Epílogo
Nerviosa, Alma junto a su hija, sus amigas y las hijas de estas, estaban en el ático de Boadilla vistiéndose para el bonito día.
Risas. Nervios. Llantos. Locura. Aquel día que parecía que nunca iba a llegar, allí estaba, y Natalia, ayudando a su madre a vestirse, dijo:
—Te lo juro, mamá, Xavier es un tío impresionante.
—No lo dudo, corazón.
—No es muy guapo, porque tiene una nariz a lo Adrien Brody, ¡pero a mí me encanta!
¡Me tiene loca! y la semana que viene nos vamos a ir de finde a Santorini.
—Alma sonrió. Su hija seguía siendo la enamoradiza de siempre.
De pronto la oyó decir—: Mamá, eres la novia más preciosa que he visto en mi vida.
Alma tomó aire y mirándose en el espejo se emocionó. Aquel era el vestido de novia que ella hacía muchos años se había diseñado especialmente para ella. Un elegante vestido corte princesa, con el cuerpo de fino encaje, espalda descubierta y amplia falda de tul brillante.
Ver materializado lo que por fin había dejado de ser un boceto, y prácticamente un sueño, la hizo sonreír.
—Madre mía, estoy tan divina que los espejos me van a declarar patrimonio de la humanidad —murmuró, animada.
—Baja Modesto que sube Alma —se mofó Estíbaliz.
—Por favorrr, ¡estás deslumbrante! —exclamó Nuria.
—Lo sé —afirmó con seguridad.
—¿Quién te lo iba a decir? ¡Tú, casándote!
—Los Masters del Universo y el destino tienen la culpa —se mofó Alma.
—Y tanto —se mostró Nuria de acuerdo.
Alma, divertida, asintió y mirándose al espejo propuso:
—Creo que voy a escribir un libro que se llame ¡Ríete de las bodas! Y se lo voy a regalar a cada mujer que pase por la tienda. ¿Qué os parece?
—A mí, fenomenal —afirmó Nuria, feliz.
En ese instante entró Romina.
—Natalia, lobezna mía, dice Carolina que mires en la IA cómo callar a Adrián o lo estrangula.
Riéndose, Natalia salió de la habitación.
—Adoro a mi nieto, pero, joder, ¡qué niño más llorón! —resopló Romina.
Todas asintieron. Adrián era tremendamente llorón. Romina cerró la puerta y sacó de una bolsa una caja de ricos manolitos.
—Os tengo que contar un secreto del cual mis hijas no se pueden enterar —dijo en bajito.
Alma, Nuria y Estíbaliz se acercaron a ella para coger un manolito.
—¡He folladooooo! —soltó Romina, con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Rominaaaa, esa bocaaa!
—Por favorrrrr. Te quemaran por ¡bruja!
—Te acabas de abrir las puertas del infierno —musitó Alma sonriendo.
—Anoche quedé con Lucas, el militar amigo de Mario, y por primera vez en mi vida, ¡he folladoooooo!
Todas soltaron una carcajada cuando Nuria, pidiéndoles que bajaran el volumen, murmuró:
—¿Pero desde cuando haces tú eso?
—Desde anocheee —canturreó con picardía.
—Pero tú no eras más de cuchi chuchi —insistió Alma.
—Porque no sabía lo que me perdía. ¡Pero dónde va a parar, por favorrrrrr! Pero qué morbooooo. Pero qué potenciaaaa. Pero qué todooooo. Y, por cierto, mañana he vuelto a quedar con él. Por lo tanto, ¡follo otra vez!
—¡Rominaaaaa! —la regañó Estíbaliz—. ¡Irás derecha al infierno!
—Tranquila, Romina, el infierno te espera con una alfombra roja —dijo Nuria.
—Y prepárate, porque suele haber unos demonios de lo más interesantes —añadió Alma.
Romina, acalorada por lo vivido y lo que acababa de contar, musitó:
—Fue... fue ¡increíble!
—Vaya con Lucas —se mofó Nuria.
—Ahora entiendo y comprendo la diferencia entre hacer cuchi cuchi y follar.
—Mírala —se rio Estíbaliz—. Qué alegremente dice ahora la palabrita.
Divertidas, todas reían cuando Natalia abrió la puerta.
—Mamá, ya tenemos que salir o no llegamos —la avisó.
A partir de ese momento, el caos se desató. Lobas y lobeznas con sus parejas se reubicaron a toda prisa en los coches, y tras darle un besito a Sugar en la cabeza, Alma murmuró:
—Pórtate bien. Luego nos vemos.
Al cerrar la puerta de su ático, sonrió. Cuando regresara sería la mujer de Saem, y tomando la mano de su hija Natalia, entre risas y bromas, fueron hasta el coche que las esperaba.
Una hora después, el precioso Templete de Baco en el parque del Capricho estaba rodeado de innumerables flores de colores pastel.
Y el motivo era porque allí se estaba celebrando una boda.
Tras pedir los permisos pertinentes a los ayuntamientos para poder realizar aquello tan especial, a través de Natalia, consiguieron que su amigo Blas, que era cura, los casara en aquel lugar.
Las lobas junto a las lobeznas disfrutaban del enlace, mientras Emilia, Haneul, junto a Ji Woo y Dolores, emocionadas, se secaban las lágrimas. Saem y Alma se casaban.
—Alma, ¿quieres recibir a Saem como esposo y prometerle tu amor y fidelidad en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarlo y respetarlo todos los días de tu vida?
Emocionada y sonriendo, tras cruzar una mirada con su hija Natalia, que ejercía de madrina, Alma miró con picardía a su guapísimo novio, y cuchicheó:
—Es tu última oportunidad para salir corriendo.
Todos se rieron, y Alma, colocando el anillo en el dedo de aquel hombre tan maravilloso, afirmó:
—Sí, quiero.
El cura asintió, y ahora, mirando a Saem, repitió:
—Saem, ¿quieres recibir a Alma como esposa y prometerle tu amor y fidelidad en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarla y respetarla todos los días de tu vida?
Saem levantó las cejas y tras mirar a su padrino, que era su tío Mario, se giró hacia Alma, y cuchicheó:
—Olvídalo. A ti no te doy la oportunidad de que te lo pienses, que capaz eres de salir corriendo.
Una nueva carcajada se escuchó al oír lo que el novio decía. Y enamorado y seguro, mientras ponía el anillo en el dedo de ella, afirmó:
—Sí, quiero.
Blas, el sacerdote amigo de Natalia, que también se divertía en aquella boda llena de interrupciones, hizo entonces un movimiento con las manos e indicó:
—En el nombre de Dios y de la Santa Madre Iglesia, yo os declaro marido y mujer. Saem, ya puedes besar a la novia.
Y tras mirarla, acercándose a ella, con ese romanticismo tan maravilloso que él manejaba, la besó de tal manera que todos los presentes supieron que aquello sería para siempre, y a Alma se le cayeron hasta las pestañas.
Acabado el romántico beso que se alargó más de la cuenta, pues tras él, fue ella quien lo besó, al bajar del templete todos los familiares y amigos los felicitaron echándoles purpurina, arroz y pétalos de rosas, mientras ellos no se soltaban de las manos.
Llegar a donde habían llegado no había sido fácil, pero ahí estaban, defendiendo su amor le pesara a quien le pesara.
Por el camino se habían quedado personas que, en lo personal, les hacían más mal que bien, y su ausencia realmente era una bendición.
La comida la celebraron en Mesa Trece. ¿Dónde mejor que en el restaurante de Saem?
Tras el estupendo banquete plagado de risas y de «¡Que se besen los novios!
», se retiraron las mesas y las sillas para que los invitados disfrutaran de una tarde divertida bailando.
Entonces comenzó a sonar aquella preciosa canción de Bruno Mars, llamada Risk It All y con ella los novios iban a abrir el baile.
Alma, que estaba hablando con sus amigas, al escuchar aquella canción soltaron un aullido.
Ellas eran las lobas y siempre lo serían.
Alma, al ver que Saem, tan guapo, tan alto, tan asiático y varonil, con su precioso traje negro y la flor en la solapa, le hacía señas para que se acercara, murmuró a sus amigas:
—Madre mía, lobas, me he casado con un paquete completo de sensualidad certificada.
—Lo lleva en el ADN —afirmó Nuria, mirando a Mario.
Divertidas, las amigas se miraron con complicidad, y Alma, sintiéndose la mujer empoderada y segura que siempre había sido, comenzó a caminar con sensualidad moviendo los hombros hacia su guapísimo marido.
Al llegar a la altura de Saem, él la tomo con una firme delicadeza, y envolviéndola entre sus brazos, mientras familiares y amigos aplaudían, comenzaron a bailar, y mirándola a los ojos susurró:
—Como dice nuestra canción, si tú quieres la luna, yo aprendo a volar.
Y Alma, enamorada, lo besó y voló. Porque su amor por Saem la hacía volar.