Capítulo 3
T ras lo que parecieron siglos de inquietud, al final acepté que el sueño no me iba a invadir esa noche. Mis pensamientos bullían y alargaban cada hora hasta convertirla en una eternidad.
Observé la pintura descascarillada del techo, muy consciente de que la luz de la mañana ya se estaba asomando por la ventana como las velas de un funeral en un templo oscuro.
Por algún asqueroso capricho del destino, la única pesadilla que había sufrido era la de mi propia consciencia inquebrantable.
Mi mente no tenía necesidad de crear sus propios paisajes oníricos horripilantes cuando podía atormentarme con recuerdos que yo misma había creado, esos que habían salido de mis propias manos.
Mientras me quedaba tumbada allí, envuelta en el abrazo sofocante de mis pensamientos, el sonido de una puerta al crujir inundó la habitación.
Me levanté de un salto de la cama y fui corriendo hacia el salón, donde encontré a Osta quitándose los zapatos cerca de la puerta principal. El alivio me invadió nada más verla. Ella alzó la vista y se encontró con mi mirada.
Un enfado silencioso refulgía en sus ojos.
—Fia —me llamó, frunciendo el ceño—, ¿qué ha pasado?
Me trabé al contestar.
—Osta, pe-perdí el control… Ha vuelto a ocurrir… Pero ha sido muchísimo peor esta vez. Las chicas…
Ella me interrumpió.
—Sé que no querías estar allí, Fia, pero me dejaste tirada. Ni siquiera te despediste. —Suspiró y dejó caer la cabeza entre las manos.
Yo me quedé en silencio, confusa. Abrí la boca y luego la cerré al tiempo que buscaba las palabras correctas que decir.
—En algún momento, Fia, tendrás que crecer y…
—Osta…, Bekha y Jordaan. Cerca del bosque…
Yo… las maté. Fui yo. Hablaron del accidente…
El río. La presa… y yo… Yo perdí el control.
Se me fue la cabeza por completo, Osta. Sucedió muy rápido…
Soy estúpida. —Me derrumbé en el suelo mientras las palabras salían a borbotones.
¿Cómo podía explicar algo que ni siquiera yo comprendía?
—Fia, relájate —me interrumpió mientras en su rostro se reflejaba la frustración—. No ha muerto nadie. ¿De qué estás hablando?
¿Cómo no se había enterado?
—Osta. Me vio. El general. Él lo vio todo, joder —insistí con la voz temblorosa—. Vio cómo yo las atacaba.
—Fia, si un general de Sídhe te hubiera visto cometer un asesinato, dudo mucho que ahora mismo fueras una mujer libre.
Sopesé sus palabras. Tenía razón. Nada de esto tenía sentido.
Osta dio un pasito hacia mí y alzó las manos, como si quisiera calmar a una bestia salvaje.
—Fia, vi a Bekha y Jordaan anoche. Observé cómo se marchaban con soldados de Emeraal, y estaban vivitas y coleando. —Se arrodilló a mi lado sobre las tablas de madera inestables del suelo para agarrarme la mano.
—Eso no es posible. Te lo juro por Fírinne, las vi morir. Presencié cómo la sangre les salía de la nariz después de que yo… Literalmente, los ojos les refulgieron de blanco. El general lo vio. Creí que iba a matarme justo en ese instante. No lo comprendo… No entiendo nada.
—¿Crees… que igual pudo buscar un sanador? Estoy convencida de que había muchos presentes…
—Osta, él no necesitaría un sanador, sino más bien un puto resucitador —espeté, interrumpiéndola.
Ella respondió en un tono bajo:
—Sea como sea… Tal vez eso fue lo que pasó… A ver… Es el general, así que supongo que tendrá acceso… —Sus palabras se fueron apagando, y apartó la vista. Ambas sabíamos lo ridículo que sonaba. ¿Por qué me habría dejado marcharme él si estaba lo bastante sobrio para ir en busca de ayuda?
—No estoy loca —susurré.
—No creo que lo estés, Fia. Solo sé que los sueños están empeorando.
Puedo imaginarme lo que ver a Bekha y Jordaan pueda haberte hecho sentir, sobre todo si no has estado descansando mucho.
Siempre te han tratado peor que a todos los demás.
Quizá no ocurrió tal y como lo presenciaste.
Igual… no fue real —sugirió Osta. Me miró con prudencia.
Abrí la boca para hablar, pero no me salió ninguna palabra. Todo me había parecido muy real; era imposible que mi mente hubiera generado esa secuencia de eventos tan horripilante…, ¿no?
Osta me contempló durante lo que me parecieron horas y, a continuación, se tumbó junto a mí y se frotó los ojos antes de inhalar hondo.
—Fia…, no es que no te crea… Te conozco lo bastante bien para distinguir cuándo me estás contando la verdad. Es solo que no sé qué pensar de esto. Las vi marcharse. Horas después de que desaparecieras.
Nos sentamos juntas en un silencio compartido hasta que noté la cabeza de Osta apoyada en mi hombro. Su respiración cada vez se hizo más profunda con los zumbidos del sueño.
Yo no tardé en sumergirme en la oscuridad.