Capítulo 4
E l río estaba manso y tranquilo y el sol salía por el horizonte. Miré hacia abajo, al caudal espumeante y luminoso, mientras la corriente lo arrastraba hacia el sur.
Era muy temprano. Las nubes flotaban en el cielo y filtraban el alba con rayos de tonos pastel. Soplaba una ligera brisa fresca que hacía que me diera un escalofrío, como siempre me ocurría los últimos días de primavera.
A solo unos pocos pasos, oí el ruido sordo de unas botas que subían las escaleras, como los redobles de un tambor de guerra.
Una figura apareció al filo de la plataforma llevando una armadura con el emblema de la Guardia de Sídhe.
Me dio un vuelco el estómago. Su cabello dorado y sus ojos azul hielo parecían modestos.
No obstante, su sonrisa retorcida me dejó en la boca un sabor a podredumbre.
Esta siempre comenzaba con mucha tranquilidad. Era difícil imaginar que aquel día pudiera tornarse en lo que se convirtió.
Me apoyé en la barandilla de la presa; desvié la vista hacia abajo cuando un grupo de siete personas emergió de la linde del bosque cercana.
Se entremezclaban con la hierba alta mientras rompían el silencio con risas a la vez que montaban el campamento a un tiro de piedra de la orilla del río.
Contemplé con horror cómo cinco de ellos se quitaban la ropa y se zambullían en el río uno a uno.
Quería gritar, pero tenía la voz atrapada y el cuerpo paralizado. Quería decirles que se marcharan, que corrieran de vuelta a la ciudad tan rápido como pudieran. Sin embargo, fui insoportablemente inútil.
Nunca lo verían venir. Para cuando se abrieran las compuertas y la corriente fluyera, sería demasiado tarde. Jamás conseguirían volver a la orilla.
Lo único que pude hacer fue contemplar cómo mis mejores amigos se enfrentaban a la ira de la presa del río Sprithe y las manos odiosas de aquellos que controlaban las palancas.
Esta era una de las pesadillas que más odiaba.
Nadaron hasta el centro; eran tan poco conscientes de las consecuencias que resultaba doloroso. Detuve los ojos en el leve resplandor en la mano izquierda de Mairyen, esa que reflejaba la luz. Esa que cargó con su maldición de Riftborne.
El sonido distante de unos golpes en la puerta interrumpió mis pensamientos y reverberó en el sueño como una manifestación del propio destino. Solo lo sofocó el repentino chirrido del metal.
El suelo a mis pies retumbó. Traté de apartar la mirada; no podía presenciarlo. No otra vez. Pero mi cuerpo me traicionó.
Bajé la vista para ver el agua correr a través de las compuertas y caer al río de abajo. Golpeó la superficie como un ajuste de cuentas.
Mi cuerpo se sacudió y volvió a la realidad de nuestro salón. Se me abrieron los ojos de golpe. Osta estaba tendida en el suelo junto a mí, roncando levemente. Miré a mi alrededor mientras parpadeaba para ahuyentar el sueño de los ojos.
Toc, toc, toc.
El sonido hizo que dirigiera la vista al instante hacia la puerta.
Alguien estaba llamando. Bueno, aporreando más bien.
El pánico se apoderó de mi cuerpo mientras mi mente rememoraba los eventos de la noche anterior.
Osta se revolvió, desplazándose por el suelo mientras otros golpes en la puerta reverberaban a través del apartamento.
Me pasé los dedos temblorosos por el pelo, lo que hizo que se me quedara flotando alrededor de la cabeza como una aureola demente. Cada una de mis venas palpitaba de preocupación mientras me sentaba para contemplar en silencio. Había llegado el momento de mi ajuste de cuentas.
Osta se incorporó despacio, aún con los ojos cerrados mientras bostezaba y estiraba los brazos.
—¿Hay alguien en la puerta? —murmuró. Nunca teníamos visitas.
El sonido volvió a retumbar por la habitación, pero esta vez lo siguió una pregunta.
—¡Fia! ¿Estás ahí? —gritó una voz familiar; las palabras rebosaban preocupación.
El corazón me dio un salto mortal en el pecho.
«Solo es Ma».
—Fia, te lo juro por Eibhlín, si no abres la puerta, no tendré más opción que usar esta arma apagafuegos que tengo en la mano.
Eso hizo que me pusiera de pie. Pasé por encima de una Osta adormilada, me dirigí a la puerta y la abrí despacio para encontrarme con la mirada furiosa de Maladea Thiston.
¿Podría haber sido de verdad lo de la noche anterior un mal sueño?
—Fia, ¿tienes idea de lo preocupada que estaba?
—me regañó. Abrió la puerta de par en par, me apartó para pasar y entró en nuestro apartamento pisando fuerte.
Las puntas plateadas de su cabello castaño parecían predominar más aquel día.
Le brillaba la frente arrugada de sudor y tenía las manos teñidas de hibisco cerradas en puños.
—¿Preocupada? —conseguí graznar.
Ma se dirigió a un sillón reclinable que había en una esquina y se sentó mientras me observaba con desaprobación. Osta la siguió con una mirada confusa.
—Fia. Primero, te fuiste de la botica sin decir nada.
Segundo, no has venido a trabajar esta mañana.
Tercero, Eron me ha contado que terminaste haciendo la última entrega a la arboleda anoche.
¿Te puedes siquiera imaginar lo que se me ha pasado por la cabeza?
—Vi un breve destello de miedo en sus ojos antes de que se aclarase la garganta y se recompusiera mientras sacudía la cabeza.
—Ma…, lo siento mucho. No dormí bien anoche. Debo de haberme quedado frita. —Se me debilitó la voz.
Ma se echó hacia delante.
—¿Has tenido más pesadillas?
—Eh…, sí. Aunque no es ninguna novedad. A estas alturas, ya me las espero —murmuré, cambiando el peso de un pie a otro. La miré con nerviosismo—. Pero ¿va todo bien en la tienda?
—Todavía parece que ha pasado un tornado, pero, aparte de eso, sí. ¿Por qué? ¿No debería estarlo? —Alzó una ceja en mi dirección.
Intenté deshacerme de los últimos restos de sueño. Los resplandecientes rayos de sol que se colaban por la ventana me decían que era primera hora de la tarde. Nunca había faltado al trabajo. No me extrañaba que estuviera tan preocupada.
Ma no era una riftborne. Ella había nacido y se había criado en Sídhe, aunque provenía de una familia humilde. No hablaba mucho de ellos. Asumí que se habían peleado. Ahora, en esencia, éramos la familia escogida la una de la otra.
Al principio, dudaba de ella, como de la mayoría de los extraños, pero tenía que buscar trabajo, y eso resulta muy complicado cuando eres hija de la rebelión.
No obstante, en cuanto entré en la botica por primera vez, Ma me trató con calidez y amabilidad. Ella veía más allá de la marca de mi mano, más allá de la etiqueta que me había definido durante tanto tiempo. Para ella, yo solo era Fia.
Tragué con fuerza, intentando deshacer el nudo que se me había formado en la garganta. El mero pensamiento de decepcionarla era asfixiante. Si descubría lo que había hecho…
Puse una mueca de dolor.
Traté de actuar con despreocupación y me encogí de hombros.
—No, claro que no. Solo me estaba asegurando de que… Si me das cinco minutos, me puedo arreglar para volver a la tienda contigo.
Ma me examinó, pero no dijo nada; al final, desvió la vista y me hizo un gesto con la mano para indicar que le daba lo mismo.
—¿Y qué le pasa a esta? ¿Demasiado vino de las Tierras Altas? —se burló de Osta mientras yo llegaba al vestíbulo. Un gemido somnoliento retumbó por el espacio seguido de unos cuantos rugidos de risa.
Me vestí a toda velocidad, todavía con preguntas rondándome la cabeza.
Sin duda, si las muchachas hubieran sido asesinadas…
, estaría sentada en una celda de una prisión de Sídhe a estas alturas.
Y, aun así, el recuerdo de mi poder estallando fue muy vívido…
, muy real. Me encogí de hombros e intenté apartar el pensamiento.
Tal vez Osta tuviera razón. Quizá fuera alguna especie de alucinación provocada por el estrés y la falta de sueño.
Miré mis pantalones de anoche y agarré el cinturón de boticaria. Los lirios del valle, me había olvidado de ellos por completo.
Desabroché la bolsa y encontré las flores aplastadas e inservibles.
Mientras salía a las calles del distrito central de Luminaria, el clamor de la ciudad me golpeó con la dureza de una pared.
La botica estaba a solo quince minutos andando, pero yo aceleré el ritmo. Cada segundo ahí fuera me hacía sentir expuesta y observada, sobre todo aquel día.
Los canales conectaban las zonas más alejadas de la ciudad y permitían viajar rápido e intercambiar bienes.
Barcos de todas formas y tamaños navegaban por los transitados ríos.
Unos cuantos pescadores se reunían a lo largo de las orillas del agua, recogiendo despacio sus sedales y redes mientras charlaban entre ellos.
La naturaleza se expandía a lo largo del paisaje urbano: enredaderas abrazando torres de mármol, flores adornando las calles mientras los árboles y sus raíces libraban una guerra contra los caminos adoquinados.
Unas cuantas mujeres con vestidos florales recogían plantas del jardín comunitario que se encontraba a la derecha, sonriendo como si nada en el mundo les preocupara.
Al cabo de poco tiempo, llegamos a las puertas de la botica. La ansiedad me punzaba la piel mientras examinaba el perímetro. Nada parecía fuera de lugar. No había signos de la Guardia de Sídhe.
La puerta crujió al abrirse, y me inundó un olor familiar: una mezcla de hierbas curiosas, infusiones y un toque de nostalgia añadida, por si fuera poco.
Las incontables filas de estanterías, que gemían bajo el peso de los tarros de cristal, albergaban una mezcla de partículas vegetales de todo el reino que harían que incluso el botánico más respetado se retorciera de envidia.
Los cristales, algunos relucientes con hilos encantados, reposaban en cada rincón.
Los barriles en las esquinas, marcados con runas —algunas tan antiguas que incluso a Ma le costaba entenderlas—, contenían ingredientes demasiado raros para usarlos a diario.
Gran parte de su colección era heredada; se la había dejado el dueño anterior.