Ríete de las bodas Capítulo 84
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Capítulo 84

El domingo, Natalia conducía su coche por La Moraleja. Había llamado a Elías. Tenía que hablar con él y solucionar un temita pendiente.

Al llegar, dejó el coche en el exterior y no en el interior como le había indicado Elías. Llamó a la puerta, pero ya no fue Haneul quien la recibió con una sonrisa. En este caso, fue Elías, quien al verla la saludó con su sonrisa de superioridad habitual.

—Me alegra verte, Natalia.

—Lo mismo digo —fingió ella.

—¿Por qué no has metido el coche como te dije?

—Porque mis amigos se han quedado dando una vuelta con él, mientras yo hablo contigo —mintió.

Sorprendido y en cierto modo molesto por saber que los amigos de ella la esperaban, Elías asintió.

—Vayamos al salón —la invitó, una vez que entraron y él cerró la puerta.

De fondo se oía música clásica. A Elías le gustaba mucho aquella música.

— La habanera , de Bizet, ¿verdad?

—Así es —afirmó él—. Me congratula que lo sepas.

En los meses que habían estado juntos, ella se había preocupado por fijarse en saber las cosas que le agradaban, pero eso no había sucedido al revés.

—¿Quieres un vino?

—No. Prefiero una Coca-Cola.

—¿En serio prefieres un refresco a uno de los excelentes vinos que tengo?

—Pues sí —afirmó.

Con gesto contrariado, Elías desapareció.

Fue a la cocina, donde cogió una Coca-Cola, un vaso, hielo y una rodaja de limón.

Después, se sirvió un vino, y, sonriendo, regresó al salón.

Allí Natalia lo esperaba, y él estaba expectante por saber cuál era el motivo de aquella llamada y si era porque ella lo había pensado mejor y quería volver con él.

Ya en el salón, le entregó el vaso a Natalia. Él se sentó frente a ella.

—¿Qué haces? —le preguntó él, mirándola.

—Quitar el limón. Nunca me gusto en la Coca-Cola —explicó Natalia.

Tras unos segundos de silencio, Natalia empezó a hablar con tranquilidad.

—Estoy aquí porque ya me he enterado de que has sido tú quien ha boicoteado el préstamo de mi madre y de Nuria. Y no solo eso, sino que has chantajeado a Saem. —Oír aquello a Elías le sorprendió. Natalia prosiguió—: Y, sinceramente, Elías la has cagado. Y la has cagado, pero a base de bien.

—¿De qué hablas?

—Hablo de que lo que hubo entre tú y yo se terminó y aun habiéndote comportado como un auténtico cabrón, para mí era tema zanjado. Pero... ¿sabes? Una cosa es lo que me haces a mí, y otra muy diferente lo que les haces a personas a las que adoro y quiero, como mi madre.

Elías la miró con una expresión fría cargada de superioridad. Natalia había cometido la osadía de presentarse en su casa para hablarle así a él. A don Elías Basagoitia. Estaba claro que aquella muchacha de clase media había olvidado cuál era su lugar.

¿Quién demonios se creía que era para tratarlo de semejante manera?

Con calma tomó aire. Dio un trago a su exquisito vino. Tocó con sus dedos el oscuro cuero de su sillón y la observó con desprecio.

—Mide tus palabras —escupió—. ¿Quién te crees que eres para hablarme como si fuéramos iguales?

Aquellas palabras la hicieron sonreír. Lo conocía y sabía por dónde iba a salir.

—Si existiera un concurso de idiotas, te llevarías el primero, el segundo y el tercer premio —le soltó.

Escuchar eso y ver su sonrisa a Elías lo encolerizó y por un segundo lo desconcertó.

Pero enseguida se volvió a recomponer. En el mundo en el que él vivía, todo tenía su lugar y estaba claro que aquella niñata había olvidado cuál era el suyo.

Y cuando fue a levantar la voz, Natalia, con una tranquilidad que lo volvió a desconcertar, le advirtió:

—Cuidado, Elías. No sabes por qué estoy aquí y te puedo sorprender.

—¿Tú a mí?

Natalia asintió y luego dio un trago a su Coca-Cola.

—Te crees muy listo —dijo—, que lo controlas todo, pero, amigo, conmigo no ha sido así. Y no ha sido así porque yo de ingenua puedo pecar, pero de tonta y poco espabilada, te aseguro que no, porque tuve una excelente maestra.

—¿De qué narices estás hablando?

Natalia apoyó su espalda en el respaldo del sofá.

—¿Te imaginas qué pensarían todos esos jefazos asiáticos que veneras, si supieran realmente quién eres?

—Elías no contestó, y ella añadió—: Tú les has mostrado una imagen muy cuidada de ti.

Un hombre íntegro. Profesional. Masculino.

Con don de gentes para saber estar. Pero ¿qué pasaría si yo les mostrara realmente quién eres?

Elías sin entender nada, movió la cabeza, y Natalia, dejando la Coca-Cola sobre la mesa, se echó hacia delante, y dijo:

—Si no quieres que esos jefazos a los que te encanta impresionar sepan algo de ti que te va a costar tu puesto de trabajo, quiero dos cosas.

La primera, que hables con quien tengas que hablar para que mi madre consiga el préstamo que necesita con las mayores ventajas posibles. Y la segunda, que dejes en paz a Saem.

Estupefacto, Elías comenzó a reír. Lo que ella le pedía no tenía la más mínima intención de concedérselo.

—¿Qué te hace pensar que yo me voy a dejar chantajear por ti? —quiso saber—. ¿Por una niñata de barrio?

Natalia movió la cabeza. Su clasismo era asqueroso.

—Porque sé lo importante que son para ti las formas, el qué dirán —continuó— y el que te consideren el macho ibérico por excelencia en tu empresa. Porque sí, los asiáticos en el tema sexo, dependiendo de qué cosas, no las llevan bien. Y tampoco llevan bien que jueguen con su dinero.

Elías parpadeó cuando ella, sacando de su enorme bolso un portátil, se lo enseñó y, para cubrirse las espaldas, dijo:

—Esto que te voy a enseñar, mis amigos, los que me esperan en el coche, también lo tienen.

Te lo digo porque si haces la machirulada de estampar el portátil contra la pared, que sepas que hay copias.

Y si se te ocurre hacerme algo a mí, o no salgo antes de media hora de esta casa, ellos llamarán a la policía.

Acto seguido, Natalia abrió la pantalla. Tecleó y le enseñó unos documentos.

—Tu cuenta en las Barbados —dijo.

Boquiabierto, Elías miró aquello. Durante años se había estado apropiando de dinero de la empresa, moviendo pequeñas cantidades a aquella cuenta sin que nadie sospechara. Pero ¿cómo había descubierto ella aquella cuenta? Iba a replicar, pero ella no le dejó.

—Lo sé. Soy tremenda. Pero es lo que pasa por ser una chica de barrio. Que somos listas y tremendamente espabiladas.

Elías se levantó y comenzó a gritar improperios, mientras Natalia, haciendo ver que estaba segura y tranquila, aunque por dentro temblaba como una hoja, le sugirió:

—Como diría mi tía Romina, ¡baja la valentonada! —Él se calló y la joven señaló—. Ven. Todavía quiero enseñarte algo más.

Receloso, él se acercó, y ella, abriendo otra carpeta en la que se veían varias imágenes y vídeos, le dio al play en una de ellas.

El gesto de Elías inmediatamente cambió. Si lo visto antes era malo, esto era peor. Lo que Natalia le enseñaba era una de sus fiestas privadas. Elías a cuatro patas sobre una cama, tenía sexo anal con otro hombre, mientras le comía otra cosa a un tercero.

—Se ve cómo lo disfrutas, ¿verdad? —se mofó Natalia, cogiendo su teléfono.

Elías, horrorizado, se levantó. Si aquello salía a la luz, hundiría su impecable reputación laboral y personal. Nadie, a excepción de alguna pareja íntima, conocía aquel secreto.

—Eres una zorra —siseó él.

—Lo sé. Pero zorra de barrio, que para todo hay categorías.

—¿Cómo puedes tener esto en tu poder? ¿Cómo?

—Te dije que ingenua puedo ser, pero tonta no.

—¿Y eso qué significa, maldita sea?

—Pues significa que cuando empecé a ver cosas de ti que no me cuadraban, mi lado periodista quiso saber, y rascando un poquito, lo que encontré me hizo entender que debía guardarlo, por si alguna vez lo necesitaba.

Y en cuanto a las grabaciones, fue fácil.

Teléfono móvil en excelente sitio para grabar, y listo, ¿a que soy increíble?

Molesto. Furioso.

—¡Lo que eres es una puta, como tu madre! —gritó, rabioso.

Según dijo aquello, como un resorte, Natalia le soltó una bofetada, y cuando este fue a reaccionar, ella, mintiendo, le mostró su teléfono.

—Atrévete a tocarme, y lo vas a lamentar. Porque si tú me pusiste un localizador espía en el teléfono, ahora mismo llevo una cámara espía, que está emitiendo en directo. —Y mirando a su teléfono, saludó—. ¡Hola, chicosssss! Tranquilos, que enseguida salgo.

Elías se quedó paralizado. Natalia cerró el portátil, lo guardó en su bolso y con la mano dolorida por el bofetón que le había soltado, lo señaló.

—Mañana quiero que mi madre y mi tía reciban un email del banco diciéndoles que finalmente les han concedido el préstamo con unas condiciones maravillosas.

Y como conozco a mi madre, y se informará del porqué ahora sí y antes no, ya puedes decirle a quien corresponda que se invente una mentira creíble.

Por lo que respecta a Saem, déjalo vivir.

No te vuelvas a acercar a él. Y en cuanto a lo que tengo en el portátil, ahí seguirá.

Y no pienso utilizarlo, a no ser que no cumplas con lo que te he dicho; en caso contrario, será de dominio público.

Y si tú en el banco tenías facilidades para hacer maldades, imagínate las facilidades que tengo yo como periodista para vender ciertas noticias.

Y, por último, está conversación entre tú y yo se acaba en tres, dos, uno, ¡cero!

Él la miró boquiabierto. Estaba atado de manos y pies. Aquella niñata de barrio lo tenía todo controlado de tal manera que supo que lo mejor era obedecer.

—Adiós, Elías. Diría que fue un placer conocerte, pero mentiría —remató ella.

Y sin más, salió de la casa mientras a su espalda lo oía blasfemar como un loco.

Cuando salió de la finca y llegó a su coche, Natalia, temblando como una hoja, cerró los ojos.

Sabía que el chantaje al que lo había sometido no había estado bien.

Pero tampoco estaba bien lo que él había hecho.

Si su madre se enteraba de aquello, la mataría.

Pero, sonriendo, encendió el motor de su vehículo, arrancó y se marchó.

Esperaba que toda su temeridad sirviera de algo.