Capítulo 7 #2
Osta y yo anduvimos sin rumbo entre la multitud como aturdidas.
Especias aromáticas impregnaban el aire, y eso nos empujó a los puestos de comida, que nos ofrecían una tentadora mezcla de sabores exóticos y tradicionales.
Tuve que obligarme a dejar de babear. Los sonidos de exquisiteces chisporroteantes se mezclaban con el suave murmullo de una fuente cercana.
Se me había olvidado lo mágico que era el mercado a finales de verano.
El rugido de los vítores brotó de la plaza, y yo desvié la atención hacia allá justo cuando apartaron un trozo de tela blanco y revelaron una estatua de mármol. Las aclamaciones se intensificaron a la par que una voz bramó entre las calles:
—Salve al rey Sydian. Largo sea su reinado.
Agarré a Osta del codo y tiré de ella para adentrarnos más en el anonimato de la multitud mientras contenía una mueca.
No era ningún secreto que los residentes de Sídhe compartían una devoción común por los monarcas. El rey Sydian era venerado como el mejor gobernador del milenio y había alcanzado lo imposible: una era de prosperidad casi universal.
La pobreza y la hambruna eran muy inusuales.
La Corona, a través de su delegación real, se había asegurado de que todo el mundo tuviera acceso a las necesidades básicas.
Aun así, la verdadera igualdad seguía siendo algo escurridizo.
El sistema de clases perduraba, aunque con una división menos rígida entre la baja y la media.
Un silencio flotaba sobre el origen de esta nueva riqueza.
A lo largo del reino, las cosechas se volvieron más que abundantes, el ganado crecía bien y especies casi extintas se recuperaron.
Hasta la vitalidad de los aossí se vio afectada.
Nuestra esperanza de vida de dos siglos parecía haberse alargado; algunos de los más mayores habían llegado casi a los doscientos veinte años.
Era como si el reino fuera un milagro en sí mismo.
Aquellos que todavía rezaban afirmaban que se trataba de una bendición de los Esprithe.
Osta y yo nos pasamos la mayor parte del día yendo de un vendedor a otro, cogiendo muestras y explorando el laberinto de productos artesanales. En algún momento, me las ingenié para escapar de la atenta mirada de Osta.
Me llevé la mano al bolsillo y noté el brazalete de oro dentro. Con los dedos, rocé el grabado que tenía la superficie y espanté la tristeza que amenazaba con atenazarme.
Me abrí camino a través de las masas y me detuve justo delante de las ruedas de madera de una carreta cubierta. Caminé hacia la parte delantera y me encontré a un anciano común y corriente.
—¿Algo para comerciar? —Su voz áspera sobresalió entre los grupos de personas que paseaban. Se abrió la parte delantera de la chaqueta y reveló que estaba revestida con joyas y baratijas extrañas.
—Tengo un brazalete de oro —dije, y clavó la vista en mí del tirón, mirándome de arriba abajo.
—Muéstramelo —replicó, se cerró la chaqueta y se apoyó contra el lateral de la carreta.
Recuperé el brazalete del bolsillo, pero titubeé mientras lo hacía rodar entre los dedos. No quería hacer esto, aunque no me quedaba otra opción. Necesitaba dinero para el camino. En especial, porque no sabía cuánto tardaría en encontrar trabajo. O si es que llegaba a encontrarlo.
—No tengo todo el día, señorita. —Dio pisotones contra los adoquines.
Lo saqué despacio y lo coloqué encima de la mano que me había alargado. Se lo acercó a la cara para examinarlo.
Me lanzó una mirada de recelo.
—¿Estás segura de que este oro no es falso?
—Tú eres el experto —contesté con una voz apenas por encima de un susurro.
Mordisqueó el brazalete unas cuantas veces.
—Parece bastante auténtico. —Se llevó la mano al pecho y cogió unas gafas de aumento para examinar el oro otra vez.
—¿De dónde lo has sacado? —preguntó—. Lo has robado, ¿verdad? —De su garganta se escapó el murmullo de una risita al tiempo que entrecerraba los ojos hacia mí.
—Lo tengo desde que era pequeña —respondí molesta—. ¿Lo quieres o no? —La determinación para deshacerme de la pulserita de oro disminuía a cada instante que permanecía allí. El anciano la puso en el filo de la carreta y agarró un saco de monedas. Se me revolvió el estómago.
—Supongo que lo puedo fundir —señaló, y aquello fue como poner el último clavo en el ataúd. Deprisa, cogí el brazalete y salí corriendo de vuelta al centro del mercado con los pulmones a punto de explotar y mareada. Me lo guardé de nuevo en el bolsillo.
—Oye, ¿a dónde vas? —espetó a mis espaldas.
No podía hacerlo.
Era lo único que de verdad me pertenecía. Lo único que había venido conmigo de mi hogar en Riftdremar. Sentí la vergüenza colárseme por los huesos ante lo que había estado a punto de hacer. Tenía que salir de aquí.
Divisé a Osta, cuyos brazos estaban llenos de muestras de telas.
Me alargó unas cuantas bolsas de comida. Bueno, la mayoría lo eran.
—¿Dónde te habías metido? —Por la sonrisa radiante que tenía, sabía que estaba en su salsa. No quería que notara lo agitada que me encontraba, así que mantuve el tono indiferente.
—Solo estaba dando una vuelta. ¿Compramos una botella de vino para bebérnosla cuando lleguemos a casa? Necesito algo de ayuda para relajarme un poco después de tantos estímulos —comenté, alzando la bolsa de comida más arriba y apoyándomela a la altura de la cadera.
—¡Tengo una idea mejor! ¡Vamos a lo de Talia! Está a la vuelta de la esquina y seguro que hay ofertas ahora…
—Estoy mentalmente agotada. Vámonos a casa y bebamos allí. —No podía arriesgarme a perder más tiempo. Debía regresar y ponerme a hacer las maletas. También tenía que ver cómo se lo iba a explicar.
—Sabes que no es lo mismo. Aún es temprano, así que no habrá mucha gente. Y me debes una copa, Fia.
Hacía años que no acompañaba a Osta a su lugar favorito.
Me sorprendió incluso que me lo pidiera.
Su audacia era bastante evidente hoy, como si supiera que algo estaba a punto de cambiar.
La culpa resurgió del fondo de mi mente, y deseé que no interpretara la situación por lo que era.
Una de las razones por las que había venido hoy era para darle un último recuerdo perfecto conmigo.
—Osta, sabes que no es buena idea —susurré mientras cambiaba el peso de un pie a otro.
—Fia, jamás superarás tus miedos si sigues cediendo a ellos siempre. Estoy aquí contigo. Y podemos sentarnos en el patio. Suele estar vacío, y es privado. Venga… Conozco a todos los que trabajan allí. No hay nada de lo que preocuparse.
Me estrujé los sesos con tal de dar con cualquier excusa razonable para no ir o, como mínimo, con una que tuviera sentido para ella, pero me quedé en blanco.
Eso era lo que de verdad quería, y era nuestro último día juntas; quizá podía intentarlo.
Por ella. Solté un fuerte suspiro, bajé la mirada y vi a Osta con una sonrisa triunfante.
—¡Por aquí! —me guio con una exclamación, caminando ahora con una energía renovada.
Gemí y la seguí con una buena dosis de reticencia.
El camino era muy breve, algo que agradecí. Las rebosantes bolsas que llevaba en las caderas se habían vuelto casi imposibles de llevar. Los brazos prácticamente chillaban en represalia.
Osta llegó a la entrada, tiró de la puerta abierta y la bloqueó con el pie antes de guiarme al interior. Vi el letrero floral cuando pasé junto a ella:
S ALÓN DE E LIXIRES DE T ALIA.
—¿Shun? ¿Eres tú el que está trabajando hoy en el bar? —gritó Osta con una sonrisa.
—¡Qué alegría verte siempre, Osta! —respondió Shun sin mirarnos, al parecer ensimismado con la creación de uno de sus brebajes de renombre.
—Hola, Shun —saludé, y los ojos de él fueron al encuentro de los míos. No me podía creer que todavía siguiera trabajando aquí tras todo este tiempo.
—Fia, ¿eres tú? —preguntó con los ojos abiertos como platos.
—¡Por fin he conseguido que venga! —chilló Osta, y se giró para mirarme—. ¿Lo ves, Fia? No hay ni un alma aquí. Justo como te he dicho.
No pude reprimir el rubor que se me extendió por el rostro.
—¡Oye, Osta! Ven esta noche y verás las pocas almas que hay. —Le sacó la lengua, pero sonrió con aire guasón.
Osta soltó una risita y llevó las bolsas a la barra.
—Shhh, no digas eso. Podría irse.
Puse los ojos en blanco y la seguí a la barra.
—Llevo sin verte desde aquella noche en la que todos fuimos al espectáculo ese ambulante cuyo nombre no recuerdo.
¡Joder! ¿Cuánto ha pasado? ¿Cuatro o cinco años?
Kieran se quedó semanas destrozado después de que lo rechazaras, Fia.
—Había un vacile en las palabras de Shun, al que pude restar importancia con una pequeña carcajada.
Kieran no tenía nada de malo en sí. De hecho, estuvo de lo más encantador.
La noche de marras, muchas mujeres trataron de ganarse su atención, pero él se empeñó en intentar acompañarme a casa.
Al menos, no tuve que sentirme culpable por rechazarlo con tacto.
Disponía de un montón de hombros sobre los que llorar.
Mis encuentros pasados tanto con hombres como con mujeres me habían desilusionado, y eso era decir poco. Demasiado a menudo, me sentía despachada como novedad pasajera tras una noche juntos. Esa parte de mi vida había quedado atrás hacía mucho tiempo. Había hecho las paces con el celibato.
Además, nunca había tenido interés en enrollarme con ninguno de los conocidos de Osta. No querría poner en riesgo su posición social. Ella sabía entremezclarse con los plebeyos y con los de la clase alta por igual.
La mayoría de la gente la encontraba encantadora y adorable a pesar de su estatus como riftborne. Estaba convencida de que hasta los nobles caían víctimas de su hechizo cuando los viste para las galas, los solsticios y los bailes.