Capítulo 81
Los días pasaron, y aunque el corazón seguía sin latirle por la ausencia de Saem, tras la promesa que le hizo a su hija consiguió comenzar a vivir.
Ya nada era igual. Todo le recordaba a Saem.
En mil cosas notaba su ausencia, pero tenía seguir.
No debía parar. Como le dijeron una vez: si la vida te da limones, haz limonada.
Y dentro de lo que la vida le daba, trataba de disfrutarlo.
Los paseos con Sugar por el campo ya no eran tan divertidos como cuando iban con Saem y Freya, pero los daba.
Las comidas que se preparaba no eran tan ricas como las que Saem cocinaba, pero las hacía.
Al ver películas en su sofá por la noche, notaba el lado vacío que antes ocupaba Saem, pero continuaba viéndolas.
Escuchar música siempre había sido un placer para ella, y lo seguía siendo, pero ahora, cuando oía ciertas canciones que antes le gustaban, ahora las sentía.
Todo, absolutamente todo le recordaba a él, pero la vida seguía, y ella debía de continuar.
Uno de los viernes de chicas, el grupo de las lobas cenaba en una bonita terraza cerrada y con calefacción. En determinado momento, Alma, mirándolas, dijo:
—Me estoy poniendo mala.
—¿Qué pasa? —preguntó Romina.
Alma hizo una seña.
—Que esos imbéciles no paran de criticar a la pareja que está a nuestra derecha.
—Sin ningún disimulo todas miraron hacia la derecha.
A escasos metros de ellas estaban sentadas dos chicas que se veía que eran pareja—: Como esos idiotas vuelvan a hacer otro comentario absurdo, os juro que me van a oír.
Y la oyeron. Vaya si la oyeron. Fue tal el pollo que organizó tras un comentario de uno de ellos, que al final consiguió que estos, avergonzados, tuvieran que abandonar su mesa para marcharse.
Acabado el numerito, la pareja se acercó a Alma. Le agradecieron el bonito detalle que había tenido con ellas y una vez que Alma se sentó, tras darle un trago a su bebida, iba a hacer un comentario cuando Nuria se adelantó:
—Ya podías haber hecho algo así por ti y por Saem, ¿no?
—Nuria —la recriminó Romina.
Oír eso a Alma le dolió. Pero tomando aire para no derrumbarse contestó:
—Tienes razón. Pero la diferencia está en que ahora me siento fuerte, pero antes no.
—¿Te estás recolocando? —preguntó Estíbaliz.
—Sí. Me estoy recolocando.
—Pues esto hay que celebrarlo —dijo Nuria, y mirando al camarero le pidió—: ¡Cuatro cremas de orujo, por favor!
Días después, cuando Alma estaba comiendo con Nuria en un restaurante de la zona donde estaba Diva y Radiante, recibió una llamada de Carlos, su exmarido.
Él, con voz lastimera, le contó que había cortado con su novia Jessi y, como en otras ocasiones, le pidió ayuda monetaria para llegar a fin de mes.
Alma lo escuchó. Otras veces siempre lo había ayudado.
Pero aquel día, con una seguridad que a Nuria sorprendió, le recordó las feas palabras y acusaciones que utilizó contra ella el día que se presentó en Diva y Radiante, y, antes de colgarle el teléfono, le aconsejó que se olvidara de ella y que le pidiera ayuda a Elías. ¿No eran tan amigos?
Eso a Nuria le dejó sin palabras, y la felicitó.
Esa noche, cuando llegó a su casa, llamó por teléfono a Romina y a Estíbaliz para contárselo.
Por fin, Alma le había plantado cara a Carlos.
Algo que ella siempre evitaba por el simple hecho de ser el padre de Natalia.
Pero, al parecer, eso ya se había acabado.
Carlos, en cierto momento, eligió el bando incorrecto, y ahora simplemente debía cargar con las consecuencias.
Con aquellos pequeños grandes triunfos, Alma se sentía de nuevo viva. Y sus amigas la volvían a ver segura y fuerte. Pero Nuria, que la conocía muy bien, sabía que, tras aquella fachada de fuerza, el corazón de Alma aún no latía porque añoraba demasiado a Saem.
Sin querer, un día que Alma le dejó su teléfono móvil para que buscara una cosa en YouTube, vio que seguía escuchando la lista de música que en Spotify Saem y ella había elaborado juntos con sus canciones preferidas, y que llevaba el nombre de «Para mi amor».
Nuria corroboró entonces que Alma seguía pensando en Saem más de lo que daba a entender. Lo sabía. La conocía.
Llegó Nochebuena y, como cada año, Alma y Natalia fueron a cenar con Paco y Cecilia a su casa. El recibimiento fue frío, incómodo. Pero cuando se sentaron en la mesa los cuatro, la cosa empeoró.
Paco y Cecilia comenzaron a reprocharles sus vidas y en especial sus relaciones. La una era una asaltacunas, guarrilla, por estar con un hombre más joven. Y la otra era una guarrilla descerebrada por haber estado con un hombre tan mayor.
Como era de esperar, ni Natalia ni Alma se callaron. A todo lo que ellos les decían, ellas les respondían, hasta que, en un momento dado, Paco dejó la servilleta de malos modos sobre la mesa.
—Me habéis quitado el hambre —dijo—. Me voy a la cama.
Al ver aquello, Natalia miró a su madre.
—¿En serio vas a irte y dejarnos aquí? —preguntó Alma.
Paco la miró.
—¿Tú vas a venir a mi casa a decirme lo que tengo que hacer? —contestó él con rapidez.
Alma, cansada de aquello, iba a replicar, cuando su madre metió baza.
—Si por nosotros hubiera sido, esta ridícula cena familiar no existiría.
—Bueno... —murmuró Natalia, molesta.
Para Alma, aquello fue la gota que colmó el vaso.
Si su hija y ella estaban allí era para que no estuvieran solos.
Había soportado durante años insultos, descalificaciones, ofensas, injurias.
Pero, de pronto, aquella simple frase de su madre, unida a la promesa que le había hecho a su hija, la hicieron reaccionar.
—Pues hubiera sido algo fácil de solucionar, mamá —respondió, mirando a aquella amargada mujer—. Me llamas. Me lo dices. Y así Natalia y yo no habríamos venido y estaríamos de lujo cenando con alguna de mis amigas.
—Encima se pone chula —se quejó Paco.
Alma se levantó. Tomó aire y, mirando a su hija, preguntó:
—¿Qué te parece si nos vamos?
—Me parece genial, mamá —afirmó ella levantándose.
Paco y Cecilia se miraron. No se esperaban esa reacción.
—¿Sabéis? —dijo Alma, mientras se ponía el abrigo—. Todo en la vida tiene un límite y mi límite con vosotros ha llegado hasta aquí.
—Ni que eso nos preocupara viniendo de ti —masculló Paco.
—Qué desagradecidos sois—replicó Natalia al escucharlo.
—Mejor no te digo lo que eres tú —replicó su abuelo.
Natalia, cansada de aquello, se le encaró.
—A ver, dime qué soy.
Ofuscado, Paco la miró.
—Una niñata malcriada —respondió él— que se acuesta como una vulgar guarrilla con cualquiera, como hizo y sigue haciendo su madre. ¡Esa es mi verdad!
—De tal palo, tal astilla —añadió Cecilia.
Oír eso a Alma le dolió. Pero ¿cómo podían decirle aquello a su hija?
—Y vosotros sois un par de viejos ignorantes —siseó, plantándose delante de ellos—, amargados y soberbios que nunca supisteis ser padres, y, como era de esperar, tampoco abuelos.
—Pero ¿qué dice esta insensata? —gritó Cecilia.
—¡Mi verdad! —afirmó con seguridad Alma.
Natalia sonrió.
—Mamá, ¡eres mi heroína! —exclamó.
A pesar del incómodo momento, aquello hizo sonreír a Alma y mirando a aquellos dos que les gritaban, levantando la voz, añadió:
—A partir de este instante, quiero que os olvidéis de que mi hija y yo existimos, porque vosotros, en el momento en que salgamos por esa puerta, vais a dejar de existir.
—Lo que me faltaba por oír —se quejó Paco—. Como si nosotros os necesitásemos para algo.
—Desde luego... lo que hay que oír —se mofó Natalia.
—Cállate, sinvergüenza —gruñó Cecilia—. ¡Eres como tu madre!
—Y a mucha honra —afirmó Natalia, que añadió—: Pues esa madre de la que tanto te quejas, bien que os compró un apartamento en la playa cuando se lo pedisteis y...
—Déjalo, Natalia. Da igual —la cortó Alma.
—Eres un palo torcido difícil de enderezar —replicó Paco—. Y...
—¡Y se acabó! —levantó la voz Alma interrumpiéndolo.
Y acercándose a aquellas dos personas, que de padres solo tenían el título, soltó—: Llevo años oyéndoos hablar de vuestra verdad.
Pues bien, ahora vais a escuchar hablar sobre la mía.
Mi hermano Francisco allá donde esté tiene que estar muy, pero que muy enfadado con vosotros, y ojalá sea cierto eso de que las personas en la otra vida se vuelven a encontrar, porque estoy convencida de que, si es así, os estará esperando con muchas ganas, para dejaros clara su verdad.
Y en cuanto a mí, he soportado por vuestra parte lo insoportable.
He aguantado insultos por el simple hecho de que sois mis padres y siempre creía que os debía un respeto, cuando vosotros nunca me lo habéis tenido a mí.
He intentado ser una buena hija para unos pésimos padres que nunca me han querido y que siempre me han hecho la vida imposible.
¡Esa es mi verdad! Pero eso se acabó en este mismo instante.
¿Me habéis entendido? —Cecilia y Paco se callaron.
Era la primera vez que Alma les levantaba la voz con aquella firmeza, y ella añadió—: A partir de hoy, no quiero volver a saber nada de vosotros en toda mi vida.
Me da igual si tenéis para comer o no. Me da igual si os morís de frío o no.
Me da igual todo lo que os pase, porque no me interesa.
Porque ya no sois nadie para mí, ¿os queda claro?
Y sí, ahora voy a ser la mala hija. Ahora sí que podréis gritar a los cuatro vientos lo horrible, despegada y espantosa persona que soy.
Pero ¿sabéis? Me da igual, porque yo sé quién soy y por qué he tomado esta decisión.
Natalia, orgullosa de que por fin su madre les hubiera plantado cara a sus padres, la tomó de la mano.
—Me sumo a todo lo que mi madre ha dicho —afirmó—. Por lo tanto, olvidaos de mí también y resolveos la vida solos, como lo lleva haciendo mi madre toda su vida.
Y sin más, madre e hija salieron de aquella tóxica casa tras decir su verdad, y montándose en el coche, con la seguridad de que acababan de cerrar un capítulo tóxico en sus vidas, se fueron al hogar de Romina, donde las recibieron con amor.
Esa noche, cuando Alma y Natalia se marcharon, Romina llamó por teléfono a Nuria y Estíbaliz. Les contó lo ocurrido y todas se alegraron. Estaba claro que Alma se recuperaba con fuerza mientras soltaba lastre.