Riftborne (Trilogía Esprithean 1) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Me senté en mi puesto, anhelando la familiaridad, esperando sentir cómo me inundaba la calma habitual cuando reunía mis herramientas, pero esta nunca llegó.

«Puñeteros Esprithe».

Tras intentar encender el carbón bajo el fuego de nuestro caldero y fallar muchas veces, el encendedor se me terminó quedando sin aceite y no pude encontrar ninguna cerilla por ahí suelta.

Solté un quejido. Después de evitar con éxito los ojos inquisidores de Ma, ahora parecía que mi única opción era pedirle ayuda.

Suspiré, me puse de pie, desvié la vista en su dirección y me la encontré mirándome a mí mientras envolvía cataplasmas de hierbas con pericia. Esa mujer era implacable.

—¿Quieres pedirme algo, Fia? —espetó en mi dirección, con la boca esbozando una sonrisa. Di unos cuantos pasos hacia ella.

—Depende. ¿Requerir tu ayuda tiene un precio? ¿O lo harás solo por la simple bondad de tu corazón? —Alcé una ceja.

—Ay, Fia. Todo tiene un precio, ya lo sabes —contestó, guiñándome un ojo.

—Supongo que no tengo otra opción que pedirte ayuda para encender el carbón para los calderos —repliqué.

—Creía que jamás lo pedirías. —Dejó las cataplasmas y se acercó arrastrando los pies hasta mi puesto.

Se arrodilló y presionó una mano contra el carbón. Tras unos segundos, salió humo. Las chispas salieron disparadas de la hoguera y el carbón empezó a refulgir de un rojo brillante.

—Nunca dejará de sorprenderme —dije mientras me acercaba a ella.

—Bueno, es mi mejor truco. —Sonrió, y yo la ayudé a levantarse del suelo.

—Es mucho más que un truco, Ma. —Me quedé mirándola antes de darme la vuelta, mientras la culpa volvía a aparecer. Comencé a llenar el caldero de agua.

El foco de Ma se manifestó cuando ella era más joven, al igual que en la mayoría de los aossí.

Le había prendido fuego a un almiar jugando de niña, lo que provocó que todo un matadero ardiera hasta los cimientos.

A pesar de que fue un accidente, a Ma le encantaba atribuírselo a su sentido innato de justicia, pues recordaba que incluso a esa edad tan temprana ya tenía un brillo de orgullo en los ojos.

La mayoría de los focos eran ordinarios.

Un agricultor podía tener algún truco para identificar buenos depósitos de tierra.

Un cazador podía tener un sexto sentido en lo que se refiere a rastrear.

Y Ma podía prender pequeñas llamas. No obstante, había todo un linaje en la Guardia que podía hacer que el mundo se sumiera en la destrucción.

Algunos de nosotros no teníamos ni idea de cuál era nuestro supuesto foco.

Pero, en el fondo, sabía la verdad: lo mío no era en absoluto un foco.

Era una maldición.

Ma se dirigió al taburete que había al lado de mi escritorio y se sentó, observándome con reticencia. Su sonrisa burlona se convirtió en una fina línea.

—Fia, ¿vamos a hablar de esto algún día? —preguntó, interrumpiendo mis pensamientos.

Yo suspiré y metí los manojos de corteza en mi bolsita para las infusiones antes de echarla al caldero para dejarla en remojo.

—¿Qué es lo que quieres saber exactamente? —Me deslicé en mi silla e inhalé hondo.

—Fia…, nunca faltas al trabajo. Pareces un fantasma esta mañana…

La voz de Ma se fue apagando, y apartó la vista de mí por primera vez aquel día.

Sentí que me quitaban un peso de encima cuando ella desvió los ojos, pero también noté cómo algo pesado se removía en mi interior. Pánico. De pronto, sentí la ausencia de su mirada como un vacío, como un incendio forestal que al fin se consumía y revelaba la tierra yerma que había dejado atrás.

—Bueno, Ma, eso no es tan raro. Siempre parezco un fantasma —bromeé en voz baja, vacilante. Seguía sin mirarme, impasible a mis intentos de evitar el tema.

Me quedé sentada en silencio durante largo rato, barajando mis opciones.

Justo por esto estaba tan preocupada. Me conocía demasiado bien.

Quería respuestas…, y se las merecía, pero ¿qué le podía contar?

«O asesiné a dos personas anoche, o lo he alucinado.

De cualquier manera, estoy perfectamente y no hay nada de lo que te debas preocupar». Dudaba que ella me creyera.

—Estaba preocupada por si pasó algo en la fiesta… —dijo, bajando cada vez más la voz y dejando las palabras en el aire denso.

—Ma… Yo… —susurré justo cuando las campanas repiquetearon en la parte delantera de la tienda. Ambas giramos las cabezas en dirección al sonido.

Ma me volvió a mirar y se detuvo durante unos instantes antes de dedicarme un asentimiento empático y dirigirse a la parte delantera de la tienda.

Me sumí en el silencio. Inhalé hondo, solo medio consciente del mundo fuera de mi mente. ¿Había sido aquello una señal para que me guardara para mí lo que había ocurrido?

Tal vez el cliente solo necesitara un arreglo rápido. No estaba segura de cuánto tiempo podría soportar el peso de la anticipación. Algunos retazos de la conversación resonaron en la sala.

Poco después, los pasos de Ma se acercaron. Alcé la vista mientras ella giraba la esquina, pero entonces mis ojos se dirigieron hacia su izquierda y contuve la respiración.

El general Ashford me miraba fijamente.