los lados de la copa.
—Shun dice que este se llama néctar de luna. —Osta esbozó una sonrisa, movió las cejas y se sentó en la silla frente a mí a la par que me acercaba una de las bebidas con aire juguetón.
Alcé la copa hacia Osta para brindar con ella antes de tomar un buen trago.
—¡Salud! —murmuró Osta.
Noté un sabor floral y dulce a medida que las burbujas se deslizaron por mi lengua. El cuerpo me vibró de regocijo.
—Te he dicho que valdría la pena venir aquí. Seguro que le han echado algún tipo de sustancia adictiva a esto. —Osta casi se había terminado el suyo.
—Sí, creo que se llama alcohol —bromeé, y di otro trago.
Osta puso los ojos en blanco, aún sonriendo con aire triunfante.
—Ya sabes lo que quiero decir —soltó—. Después de esta semana…, lo necesitábamos muchísimo. No creía que fuera a sobrevivir a Thearna.
—¿Qué ha hecho esta vez?
—He estado trabajando sin parar en bocetos para la próxima temporada. Sabes que me he quedado hasta tarde en el taller, ¿verdad? —Se echó el pelo hacia atrás por encima del hombro y suspiró irritada.
—Ajá —susurré, removiendo mi copa.
—Pues Thearna los ha destrozado. Justo ante mis narices. Los ha roto y ha soltado que no eran apropiados para la próxima colección. Me habría echado a llorar si no estuviera tan acostumbrada.
—No sé cómo sigues trabajando para ella. —Suspiré. A decir verdad, esto ocurría todas las semanas.
—¡Como si me quedara alternativa! No conozco a más modistas en el pueblo dispuestas a contratarme.
Solo tengo a Thearna por lady Fairbanks.
Ya sabes cuál es mi objetivo. Si paso unos cuantos años más con ella, quizá pueda conseguir los clientes suficientes para abrir mi propio taller o trabajar para una de las familias de nobles, pero eso solo ocurrirá si la gente ve mis diseños… —continuó Osta.
Intenté escucharla con atención, pero me di cuenta de que no tenía la mente allí.
Nos habíamos sentado por primera vez en horas, y el ajetreo de la ciudad había pasado a un segundo plano.
Ya llevaba un néctar de luna y los efectos comenzaban a notarse, pues los pensamientos que había enterrado estaban saliendo a la superficie.
—¡Fia! —Osta me dio un codazo; la molestia se notaba en su voz.
Volví a la realidad.
—¡Te estaba escuchando!
—Ya, claro. Los ojos te hacían eso que te suelen hacer cuando estás ida. Acuérdate de que mi don es la percepción. ¿En qué estás pensando?
Respiré hondo y solté la copa en la mesa. Supongo que ahora era tan buen momento como otro cualquiera. Tenía que entenderlo. Merecía entenderlo.
—El general Ashford vino a verme ayer —declaré, y presté especial atención a la reacción de Osta.
Ella abrió mucho los ojos.
—¿Y me lo cuentas ahora? —preguntó de forma entrecortada.
—Intentaba procesarlo todo. Se presentó en la botica antes de que cerrara. Me dijo que Bekha y Jordaan siguen vivas… —Me interrumpí.
Osta se reclinó y soltó un suspiro de alivio.
—Sabía que las había visto marcharse.
Asentí con la cabeza.
—Tenías razón, como siempre. Los sanadores pudieron curarlas a tiempo. —Dudé antes de proseguir—. Pero eso no es todo. El general cree que puede entrenarme para utilizar…, bueno, lo que sea que yo pueda hacer. —Puse los ojos en blanco e hice una mueca de desprecio con el labio superior.
—Pues… eso tiene pinta de ser una oportunidad interesante, ¿no? —Alzó una ceja.
—¿A qué te refieres con interesante ? Quiere usarme como algún tipo de arma para la Guardia, Osta. Que me una a la Guardia. ¿Por qué iba a acceder yo a ponerme en semejante posición?
—Ya lo sé… Pero me pregunto si deberías considerarlo… Sobre todo tras lo sucedido en la fiesta. Podrías aprender al fin a controlar lo que te impide llevar una vida normal. ¿Ni siquiera piensas intentarlo?
Le mostré deprisa la marca de riftborne que tenía en la mano. Echó un vistazo a nuestro alrededor con precaución y volvió a mirarme cuando confirmó que estábamos solas.
—Ya se aseguraron de que jamás tuviéramos esa oportunidad hace mucho —siseé.
—Fia, la gente no es tan odiosa como te empeñas en creer.
—¿Piensas que nuestros amigos fallecidos estarían de acuerdo?
—La observé con la vista clavada en ella y un cosquilleo en la piel.
Los crueles ojos azules del guardia se me vinieron a la mente como si me provocara.
Había sido muy fácil para él tirar de las palancas de la presa.
Muy fácil soltar el agua. Matar a nuestros amigos.
«Cálmate».
—Fia, a veces tienes que sacar provecho de lo que tienes. Y otras debes saber cuándo soltar y continuar. Y cuándo ayudarte a ti misma si se te presenta una oportunidad excepcional. —Sacudió la cabeza con la decepción en su cara.
—Para ti es fácil decirlo —murmuré a la vez que me pinzaba el puente de la nariz. Era cierto. Ella no tenía ni idea de lo que era vivir con esta cosa dentro. ¿Cómo iba a saberlo?
—Mira, Fia… No puedes vivir el resto de tu vida así. ¿Y si pudieras evitar que siguiera ocurriéndote? ¿Y si pudieras ayudar de verdad a la gente?
—Creo que las dos sabemos que mi foco no sirve para ayudar a la gente, Osta. No me puedo creer que pienses que sea una buena idea. Ni siquiera sé qué decir.
Se me llenaron los ojos de lágrimas, pero no pensaba venirme abajo aquí.
—Pues claro que no. Porque rechazas cualquier ayuda. Siempre huyes de todo… —Osta se quedó callada, bajó la vista y se mordió el labio. Ni siquiera le había explicado que pensaba huir.
—Eres tonta si crees que el general Ashford o cualquiera con autoridad en esta isla intenta ayudarme.
Lo único que ve es un poder del que sacar provecho y que reclutar para su pequeña facción.
Y, por desgracia, se equivoca. No puedo ser de ayuda.
Tú lo sabes. Y yo también. —Se me crisparon los dedos, y sentí una oleada de calor recorriéndome.
—No aguanto tu pesimismo nato hoy, Fia. Acabamos de pasar un día estupendo. Solo intento razonar contigo, ofrecerte otro punto de vista, pero eres incapaz de ver más allá de ti misma. Eres muy negativa. ¡Eres incapaz de imaginar que tu vida pueda cambiar a mejor! —Osta contenía las lágrimas.
Antes de que pudiera responder, arrastró la silla hacia atrás y salió del bar.
Bufé y meneé la cabeza. «Increíble».
La electricidad estática que me corría por los brazos había disminuido, pero la maldición seguía deslizándose en las sombras. Respiré hondo.
«¿Cómo podía Osta ser tan ilusa?».
Los de la élite siempre jugaban con gente como nosotras de este modo. ¿Cómo era posible que ella no lo viera?
La cabeza se me fue a ese lugar peliagudo. Es que no quería verlo. Ella los adulaba como si fuera la próxima groupie ; yo me limitaba a ignorarlos la mayor parte del tiempo.
¿Y por qué era culpa mía no haber aprendido a controlar mi foco? A todo el mundo a mi alrededor le salía de manera natural. Yo no debería convertirme en el proyecto de un general para averiguar cómo dominarlo.
Incliné la copa de nuevo y saboreé las últimas gotas. Cerré los ojos ante la calidez del alcohol que se arremolinaba en mi interior.
Osta y yo rara vez nos peleábamos, y esta era la segunda vez en cuestión de días. Tenía que marcharme de aquí. Se me aceleró el pulso.
Algo más fuerte que el alcohol se agitó dentro de mí cuando me tranquilicé. Cogí mis cosas aprisa y salí corriendo por la puerta del patio sin mirar siquiera atrás. La furia se había incrustado en cada pensamiento. Estaba confundida, dolida y bastante achispada.