Riftborne (Trilogía Esprithean 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

E l rítmico sonido del metal contra el metal resonaba en la estancia, unido al chisporroteo errático de un fuego abajo. El humo punzante del carbón y del metal ardiendo flotaba pesado en el aire.

Las sombras danzaban por las paredes mientras un brazo escapaba de la oscuridad y volaba sobre mi cabeza con el martillo aferrado a la mano. Bajó deprisa e hizo un estruendo metálico contra la superficie del acero líquido.

Las chispas volaron cuando los metales chocaron.

El calor me envolvió. El humo se propagó por la habitación.

El martillo golpeó de nuevo con más ruido que la primera vez.

Y otra. Y otra más. Cada vez lo hacía con mayor fuerza.

Cuando la mano se aproximó a las ascuas abrasadoras, me fijé en los intrincados tatuajes que recorrían el brazo que lo empuñaba.

El humo comenzó a llenarme los pulmones.

El acero caliente, antaño un río de llamas líquidas, empezó a tomar forma y reveló poco a poco la silueta de una hoja. Los golpes continuaron hasta forjar el arma más allá del punto de culminación.

Observé cuando la mano se acercó a mi rostro, como si me urgiera a inspeccionar la pieza artesanal. Con la luz de fondo que daba la llama que había debajo, enfoqué los ojos y me fijé en la hoja curva y rígida de una daga.

Me desperté con la conocida vista de mi techo y los vestigios del sueño aún dándome vueltas en la cabeza. En esta ocasión, no había sido una pesadilla, menos mal, tan solo algo raro. Exhalé despacio. Tal vez mi subconsciente había decidido por fin tener piedad conmigo.

Todavía seguía pensando en Ashford y en su intento de reclutarme, lo que me provocaba un escalofrío por todo el cuerpo. De repente, lo relajada que hubiera podido estar se perdió en un mar de ansiedad que había llegado a conocer muy bien.

Enterré la cabeza en la almohada y solté un gemido.

La idea de convertirme en un arma para los militares, de unirme a una institución que consideraba mi propia vida intrascendente en el mejor de los casos y un incordio en el peor, era ridícula. Por no hablar de que su propuesta parecía más bien una amenaza. Bueno, es que lo era.

Y la respuesta era no.

La arrogancia que él irradiaba era ya lo bastante insoportable. Y aquello solo era la punta del iceberg de mi negativa absoluta.

Ma estaría bien, pues no era una riftborne y, para el resto del mundo, no era más que mi jefa. Aunque Osta… Las palabras de Ashford inundaron de nuevo mis pensamientos. ¿La castigaría si me marchaba?

Me invadió la culpa. Quería creer que ella estaría más segura si se quedaba en Luminaria en lugar de huir con una fugitiva. Al menos aquí podría ayudarlos con su investigación. Podría contestar las preguntas que tuvieran sobre mí.

Si alguna vez me atrapaban y ella venía conmigo… Jamás me perdonaría por las consecuencias.

Me pregunté si de verdad Ashford informaría de mis transgresiones a la Guardia si yo desaparecía sin más.

Sería humillante para un general tan apreciado dejar que una modesta riftborne se le escurriera de entre los dedos.

Sí, seguro que el orgullo y el poder eran lo que lo movían.

Al fin y al cabo, se creía que podía meterse en mi vida después de veintitrés años y domesticar esa cosa que había en mi interior como si fuera una especie de salvador, ¿no?

Hasta donde yo sabía, la gente no necesitaba entrenar para controlar su foco.

¿Para perfeccionarlo? Puede. Pero no para detenerlo y evitar desatar el caos en el momento en el que el pulso se le disparase a uno.

Suspiré. Era evidente que mi foco no estaba destinado a ver la luz del día.

Me las había apañado para vivir con la maldición de un foco hasta la fecha, resignada a establecer límites que yo sabía que no podía cruzar.

Después de que asesinaran a mis amigos y mi foco comenzara a manifestarse, me relegué a las sombras aún más.

Iba a trabajar y regresaba a casa. No salía, no socializaba, no tenía citas con nadie.

Me limitaba a comprar en pequeños comercios aleatorios.

Llevaba guantes incluso en los meses de verano.

Lo único que me juré no hacer era precisamente lo que había acabado provocando mi caída en desgracia, justo como siempre lo imaginé: acercarme a la élite de Sídhe.

Los nobles tenían la habilidad de desencadenar mi furia con crueldad, y la Guardia tenía el abrumante poder de arrancarme del mundo de los vivos de cualquier modo que considerase oportuno.

Y eso era justo lo que había ocurrido.

En el futuro, debía tener mucho más cuidado, pero eso sería en otro lugar.

Un lugar nuevo.

Alcancé el pequeño cajón de mi mesita de noche y saqué una bolsa de cuero con monedas. El contenido del saco tenía mucha más plata que oro y no pesaba mucho. Suspiré.

Poseía otro objeto más de valor, pero me entraron los siete males al pensar en venderlo.

Volví al cajón de la mesita de noche, busqué a tientas la cajita que tenía oculta en el fondo y contuve una punzada de tristeza cuando noté los bordes polvorientos.

La saqué, y un pequeño brazalete de oro cayó sobre la cama.

Se trataba del que había venido conmigo de Riftdremar, y era la única prueba que tenía de mi vida pasada.

Alguien llamó a mi puerta, y esta se abrió con un chirrido y dejó pasar la luz del sol desde el pasillo. De inmediato, me eché la colcha por encima. A través de la fina sábana, atisbé la silueta de Osta.

—Imagino que no piensas quedarte todo el día aquí —me reprendió, y me retiró la sábana con un movimiento raudo.

—No me parece lo peor del mundo —respondí pensativa mientras estiraba los brazos por encima de la cabeza y bostezaba.

—Las cosas han estado un poco tensas últimamente. ¡Vamos al mercado, hacemos la compra de la semana e intentamos disfrutar de los últimos días de verano! Así te distraes… Bueno, cuando me cuentes las novedades, claro. ¿Cómo te encuentras? ¿Te sientes mejor tras lo de la otra noche?

—Hoy no puedo, Osta, en serio —repliqué con un gemido.

—No es una petición, es una orden —canturreó a la par que me tiraba del brazo—. Además, tampoco es que tengas nada mejor que hacer.

Lo consideré unos cuantos segundos, pensando en la larga lista de tareas que sin duda era mejor que hiciera.

La mayoría estaban relacionadas con pirarme de este condenado lugar lo más rápido posible.

Tenía que continuar planeando mi huida. A dónde iría…

Cómo saldría de la ciudad sin que me vieran. Jamás había ido más allá de Luminaria.

No obstante, esa culpa perpetua me invadió de nuevo. Porque la quería, tal vez más de lo que había querido a alguien o algo. Y sabía lo destrozada que se quedaría sin mí.

Osta se merecía que pasara un último día con ella.

A lo mejor hasta podía explicárselo incluso.

Hice una mueca; sabía lo complicada que sería esa conversación.

Sentí una carga sobre los hombros. Perderla parecía la traición de toda una vida…

, pero ¿cómo iba a quedarme? Ma y Osta debían mantenerse alejadas de mí incluso aunque no comprendieran el motivo.

—Lo del mercado no es mala idea. La verdad es que no tenemos nada que comer ahora mismo aparte de galletas rancias. —Me encogí de hombros y luché contra la neblina de mis ojos. La sonrisa traviesa de Osta apareció mientras se puso a arreglarme el pelo enmarañado.

—¡Justo lo que pensaba! Y deberíamos tener un sueldo decente después de la última semana, así que ¡vamos a darnos un capricho hoy!

La idea de Osta de darse un capricho normalmente implicaba concederse dulces y aperitivos que lo más probable era que desaparecieran antes de la semana siguiente.

Sonreí con pena; la iba a extrañar. Pero, por una vez, tomaría el control de mi vida al decidir que protegería a todo el mundo. Ya era hora.

Osta se abrió camino a mi armario y empezó a sacar unas cuantas prendas de ropa para preparar un modelito y las arrojó a los pies de la cama. No tenía mucho donde escoger. La mayoría de mi ropa estaba manchada de hierbas rebeldes.

—¿Sigues teniendo ese abrigo verde oscuro con capucha? —le pregunté como si nada.

Osta se giró hacia mí y entrecerró los ojos.

—¿Desde cuándo te interesa la moda?

—No es eso. Es que tengo la piel un poco sensible hoy.

Esperaba poder usar la capucha. —Me encogí de hombros con la esperanza de que mi pregunta pareciera auténtica.

La verdad sea dicha, me sentiría mucho más segura caminando por el mercado con una capa de tela entre cualquiera de los guardias que podrían estar patrullando esa parte de la ciudad y yo.

Mi melena era muy fácil de distinguir entre la multitud. Si la escondía, dificultaría las cosas en caso de que Ashford le hubiera dado una descripción de mí a alguien.

Me dijo que nadie sabía lo que yo había hecho, aunque confiar a ciegas en su palabra me parecía algo estúpido.

—Pues tendré que escogerte otra cosa para que te pongas. —Torció los labios y apoyó el peso sobre una de las caderas—. Pero sí, algo se me ocurrirá. —Fue a su habitación y regresó con una pila de prendas dobladas.

Y con eso, salí rodando de la cama, me recogí el pelo en un moño y deslicé el brazalete de oro en mi bolsillo.

«Disfruta de tu último día con ella. Mañana, saldrás por patas». Se me vinieron esas palabras mientras me vestía.

En el corazón de nuestro rincón de Luminaria se extendía el enérgico mercado del distrito central.

Los puestos estaban construidos en piedra y la madera viva serpenteaba a través de las enormes avenidas que bordeaban los canales.

Las estructuras de mármol servían de lienzo para elaboradas representaciones de la flora y fauna que hacían los artesanos aossí.

Un manto de enredaderas y flores entrelazadas cubría la plaza del mercado de sombra, dándole un toque salvaje al entorno de mármol pulido, y los cristales incrustados en la arquitectura reflejaban la luz del sol e irradiaban un brillo suave sobre el bullicioso mercado.