Capítulo 86
Saem, que recogía la cocina ayudado por su equipo tras el servicio de comida, miró a su tío.
—¿Quieres un café? —le preguntó.
Mario asintió. Estaba intranquilo, porque sabía que Alma y Nuria iban hacia el restaurante para solucionar lo del préstamo, pero no dijo nada. Si su sobrino había aceptado el chantaje del imbécil de su hermano, iría otra vez a por Elías, y esta vez lo mataría.
Saem metió una bandeja en el lavavajillas y luego se quitó los guantes de látex, y los tiró a la basura.
—Vamos —le dijo su tío.
Saem y Mario salieron a sala. Allí, Ji Woo colocaba manteles limpios sobre una mesa, y, al verlos, se limitó a sonreír.
Mario, inquieto, miró el reloj, y Saem se dio cuenta.
—¿Por qué miras tanto el reloj?
—Porque se me está rompiendo la correa —se le ocurrió decir, consciente de que su impaciencia podía delatar lo nervioso que estaba—, y hasta que no me compre otra, no puedo dejar de hacerlo por si lo pierdo.
De pronto se oyeron unos golpes en la puerta de la entrada.
—Voy yo —se ofreció Ji Woo.
Cuando Saem estaba dejando uno de los cafés sobre la barra, vio entrar a Alma, seguida por Nuria, y antes de que pudiera reaccionar, ella, poniendo su teléfono delante de él, gritó:
—¿Me has bloqueado?
Sorprendido de verla allí, no respondió y ella, nerviosa como nunca en su vida, seleccionó el nombre de Saem en su teléfono.
—Pues bloqueado tú también —soltó.
Nuria se dirigió a toda prisa a donde estaba Mario y le dio un beso.
—Así... no vamos a ninguna parte —le dijo, haciendo un gesto hacia los otros dos.
Nuria asintió. Alma tenía que soltar para luego razonar.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Saem.
Acalorada, Alma soltó su bolso en el suelo.
—¿Por qué lo has hecho? —quiso saber Alma.
Saem levantó las cejas. ¿Había reaccionado como dijo Nuria? E imaginando que se refería a bailar su canción con aquella mujer el sábado en el DeLokos, respondió:
—Porque me apeteció.
—¿Porque te apeteció?
—Soy libre y puedo tomar mis propias decisiones.
—Pero Saem —insistió alma—. ¡Justamente eso no!
—Mira, Alma —dijo, pasmado por sus palabras y por su poca vergüenza—. No tengo que darte ninguna explicación. No entiendo a qué viene este numerito, y lo más acertado es que te des la vuelta y te vayas, antes de que diga algo que verdaderamente te moleste.
—Woooo, está enfadado —murmuró Mario.
Pero Alma no se movió. Sabía que lo que ella hacía Saem lo vería como un numerito, y observando en aquel bonito rostro aquella frialdad coreana que a él tanto le molestaba escuchar, dijo:
—¿Cómo has podido hacerlo? ¿Cómo has podido firmar? ¿Por qué has aceptado el chantaje de Elías? —Saem, sin entender nada, iba a replicar cuando ella balbuceó—: Yo... yo... sabiendo esto... no puedo aceptar el préstamo.
—Yo tampoco —apostilló Nuria.
—¿Os han concedido el préstamo? —preguntó Saem, estupefacto.
Alma y Nuria asintieron.
—Aunque no estemos juntos me niego a que te vayas a Seúl por haber aceptado el chantaje de tu... de Elías —continuó Alma—. Pero Saem, ¿en qué estabas pensando?
Él, tratando de procesar aquella información, levantó una mano para pedirle que lo dejara hablar.
—Me alegro mucho de lo del préstamo. Y antes de que sigas diciendo cosas atropelladas, permíteme que te diga que yo no he firmado ni he aceptado ningún chantaje de nadie.
—Gracias, diosito —murmuró Nuria, aliviada, sonriendo con Mario.
—¿Y por qué el banco nos ha concedido el préstamo? —preguntó Alma.
Saem, tan confundido como ella, se encogió de hombros e, intentando que aquellos bonitos ojos verdes no le hicieran bajar la guardia, respondió:
—Pues no lo sé. Pero por mí no es.
Alma tomó aire y sonrió.
—¿Porque te quieres ir a Seúl? —quiso saber.
—Eso es algo que a ti no te incumbe —respondió, volviendo a marcar distancia entre ellos.
—Menudo borde es el tío —susurró Nuria.
—Ni que tu amiga trajera un certificado de calidad.
Mario y Nuria se miraron.
—Aunque me lances tu mirada de bruja malvada, créeme que no me impresionas —soltó Mario.
—Pues que sepas que puedo subirle la intensidad.
—¡Pero qué me estás contando! —murmuró Mario, dándole un mordisco en el cuello.
Ajenos a lo que ellos se decían, Saem y Alma continuaban mirándose con intensidad.
—Me equivoqué —soltó ella ante la fría actitud de él—.
Fui una egoísta y solo pensé en mí, sin tener en cuenta tus sentimientos, ni el daño que podía causar, y por eso créeme que, de todo corazón, te pido perdón.
—Saem no se movió. Solo podía mirarla y escuchar.
Ella prosiguió—: Siempre he oído que solo nos damos cuenta del valor de las cosas, los momentos o las personas cuando los perdemos.
Y sí. Qué cierto es. Porque, aunque intento ser fuerte, y no pensar en ti, te juro que es imposible, porque estás en cada momento y en cada acción del día.
—Muy bien, loba —murmuró Nuria, haciendo sonreír a Mario.
—Qué pena no tener palomitas —cuchicheó Ji Woo, acercándose a ellos.
—Aunque soy mayor que tú —prosiguió Alma—, tú has tenido la madurez que a mí me faltó, porque yo pensé en mí, mientras que tú siempre pensaste en los dos.
Cuando nos conocimos y nos dimos la oportunidad, todo era un juego de seducción.
El tiempo que vivimos en nuestra burbuja secreta fue algo mágico y divertido.
Pero cuando dimos el paso para que todo el mundo pudiera ver que éramos una pareja, todo cambió.
Porque mientras tú caminabas de mi mano con la cabeza erguida, yo.
.. yo... la comencé a agachar, al dejarme llevar por mis miedos y dudas.
De pronto, me convencí de que yo no era la persona correcta para ti, por cosas que ahora sé que no merecía la pena escuchar ni pensar.
Emocionada, Nuria apretó la mano de Mario, y Alma, conteniendo las lágrimas, siguió adelante:
—Sé que ahora es tarde para nosotros. Y lo sé, porque te conozco, y ante lo que hice, nunca me darás una segunda oportunidad.
Me lo advertiste. Pero necesito decirte y me da igual quien me escuche, que te quiero.
Te quiero con todo mi ser, como nunca he querido a un hombre, y significas tanto para mí que no tengo palabras para describirlo.
Y sí, cariño. Nos llevamos dieciséis años, pero ¿qué son dieciséis años cuando hay amor y lealtad?
Alma se detuvo para tragar el nudo de emociones que tenía en la garganta. No era fácil decir todo aquello ante un hombre que solo la miraba con distancia. Por lo que, entendiendo que debía terminar, susurró:
—Si en otra vida nos volvemos a encontrar, y me das la oportunidad, créeme que te demostraré todo lo que aprendí de mis errores, y haré que te sientas el hombre más querido y valorado del mundo. Y sí, adoro Diva y Radiante, pero mi gran sueño, desde que te conocí, siempre has sido tú.
—Mira, bruja. El vello de punta —susurró Mario, enseñándole el brazo.
Tan pronto como Alma se calló, un silencio sepulcral los rodeó. Mario, Nuria y Ji Woo se miraban conmovidos, y Alma, viendo que Saem no se movía, y mucho menos pensaba contestar, murmuró:
—Y ahora me voy.
Acto seguido, agachándose, cogió el bolso del suelo. La indiferencia de Saem la estaba matando. Estaba claro que no quería regresar con ella. Que, como dijo, no le iba a dar otra oportunidad.
—Te acompaño —dijo Nuria, moviéndose.
Alma asintió. Y tras mirar una última vez a Saem, que ya se había dado la vuelta y estaba ante la máquina del café cargándola, pensó en decir algo más, pero finalmente calló. Era lo mejor.
El aire congelado de la calle al salir del restaurante le hizo a Alma tomar aire. Había dicho lo que no pensaba decir, pero al verlo sintió que necesitaba sincerarse y decirle cuánto lo quería y lo arrepentida que estaba.
—He hecho el ridículo —se flageló.
—No. Has dicho cosas preciosas.
—Necesitaba decirlas.
—Pues quédate con eso —la cogió Nuria del brazo—. Porque, aunque no lo creas, eso te hará sentir mejor.
—Eso espero —susurró desconcertada.
Dos segundos después, pararon un taxi y regresaron a Diva y Radiante, mientras, en el interior del restaurante, Ji Woo se acercaba a Saem y, tras darle un empujón, le preguntó:
—¿En serio lo más importante es preparar un café?
Saem la miró. En su mirada no había nada bueno.
—Ji Woo. Creo que no es el mejor momento —le recomendó Mario.
Pero ella, ignorando lo que Mario decía, levantó su dedo acusador hacia Saem.
—Usa tu frialdad con quien se la merezca —le soltó—, no con quien se enfrente a ti y te abra su corazón.
Y dándose la vuelta entró en la cocina. Mario, sacando unas cervezas de una nevera, le entregó una a su sobrino, y este, totalmente descolocado, se la cogió.