Ríete de las bodas Capítulo 83
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Capítulo 83

El sábado, Mario y Nuria, a los que les encantaba organizar reuniones, prepararon una cenita en su casa, para los amigos. Saem no acudió. Tenía que trabajar.

Durante la velada, ninguno de los amigos de Mario mencionó a Saem para no incomodar a Alma.

Sabían que habían sido pareja. En la cena el ambiente fue distendido y divertido.

Nuria y Mario eran unos excelentes anfitriones y el grupo tenía ganas de reír y pasarlo bien.

Pero, sobre las doce de la noche, decidieron ir al DeLokos.

En un principio, Alma pensó en desmarcarse.

Aunque alardeaba ante sus amigas de que ese tema estaba superado, para no hablar de ello, en su interior no lo tenía claro.

Y al ver las miradas silenciosas de ellas, tuvo que cambiar de opinión.

Aquello les demostraría que, efectivamente, era un tema zanjado.

Con ganas de pasarlo bien, Alma bailó con las lobas, con Mario, con los amigos de este e incluso con un tipo que había en el local y que no le quitaba ojo. Estaba pasándolo bien cuando, de pronto, por un movimiento de Mario, supo que Saem acababa de llegar.

Nuria, que, como ella, se había percatado de lo poco sutil que había sido Mario, la miró.

—Tranquila. No pasa nada —le aseguró Alma, antes de que ella hiciera comentario alguno.

Nuria, con cierta prudencia, asintió. Conocía a Alma mejor que nadie y sabía que sí pasaba. Por mucho que se empeñara en mostrarles a la Alma fuerte que estaba soltando lastre, su corazoncito seguía llorando por Saem, pero decidió seguirle el juego. Quería ver hasta dónde llegaba.

Alma, por su parte, intentó aparentar tranquilidad.

Llevaba sin ver a Saem desde la boda y sabía que ese momento tarde o temprano llegaría.

Se había estado preparando mentalmente para encontrarse con él y no sentir nada, pero cuando lo vio aparecer, tan seguro y arrebatador con aquella camisa negra, la americana y el pantalón vaquero, el corazón que dejó de latir el día que él se marchó, como si lo hubiera olido, se desbocó.

Inmediatamente comenzó a sudar. Y dándose la vuelta para no mirar en la dirección en la que él se encontraba, se quedó frente a Nuria.

—¿Te apetece otra cerveza? —le preguntó, exhibiendo una sonrisa.

Nuria asintió y Alma le hizo una seña al camarero para que se las sirviera.

En silencio, y sin mirar hacia donde Saem estaba, las dos amigas hablaron.

Sonrieron al ver a Romina hablando con un amigo de Mario y a Estíbaliz bailando con su marido.

De repente, a Alma su nariz se le inundó de la colonia de Saem y supo que estaba cerca.

Muy cerca. Instantes después, él las saludó a Nuria y a ella.

Les dio dos besos. Pero tan pronto lo hizo, sin mirar ni un segundo a Alma ni dirigirle la palabra se alejó.

—Frialdad coreana —comentó ella.

—Mejor que no te oiga decir eso —le advirtió Nuria con gesto serio.

Alma asintió. Su amiga tenía razón. Eso a Saem le molestaba.

Las siguientes horas, aunque ella disimuló, fue tremendamente consciente de cómo Saem la ignoraba. No la miraba. Acostumbrada a encontrarse con su sonrisa, con su bonita mirada o con sus atenciones, eso la incomodaba.

Sin poder evitarlo, pues sus ojos lo buscaban, vio cómo hablaba con la gente.

Como siempre, infinidad de mujeres se le acercaban y aunque él siempre las había mantenido a raya, Alma ahora se percataba de que esos límites ya no existían.

Ahora la actitud de Saem era receptiva hacia ellas, y, sin duda, eso les encantaba.

Con la tensión por las nubes, vio cómo una de aquellas mujeres, por cierto, madurita como ella, tonteaba con Saem. Se tocaba el pelo. Le tocaba a él los botones de la camisa. Jugueteaba mordiéndose los labios. Todo eran señales que Alma entendía. De pronto la música cambió y se volvió más íntima.

—¿Te ha dicho Estíbaliz lo de Menorca? —preguntó Nuria. Alma, confundida, negó con la cabeza, y ella se explicó—: Ha comentado que podríamos irnos un finde de lobas allí. ¿Qué te parece?

Pero Alma no pudo contestar. Había comenzado a sonar aquella canción de Bruno Mars tan importante para ellos y al ver que Saem y aquella mujer salían a la pista a bailar, murmuró:

—¡Perfecto!

Nuria se dio cuenta de la rigidez de su amiga, y sorprendida vio que Saem estaba haciendo algo que podía molestar a Alma.

—¿Te incomoda lo que ves? —indagó.

—No me vengas ahora con esas.

Y cuando Nuria fue a responder, Alma se levantó y se dirigió al baño.

Al llegar se metió en uno de los aseos y al cerrar la puerta puso su frente contra ella.

Lo que acababa de ver la había destrozado.

Él y otra mujer. Estaba claro que Saem ya no pensaba en ella si bailaba con otra aquella canción. ¡Su canción!

Desde la pista de baile, Saem vio a Alma ir hacia el baño con gesto ofuscado.

Su intención al hacer aquello había sido incomodarla.

Importunarla. Sin embargo, al hacerlo, se hizo daño él.

Pero ¿qué estaba haciendo? Y disculpándose con la mujer con la que bailaba, se alejó y se metió en el despacho. ¿Necesitaba espacio y respirar?

Cuando cerró la puerta, se apoyó en ella, y mientras seguía sonando aquella canción tan especial, se dio un cabezazo mientras se preguntaba ¿qué había hecho? ¿Por qué había entrado en aquel juego tan tonto?

Alterado, empezó a pasear por el despacho. Si Alma hubiera hecho aquello delante de él, le hubiera molestado mucho. Muchísimo. ¿Por qué había sido tan cabrón de elegir aquella canción con todas las que había en el mundo?

Cuando su tío le llamó por teléfono para invitarlo a la cena, al saber que Alma estaría, rápidamente dijo que no asistiría.

Lo tuvo claro. Pero cuando, esa noche, Mario le envió un mensaje diciéndole que estarían en el DeLokos y que Alma también los acompañaría, aunque en un principio se juró que no iría, cuando se quiso dar cuenta estaba entrando en el local. Necesitaba verla. Se moría por verla.

Desde que había llegado al DeLokos su corazón se había desbocado y le gritaba que se acercara a ella, pero haciendo caso a su cabeza no lo hizo. Ella lo había echado de su vida. Ella, a su manera, se avergonzaba de estar con un hombre como él. Y eso lo había herido.

Mario entró en el despacho y al verlo Saem hizo como que hablaba por teléfono.

—De acuerdo. Mañana iré —oyó que decía.

—¿Qué haces aquí? —preguntó su tío cuando cortó la comunicación.

Saem cogió un libro, lo abrió y dijo:

—Tenía que hacer una llamada.

Mario asintió y mirando el libro que él había abierto, le recomendó:

—Mejor dale la vuelta. Al revés dudo que encuentres lo que buscas. —Molesto por la tontería que acababa de hacer, Saem soltó el libro sobre la mesa. Su tío, conociéndolo, afirmó—: Te dije que ella estaría.

—Y que esté ella significa que no puedo venir yo.

Mario abrió la neverita que allí tenía, sacó dos cervezas, una con alcohol y otra sin, y le dio la primera a Saem.

—No. Claro que no, Saem. Pero te avisé —respondió.

Ambos abrieron sus botellas en silencio, y tras darles un trago, Saem anunció:

—Me voy a ir un tiempo a Seúl.

—No me jodas, Saem. —Tío y sobrino se miraron—. Un tiempo, ¿cuánto? —quiso saber Mario.

—No lo sé... un tiempo. Ya te diré. —Oír aquello a Mario no le gustó; Saem aclaró—: Creo que un cambio de aires me vendrá bien porque Ji Woo dice que hasta los calabacines y las zanahorias tiemblan cuando entro en la cocina.

—Eso les hizo sonreír a ambos. Entonces Saem se sinceró—: He venido porque quería verla.

Mario asintió. Lo sabía. Aunque su sobrino no hablara de ello, lo conocía.

—¿Y vas a hacer algo al respecto? —indagó.

—No.

—¿No vas a hablar con ella?

—No.

—¿Pero no has dicho que has venido para verla?

—Sí. Pero no para estar con ella —respondió con frialdad.

—De verdad, Saem, que no te entiendo —murmuró Mario, moviendo la cabeza.

—Yo tampoco me entiendo, tío, yo tampoco —respondió con pesar.

Cuando Alma se repuso y salió del aseo, mirándose al espejo se lavó las manos mientras se recordaba que ella era una mujer segura de sí misma que podía con aquello y con más.

Que Saem hubiera rehecho su vida era lo normal.

Para eso terminó su relación. Para que él viviera la vida que le correspondía.

Por lo que levantó el mentón y, fabricando una sonrisa en su rostro, regresó con sus amigas.

Romina y Estíbaliz bailaban divertidas en la pista, así que, al ver que Nuria no se había movido, se dirigió hacia ella y, cuando llegó, inevitablemente miró a la pista de baile. Saem ya no estaba allí. ¿Se había ido con la mujer? ¿La habría llevado a la azotea?

—¿Buscas a alguien? —preguntó Nuria.

—No.

—Mientes. Estás buscando a Saem —afirmó, mirándola.

—De eso nada.

Nuria levantó las cejas. Confirmaba al cien por cien lo que llevaba intuyendo desde hacía tiempo.

—Cuando quieras —murmuró, acercándose a ella—, me llamas y hablamos tú y yo.

Y, por cierto, a mí no me engañas. Puedes engañar a las otras dos lobas, a las lobeznas, al repartidor de pizza e incluso al florista de tu barrio.

Pero a mí no. Y no me engañas porque, además de loba, ahora, gracias a mi maridito, ¡soy bruja!

Y mira lo que te digo; esa ojera con aire asiático de la que una vez te hablé, la sigo viendo.

—Sorprendida por aquello que Nuria había callado y disimulado durante todo aquel tiempo, Alma no supo qué responder.

Nuria, levantándose, dijo—: Pero ahora vamos a bailar. Ya hablaremos en otro momento.

Sin dudarlo y para cortar aquel incómodo momento, Alma asintió y ambas se unieron a las otras dos, y mientras bailaba, el mundo mejoró.