Ríete de las bodas Capítulo 73
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Capítulo 73

Acabada la fiesta y tras despedirse de los invitados y de los novios, que esa madrugada se iban de luna de miel una semana a Madeira, Saem y Alma se dirigieron al coche.

Alma miró de reojo el ramo de novia de Nuria que iba entre los dos asientos. Al haberlo cogido Saem y para que nadie se percatara de lo que ocurría, este al salir de la fiesta se lo entregó a Alma, y entre aplausos de lobas y lobeznas ella lo cogió.

En el coche, el silencio era tan asolador que Saem puso la radio.

Necesitaba que sonara lo que fuera, menos el seco y doloroso sonido del silencio, pero volvió a sonar la canción de Bruno Mars, y él la apagó a toda prisa.

Lo último que le apetecía en ese momento era oír aquel tema tan especial para ellos.

Alma se percató y no dijo nada. Era lo mejor.

Al llegar al ático de Alma, la tensión entre ellos se cortaba y tras saludar a Sugar, que, al verlos, se deshizo en amor y mimos, Alma se fue a su habitación a quitarse los zapatos. Necesitaba unos segundos a solas para serenarse.

Saem, agobiado, salió a la terraza. Hacía frío, pero necesitaba estar espabilado y activo para lo que Alma le pudiera decir. No sabía lo que pasaba. No entendía cómo, de un día para otro, todo podía cambiar, y pensó si Elías se habría puesto en contacto con ella.

Alma finalmente salió a la terraza. Le ofreció una de las dos cervezas que llevaba en la mano. Él la cogió.

—Hace frío. Mejor vayamos dentro —le dijo.

Obedientemente, Saem entró. Al hacerlo, vio el ramo de novia de Nuria. Estaba sobre la mesa del salón dentro de un jarrón con agua.

Ya sentados en aquel sofá donde habían vivido preciosos besos y bonitos momentos, Saem ya no aguantó más.

—Cielo, ¿qué ocurre?

Alma dio un trago a su cerveza. Estaba agobiada. Tan agobiada que recolocar todo lo que quería decir era complicado. Pero intentando ser la adulta que era, fue al grano.

—¿Por qué has dicho hoy lo que has dicho?

—¿Qué he dicho?

—Cuando comentaste que Mario dudaba de si Nuria estaría en el ayuntamiento, tú dijiste que yo nunca debía dudar porque tú estarías allí.

Saem la miró extrañado.

—¿Estás así porque dije eso? —preguntó.

—¿Por qué cogiste el ramo de Nuria?

—Y que querías que hiciera si me lo lanzó a las manos —respondió, sin dar crédito a lo que oía. —Ella movió la cabeza. Él tenía razón—: A ver, cielo. Lo que te dije fue porque si algún día tú y yo damos ese paso, yo estaría esperándote ante el altar. Y lo del ramo...

—Diosss...

—¿Dios qué?

—¿Por qué has tenido que decir eso? ¿Por qué no te has callado?

—Pues porque eres mi pareja —respondió él, sin entender aquellas preguntas y en especial su tono de voz—. La mujer que amo. Y algún día me gustaría casarme contigo.

Alma negó con la cabeza.

—Eso no puede ocurrir, Saem... no puede pasar.

—Pero, Alma, ¿qué te pasa? ¿Por qué dices eso?

Ella se levantó y se puso a andar por el salón.

—Nunca me voy a casar contigo —soltó. Saem levantó las cejas cuando ella añadió—: Esto es un error. Lo que hacemos es un error. —Saem se levantó y acercándose a ella fue a decir algo, pero ella dio un paso atrás—. Tú quieres cosas que yo no quiero y...

—¿Qué quiero que tú no quieras?

—¿Casarte, por ejemplo?

—Cielo...

—Pero ¿cómo nos vamos a casar? ¡Te has vuelto loco! Por Dios, que tengo cincuenta y cinco años y tú cuarenta. ¿Cómo te voy a hacer eso?

—¿Cómo me vas a hacer el qué? —preguntó él, molesto.

—Mira, Saem. Ya me casé y me divorcie una vez y no estoy dispuesta a volver a pasar por lo mismo.

—Te entiendo, cielo. Pero que una vez saliera mal no quiere decir que tenga que volver a pasar. Ni tú eres la Alma que se casó con tu ex, ni yo soy él. Y ahora, por favor, ven aquí, abrázame y terminemos con esta ridícula situación.

Pero Alma no se movió, y, tomando aire, dijo:

—Últimamente siempre estoy sobrepasada y a unos niveles que no me reconozco ni yo. Lo último que quiero montarte es un numerito. ¡Sé que los odias! Pero, pero... pero creo que debo ser sincera con lo que siento.

Saem asintió.

—De acuerdo, Alma —murmuró sin acercarse a ella—. Dime lo que sientes para que pueda entenderte.

—Siéntate, por favor.

Él se sentó y ella hizo lo mismo.

—Conocerte y pasar tiempo contigo —empezó— es una de las mejores cosas que me ha pasado en la vida.

Siempre me he considerado una mujer fuerte.

Una mujer que luchaba por lo que quería o sentía, pero, en esta ocasión, el querer y el sentir han podido conmigo porque me veo juzgada, observada y criticada, y eso hace que me pregunte si merece la pena que estemos juntos.

—Alma, no hagas esto —le pidió Saem, descolocado.

Alma asintió.

—La crítica de tu... de Elías —prosiguió—.

La de mis padres. La de mi exmarido. Las miradas indiscretas de tus amigos, de las mujeres o de cualquier persona que me ve contigo, o de cualquiera cuando estamos cenando en una terraza o vamos cogidos de la mano por la calle, han podido conmigo.

No aguanto más. ¡No puedo! Y, si te soy sincera, creo que lo mejor que podemos hacer es terminar con esto antes de que esto termine con nosotros.

Saem cerró los ojos. Oír aquello que no esperaba no era agradable. Él no dudaba. Él estaba al mil por mil en aquella relación.

—Creía que lo que pensaran los demás no importaba, siempre y cuando tú y yo supiéramos quiénes somos y lo que queremos.

—Y así era, Saem. El problema soy yo. No tú. De ti no puedo pedir más, porque eres increíble. Nunca imaginé en mi vida que yo pudiera conocer a alguien como tú...

—Y si soy tan increíble, ¿por qué quieres que lo dejemos?

—Porque estoy sobrepasada. Y porque siento que te estoy privando de...

—Tú no me estás privando de nada —la cortó—. Si lo dices por el tema niños, te dije que no quería hijos. Incluso te conté que tengo hecha la vasectomía desde antes de conocerte a ti. Por lo tanto, dime, ¿de qué otras cosas me privas?

—De muchas cosas —contestó, abrumada por todo—. Por ejemplo, privacidad.

—¿Privacidad?

—Siempre nos mirarán por nuestra diferencia de edad. Y aunque nunca dices nada, sé que también te das cuenta. Y según pasen los años, lo harán más, y...

—¿Y crees que eso a mí me importa? —la interrumpió Saem, molesto—. ¿De verdad crees que el hecho de que nos miren a mí me va a restar un segundo de vida o de felicidad contigo?

—¿Sabías que la novia de tu amigo Manu me preguntó la edad?

—Él no respondió y ella prosiguió—. Cuando se la dije, de inmediato me prejuzgó con la mirada, como me prejuzgaron algunos de tus amigos cuando ella les fue con el chisme.

—Saem no dijo nada. Era la primera noticia que tenía al respecto, y ella insistió—: Es incómodo.

—Lo incómodo es que tú estés pendiente de esas cosas. Eso es lo incómodo.

Se quedaron mirándose en silencio. Estaba claro que cada uno pensaba de una manera.

—Lo siento, pero no puedo continuar —dijo ella, conteniendo las lágrimas.

—Alma, no hagas esto.

—Saem, tenemos que romper.

—Por favor, cielo, no lo hagas. —Y levantándose, insistió—: ¿De verdad rompes conmigo por la presión que ejercen en ti miradas y comentarios?

—Sí.

—Y tan egoísta eres que tan solo piensas en ti y no en mí.

—Aquello la destrozó, y él continuó—: Desde que te conocí, siempre he hecho todo lo que estaba en mi mano para conocerte, amarte, sumarte y no restarte.

Tú, maldita sea, Alma, eres la mejor conexión de mi vida, y ahora, por lo que digan y piensen los demás, ¿lo tenemos que dejar?

—Ella, con dolor, asintió, y él musitó—: Si algo aprendí desde bien pequeño es a no estar donde no quieren que esté.

Y, al parecer, así lo has decidido ya, ¿verdad?

—La dureza de sus palabras y la mirada de aquellos fríos ojos rasgados la destrozaban—: Lo he dado todo por ti porque te quiero y lo hubiera seguido dando.

Pero si a ti lo que piense la gente te importa más que nosotros y nuestro amor, de acuerdo, Alma.

Me rindo. Tú ganas. —Ella no respondió. No tenía la sensación de ganar, sino más bien la contraria.

Él advirtió—: Pero si salgo por esa puerta, será para siempre.

No volveré. No habrá otra oportunidad. —Dolor.

Oír eso a Alma le partía en dos. Saem, al ver que ella únicamente se limitaba a asentir, concluyó—: De acuerdo. Todo se acaba aquí.

Sus palabras. Su mirada. El modo en que su cuerpo se alzaba frente al de ella. Todo aquello le hizo saber a Alma lo herido y enfadado que estaba Saem en aquel momento.

—No quiero jorobarles la luna de miel a Nuria y Mario, por lo que te pediría que no dijéramos nada a nadie hasta que regresen —le pidió.

—Otra vez con secretitos —gruñó él.

Ella no respondió. Molesto y enfadado, Saem finalmente asintió. Él tampoco quería amargarles su bonito momento.

Durante unos minutos los dos permanecieron en silencio. Cada uno a su manera procesaba lo que acababa de pasar. Entonces Alma se levantó, se acercó a él, y al ir a darle un beso de despedida en los labios, este dio un paso atrás.

—No —su tono fue serio.

Sentir aquel rechazo hizo que a Alma se le detuviera el corazón. Era la primera vez que Saem la rechazaba, y al ver su gesto y la dureza que había en él, pensó en aquello de la «frialdad coreana». Pero no lo mencionó.

—Adiós, Alma —se despidió él.

Y dándose la vuelta se marchó de la casa sintiendo una opresión en el pecho, que solo se suavizó cuando llegó al coche y lloró. Porque, aunque era un hombre, los hombres también lloran.