Capítulo 5
E ra deslumbrante de una forma muy fría, como si su belleza estuviera teñida de veneno.
Sencillo, incluso atractivo.
Alcé los ojos para encontrarme con los suyos.
La cicatriz que manchaba su rostro, por lo demás perfecto, era más oscura de lo que había pensado antes. El centro era de un negro azabache que se difuminaba hasta el color del vino antes de extenderse en patrones venosos a lo largo de su mejilla.
Mis ojos, más valientes que el resto de mi cuerpo, no se apartaron de él. Su expresión era cauta. No había manera de leer al general.
La lógica me dijo que estaba allí para arrestarme.
Así que sí me había visto la marca en la mano.
Por supuesto que me había encontrado. Cada riftborne había rellenado unos documentos de admisión para la monarquía, registros en los que se detallaba dónde vivíamos, dónde trabajábamos, dónde nos quedamos después de que los barcos nos trajeran.
Teníamos la obligación de actualizar nuestras direcciones cada vez que nos mudábamos y de avisar de cualquier cambio de trabajo. Lo sabían todo sobre nosotros.
Para alguien del rango del general, dar conmigo habría sido tan sencillo como abrir una carpeta.
Mientras continuaba mirándome, sentí un ardor en el estómago. Sabía que el mejor plan era ir sobre seguro, pero el deseo de resistirme se aferraba a mí.
Aún sentía miedo, aunque ahora se había teñido de una rabia que se había encontrado oculta en mi interior durante los últimos cinco años, una rabia que había enterrado muy hondo después de que los guardias de la presa hubieran matado a mis amigos.
Supe entonces que jamás podría dejarme llevar por la rabia, que nunca permitiría que me dominase, o acabaría haciendo que me mataran también.
Sin embargo, ahora esa rabia había vuelto con ganas.
—El general te requiere para hacerte preguntas sobre anoche… —comentó al fin Ma, pero su tono parecía muy inseguro.
—¿Fia Riftborne? —Mi nombre salió de sus labios como sangre de una daga. Su voz aterciopelada hizo que me recorriera un escalofrío de arriba abajo más de lo que debería haberlo hecho.
—Sí, soy yo —murmuré, sonando más segura de lo que me sentía.
—¿Estuviste presente durante la celebración de anoche? —preguntó, con cierta diversión en la voz.
Él sabía que había estado. Había visto lo que había hecho. Esta conversación no tenía sentido.
—Me pidieron que llevara los últimos tónicos a la fiesta. Los pedidos de última hora de la nobleza —contesté, inexpresiva.
Estrechó los ojos durante unos segundos antes de volverse hacia Ma.
—¿Hay algún lugar en el que pueda hablar con ella en privado? —preguntó, con una dulzura nauseabunda en la voz—. Al fin y al cabo, estoy aquí por un asunto oficial. Es mejor que maneje esto con discreción y lejos de potenciales ojos y oídos curiosos.
La confusión se propagó en mi interior. ¿Por qué no me detenía para interrogarme?
A Ma le costó responder. Me miró, con la preocupación reflejada en la frente. Yo solo le dirigí un simple asentimiento. Esto iba a pasar de un modo u otro. Más me valía acabar con ello de una vez.
Ella volvió a mirar al general. Podía notar que no quería complacerlo, pero no estaba en posición de negarse, y yo no quería que lo intentara. Este follón era mío.
—Hay unos invernaderos en la parte de atrás…
Están cerrados con llave a menos que alguna de nosotras esté trabajando allí…
—Hizo una pausa antes de ir andando hacia su escritorio y sacar una llave del cajón.
Creí que iba a decir algo más, considerando su vacilación, pero regresó despacio con la mano extendida.
El general le sonrió mientras agarraba la llave.
—Gracias, Maladea. No tardaremos mucho.
Se volvió hacia la puerta de atrás sin pensárselo dos veces; era evidente que esperaba que lo siguiera. Le di un apretón a Ma en la mano cuando pasé por delante de ella y le dirigí una mirada reconfortante. Solo esperaba que fuera convincente.
Fuimos al invernadero en silencio.
Llegó hasta la puerta y la abrió con gracia. Dio un paso atrás tirando de ella y me hizo un gesto para que entrase. Dudé.
—Después de ti —murmuró.
El miedo volvió a inundarme mientras pasaba por delante de él.
Se podía entrever el sol sobre las montañas mientras descendía. Pronto se haría de noche.
Me crucé de brazos mientras la puerta se cerraba de golpe a mis espaldas.
Al mirarlo a hurtadillas, mis ojos me delataron. Él me estaba mirando también con una extraña curiosidad de nuevo. No dijo ni una palabra.
—Bueno, vamos al grano —solté cortante.
Él negó con la cabeza y soltó un suspiro de diversión.
—¿Ese tono pretendes usar? —preguntó con tanta superioridad que creí que me iba a asfixiar.
—¿Cambiaría algo?
Fue dando zancadas hasta la mesa donde guardábamos las herramientas de jardinería y, a continuación, agarró una pala de mano y la examinó.
—Solo intento entender por qué ese desdén. Pareces enfadada y yo solo he pedido tener una simple conversación contigo —se mofó.
—Lo siento —murmuré, ocultando el frío que amenazaba con teñir mi tono.
Alzó una ceja y bajó la barbilla.
—Esa actitud es mucho más aceptable, ¿no crees? —Su voz destilaba sarcasmo—. Como ambos sabemos el motivo por el que estoy aquí, ¿por qué no empiezas por contarme con exactitud lo que le hiciste a esas pobres chicas? —Se apoyó contra la mesa y cruzó los pies.
—No… No lo sé en realidad. —Se me escaparon las palabras.
Puso los ojos en blanco.
—Riftborne. Se me está acabando la paciencia. Tu foco. ¿Cuál es? —espetó.
—¿Mi foco? No… lo sé. No tengo un foco… Es decir… —Negué con la cabeza—. No tengo ningún control sobre él. Yo no lo llamaría foco.
Ladeó la cabeza y entrecerró los ojos.
—¿A qué te refieres con que no tienes el control? ¿Cómo lo canalizaste entonces?
—Estaba inquieta. Solo pasa cuando estoy muy alterada. No sé cómo explicarlo. Simplemente me superó. No pude pararlo. Nunca puedo detenerlo sola —tartamudeé.
Frunció los labios antes de girar la cabeza, pensativo.
—No pretendía que ocurriera —añadí. Como si no fuera obvio.
Continuó mirando la esquina de la habitación como si no me hubiera oído.
—¿Ha sucedido esto antes? —preguntó al fin.
—Prefiero no hablar de ello —contesté mientras me envolvía la cintura con los brazos.
La ira titiló en sus ojos.
—Y yo prefiero no hacer esto más complicado de lo necesario —replicó, encogiéndose de hombros y ladeando la cabeza—. Pero que no te quepa duda de que podría.
En un destello cegador, una daga se deslizó por el aire, directa al centro de mi cara. Se me formó un nudo en la garganta del terror. El tiempo pareció detenerse mientras me encogía de miedo; la hoja susurró al pasar junto a mi mejilla antes de incrustarse en el travesaño de madera a mis espaldas.
Después de unas cuantas respiraciones profundas, abrí los ojos y me lo encontré sonriendo con malicia, como si aquella fuera su forma personal de entretenerse.
—¡Si has venido a matarme, hazlo ya! —solté, quitándome el sudor de la frente.
El general se puso de pie, se acercó a mí con pasos comedidos y se detuvo a pocos centímetros de mi rostro.
Clavó su mirada esmeralda en la mía mientras alargaba la mano más allá de mí para recuperar la daga.
Me la acercó a la mejilla y me la pasó con delicadeza por el contorno de la garganta.
Yo contuve el aliento, a la espera de que me matara.
—No vas a morir hasta que respondas a mis preguntas. Si tu propia vida no te importa, entonces tendremos que cambiar el enfoque. Esa otra chica riftborne también estaba en la fiesta, ¿a que sí? —El tono bajo de su voz me golpeó como una daga de hielo—. ¿Cómo se llamaba…? ¿Osta?
Necesité cada fragmento de lógica de mi cerebro para impedirme escupir en sus botas pulidas justo en ese momento. Sentí cómo se me contraían las palmas.
Lo que debería haber sido miedo quedó reemplazado una vez más por ira, esa que no podía controlar, y la neblina familiar se apoderó de mi visión.
Me eché hacia atrás hasta apoyar la espalda en la madera y oí cómo crujía al resistirse.
Me presioné las sienes con las manos en un intento de calmar físicamente el poder que estaba intentando inundarme.
Había investigado. Todo el mundo que pertenecía a la Guardia era malvado a más no poder. Lo único que hacían era abusar de su poder, matar de manera indiscriminada y manipular para su propia diversión enfermiza. Se me aceleró el corazón.
Sus pasos se oyeron distantes mientras se alejaba.
—Solo quiero que me cuentes cómo fue las otras veces que ocurrió esto. Es simple —insistió.
—Fue la primavera pasada. Dentro de la botica. —Las palabras me salieron entrecortadas y me costaba respirar. La sensación de arrepentimiento familiar comenzó el descenso hacia mis entrañas mientras los recuerdos salían a la luz. Los había ocultado tanto en mi mente que liberarlos iba a ser duro.
—Sigue —me instó, apoyándose de nuevo en la mesa.
—Estaba en la parte delantera de la tienda, reponiendo las vitrinas de pociones.
—Se me nubló la vista mientras revivía los sucesos—.
Oí alboroto fuera. Me imaginé que solo eran algunos vendedores ambulantes peleándose por la zona.
No obstante, los sonidos se oyeron cada vez más cerca, y pude escucharla, a Osta, gritar.
—Me llevé la mano al pelo y la deslicé por él, atrapando unos cuantos nudos—.
Estaba con un chico nuevo. Ni siquiera sé sobre qué estaban discutiendo, pero ella corrió hacia la tienda.
Él se encabritó y parecía tener la intención de golpearla, y entonces lo perdí.
—¿Que perdiste qué? Explícame eso, por favor —repuso el general desde el otro lado de la sala.
—Perdí el control. Esta… ola me recorrió…
Es complicado de explicar, pero… Fue como si una fuerza pura saliera a chorros de mí y forcejeara con él.
—Cerré los ojos, recordando cómo su cuerpo se había elevado del suelo.
Cómo había empezado a temblar de forma incontrolable y poco natural.
Lo que había hecho… Aún me aterrorizaba.
Se me formó un nudo en la garganta—. Al final, Osta tiró de mí y salí del trance.
Él cayó desplomado. —Hice un gesto de dolor, recordando el sonido del golpe del cuerpo estrellándose contra el suelo que crujía de la tienda—.
No estaba muerto. Solo inconsciente. Ma pudo curarlo.
Supongo que fue una suerte que estuviéramos en la botica…
—dije mientras se me iba apagando la voz.
La manera en la que Ma me había mirado aquel día…
Sentí cómo el corazón se me volvía a hacer añicos. Había mucho terror en sus ojos. Jamás me imaginé que podría mirarme de ese modo. Igual que lo hacían los demás.
Como si fuera un monstruo.
Ma sabía que había algo… peligroso dentro de mí.
Osta y ella siempre lo habían sabido. Pero no creía que ninguna de nosotras se hubiera dado cuenta de su magnitud.
A partir de entonces, dejé de avisarlas a las dos de cuándo sentía que venía…
Cuándo sentía que tomaba el mando. Parpadeé, reteniendo las lágrimas que amenazaban con caer.
—Entonces ¿sobrevivió? —preguntó el general, sacándome de mi bucle de pensamientos.
Tras unos cuantos instantes, sentí cómo los labios podían moverse de nuevo.
—Pudieron revivirlo. Se quedó inconsciente durante un tiempo. Sin embargo, cuando se despertó, no pudo recordar nada.
Nos quedamos en silencio durante un rato largo. La habitación se había oscurecido. Incluso el aire parecía agobiante. Después de lo que se me antojaron siglos, el general se aclaró la garganta.
—Estaban al borde de la muerte cuando las encontramos.
Es decir, les quedaban segundos de vida.
Pensé que no había forma de que pudieran haber sobrevivido a tu ataque.
El modo en el que se encontraban… Bueno, digamos que parecían indudablemente muertas.
—Reprimió una sonrisa—. Mi alteracionista se pasó bastante tiempo quitándoles la sangre del pelo.
No fue tarea fácil. En serio. Costó casi cada pizca del foco de nuestro sanador revivirlas, a las chicas, me refiero. —Se calló.
Me quedé paralizada.
—Dijo que era como si sus mentes hubieran sido aplastadas por algo…
Una fuerza invisible que las había exprimido sin parar.
—Empezó a pasearse mientras divagaba—. ¿Sabes?
Me causaba mucha curiosidad la pérdida de memoria.
Ellas tampoco se acordaban. De nada de nada…
Era fascinante…, absolutamente fascinante. Nunca había visto algo así.