Ríete de las bodas Capítulo 80
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Capítulo 80

El lunes, cuando Alma llegó a Diva y Radiante, al entrar en su despacho, se detuvo. Por primera vez en mucho tiempo no estaba esperándole sobre la mesa el precioso ramo de rosas blancas con su romántica tarjetita, pero avanzó, se sentó en su silla y se puso a trabajar.

Tras comer con Nuria, quien sorprendentemente no habló nada del tema, al regresar a Diva y Radiante, Alma llamó a su hija Natalia.

Tenía que comentarle su ruptura con Saem, ya que ahora era de dominio público.

Aquello a Natalia le cayó como un jarro de agua fría.

Pero ¿cómo y cuándo había pasado eso? ¿Por qué su madre no se lo había dicho antes?

Esa tarde, a la hora de cerrar Diva y Radiante, cuando Alma salía de la tienda, se encontró con su hija esperándola en la calle, y tras un más que sentido abrazo, juntas se fueron a cenar. Tenían que hablar.

—No, mamá. No lo entiendo —apostilló Natalia, probando el postre—. Por más que me lo explicas, no puedo entender que...

—Estaba muy agobiada por todo. Te juro hija que, si en el último mes me hubieran tomado la tensión, hubiera reventado el tensiómetro.

—Mamá, pero por qué no me llamaste y me dijiste lo mal que estabas. ¿Por qué no hablaste conmigo o con la tía Nuria?

Alma suspiró.

—Porque tú ya tenías bastante con lo que te había ocurrido con Elías, y tu tía estaba liada y feliz con la boda y lo último que quería era jorobarle su momento.

—Natalia, intentando entender, asintió, y Alma, llevándose la mano a la cara, musitó—: Estaba sobrepasada por todo.

El rechazo del préstamo y el saber que era Elías quien movía los hilos.

Las malas reacciones de los abuelos, de Elías y tu padre al enterarse de nuestra relación.

Las miraditas indiscretas y cuchicheos de la gente al verme con Saem.

Tu ruptura. Todo. Natalia, sobrepasada por todo.

—Y creo que lo pagaste con la persona que menos lo merecía.

Alma, a quien el corazón no le había vuelto a latir desde la última vez que vio a Saem, intentando no derrumbarse, pues se había prometido que solo se lo permitiría estando en soledad, reconoció:

—Fui una egoísta con él. Lo sé. Pero creo que tomar la decisión que tomé, aun siendo egoísta, fue la acertada. —Y clavando su mirada en la de su hija, murmuró—: Le iba a privar de muchas cosas.

—Mamá, ¡no digas tonterías!

—Corazón, escúchame. La vida es larga y da muchas vueltas. Y lo que hoy te parece bien, mañana puede que ya no te parezca tan bien. Y aunque siempre he dicho que la edad es un número, hay cosas que...

—Mamá, ¿y la conexión que había entre vosotros? ¿De verdad me vas a decir que esa conexión es fácil de encontrar?

Alma suspiró. La conexión con Saem era perfecta.

—No. No es fácil de encontrar —admitió—. Pero las cosas son como son, tomé una decisión y no hay que darle más vueltas.

—Son como son porque te has dado por vencida.

Mamá. Has tirado la toalla y has permitido que las miradas indiscretas y los cuchicheos te dañen y bloqueen, cuando tú no eres así.

Porque si algo siempre me ha gustado de ti ha sido tu seguridad ante las cosas.

Eres una mujer abierta de mente que siempre ha luchado contra los prejuicios.

Una mujer que siempre se ha comido el mundo, pero que, en esta ocasión, has permitido que el mundo te coma a ti.

—Su hija tenía razón. Pero la realidad era la que era.

Por primera vez en su vida, había permitido que el mundo se la comiera—.

No me gusta verte así, porque tú no eres así —insistió Natalia, cogiéndole las manos— Siempre has sido mi heroína.

La supermamá de la que me he chuleado ante mis amigos.

Y como quiero seguir chuleándome ante todo el mundo de la supermadre que tengo, necesito que vuelvas a ser la madre que me enseñó a luchar por lo que creo y quiero.

—Alma sonrió. La fuerza y el cariño que Natalia le daba eran importantes para ella, cuando escuchó—: Si tu relación con Saem ya es pasado, vale.

Lo aceptaré. Pero también te diré que ese hombre me gustaba mucho para ti, porque no solo te brillaban a ti los ojos cuando lo mirabas, sino que también le brillaban a él al mirarte a ti.

Emocionada por aquello, Alma asintió.

—Quiero que me prometas una cosa que hace ya muchos años tú me hiciste prometerte a ti —siguió hablando Natalia.

—¿Qué te hice prometer? —se sorprendió Alma.

—Promete que hablarás siempre conmigo cuando que tengas un problema, sea la hora que sea y esté en las circunstancias que esté, y juntas lo intentaremos resolver.

—Te lo prometo —asintió Alma.

—Y ahora quiero que me prometas otra cosa más —Alma sonrió, y Natalia dijo—: Prométeme que a partir de este instante no vas a permitir que nadie te vuelva a pisotear.

Y cuando digo nadie, es ¡nadie! Y que vas a volver a ser la mujer fuerte y segura que siempre has sido.

Y no, mamá. No me vale con un «Lo intentaré». Solo admito un «¡Te lo prometo!».

Alma suspiró. Ante ella tenía el fruto de su constancia. Natalia era una mujer segura y empoderada, porque ella siempre lo había sido.

—Te lo prometo, corazón. Te lo prometo —afirmó, siendo consciente de que quería cumplir con todas sus fuerzas aquello que le estaba prometiendo a su hija.