Capítulo 79
El domingo, cuando Nuria llegó a la casa de Alma, ya estaban allí Romina y Estíbaliz. Felices y encantadas, se interesaron por el viaje de la recién casada y esta, tras entregarles los regalitos que les había traído, les habló sobre lo bien que lo había pasado.
—¿Quién te ha visto y quién te ve? ¡Tú casada! —se mofó Estíbaliz.
—Y centrada —musitó Romina.
—Lo de centrada permíteme que lo dude —se mofó Alma.
—Para seros sinceras —confesó la aludida—, Mario es tan unicornio que estoy aprovechando a tope, por si de pronto desaparece en un arcoíris. —Y mirando a Romina, preguntó—: ¿Y tú qué? ¿Ya has hecho cuchi cuchi con tu cita o sigues en modo santa apostólica y romana?
Romina sonrió, y bajando la voz como si alguien que no fueran sus amigas la fuera a oír, confesó:
—Cenamos. Tomamos una copita y cuando me acompañó a casa, en su coche nos besamos y hubo cierto magreíllo.
—Que sepas que con eso ya has abierto la puerta del infierno —dijo Alma.
—¡Qué sinvergüenza! —se mofó Nuria.
—Si voy al infierno que sea por sinvergüenza y no por sosa y aburrida. Aunque reconozco que paré el momento, porque no me veía yo en el coche haciendo cuchi cuchi como si tuviéramos veinte años. Y, por supuesto, a mi casa no lo iba a subir.
—Pero míralaaaa, ¡abriendo fronteras! —rio Estíbaliz.
Las chicas se reían cuando Alma cogió su teléfono, buscó en él y le dio a enviar.
—Tienes razón —admitió—. Lo del coche y la calle a nuestra edad ya es un poco frustrante. Es preferible la comodidad de una camita y demás, por lo que te acabo de enviar el teléfono del hotel por horas adonde solíamos ir Nuria y yo.
Roja como un tomate, Romina miró el mensaje que su amiga le había mandado.
—Tú a tú ritmo y no te agobies —le dijo Nuria—. Cuando lo necesites, ahí lo tienes.
Eso tranquilizó a Romina. Nuria se fijó en el ramo de flores que estaba sobre la mesa del salón de Alma.
—Qué pena. Ya está chuchurrío —dijo.
Alma asintió. Aunque el ramo no tenía la mejor de las pintas, se resistía a tirarlo.
—Por cierto, Nuria, muy buena tu jugada de tirarle el ramo a Saem —se rio Romina—. Ya sabéis que de una boda sale otra y...
—He roto con Saem, pero estoy bien. Os lo prometo. —Según dijo aquello, Romina y Estíbaliz le atravesaron con la mirada, y Alma, al ver el gesto de sorpresa de Nuria, se levantó y enfrentándose a sus amigas trató de disculparse—: Siento no haberos dicho nada. Y...
—¡¿Que has roto con Saem?! —la cortó Nuria. Alma asintió, y ella indagó—: ¿Cuándo?
—La noche que regresamos de la boda.
—¡¿Qué?! —gritaron las tres al unísono.
Alma volvió a sentarse.
—Estaba agobiada. Sobrepasada. Y cuando, por un comentario, él me dio a entender que se quería casar conmigo. Yo... yo... ¡exploté!
—Pero Almaaaa —murmuró Romina.
—¿Qué te dijo exactamente? —preguntó Nuria.
Rápidamente Alma se lo explicó.
—¿Y dejas tu relación con un tipo encantador por un comentario? —se sorprendió Estíbaliz.
Alma resopló.
—Que sepáis que me estoy sintiendo ahora juzgada por vosotras —contestó.
—Más que juzgarte, yo te mataría —murmuró Nuria.
—Pero vamos a ver, lobas —insistió Alma al ver cómo la miraban—, ¿qué queríais que hiciera?
—Le podías haber preguntado a la IA —soltó Nuria.
Alma la miró con dureza.
—Las miradas indiscretas, los comentarios, los susurros. Las palabras de Elías, de Carlos, de mis padres... y... vosotras —empezó a enumerar.
—¡¿Nosotras?! —preguntaron las tres a la vez.
—Sé que no es justo lo que os voy a decir —murmuró Alma, moviendo la cabeza—, pero en este último tiempo, vuestros compromisos me impedían hablar con vosotras como hubiera querido.
Tú con la boda. Tú con Carolina y su embarazo.
Y tú con tus viajes a Menorca. Y aunque sé que siempre habéis estado a mi lado, la realidad, mi realidad, es que me he sentido sola. Terriblemente ¡sola!
A Nuria, Estíbaliz y Romina oír aquello les dolió. Ninguna imaginó que Alma se hubiera podido sentir así.
—Siento si por mi boda yo... —empezó Nuria.
—No —la interrumpió Alma. Y cogiéndola de la mano, dijo—: Ni tú ni ninguna de vosotras tenéis que sentir nada.
Porque la primera que se centró en la relación con Saem fui yo.
No os lo digo para echároslo en cara. Solo para que entendáis por qué no hablé con vosotras.
—Ellas, apenadas, asintieron cuando Alma mintiendo dijo—: Aunque ya estoy mejor.
No sois conscientes de lo que he tenido que soportar.
—Me pongo en tu situación y claro que lo imagino —indicó Nuria, que preguntó—: Pero ¿tú sabes lo que ha estado soportando Saem?
Fastidiada por aquellas palabras, Alma miró con dureza a su amiga.
—¡Qué pasa! ¿Te importa ahora él más que yo, porque resulta que es el sobrino de tu marido? —le espetó.
—¡Alma! —protestó Romina.
—No, loba, no —respondió Nuria, molesta—.
Me importas tú. Pero él es un tío que te quiere, te respeta, y al que le importa una mierda lo que piensen los demás.
Y me importa porque hasta hace siete días él era tu unicornio.
La persona que te hacía feliz y conseguía que te levantaras todos los días con una sonrisa. Por eso me importa.
—¿Por qué nos has engañado a Romina y a mí esta semana? —quiso saber Estíbaliz—. Estábamos ahí. ¿Por qué no nos dijiste nada?
—Porque sabía que, si os lo decía, una de las dos acabaría por contárselo a Nuria, y no quería joderle su luna de miel.
Ellas asintieron.
—Entonces, ¿estás bien? —preguntó Nuria con cierta frialdad y sabiendo que Alma iba a mentir.
—Sí —mintió.
—¿Cómo está Saem? —quiso saber Nuria.
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes? —Alma parpadeó, y Nuria preguntó—: ¿Ni siquiera le has llamado para saber cómo está?
—No.
—Pero ¿cómo eres tan jodidamente egoísta? ¡Lo has dejado tú a él!
Romina y Estíbaliz se miraron.
—Bueno. Tranquilizaos. No os pongáis así —pidió calma Romina.
—Y vas tú y le tiras el ramo de novia a sus manos —soltó.
—Oh, perdón, ¡fustígame por hacer algo tan malvado!
—¡Me lo tenías que haber consultado!
—Ni en la peor de mis pesadillas —dijo Nuria, moviendo la cabeza— me pude imaginar que algo así te molestaría. Pero si hubieras hablado conmigo y me hubieras dicho cómo...
—Pero si hasta tu tía Irati me dijo que me divirtiera con él el tiempo que durara, y que luego me buscara a un hombre acorde a mi edad.
—¿En serio, Alma? ¿De verdad vas a discutir conmigo por lo que mi tía dijo?
Alma fue consciente de que estaba pagando con ella su propia frustración.
—Joder, no... claro que no, Nuria —reculó.
Pero Nuria, calentita con una situación que no esperaba, volvió a la carga.
—¿En serio me estás diciendo que por lo que digan o piensen los demás has roto una relación real, bonita y verdadera con un hombre que te adoraba y al que no le importaba lo que los demás dijeran? ¡Pero tú eres tonta, por no decir algo peor!
—Nuria, baja la valentonada —le pidió Romina.
Alma no contestó.
—A ver. Siempre dije de este tema que... —se entrometió Estíbaliz.
—Estíbaliz, si vas a venir con tu charla moralista de lo que está o no está bien, no creo que sea el momento —la cortó Romina.
—Iba a decir —insistió Estíbaliz— que yo era la escéptica del grupo en referencia a ellos. Pero al ver su bonita relación, cambié de opinión.
En ese momento, a Nuria le sonó el teléfono. Había recibido un mensaje.
—¡Estupendo! Mario está con Saem, y se lo acaba de decir —anunció.
Oír aquello a Alma le revolvió el estómago.
Su ruptura ya era un hecho. Ahora todo el mundo lo sabría.
Nuria dejó su teléfono a un lado—. Dice Mario que va a escribir a Spielberg para animarle a que os contrate como actores principales para su próxima película a Saem y a ti.
—Alma seguía callada, y Nuria siguió informando—: Saem, según Mario, está bien.
Y le ha pedido que nos mantengamos al margen de vuestra historia.
—Me parece bien —se mostró Alma de acuerdo.
—¿Tú piensas lo mismo? —preguntó Romina.
—Por supuesto que sí —insistió Alma, aunque en ese momento ya no sabía ni por dónde le venía el aire.
Las tres amigas se miraron. Si Alma quería eso, así tendría que ser. Pero Nuria pensaba de otra manera.
—Eres consciente de que me he casado con su tío —observó.
—Sí, ¿y? —preguntó Alma.
—Pues que, inevitablemente, en ciertos momentos o celebraciones os tendréis que ver.
Alma asintió. Entendía lo que Nuria decía. Ya lo había pensado.
—Vamos a ver, Nuria. Saem y yo somos personas adultas que sabemos comportarnos —respondió para salir de aquel atolladero, intentando mantener su papel de mujer dolida, pero fuerte.
—¿En serio me estás diciendo que el día de Nochevieja ambos vais a estar como si no pasara nada en mi casa, celebrando, riendo y bailando?
—Pues sí —afirmó ella, horrorizada.
Nuria asintió. Eso no se lo creía Alma ¡ni loca!
—De acuerdo —concluyó, tirando de la misma frialdad de la que hacía gala su amiga—. Tema finiquitado. Dime qué has hecho tu pollo al curri, porque me muero por comerlo.
Alma hizo un gesto afirmativo, y cuando sus tres amigas fueron hacia la cocina, tomó aire y las siguió. Tema finiquitado.