Riftborne (Trilogía Esprithean 1)
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Capítulo 1
D udé en el precipicio de la seguridad, con la piel ardiéndome por la urgencia de volver sobre mis pasos hasta Luminaria.
Mis instintos me decían que corriera, que me escondiera, esos instintos que me había pasado toda la vida cultivando.
El aire húmedo nocturno se adhería a mí como una segunda piel, pesado con un olor a tierra y a algo con un toque floral.
Había un sendero iluminado con velas que conducía a la arboleda, un valle situado entre dos colinas onduladas y el abrazo nudoso del bosque.
El humo sobresalía de las copas de los árboles y el fuego dorado, de los pozos que se encontraban en toda la extensión de abajo.
Una mezcla de nervios y curiosidad me corría por las venas mientras observaba con detenimiento sus relucientes profundidades.
Casi pude saborear la mezcla intensa de licor, sudor y hormonas que flotaba en el aire, acompañada de las peculiares subidas y bajadas de la música de Sídhe. Las melodías evocadoras danzaban por mi columna vertebral, tentándome a perderme en la música.
«Por el amor de los Esprithe, Fia. Está encantada».
Cambié el peso de un pie a otro, reajustando mi agarre en la caja de madera rugosa. Me aferraba a cualquier ápice de lucidez que aún tenía pendiendo de un hilo tras haber pasado un día entero elaborando tónicos para la nobleza de Sídhe y sus fiestas absurdas.
Si no hubieran hecho los pedidos tan tarde, nada de esto estaría pasando. No me encontraría aquí. No obstante, a las élites de Sídhe les importaba poco el día a día de la gente común. Estaban demasiado absortas.
Dirigí mi atención al cielo mientras un tejedor de la luz arrojaba rayos brillantes a las nubes y atravesaba la niebla como un río en los cielos.
En el mundo de abajo, un caleidoscopio de vestidos de satén se arremolinaba mientras los aossí bailaban al unísono.
La belleza podía ser un engaño, y a menudo lo era. Después de todo, las víboras distraían con sus escamas relucientes antes de matar. Los nobles eran bastante parecidos y el doble de letales, pues eran hipnotizantes.
Solo nos separaba la pendiente de una colina. Otro minuto andando y me encontraría entre ellos.
Por desgracia, los caprichos de esta gente y sus veladas extravagantes me proporcionarían mucho más dinero que cualquier día normal en la botica, así que no podía renunciar a hacer negocios con ellos.
Además, ¿cómo podía la élite alcanzar esos niveles deseados de desenfreno sin unos cuantos regalos para los asistentes que causaran euforia?
La ridícula valentía que había reunido de algún modo en la botica se había desvanecido por completo.
Se suponía que esta entrega le correspondía a Eron, no a mí.
Al fin y al cabo, él había sido quien llevaba haciéndolas todo el día.
Yo solo me había ofrecido porque su mujer se había puesto de parto.
Qué jugada más estúpida. Ya lo sabía, pero ahora, aquí de pie, sentía que se trataba de un horror fatal.
Yo era una riftborne, una de las muchas personas que habían emigrado a Sídhe a las que habían marcado con un símbolo de unidad tras la rebelión de Riftdremar.
«Porque nada grita más “unión” que una marca para identificarte entre las masas».
Le eché un vistazo a mi mano izquierda, donde dos serpientes idénticas de Sídhe se enroscaban alrededor de las astas de Riftdremar.
«Por lo menos, llevo guantes».
Tenía tres años cuando los barcos nos trajeron aquí.
Era demasiado pequeña para recordar las caras, las voces o incluso los nombres de las personas que me dieron la vida.
La mayoría de los niños riftborne llegaron sin nada, pero, de alguna forma, yo sostuve un pequeño brazalete de oro durante todo el viaje; la única prueba de que pertenecí a alguien alguna vez.
Ese alguien me había querido lo suficiente como para deslizarlo por mi diminuta muñeca antes de que todo se redujera a cenizas.
Aunque pocos recordamos la rebelión que finalizó hace veinte años, todo el mundo en Sídhe conocía a alguien que había fallecido en la guerra. Y muchos de ellos querían que pagáramos ese precio con nuestras vidas.
La ira comenzó a brotar en mi interior, pero una gran fuerza emergió en mi cabeza y apartó esos pensamientos. Cerré los ojos de golpe.
La maldición que vivía dentro de mí no solía ser más que una ligera presencia que permanecía en las profundidades de mi mente. Ahora amenazaba con explotar en cualquier momento, aguardando justo bajo la superficie, desesperada por tener una oportunidad de desatarse.
«Y una vez que lo haga…».
No permití que el pensamiento terminara mientras me estabilizaba y enterraba los talones en la tierra húmeda.
A pesar de las palpitaciones violentas de mi corazón, di otro paso tembloroso hacia el aire denso y cargado con una mezcla de perfume y humo de madera.
Al aferrarme a la caja e intentar hacerme lo más pequeña posible, me fundí con las sombras de la linde del bosque y seguí mi camino por el sendero de tierra.
Esperaba que los asistentes hubieran tomado los elixires con el tiempo suficiente para que los efectos deseados hubieran tenido lugar. Sería mucho más fácil navegar por un espacio lleno de mentes drogadas, donde los pensamientos nadaban y los pasos flaqueaban.
Estiré el cuello por encima de la masa de cuerpos en movimiento y examiné el área, buscando el puesto de Ma.
«Ah, ahí está».
Manteniendo la cabeza gacha, pude cruzar hasta el otro extremo de la arboleda, donde las pociones de Ma se exponían en una mesa bordeada por velas titilantes y flores de todo el reino.
Me invadió un sentimiento de irritación.
La afinidad de Ma por curar era revolucionaria, pero este iba a ser su legado: proporcionarles cócteles que aumentaban la libido a la Guardia de Sídhe y sus fanáticos irreverentes.
Mis hombros estaban deseando soltar la caja. Casi me salió disparada de las manos cuando la puse en el filo de la mesa y los viales chocaron los unos con los otros por la sacudida.
Busqué a la persona que pudiera estar a cargo de ese puesto, aunque no se veía a nadie. Empecé a sacar los viales de la caja mientras me movía de un lado a otro y los ponía en la mesa.
Nunca había estado cerca de una de estas fiestas antes, pero sabía qué esperar.
A Ma le encantaba cotillear sobre ellas durante nuestras horas más aburridas en la botica.
Esa noche, todas las clases se volverían locas mientras sus ídolos militares desfilaban entre la multitud.
Se darían el gusto de tomar las mejores delicias culinarias, perderse en cervezas aromáticas, tónicos con alcohol y el tan difícil de conseguir vino de Bloodthorne para al final volver a casa tambaleándose y abandonar el caos en su despertar ebrio.
Solo sería otro desastre que alguien más limpiaría.
No obstante, esta noche era diferente. Esta noche, el general Ashford estaría presente.
El rey y la reina asistían con regularidad a la capital para desfiles, festivales y procedimientos oficiales y proclamaban a viva voz sus alabanzas sobre un tal Laryk Ashford.
Sin embargo, el hombre era un enigma. En ocasiones, se oían los susurros del general colándose de manera silenciosa en el cuartel de la Guardia de Sídhe tras una noche en una de las superexclusivas estancias que Luminaria ofrecía, pero solo unos pocos lo habían visto alguna vez con sus propios ojos.
Supongo que el misterio atraía a la gente como una polilla a las llamas.
Tal vez, si era lo bastante rápida, podría escapar antes de que apareciera.
No obstante, la suerte no estuvo de mi lado.
Nunca lo estuvo.
Cuando solo había colocado tres puñeteros frascos, un chillido familiar hizo eco en el aire a mis espaldas. Inspiré hondo con calma antes de girarme y encontrarme con los brillantes ojos aguamarina de Osta, que parecía lo bastante emocionada como para explotar.
Mi mejor amiga, además de riftborne, Osta atravesó la división con mucha más facilidad que yo.
Ella era capaz de andar por una calle con las mangas subidas con naturalidad, con la marca a la vista para que todo el mundo pudiera verla, pero de alguna forma se mimetizaba también.
Parecía y se sentía perfectamente en casa dondequiera que fuera.
Una seda azul oscuro le caía en cascada con pliegues brillantes por el cuerpo, como los pétalos de una flor.
El cabello bronce le bajaba en unos tirabuzones perfectos por la espalda. La piel le relucía con un brillo dorado.
Si Osta era la vida en persona, yo era la encarnación viviente de la muerte.
Bajé la vista hacia mi blusa manchada con plantas y mis pantalones arrugados y sentí cómo me recorría una oleada de calor.
—¡Fiiiiiiaaa! —chilló Osta mientras me estrechaba entre sus brazos; se percibía el dulce aroma del vino en ella—.
¡No me puedo creer que estés aquí de verdad!
Aunque jamás he pensado que aparecerías…
—Dio un paso hacia atrás para ver mi estado desaliñado—.
¿Quieres que vayamos al taller en un salto?
¡No está lejos, y tengo muchas prendas que te quedarían divinas!
Me pasé los dedos por el pelo e intenté echármelo hacia atrás.
—Gracias por señalar de manera tan sutil lo mal que estoy…, pero no tengo intención de quedarme. Eron me necesitaba para traer esta caja y luego me largo…
—Pero, ya que estás aquí, ¡quédate! ¡Solo una hora! —Me agarró de las manos manchadas y me miró con ojos suplicantes. Osta siempre sabía cuándo recurrir al dramatismo.
Y, como la suerte no estaba nunca de mi lado, fue justo entonces cuando el sonido de las trompetas inundó la arboleda.
Un mar de aossí se dividió en dos y dejó un camino libre para que el cortejo real llegara a la tarima elevada que había cerca del centro.