Capítulo 87
El martes por la mañana, tras una noche interminable en la que Alma no había pegado ojo por lo ocurrido con Saem, cuando se levantó y abrió la persiana, sonrió. ¡Estaba nevando!
De inmediato, llamó por teléfono a Natalia.
—¿Has visto que está nevando?
—Sí —afirmó la joven, que estaba en una furgoneta con algunos compañeros de trabajo.
—¿Quedamos en una hora donde siempre y te cuento una cosa que te va a dejar sin palabras?
—Imposible, mamá. Voy camino de Córdoba para cubrir una noticia. —Saber eso a Alma le apenó. Las pocas veces que nevaba en Madrid, ella y Natalia se juntaban para ver aquel precioso espectáculo. Entonces su hija preguntó—: Pero cuéntame esa noticia. ¡Me muero por saberla!
Viendo cómo caían los copos de nieve desde su ventana, Alma le explicó que el banco les había concedido el préstamo, aclarándole que Nuria y ella habían hablado con Saem y este les había indicado que no tenía nada que ver.
Alma omitió que Saem se marchaba a Seúl, que ella le había abierto su corazón y que él ni se había inmutado.
Pero sí le comentó que cuando regresara de su viaje a Córdoba le contaría todo con detalle.
Natalia, feliz por saber que le había ganado la batalla a Elías, sonreía. Nunca le comentaría la verdad a su madre, pero, conociéndola y sabiendo que buscaría respuestas, preguntó:
—¿Has llamado al banco para preguntar por qué ahora sí os lo han concedido?
—Pensaba llamar hoy.
—Pues ya me dirás lo que te dicen. Me llama mucho la atención.
Sin dudarlo, Alma asintió y tras acabar de hablar con su hija, llamó directamente al banco.
Habló con el director. Y este le indicó, que, después de unos problemas internos, el nuevo comité de riesgos, tras otro análisis financiero de su solicitud, habían decidido aprobarlo y le pedía disculpas por los problemas que les habían podido ocasionar.
Saber aquello a Alma le gustó. Quizá Elías no tenía tanto poder como él creía.
Tras llamar por teléfono a Nuria y decirle que llegaría a la hora de comer a Diva y Radiante, se puso unos vaqueros, una camisa con una sudadera y unas botas altas.
Una vez que se colocó un gorro de lana y se puso su abrigo impermeable, hizo una llamada y se aseguró de que el marido de Candela estuviera en la garita del parque del Capricho.
Después, cogió su coche y se fue hacia allí.
Al llegar al parque, pasó a saludar a Jesús, y este, como siempre, le abrió la puerta.
Sonriendo y mientras los copos de nieve caían de un blanco cielo, Alma caminó en silencio y con tranquilidad por aquel parque mientras escuchaba la música que sonaba en sus auriculares.
Aunque Shakira la acompañaría toda su vida porque para ella era la mejor, ahora también se había aficionado a Whee In, Jung Seung Hwan, o Hwasa entre otros, pero había vetado a Bruno Mars.
No podía seguir escuchando aquella canción.
Mientras caminaba, pensó en Natalia. La recordó de nuevo siendo una niña, corriendo de un lado a otro bajo la nieve con su sonrisa encendida, y no pudo evitar sonreír.
Y aunque entendía que su hija ya era una mujer, dueña de su camino y su vida, en ese instante sintió un leve vacío en la palma de su mano.
Pasara el tiempo que pasara, siempre echaría de menos aquella pequeña manita que un día sostuvo y que siempre sería la de su niña.
Cuando alcanzó lo alto de aquella suave colina donde estaba el Templete de Baco, subió sus cinco escalones y tras pasear su mano enguantada por una de sus doce columnas jónicas, se sentó en uno de los bancos de mármol que allí había.
Acomodándose en el banco, miró hacia arriba y, al no tener techo el templete, observó cómo los copos de nieve caían lenta y pausadamente hasta acariciar su rostro.
Cerró los ojos. Estar sola en aquel lugar le permitía relajarse.
Tranquilizarse. Allí estaba completamente sola y en paz. Nadie iba a estropearle aquel momento.
Durante un rato disfruto de aquello, cuando de pronto notó que alguien le quitaba uno de los auriculares que llevaba puesto y abrió los ojos.
—¿Sabías que, con anterioridad a Baco, la estatua que había era la de la diosa Venus? —oyó decir.
Alma, sobrecogida, asintió. A un palmo de ella, sentado en el banco de al lado estaba Saem.
—Pero ¿cómo sabías que...?
—Porque nieva. Y me dijiste que cuando nevaba siempre vienes aquí.
—Sorprendida de que recordara aquello, Alma asintió.
Y él añadió—: Por suerte, Jesús me recordaba.
En cuanto me ha visto aparecer, sin que yo dijera nada, me ha dicho que tú ya estabas en el parque y me ha abierto la puerta.
—Eso hizo a Alma sonreír. Estaba claro que Saem, con su porte asiático, lo había impresionado—: Imagino que esa personita especial con la que venías a este parque cuando nevaba era Natalia, ¿verdad?
—Sí.
Saem asintió.
—Te pido disculpas por mi silencio de ayer —señaló, seguro de lo que había ido a hacer.
Alma, con una triste sonrisa, se encogió de hombros.
—No pasa nada, lo entiendo —murmuró.
Durante unos segundos se miraron.
—Me alegro mucho de que el banco os haya concedido el crédito para que Nuria y tu cumpláis vuestro sueño de ampliar Diva y Radiante —dijo Saem, tratando de controlar sus sentimientos.
—Ha sido una sorpresa. —E intentando no trabarse por lo nerviosa que se había puesto al verlo allí, prosiguió—: Justo esta mañana he hablado con el director del banco para saber el porqué del cambio de opinión y me dijo que había habido ciertos cambios y que el nuevo comité de riesgos, tras un análisis financiero, decidió concedérnoslo.
Incluso me pidió disculpas por los retrasos o problemas que nos hubieran podido ocasionar.
—Es lo menos.
Ambos sonrieron. Y sin mencionarlo, por sus mentes pasó Elías. Pero él ya no tenía cabida en sus vidas. Nerviosa, Alma pensó en preguntarle por su viaje a Seúl, pero se contuvo. El día anterior, cuando lo había hecho, él le contestó que no le incumbía, y no iba a volver a caer en el mismo error.
—Alma, ayer hablaste tú. Pero hoy quiero hablar yo.
Por eso estoy aquí. —Con la misma seriedad que él tenía en su rostro, ella asintió y se preparó para escuchar lo que seguramente no le iba a gustar—.
Desde el primer momento que te vi, mi corazón se desbocó por ti de una manera como nunca lo había hecho, pero no te voy a negar que me has hecho daño.
Tu comportamiento y tu rechazo me hirieron.
Me destrozaron. Y eso me hizo prometerme que no volvería a ti.
Pero verte es querer tenerte. Escucharte es querer besarte.
Mirarte a los ojos es querer hacerte el amor.
Y algo tan sencillo como que me llamaras cariño , me valió para saber que no quiero, ni puedo, ni deseo estar lejos de ti.
Y sí, sé que dije que no había vuelta atrás.
Te dije que como saliera por la puerta de tu casa, no la iba a volver a cruzar.
Pero cuando tú me llamas cariño , me haces sentir bien y sé que todo está en el sitio correcto donde tiene que estar.
Alma, que apenas podía respirar por lo que escuchaba, asintió. Él continuó:
—Aunque ayer me pediste perdón, siempre estuviste perdonada.
Y entiendo que mi frialdad coreana, en ocasiones, te haga creer que estoy lejos de ti, cuando no es así.
Porque si de alguien no me puedo alejar es de ti.
No soy perfecto, como tú tampoco lo eres.
Y no sabes cuánto lamento no haber sido consciente de lo que realmente te ocurría para haberte repetido todas las veces que hubiera hecho falta que tú, y solo tú, eres la mujer perfecta para mí.
Y lo eres porque el destino y los Masters del Universo así lo decidieron.
Y la verdad, cielo, ¿quiénes somos nosotros para llevarles la contraria?
Alma, con el corazón desbocado, sonrió. Quería hablar. Responder. Pero estaba tan feliz, que la propia felicidad no le permitía articular palabra, y Saem, al que los nervios le comenzaban a poder, al ver que no lo interrumpía, siguió hablando.
—Tu edad nunca ha sido un obstáculo para mí ni para nuestra relación, porque el amor no se mide por números, sino por lo que se siente al estar al lado de tu persona favorita.
Y tú eres mi persona favorita. Por lo tanto, cielo, lo que digan los demás, es su problema, no el nuestro.
No permitamos que sus jodidos prejuicios intervengan en nuestra felicidad.
Porque, cuando yo te miro, no veo tu edad.
Lo que veo es a la preciosa e interesante mujer que adoro, que quiero y que hace que mi vida sea completa y feliz.
Mi vida, yo te quiero tal y como eres, y espero que con esa misma pasión y determinación me quieras tú a mí.
Porque, si mil veces me preguntaran, mil veces te elegiría a ti.
Emocionada, se llevó la mano a la boca, y él, tras secarle una lágrima que le corría por la mejilla, continuó:
—Ayer dijiste que, si nos volvíamos a reencontrar en otra vida, esperabas que yo te diera una oportunidad, ¿verdad? —Alma asintió—. Pues, cielo, no necesito que nos reencontremos en otra vida, porque tenerte aquí y ahora ya es nuestro para siempre.
Emocionada, sobrecogida y tremendamente feliz, Alma, al escuchar aquella preciosa declaración de amor y compromiso, murmuró:
—Acabas de subir tu romanticismo a nivel premium .
Divertido, sonrió. Cuánto había echado de menos sus ocurrencias.
—Pues mi intención es seguir subiendo el nivel —aseguró él.
Alma se quitó un guante y tomó la mano de él con decisión.
Saem se la apretó. Con la mirada, volvieron a entenderse, mientras sus corazones se acoplaban de nuevo y ambos supieron que su amor era real.
Verdadero. Siempre existirían idiotas que al verlos juntos los juzgarían, pero mientras ellos supieran lo que sentían y cuánto se querían, lo que dijeran los demás no importaría.
Saem se levantó del banco de mármol, e hizo que ella se incorporara, y estrechándola contra su pecho, preguntó:
—Y ahora que todo está claro, ¿nos podemos amar?
Y Alma, como respuesta, lo besó, dándole el sí más claro que había dado en su vida.