Capítulo 1 #2
Osta daba saltitos a mi lado, aplaudiendo y poniéndose de puntillas para poder ver mejor al rey y a la reina.
Vestidos con telas a juego de un esmeralda brillante, se movieron con una gracia imponente.
Cuando al fin llegaron a los tronos encima de la tarima, se volvieron y saludaron al mismo tiempo, de la mano, antes de tomar asiento.
Los asistentes trastabillaban mientras me empujaban al abrirse paso, y me fijé en la avalancha de cuerpos. Una figura emergió de la plataforma más al sur.
El general Laryk Ashford.
Tanto los hombres como las mujeres se abalanzaron prácticamente sobre él, alabándolo y desmayándose de placer ante su presencia.
A pesar del cansancio, conseguí verlo bien.
No tenía nada personal en contra del general, solo odiaba a la Guardia tanto como ellos me odiaban a mí.
Un movimiento erróneo por mi parte y desaparecería.
O moriría en algún enfrentamiento extraño que, sin duda, se consideraría un trágico accidente.
En Sídhe no se toleraba la presencia de los Riftborne, solo nos soportaban.
Para ellos, éramos como una enfermedad, aunque su desdén siempre estaba oculto bajo su fachada de amabilidad.
Apreté los dientes y me volví a centrar en la celebración.
Mientras el general se subía a la tarima y se giraba, una corriente eléctrica atravesó la arboleda. Todos los ojos estaban puestos en él.
El pelo cobrizo le caía en ondas sobre los hombros e, incluso desde mi lugar con vistas privilegiadas, los rasgos afilados de su rostro eran prominentes: bajaban hasta la cicatriz que le cruzaba la mejilla y el ojo derechos.
Era más alto que la mayoría de los aossí, y su cuerpo esbelto y poderoso destacaba incluso bajo las capas del uniforme de la Guardia.
—Guau. —Los labios pintados de rosa de Osta se abrieron por el asombro.
No sé cómo esperaba que fuera el aspecto de nuestro general más célebre, pero desde luego que así no.
Por mucho que quisiera fingir indiferencia, no se podía negar lo impresionante que era el hombre. Si te gustaban los cretinos pomposos con complejo de inferioridad, claro.
El general sonrió a sus fervientes fans, y habría jurado que oí un suspiro real entre la multitud. Me pregunté si alguien tendría la suficiente suerte de ganarse su atención. Quizá unos cuantos aossí tuvieran el placer de disfrutar de su compañía esta noche.
La fiesta ya bullía de tensión sexual; se notaba densa y opresiva en el aire.
El general se giró hacia los cientos de personas y esbozó una sonrisa tan encantadora que resultaba ofensiva en su rostro.
Paseó la mirada por el espacio hasta que sus ojos se encontraron con los míos y se detuvo.
El aire pareció silenciarse a mi alrededor y contuve el aliento hasta que desvió la vista.
—¿Intentamos acercarnos más? —susurró Osta, como si alguien pudiera oírnos—. ¡Quiero que la reina tenga la oportunidad de ver mi diseño!
Notamos las señales del foco de Osta bastante pronto. Ella tenía doce años, y yo, catorce, y ya llevábamos en la Casa de la Unión once años.
Aunque Osta tendía a ser ajena a las personas, en cuanto a lo que a objetos inanimados se refería, no había nada que se le escapara.
Siempre había sido la niña más curiosa del mundo; investigaba todo, planteaba preguntas que a otros niños jamás se les ocurrirían.
Era parte de lo que la hacía tener tanto talento en el diseño.
Podía mirar algo y detallar al instante lo que sacaría a relucir sus mejores atributos.
—No creo que sea buena idea. Con el modelito que llevo ahora mismo… Puede que se lo tomen como un insulto si me acerco al trono. —Me tiré de la manga para asegurarme de que la marca todavía seguía oculta.
—Bueno…, deja que me dé una vuelta y prométeme que nos tomaremos una copa al menos antes de que te vuelvas al apartamento.
Por mi mejor amiga, era capaz de sobrevivir a esta tortura un poco más.
—Vale, lo prometo. Daré un paseo… y me mimetizaré todo lo posible —murmuré al tiempo que ya me arrepentía de haber dicho que sí—. Búscame cuando termines. Pero, por favor, no tardes mucho. —Se me notó el cansancio en la voz. Le hice un gesto para que se marchara, aunque ella se detuvo y me examinó.
—Fia…, ¿estás bien? Pareces tener los ojos más oscuros de lo habitual. ¿Estás durmiendo? —susurró mientras se acercaba más—. ¿Has tenido más terrores nocturnos?
—Estoy bien, Osta. Ha sido un día largo.
Venga, ve a presumir de tu vestido. —Me llevé las manos temblorosas a la espalda para ocultarlas.
Estaba más cansada de lo normal, y contener mi poder cuando estaba falta de sueño siempre era más complicado.
En cuanto perdí de vista a Osta, me dirigí a las afueras de la fiesta una vez más.
Unas cuantas miradas persistentes me siguieron, y un escalofrío me recorrió la espalda.
No era fácil evitar la curiosidad distraída de los extraños cuando tenías un aspecto como el mío. La gente siempre había podido sentir mi otredad. Había aossí con atributos únicos, sí. Resultaba que yo reunía una combinación perturbadora de ellos.
Mi única cualidad salvable podrían haber sido los ojos opalescentes, de no haber estado cubiertos por unas sombras perpetuas.
La oscuridad se dispersaba y libraba una guerra contra mi piel pálida.
Era muy consciente de que siempre parecía una ferviente insomne.
No obstante, daba igual lo que descansara, no tendría ningún efecto en mi aspecto de fatiga.
Una leve brisa sopló por la arboleda y me besó la piel con una frialdad refrescante que interrumpió mis pensamientos.
Cuanto más me alejaba del tumulto, más se despertaban mis sentidos. Me detuve en una zona con árboles en la parte superior de la colina. Otorgaba una posición ventajosa decente y permitía una vista de las luces y los cuerpos danzantes de abajo.
El general pasaba de una pareja a otra sin esfuerzo. Durante otro breve segundo, sus ojos se encontraron con los míos, y contuve el aliento. Era como si me estuviera tratando de localizar.
«¿Lo estaría haciendo?».
Tenía esa misma intensidad en la mirada que yo no podía clasificar, algo oscuro y… embriagador. Continuó quemándome con los ojos, y comencé a sentir ligereza en el cuerpo. Aparté la mirada y me alejé dando unos cuantos traspiés, y la fiesta desapareció de mi vista.
El sentimiento de malestar me caló hasta los huesos. No me gustaba que me observaran.
La brisa se intensificó, y una dulce fragancia me inundó la nariz: lirios del valle. Llevaba sin encontrar un ramo de flores silvestres años, y los comerciantes rara vez los tenían en sus inventarios.
«Tal vez un poco de recolección me tranquilice».
Seguí el olor hasta la linde del bosque, en busca de las flores con campanas blancas bajo la tenue luz de la luna. Quizá fuera un rayo de esperanza en una noche que, de otro modo, habría resultado ser engorrosa.
Una sutil nota musical me hizo girarme hacia la izquierda y avanzar varios pasos antes de encontrar un área de flores en el suelo del bosque.
Me quité los guantes, me arrodillé para recoger unos manojos y atarlos juntos con un trozo de cordel antes de meterlos en la bolsa plegada de mi cinturón de boticaria.
Palpé los compartimentos para asegurarme de que todas mis herramientas estaban en su sitio.
Noté los cuadernos diminutos, las plumas, los frascos y los viales; todo se encontraba donde debía estar.
Cuando me levanté, oí las últimas notas de una canción que finalizaba. Sin duda, Osta me empezaría a buscar pronto.
Puse rumbo de vuelta a la fiesta, esquivando las ramas caídas, y solté un quejido. No me había dado cuenta de lo mucho que me había adentrado en el bosque.
Antes de llegar a la linde, oí sonidos de risas y de crujidos de ramitas en mi dirección. «Por todos los Esprithe».
Reconocí las voces estridentes de inmediato: Bekha y Jordaan.
Llevaba años sin verlas, pero reconocería esas voces en cualquier lugar. Se me vinieron los recuerdos a la mente mientras se acercaban.
Su madre, lady Nessa Fairbanks, regentaba la Casa de la Unión de Luminaria, la casa de acogida en la que Osta y yo crecimos junto con otros niños riftborne.
Su marido había fallecido en el frente de la revuelta, y ella jamás nos dejó olvidarlo.
Además, cada pizca de crueldad que residía dentro de esa mujer la habían heredado sus hijas.
Aquello parecía pertenecer a otra vida distinta ahora, el haber crecido en aquel lugar.
Aparté los recuerdos y me clavé las uñas en las palmas de las manos. El calor ya se me estaba extendiendo a lo largo del cuerpo, hirviendo bajo la piel. Aguardando.
Las chicas se acercaron. Yo agaché la cabeza con la esperanza de que pasaran de largo sin verme.
Pero la suerte nunca estuvo de mi lado.