Riftborne (Trilogía Esprithean 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

–B ekha. Jordaan —asentí, mirando hacia el cielo. «¿Podían los Esprithe matarme ya?».

—Fia…, qué agradable sorpresa. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Seis, siete años? Ese horroroso pelo blanco es difícil de olvidar. —Jordaan sonrió con suficiencia—. Y ya veo que todavía no has aprendido lo bien que te vendrían unas cuantas horas de sol —espetó antes de mirar a Bekha.

—Deberíamos ponernos al día en algún momento. Seguro que a nuestra madre le encantaría oír lo que has hecho todo este tiempo alejada de nosotras. —Bekha observó mi atuendo de arriba abajo una vez más—. ¿Ahora vives en la calle?

—¿Ya hemos acabado? —Puse los ojos en blanco y pasé por su lado.

Necesitaba salir de aquí antes de que hiciera algo malo.

—Siempre has sido muy borde. Qué desagradecida. Tuviste suerte de que nuestra madre tuviera un corazón tan grande y de que le dieras pena. Si fuera por mí, te habrías quemado con el resto del traidor de tu país —soltó Jordaan.

Me detuve, apretando los dientes.

«Sigue andando».

Me repetí mentalmente las palabras, desesperada por distraerme del aluvión de energía que me recorría la mente como un arma. El dolor se me extendió por la base del cráneo.

Respiré hondo y me adentré de vuelta en la noche con pasos temblorosos e inestables hacia las luces danzantes que ahora parecían, sin lugar a dudas, mucho más seguras que la falsa soledad del bosque.

Bekha se aclaró la garganta.

—Las presas son muy impredecibles… He oído lo que les pasó a tus amiguitos. Qué devastador. Igual si hubieran nadado más rápido…

Me detuve. Ahí estaba.

Las palabras se me clavaron como una daga y dieron justo en el blanco.

Me empezó a temblar la mandíbula y noté otra descarga de dolor incandescente en la cabeza que envió corrientes a lo largo de todo mi cuerpo.

«¡No! ¡No! ¡No! Aquí no puede suceder».

Intenté calmarme, pero el sonido de sus risas resonaba en mi mente. El eco de sus palabras…

Se me tensaron los músculos, y el mundo a mi alrededor se volvió borroso. Un grito amenazó con desgarrarme mientras luchaba por mantener el control, pero ya podía sentir cómo estaba perdiendo la batalla.

Estaba pasando. Y no podía pararlo.

Una vez que alcanzaba este estado, nunca era capaz de hacerlo.

La maldición implacable emergió a la superficie y me inundó las venas con una furia intensa e imparable. Me giré para mirar a las chicas mientras el suelo bajo mis pies temblaba y el aire chisporroteaba por la energía.

Sin pensar en ello, extendí las manos hacia delante y desaté un torrente abrasador de fuerza. La explosión rasgó el aire y encontró a las muchachas en un instante.

Se alejaron trastabillando y mirándose la una a la otra atemorizadas y confundidas. No podía hacer otra cosa que mirar cómo abrían la boca para gritar, pero no emitían ningún sonido. La comprensión las alcanzó en un horror silencioso mientras el vórtice de energía les robaba las voces.

El tiempo pareció ralentizarse al mismo tiempo que un resplandor inquietante empezaba a vibrar en sus ojos, cálido y cegador, como un cuerpo celestial en explosión.

Qué excitante era sentir cómo el poder rompía los confines de mi piel.

El deshacerme de él, aunque fuera por un momento fugaz.

Me odié por el placer que me embargaba. Mis ojos estaban fijos en las chicas, y yo era incapaz de apartar la vista de la escena espantosa que se estaba desarrollando ante mí.

Unas volutas de energía espectral se les enroscaron alrededor de los mechones de pelo y de los vestidos. Una brea carmesí comenzó a salirles de la nariz mientras una garra invisible les estrangulaba la mente.

Se cayeron al suelo. La energía continuó tejiendo patrones alrededor de sus formas inconscientes antes de liberarse poco a poco en el éter.

Los últimos latidos de energía resonaron a mi alrededor como el calor que emana de una piedra caliente. Me quedé paralizada.

Despacio, sentí cómo el peso de mis acciones se derrumbó sobre mí. Se rompió el trance.

«¿Están muertas?».

Me acerqué trastabillando a los cuerpos sin vida, y mis rodillas golpearon el suelo y la hierba húmeda amortiguó mi caída. «Por favor, por favor, no estéis muertas».

Me sobrevino una oleada de náuseas que amenazó con hacerme expulsar toda la cena.

Hundí los dedos en la tierra. ¿Cómo me había permitido perder el control de esa forma? Debí haber seguido andando. Joder, debí haber seguido andando.

Las lágrimas me recorrieron la cara y desdibujaron el mundo a mi alrededor mientras se apoderaba de mí el arrepentimiento. Un pensamiento lo invadió todo.

«Corre».

Las piernas me dolían mientras buscaba el equilibrio y me puse de pie, temblando. Di un paso trémulo hacia la linde del bosque justo cuando crujió una rama a mis espaldas.

Me di la vuelta y encontré un par de ojos esmeralda con una belleza impresionante, casi palpitantes, entre la oscuridad. El viento arreció y su cabello cobrizo voló. La luna lo iluminaba por la espalda y le otorgaba una cualidad etérea a su rostro arrollador, ese que ahora estaba centrado en mí.

El corazón se me iba a salir de la garganta.

El general Laryk Ashford.

Estaba ahí plantado, jugueteando con una daga entre los dedos mientras se le dibujaba una sonrisa en la comisura de los labios. Seguro que lo había visto todo.

«Esprithe, salvadme».

El pánico se apoderó de mi cuerpo mientras yo trataba de lidiar con las consecuencias que me estarían esperando una vez que él me escoltara de vuelta a la fiesta e informara a la gente de lo que había hecho. Ellos me matarían sin dudarlo. El punto culminante de la noche, la muerte de una riftborne.

Me estaba taladrando con los ojos, pero tenía una expresión extraña…

«¿Eso es diversión?».

Ladeó la cabeza hacia un lado y dirigió la vista hacia mi mano izquierda, desnuda y visible bajo la luz de la luna.

Pasó una eternidad.

«¿Va a matarme aquí y ahora?».

Era un general de Sídhe. Podía hacer justicia como él quisiera. Mis amigos habían sido asesinados por tomar un simple baño.

Yo había atacado a dos hijas de la nobleza.

Y sus cuerpos yacían sin vida a mis espaldas. La sangre les teñía las mejillas perfectamente maquilladas y creaba un charco denso en sus melenas enmarañadas.

Compuse una mueca.

Volvió a meter su daga en la vaina y me dirigió una última mirada de curiosidad antes de girarse sobre sus talones y andar de vuelta a la celebración animada que se localizaba colina arriba.

Me quedé impactada.

«¿Qué acaba de pasar?».

Seguía sin poder respirar.

Lo observé durante un instante antes de que mi mente dejara de dar vueltas, lo suficiente para que el instinto de supervivencia se apoderara de mí.

Mis pies comenzaron a moverse otra vez, y desaparecí entre las sombras del bosque, invadida por un sentimiento de desasosiego por que mi encuentro con el general fuera solo el principio de un ajuste de cuentas inevitable.