Capítulo 85
Cuando el lunes Alma abrió la puerta de su despacho en Diva y Radiante, como siempre sus ojos fueron directos a su mesa. No estaba el ramo de rosas blancas.
Tomando aire, entró y después de dejar el bolso y quitarse el abrigo, estaba a punto de sentarse cuando apareció Nuria.
—Madre mía, qué frío. Como siga así, va a nevar. —Alma asintió. Febrero para ella era el mes más frío en Madrid y Nuria le preguntó—: ¿Quieres hablar?
—No.
—¿Seguro?
—Segurísimo.
—No te creo.
—Ese es tu problema.
—Pero tengo que contarte algo, y...
—Nuria —la cortó—, si es de quien imagino, no quiero saberlo.
Durante unos segundos se miraron. Estaba claro que tenían una conversación pendiente. En ese momento, Peláez entró en el despacho.
—Buenos días de frío lunes, ¿tenéis un rato para reunirnos? —les pidió.
—¿Qué pasa? —preguntó Alma.
—Quisiera enseñaros algo que se me ha ocurrido para la web.
Con profesionalidad, las dos mujeres asintieron y sentándose con él, escucharon lo que les tenía que decir.
Una hora después, cuando Peláez se fue del despacho, entró Candela.
—Alma, te necesitamos en tienda un momento.
—Enseguida voy.
Una vez que se quedaron solas, Alma, mirando a su amiga, dijo:
—A ver, Nuria. Sé de lo que quieres hablar y, si te soy sincera, no me apetece. Ese es un tema que ya está finiquitado.
—¿También olvidado? Porque por ciertas cositas que percibo sé que mientes como una bellaca.
Nuria lanzaba a matar. Ella era así.
—Tengo que bajar a la tienda —dijo Alma, esforzándose en sonreír.
Y sin más, salió de su despacho para ayudar a Candela con el vestido de una novia que quería muchos cambios.
A la hora de la comida, cuando todo el mundo se había marchado, Nuria estaba en su despacho contestando emails, cuando de pronto le entró uno del banco.
Con curiosidad lo abrió, y al ver lo que en él se decía, se sorprendió, por lo que rápidamente abrió la cuenta del banco que tenía Diva y Radiante y se quedó sin habla.
Corrió a toda prisa al despacho de Alma con su portátil en la mano.
—Tenemos que hablar —dijo nada más entrar.
Alma al escucharla resopló.
—Madre mía, Nuria, ¿otra vez con lo mismo?
Pero esta, acelerada, se acercó hasta la mesa, y posando su portátil sobre ella, le señaló:
—Mira.
—¡¿Qué?! —exclamó Alma al ver lo que le mostraba su socia.
—¿Ves lo que yo? —preguntó Nuria.
—¿Nos han concedido el préstamo?
Boquiabierta, Nuria asintió.
—Y por lo que veo con un TAE bajo —explicó—, flexibilidad para pagar antes, ninguna comisión y condiciones transparentes.
Aquellas condiciones que el banco les otorgaba eran de lo mejor. No entendían nada.
—Pero si nos lo habían denegado. ¿Cómo es que ahora nos lo dan? ¿Qué ha pasado? —murmuró Alma, desconcertada.
Nuria, en un sinvivir, no respondió mientras no quería creer lo que pensaba.
Tras la fiesta del sábado por la noche, al regresar a casa, Mario le contó que, al entrar en el despacho, Saem hablaba por teléfono y que justo después le dijo que pensaba marcharse a Seúl.
Saber eso le apenó. Pero ahora, al recibir aquello, no podía dejar de preguntarse si por su culpa, por pedirle a Saem que hiciera algo para que Alma se cabreara, este había aceptado el chantaje de su padre.
Acalorada y sudorosa, se dio aire con la mano, y llamó a Mario con toda celeridad mientras que Alma sin entender nada la observaba. Con voz atropellada le contó lo que ocurría y Mario rápidamente blasfemó. Si su sobrino había hecho aquello, lo mataría.
Segundos después, cuando la conversación entre los dos finalizó, Alma, mirando a su amiga, en un hilo de voz, dijo:
—Dime, por favor, que Saem no tiene nada que ver en esto. Dime que no ha firmado eso que Elías pretendía.
Nuria, pálida, se encogió de hombros. Desde luego, si Saem había hecho aquello para que Alma reaccionara, lo iba a conseguir.
—No lo sé, pero... puede.
—¿Cómo que puede?
—Te dije que tenía que contarte algo.
Ver el gesto de su amiga y sobre todo ver que no bromeaba, le hizo entender a Alma que la cosa era seria.
—Cuéntamelo ahora —le pidió.
—Ayer Mario me dijo que Saem se marchaba por un tiempo a Seúl, y recibir hoy esta noticia del banco me hace entender que...
—No quiero el préstamo, ¡deniégalo!
—Alma... Saem se va.
A Alma aquella noticia le cayó como un jarro de agua fría. De la felicidad a la angustia había pasado en apenas un minuto.
—¿Cómo que se va? —preguntó, con un hilillo de voz.
Nuria fue a responder, cuando Alma, cogiendo su teléfono móvil, lo abrió. Buscó a Saem y cuando fue a marcar su número dijo:
—¡Me ha bloqueado!
Nuria se acercó a ella y lo confirmó.
—Efectivamente, te ha bloqueado.
Petrificada y sorprendida, parpadeó. Recordaba haber mirado aquel número de teléfono cientos de veces mientras se preguntaba si lo llamaba. En todas aquellas veces, pudo ver la foto de Saem. En todo aquel tiempo pudo llamarle y no lo hizo. ¿Por qué ahora la había bloqueado?
—Llámalo tú.
Nuria asintió y cuando fue a hacerlo murmuró.
—¡Me ha bloqueado también!
En ese momento, Alma comenzó a llorar. Lloraba desconsoladamente. Por suerte, no había nadie ni en la oficina, ni en el taller, ni en la tienda, porque todos se habían marchado a comer, por lo que Nuria, acercándose a ella, la abrazó.
—Lo ves, cabezota, como tenías que hablar —le dijo con mimo.
Pero Alma no podía hablar. Solo podía llorar. Pensar en que Saem se marchaba de España por su culpa le partía el corazón, y tras un rato de lloros y de desesperación, cuando Nuria consiguió que se calmara, le confesó:
—Creo que yo tengo la culpa de esto.
Y sin más, le explicó que se había presentado en el restaurante de Saem días antes, para hablar con él.
—¿En serio ha aceptado el chantaje para que yo reaccionara?
—Creo que sí. Y es por mi culpa.
Horrorizada, Alma se levantó y comenzó a dar vueltas por la oficina. En ese momento, Mario llamó a Nuria.
—Estoy con Saem en su restaurante, ¿le digo algo de lo del préstamo? —le preguntó.
Alma, que estaba oyendo, arrebatándole el teléfono a Nuria respondió:
—No. Deja que se lo diga yo. Voy para allá.
—Vamos —rectificó Nuria, quitándole el teléfono.
Alma se puso el abrigo.
—Espera que coja mi bolso y el abrigo —gritó Nuria al verla.
Ya en la calle, Alma paró un taxi. No quería ir hasta el garaje a coger el coche, y cuando las dos amigas se montaron y dieron la dirección al taxista, Nuria murmuró:
—Respira, que te estás poniendo azul.
Alma lo intentó. Pero respirar en un momento así era difícil y complicado.
—No se puede ir —confesó, mirando a su amiga—. Le quiero. ¿Cómo se va a marchar?
Nuria asintió. Lo sabía.
—¿Y si lo quieres ¿Por qué lo dejaste? —la regañó.
—Porque fui una egoísta y solo pienso en mí.
Nuria asintió. Por fin su amiga aceptaba la verdad, y mirando al taxista para que se diera prisa dijo:
—¿Este taxi tiene modalidad fast and furious o hay que desbloquearlo?
El taxista la miró por el retrovisor y, entendiendo que era una urgencia, aceleró.