Capítulo 6
B ekha y Jordaan estaban vivas.
La noticia me golpeó como una ola.
«Están vivas».
Respiré hondo y sentí como si mi cuerpo se derritiera en el suelo. La tensión se evaporó al exhalar y dejar caer la cabeza entre las manos.
«Al borde de la muerte». Las palabras resonaron en mi mente. No «muertas».
Las chicas que me habían atormentado casi toda la vida y cuya muerte había deseado un sinfín de veces, sin que fuera yo la que cometiera el acto.
Sentada en silencio durante unos segundos de más, me permití adaptarme al alivio. Parecía extraño.
La risa del general se coló en mis pensamientos y me trajo de vuelta a la realidad.
—Y no te preocupes. Nadie tiene ni idea de lo que has hecho. Es nuestro pequeño secreto. Bueno, salvo mis sanadores. Ellos lo saben, claro, pero no dirán ni una palabra.
—¿Qué? ¿Por qué…? —tartamudeé, y la confusión estalló en medio de mi paz efímera.
Él volvía a tener una sonrisa burlona en el rostro, pero continuó con esa expresión aguda y calculadora en la mirada.
—¿Por qué harías eso? —repetí en un tono de voz más bajo. Sentí que el estómago me daba un vuelco.
Alguien como él solo ayudaba a personas como yo cuando quería algo a cambio.
—Me alegro de que preguntes. —Se llevó las manos a la espalda mientras se acercaba a mí—. Cuando vi lo que hiciste, de lo que eras capaz, me di cuenta de que eras diferente. Incluso especial. Un don como el tuyo no es algo con lo que me tope todos los días. Podría serme útil…
«¿Un don?».
«¿Este hombre no ha oído nada de lo que le he dicho?».
—Serle útil a la isla —prosiguió el general—.
Yo presido una facción de nuestra Guardia entrenada en combates especiales.
Me encantaría entrenarte para que uses tu foco como es debido.
Y me gustaría que te unieras a la Guardia.
A la facción Veneno. —Se volvió para mirarme, con los ojos refulgiendo con algo terrorífico.
¿En serio?
Se me escapó una risa casi en una oleada de desesperación. No pude evitarlo. Tenía que estar de broma. ¿Se le habría ido la pinza? Tal vez fuera lo más absurdo que había oído en mi vida.
¿Una Riftborne en la Guardia?
Nunca había oído hablar de un solo riftborne que hubiera intentado unirse. Y había una buena razón: no duraríamos ni una semana. Los prejuicios ya de por sí eran asfixiantes, y eso sin pensar en los «accidentes» que ocurrirían de forma inevitable durante nuestro entrenamiento.
La Guardia asesinaba a los riftborne, no los reclutaba.
—No le veo la gracia. Explícamela —dijo con un tono distinto en la voz.
Me detuve. Iba en serio.
Comencé a sacudir la cabeza mientras lo miraba confusa y con una especie de exasperación hastiada aún en las comisuras de los ojos.
—¿Para qué? ¿Para que todo tu pequeño pelotón acabe con los sesos exprimidos en cuanto yo pierda los nervios?
—pregunté con la voz inconstante. ¿En qué mundo querría ser yo parte de la Guardia de Sídhe?
Hasta donde sabía, su padre podría haber matado al mío.
Aunque tampoco es que tuviera manera de averiguarlo.
La Guardia fue muy meticulosa al quemar todos los registros de aquella época.
—Qué rápido te has olvidado del favor que he tenido la gracia de concederte.
Cubrir tu intento de asesinato no ha sido tarea fácil.
—Su voz contenía una arrogancia necesariamente innata—.
Es tu decisión. —Se detuvo y se crujió los nudillos—.
A ver… No puedo obligarte. Si prefieres enfrentarte a las consecuencias de tus acciones, entonces que así sea, por supuesto.
¿Una riftborne que ataca a dos jovencitas indefensas hijas de las élites de Sídhe?
Ah, seguro que te ejecutan por tus crímenes.
Sería una pena, claro. Un desperdicio de potencial.
—Se encogió de hombros antes de proseguir—.
Necesito tu respuesta antes de que acabe el fin de semana.
Estoy convencido de que tomarás la decisión correcta, Fia.
—Me guiñó un ojo y pasó andando tranquilo por delante de mí.
Mientras yo me quedaba de pie allí, oyendo cómo se marchaba, supe lo que tenía que hacer.
Supe que tenía que huir.