Capítulo 82
Llegó la Nochevieja.
Desde que los padres de Nuria murieron, cada año las amigas iban rotando de casa para la celebración, y ese año le tocaba a Nuria. Pero, como ahora estaba casada con Mario, lógicamente a la cena asistiría Saem.
Eso inquietó a Alma, pero no dijo nada. Que Saem cenara donde estaba su tío, que era su familia, era lo normal. Pero el mismo día de la cena, Saem, tras hablar con Mario, no acudió. Prefirió quedarse cenando con Dolores y Haneul y luego irse de copas con sus amigos.
Aquella decisión, en un principio, a Mario le molestó.
Saem era su única familia, puesto que con Elías había cortado definitivamente, pero lo respetó.
Alma, por su parte, se decepcionó. Se moría por ver a Saem.
Pero, como una excelente actriz, rio, participó en la fiesta junto a Natalia y el resto de los amigos, sin darse cuenta de cómo Nuria la observaba.
La segunda semana de enero, un miércoles, cuando Saem estaba en la cocina de Mesa Trece recogiendo tras el servicio de cena, Ji Woo entró y dijo:
—Hay una clienta que quiere saludarte.
Saem, que estaba sumido en sus pensamientos, asintió, y al salir se encontró con Nuria. Inconscientemente, miró a los lados.
—Ella no está aquí y tu tío tampoco —le dijo—. He venido sola.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Saem.
—Me gustaría hablar contigo. Sé que no quieres que nadie se meta en la relación que tuviste, y probablemente Mario y Alma me descuarticen cuando se enteren de lo entremetida que soy, pero, lo siento, no puedo permanecer impasible ante lo que veo.
Finalmente, Saem asintió. Le gustara o no sabía que Nuria no se iría de allí sin decirle lo que había ido a contarle.
—Pasa al despacho —le señaló la puerta—. Enseguida voy.
Obedientemente, ella entró en aquel lugar, mientras Saem se acercaba a Ji Woo.
—¿Por qué no me has dicho que era ella? —le preguntó.
Esta lo miró con picardía. Desde que había terminado su relación con Alma, él estaba de lo más gruñón.
—Porque quizá ella pueda hacer o decir algo para que vuelvas a ser tú —respondió—. Y no el insoportable Saem Basagoitia.
—Te estás pasando.
—Tú sí que te estás pasando.
—Ji Woo...
—Solo te diré que los calabacines y las zanahorias tiemblan cuando entras en la cocina.
Oír eso le molestó. Sabía que no estaba en su mejor momento, y aunque intentaba quedárselo para él, estaba claro que el resultado no era el esperado.
—Vamos. Ve a ver qué quiere —lo instó Ji Woo, ignorando su mirada.
Molesto por la situación, Saem maldijo. No le gustaba que nadie se metiera en su vida.
—Muy bien. Dime qué pasa —le pidió a Nuria, al entrar en el despacho.
—Alma está soltando lastre. —Él asintió con indiferencia, y Nuria preguntó—: ¿Has oído lo que he dicho?
—Ya no es mi problema —replicó con desinterés—. Y, perdona, pero tampoco creo que sea el tuyo.
—Te equivocas, Saem. Es mi problema, porque la quiero y la respeto. Y en cierto modo, me siento culpable de no haber estado más atenta a cómo se sentía. Y no puedo dejar de pensar en que, si yo hubiera estado más pendiente de ella y no tan centrada en la boda, creo que...
—Olvidas que «yo» sí estaba ahí.
—Pero ella se vio sobrepasada por...
—Sé muy bien por lo que se vio sobrepasada —la interrumpió—. Y yo sí estaba ahí para que hubiera hablado conmigo de todo eso que, al parecer, la estaba machacando.
Fastidiado por tener que hablar de eso, movió la cabeza. En todo aquel tiempo, no había querido comentar con nadie, ni siquiera con su tío Mario, lo ocurrido.
—Mira, Saem, voy a ser clarita contigo —dijo Nuria—.
Entiendo y comprendo que lo que hizo Alma fue una cagada.
Y entiendo y comprendo que estés enfadado con ella.
Pero quiero que sepas que Alma se ha desvinculado de sus padres.
¡Por fin, los ha mandado literalmente a la mierda!
Y no solo eso, sino que, el otro día, cuando estábamos cenando en una terraza, al ver que unos se mofaban de una pareja de chicas, se levantó y ni te cuento el pollo que les montó.
Y, por si eso no fuera poco, también ha mandado a paseo a su exmarido cuando la llamó para pedirle dinero como en otras ocasiones.
Sorprendido por que Alma hubiera hecho todo aquello, se alegró por ella.
—¿Y por qué me cuentas esto? —preguntó.
—Porque está soltando lastre, y aunque suene ridículo decirlo, si quieres recuperarla, el momento de intentarlo es ahora.
—Pero qué dices...
—Digo que, si sigues sintiendo algo por Alma, olvides tu orgullo herido, ¡y ve a por ella!
—Él no se movió. Claro que sentía algo por ella, pero su rechazo y su egoísmo le habían producido una profunda herida.
Nuria insistió—: Alma está en un momento en que reacciona ante determinadas actitudes, porque comienza a ser de nuevo ella.
Y aunque suene a locura, creo que deberías hacer algo que la cabreara, para que reaccionara, y. ..
—¿Te has vuelto loca?
—Lo sé. Estoy como una cabra, pero créeme que no soy la única en este prado.
A Saem, las palabras de Nuria no le hicieron ni pizca de gracia.
—No pienso hacer nada —se obcecó.
—A ver...
—Le dejé muy claro que si me marchaba sería para siempre.
—Pero, Saem...
—Y ella aceptó —sentenció.
—La cagó. Estaba sobrepasada. Fue egoísta al pensar solo en ella.
Pero mira lo que te digo, Saem. Cambiar de opinión o rectificar cuando uno se equivoca y tener la capacidad de reconocerlo es de personas consecuentes y maduras.
Y esto va por los dos. Ah, y otra cosa. Tú también fuiste tremendamente egoísta al no contarle lo de Elías, y ella te perdonó.
—Creo que deberías marcharte —con el semblante serio, la invitó a salir.
—Ni «mu» a Mario de que he estado aquí.
Él asintió y cuando ella se marchó, furioso, cerró la puerta de un golpe y maldijo. ¿Por qué no acababa de una vez todo aquello?